Corona de Sal y Luna Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—No, Deniel —intervino Celeste, con una ternura teñida de preocupación—. No debes decirle a nadie quién eres. Mucho menos en Sthevyand. Eres el único tritón que existe. Si algo te ocurriera..., temo que tu especie se convertirá realmente en una leyenda.

—¿Entonces…, soy el último de mi especie?

— Me temo que sí. Hace años que las sirenas abandonaron Sthevyand. Pero quién sabe...; así como tú estás aquí, tal vez, si buscas en las profundidades del océano, encuentres respuestas. Por eso te pido que vengas conmigo a Eldryan —Celeste le tendió una mano en un gesto de confianza.

Deniel la observó en silencio. Se atuvo a la esperanza de que sus palabras fueran ciertas. Le sostuvo la mano e intentó despejar la desolación que comenzaba a invadirlo.

—¿Cómo iremos a Sthevyand?

—Primero, salgamos de aquí —respondió la anciana dibujando una sonrisa peculiar—. No todo está escrito en los libros. Hay cosas que no deben contarse para evitar que los secretos del mundo mágico sean revelados.

El rostro de Celeste se volvió cada vez más enigmático… y, al mismo tiempo, inspiraba profunda confianza.

Deniel la siguió fuera de la escuela. Caminaron juntos por la playa hasta adentrarse en el bosque.

Miró a su alrededor, esperando encontrar una puerta secreta o algún agujero oculto en la tierra por el que pudieran descender; pero lo único que había era un suelo cubierto de ramas secas…

y una vieja escoba recostada contra el tronco de un árbol.

—Las sirenas no volamos en escobas. No nos gusta.

—¿Quién dijo que es una escoba? ¡Rasha, es hora de irnos! —la orden de Celeste surtió efecto sobre el viejo objeto, que se alzó del suelo, liberando un alocado viento.

Deniel se quedó boquiabierto. La escoba no era más que un encantamiento, un camuflaje que ocultaba algo en su interior. El sonido crujiente, mezcla de ramas secas y pasos pesados, emanó del suelo, como si algo enorme caminara hacia ellos.

—¿Qué es eso?

—Para ser un maggium, te sorprendes demasiado con cosas que ya deberías haber leído. Sin pensarlo dos veces, subió con gracia sobre el objeto encantado y, enarcando una ceja, lo retó con la mirada:

—Sube. Rasha no muerde.

Deniel, aún dudando de la criatura que se ocultaba bajo el hechizo, bordeó con cautela el frente del objeto hasta colocarse a su lado. Apoyó la mano sobre una superficie extrañamente transparente y, sin esperar invitación, se montó en lo que fuera que ocultaba aquella ilusión.

—Sujétate fuerte… y trata de no caerte. ¡Vayamos a Sthevyand, Rasha! —ordenó Celeste, como si estuviera programando las coordenadas de una máquina.

La escoba cobró vida.

Los pies del tritón se separaron del suelo.

Al tacto, el objeto ya no parecía madera, sino algo suave y cálido…

como si plumas le rozaran los muslos en un rítmico vaivén, como si estuviera montado sobre alas.

El viento golpeaba su rostro con fuerza creciente a medida que el trote se transformaba en ascenso, obligándolo a aferrarse a Celeste con fuerza.

La anciana soltó una carcajada.

—Pronto te acostumbrarás.

—No lo creo. Prefiero estar bajo el agua, donde puedo controlar mis movimientos —gritó Deniel.

Ya estaban muy alto en el cielo, y hablar normalmente resultaba difícil:

—Pero… ¿qué es en realidad esta escoba?

—No es una escoba. Muéstrate, vieja amiga.

Celeste desvaneció el hechizo, revelando una enorme cabeza de águila, un par de majestuosas alas cubiertas de plumas amarillas, y un fornido cuerpo de leona.

—¡Es un grifo! —exclamó el tritón, maravillado—. Es hermosa.

Rasha, al escuchar el halago, abrió el pico y dejó escapar una suave nota, como un delicado canto de agradecimiento.

—Ella te agradece el cumplido —Celeste acarició con ternura la cabeza emplumada del animal—. Los grifos son criaturas extraordinarias y muy sensibles. Tienen una gran empatía con aquellos a los que respetan…, pero pueden volverse feroces si se sienten amenazados.

—He leído que su canto es poderoso y que sus garras pueden atravesar, las armaduras de los Caballeros Mágicos —Deniel no podía apartar la vista del grifo. No todos los días veía algo así.

—Es cierto. Además, los grifos son las criaturas aladas más veloces del mundo mágico. ¿Quieres comprobarlo? —La inocencia despreocupada de la juventud centelló en los ojos de Celeste.

A pesar de su edad, su espíritu aventurero seguía tan vivo como cuando tenía diecisiete años.

—¡Adelante! —aceptó Deniel, aferrándose a ella.

Ante sus palabras, Rasha aleteó con fuerza, alzándose como un destello hacia el cielo, dejando tras de sí una estela blanca que se desvanecía entre las nubes abultadas.

La vieja grifo danzaba en el aire con elegancia, se alzaba y descendía en picada hasta casi rozar el mar, luego ascendía de nuevo, trazando espirales en el cielo mientras los gritos de júbilo de Deniel rompían el viento.

Una emoción nueva lo invadía, salvaje e indomable, pero no igualaba la plenitud que hallaba bajo el agua. Allí era dueño de sí mismo, lo controlaba todo. Sentía que, si quisiera, podría devorar el mundo.

Celeste lo observaba entre risas, incapaz de contener la alegría al ver las expresiones del tritón, tan parecidas a las de su hijo, aquel que solía acompañarla en sus viajes. El recuerdo dolía, pero las carcajadas del muchacho tejían un bálsamo cálido que por un instante le alivió el alma.

Entre risas y recuerdos, el viaje llegó a su fin. Celeste señaló la Isla Fraser, que crecía en el horizonte. Rasha, por su parte, descendía con gracia. No fue hasta alcanzar el extremo sur que sus patas tocaron tierra firme.

La isla bullía de maggiums que se dirigían al Portal de Alwyn, algunos con la intención de continuar sus estudios en las escuelas de magia, otros impulsados por sueños y la ambición de explorar un mundo encantado, anhelando la aventura que los inmortalizaría.

Ninguno imaginaba que, más allá de los polvos de hadas y los unicornios, Sthevyand los aguardaba con garras afiladas y un destino teñido de oscuridad.

Sin esperar a que alguien descubriera la verdadera naturaleza del tritón, Celeste sacó de uno de sus bolsillos una caja alargada y se la tendió con suavidad.

—Ábrela, es para ti.

—¿Para mí? —susurró Deniel, desconcertado.

Al abrirla, descubrió una varita. La emoción en su rostro se desvaneció al instante dando paso a una mueca de decepción.

—Los maggiums como yo tenemos nuestra propia magia. No usamos varitas... ni cetros.

—Esta es diferente. Es una varita Inarik. No tiene núcleo, solo un cristal que canalizará tu magia y la convertirá en hechizos que se adapten a ti. A partir de hoy serás un hechicero. Pero debes mantenerlo en secreto…, al menos hasta que todo esté listo.

—¿A qué te refieres? —Deniel sintió un nudo en el estómago.

Cada vez que escuchaba esa frase, algo dentro de él se tensaba. Era como si una parte de su mente le advirtiera que la vida tranquila que había imaginado en el mundo mágico no sería más que una ilusión.

—Todo a su tiempo. Cuando llegues a Eldryan, búscame en el Gabinete del Magíster . Evaluaré tu nivel mágico antes de decidir a qué salón deberás unirte. —añadió con una sonrisa y un guiño que, aunque cálido, no logró disipar del todo la inquietud en el aire.

—¿No vendrás conmigo? —murmuró Deniel bajando la mirada.

—No. Una vez cruces el portal, seguirás solo…, aunque no del todo. Te estaré vigilando —respondió Celeste mientras sacaba de su otro bolsillo una diminuta criatura azul, mullida y brillante como una nube de hilos de seda.

Tenía unos ojos grandes y azules, tan vivos que parecía entender cada palabra.

—Esta es una flix . Te acompañará y te guiará por el castillo.

Deniel la sostuvo entre sus manos, y una pequeña risa se le escapó al escuchar los suaves ruiditos que emitía mientras lo observaba con curiosidad.

—Es hora de irnos —anunció Celeste poniéndole una mano en el hombro para iniciar el viaje hacia el portal que los llevaría a Sthevyand.

A pocos minutos del sitio de aterrizaje, más de una veintena de adolescentes y algunos padres se agrupaban cerca del Portal de Alwyn, ansiosos por comenzar su primer curso en Eldryan.

Las despedidas, los abrazos nerviosos y las risas llenaban el ambiente.

Deniel, en cambio, se limitaba a observarlos en silencio, devolviendo los saludos con una sonrisa contenida.

Entre los presentes se mezclaban distintas especies de maggiums: hadas, caballeros, algunos elfos y la gran mayoría hechiceros. Sin embargo, fue un rostro en particular el que detuvo su mirada: Charlie Danvolt.

El mismo al que Deniel descubrió invocando fuego para encender una hoguera durante la última excursión de la escuela. Charlie nunca supo que él conocía su secreto, de lo contrario no lo hubiese molestado en los años que compartieron el mismo salón.

Sus caminos se separaron cuando Charlie cumplió quince años. Sus padres se mudaron por trabajo…, al menos, eso dijeron. Jamás mencionaron que su hijo asistiría a una escuela de hechicería.

Al notar la expresión asombrada de Charlie, Deniel apartó la mirada con rapidez y volvió la vista hacia la multitud. Escudriñó cada rostro, cada detalle, buscando alguna señal: un collar de perlas, una concha entre el cabello, una brizna de escamas en la piel.

Algo que le dijera que no estaba solo. Pero no encontró nada.

El desánimo le nubló la mirada. Era difícil creer que fuese el único. Tal vez, si conociera a otro tritón u otra sirena, podría evolucionar su magia.

No es que dudara de sus habilidades. Al contrario: era brillante. Captaba los hechizos al instante y sus pociones eran inmejorables. Pero todo lo que sabía lo había aprendido de las historias que su madre le contaba y de los libros antiguos que llenaban su biblioteca. No de una verdadera sirena.

Y eso hacía toda la diferencia.

—Sthevyand es vasta y misteriosa… ¿Quién sabe lo que podrías encontrar allí? —comentó la anciana con una sonrisa alentadora.