Corona de Sal y Luna Capítulo 2
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Capítulo 2

“Todo nuevo comienzo lleva consigo la incertidumbre. Puedes saber dónde y cómo empieza, pero jamás sabrás cuándo ni cómo termina”.

El invierno llegaba a su fin. Era la última noche de agosto y el cierre del ciclo invernal marcaba el inicio de una nueva vida para Deniel en Gold Coast. Al menos, eso creía. Aquel invierno fue un completo desastre para él.

Su madre adoptiva, Isabell Soyer, falleció ahogada en las playas de Malibú mientras vacacionaba con su club de la tercera edad. Ese fue el comienzo de su infierno.

Tenía una hermana, Katherin Soyer, hija biológica de Isabell. El verdadero nombre que debía tener el demonio, en vez de Lucifer. Nunca se llevaron bien. Katherin jamás aceptó que su madre adoptara a otro hijo y se encargó de hacerle la vida miserable en aquella casa.

Cuando cumplió dieciocho años, se escapó con su novio y actual esposo, abandonándolos sin mirar atrás. Durante meses no los visitó; solo enviaba, de vez en cuando, algún mensaje pidiendo dinero, sin pudor alguno.

A su regreso, ya no eran dos, sino tres. Como si fuera poco, volvió con una hija a la que llamó Isabella. Cualquiera diría que regresó para que la niña conociera a su abuela, pero la verdad era otra.

Unos meses antes, Isabell había anunciado que haría el testamento. Su adorada hija estaba hundida en problemas: sin dinero, llena de deudas, con un esposo mediocre y bueno para nada. Pensó que la dulce Isabella sería su pase de oro a la pequeña fortuna familiar.

Una semana después del funeral, el abogado Morgan Wilson les informó que Isabella solo recibiría un tercio de la herencia. Deniel, en cambio, heredaba el resto.

Ella gritó como loca, estrelló búcaros y adornos en un ataque de histeria, casi golpeando al abogado. No aceptaba que el hijo adoptivo se llevara la mayor parte del dinero.

Aunque no quedarían en la calle, la pequeña fortuna que recibió Isabella bastaría para pagar sus deudas e iniciar una vida decente en Sídney.

Pero la mala hija quería más. Ansiaba toda la herencia, incluida la casa, que planeaba transformar en un centro nocturno, según los brillantes deseos de su inútil esposo.

Solo Dios sabía qué clase de servicios pensaban ofrecer.

Isabell tenía la certeza de que ese día llegaría, por lo que le hizo prometer a Deniel que nunca dejaría desamparada a su hermana. Cumpliendo su voluntad, él vendió la casa y le compró un apartamento antes de mudarse a Gold Coast, como le había prometido debido a su pequeño secreto.

Katherin y su familia no estaban conformes, pero no les quedaba remedio. Después de todo, no había sido precisamente una buena hija.

Deniel no era el mejor ejemplo de virtud. Le prometió a Isabell que no dejaría desamparada a su hermana, pero nunca dijo que le facilitaría una vida cómoda, y mucho menos que le entregaría una casa en perfectas condiciones. Después de todo, ella los había abandonado en las peores circunstancias.

Tras entregarle las llaves del apartamento, se alejó hasta la esquina del edificio.

Con un leve movimiento de su mano, hizo que el fuego brotara en el interior del apartamento, justo donde él lo deseaba.

No hubo chispas ni explosión: simplemente apareció, obediente y silencioso, en cada rincón elegido.

Las cortinas ardieron en segundos, los muebles crujieron bajo las azules llamas y las paredes se tiñeron de hollín.

Lo único que dejó intacto fue el cuarto de su sobrina. Ella no tenía la culpa de los cretinos que tenía por padres.

Terminado el espectáculo, se dirigió al paraíso que solía visitar cada verano.

Una ciudad maravillosa, bañada por un inmenso mar, donde podía ser realmente quien era.

Allí daba rienda suelta a su magia sin miedo a ser descubierto.

Después de todo, ¿quién podría nadar más rápido que una sirena… o, mejor dicho, un tritón?

Pasaban las diez de la noche y Deniel aún deambulaba por la casa, peinando la rubia cabellera que le cubría los ojos, sobre los cuales caía un mechón azul que le había salido al cumplir los diez años.

Isabell, que no era ajena a sus cualidades mitológicas, solía contarle antiguas historias sobre los maggiums: criaturas fantásticas de las cuales él descendía.

Al igual que ellos, debía ocultarse, no solo de los humanos, sino también de otros maggiums. Según las leyendas, las sirenas habían desaparecido del mundo mágico y su mera existencia podría ponerlo en peligro.

Ella le enseñó todo lo que sabía sobre la magia y le regaló docenas de libros de hechizos e historia del mundo mágico, los cuales él leyó una y otra vez buscando pistas sobre la entrada al reino perdido de Sthevyand.

Más de una vez pensó que su madre le ocultaba algo. Incluso, llegó a imaginar que ella también era una sirena. Pero la idea se desvaneció al verla mojarse una y otra vez sin que le apareciera una cola blanca como la suya.

Además de Isabell, Rosselyn y Christian —sus mejores amigos—, el secreto solo lo conocía Celeste Gryffin, una hechicera que enseñaba en Gold Coast High School y amiga cercana de la familia. Con ella debía encontrarse en el instituto.

Tras leer unas cinco veces la carta que su madre le había enviado a la hechicera, logró conciliar el sueño, deseando con todo el corazón iniciar, por fin, una vida llena de paz y tranquilidad.

A la mañana siguiente, Deniel tomó su mochila con los libros que necesitaría ese día, unas toallas —por si se mojaba en público— y la carta que debía entregarle a Celeste.

El ambiente en el instituto era agradable: las risas de los jóvenes, la música, los skaters…

todo era tan diferente a Sídney que, por un instante, la tristeza que albergaba en su corazón se desvaneció.

Estaba tan distraído que no miró por dónde caminaba y tropezó con una estudiante, quien le derramó encima su bebida.

Ella intentó disculparse, revolviendo su bolso en busca de pañuelos para ofrecérselos, pero al alzar la vista descubrió que hablaba sola.

Deniel ya había desaparecido. La dejó con la palabra en la boca y corrió hacia los baños, que alcanzó a ver tras ella, en una desesperada cuenta regresiva antes de que su secreto fuese revelado en medio del campus.

Entró a toda prisa y, sin haber dado un paso, cayó al suelo… mostrando su enorme cola de pez.

—Perfecto. Como si el primer día no pudiera empeorar —masculló con amargura. Parecía una broma del destino, uno de los cubículos del baño se abrió. El estudiante, al verlo, se pegó a la pared de un salto.

—¿Qué rayos...? ¡Eres un monstruo!

—Técnicamente, soy un tritón. Mitad humano, mitad pez. ¿Podrías no convertir esto en un circo? Intento guardar el secreto. Mantuvo el sentido del humor ante aquella catástrofe.

Era su primer día de clases y ya había roto el juramento más importante de los maggiums.

El chico pareció no escucharlo. Pensaba en los miles de seguidores que ganaría en sus redes sociales, sacó el celular para grabarlo. Pero, antes de que pudiera encender la pantalla, Deniel movió una mano e hizo que el teléfono volara directo al retrete.

—Creo haberte dicho que mantuvieras el pico cerrado —espetó Deniel sin molestarse en disimular su inconformidad.

—¡Eres un fenómeno! — gritó con los ojos casi fuera de las órbitas, intentó escapar temiendo ser el siguiente..

Intentó pedir ayuda a gritos, pero no alcanzó a terminar la palabra. Un nuevo invitado hizo entrada… y lo dejó como piedra.

— ¡Adhuc!

En un segundo, el chico quedó paralizado, como si el tiempo se hubiera detenido solo para él. Sus ojos seguían abiertos, fijos en Deniel, pero no podía moverse ni emitir un solo sonido.

Deniel volteó a ver quién era y, para su sorpresa, se encontró con Celeste blandiendo su varita.

—Debes tener más cuidado. No querrás terminar en un acuario.

Deniel captó la indirecta de la hechicera, hizo un movimiento con la mano en dirección a su cola, y evaporó el agua de su cuerpo.

—Tengo todo bajo control —murmuró, incorporándose con una sonrisa orgullosa.

—Dime que no pensabas matarlo —insinuó Celeste.

—Por supuesto que no. Le borraré los recuerdos.

—Adelante —insistió ella y desactivó el hechizo con un suave giro de muñeca.

Quería poner a prueba el dominio mágico del tritón.

El chico, todavía exaltado, apenas alcanzó a abrir la boca cuando Deniel alzó la mano en su dirección. Una ceja levantada con arrogancia bastó para anunciar el final de su resistencia. El joven cayó al suelo, sumido en un sueño profundo.

—Dulces sueños, ricitos.

—Nada mal —comentó Celeste divertida—. Ahora solo queda comprobar que no recuerde nada cuando despierte.

—Claro. Esperaremos horas para eso —resopló Deniel con ironía—. He hecho este encantamiento miles de veces. Quédate si quieres perder el tiempo; yo voy al salón de clases.

Estaba a punto de cruzar la puerta cuando la voz de la anciana lo detuvo, serena pero firme.

—Tu salón de clases no está aquí. De hecho, ninguna de tus pertenencias se encuentra ya en Gold Coast.

—¿Qué estás diciendo? Mi madre me aseguró que estudiaría en Gold Coast High School… ¿A dónde se supone que iré?

—Tu madre te pidió que vinieras a buscarme —Celeste alzó una hoja amarillenta entre los dedos—. Eso es lo que dice su carta, textualmente.

—¿Cómo...? —murmuró Deniel, mientras revisaba inútilmente los bolsillos vacíos de su pantalón.

—Aún tienes mucho por aprender, jovencito —dijo ella con una sonrisa enigmática—Ven conmigo. Te llevaré a tu verdadera escuela. La mejor de toda Sthevyand.

Las palabras de la hechicera encendieron una chispa de asombro en los ojos del tritón.

—¿Sthevyand… existe?

—Claro que sí. ¿De verdad creías que todos los cuentos que te contaba tu madre eran simples invenciones? Sthevyand es real. De hecho, hoy mismo, muchos maggiums se dirigen allá. A la isla Ryurhen.

—A Eldryan... —Deniel sintió la tierra desvanecerse bajo sus pies. Flotaba entre el vértigo del miedo y la euforia de la aventura.

—¡Por fin conoceré el reino de las sirenas!