Capítulo 1 #2
En su chillido Harrex mezcló dolor y rabia helando la sangre de Gahel, quien ya había pensado lo peor.
El joven dragón, negándose a perder, remetió con su cola de púas contra la cabeza del rojo.
Su oponente fue más rápido, le atrapó la cola de una mordida, enterrándole los colmillos, presionando con fuerza hasta convertir el crujido de huesos rotos en un trueno sobre el príncipe.
Sumido en el tormento, Harrex rugió enloquecido mientras la sangre caía como lluvia manchando el rostro de su jinete.
La desesperación lo empujó al límite. Giró el cuello con furia y hundió sus colmillos en la base del ala derecha del dragón rojo decidido a arrancarla de cuajo.
El desgarrador lamento de su oponente fue la oportunidad perfecta.
Con un último impulso se liberó lanzándose hacia la espesura de las nubes en busca de un respiro, un lujo que no volvería a tener.
Un nuevo desconocido emergió frente a ellos.
No era un dragón, sino un mago que ocultaba su rostro bajo una capucha negra.
Gahel no necesitó ver un emblema para adivinar su procedencia; las prendas raídas y la vieja escoba hablaban por sí solas.
Y, dadas las circunstancias, no le quedaba duda: era un hechicero de Tartharos, el Reino de los Magos de Sangre, las criaturas más repulsivas sobre la faz de la tierra, maggiums tan vacíos que aprendieron a vivir sin remordimiento, sin consciencia; sin alma.
El hechicero invocó su maleficio y transformó el dolor en las venas y arterias que recorrían el cuerpo de Harrex, quien, aunque poseía la protección mágica de los dragones contra la magia menor no fue inmune al astuto mago: concentró el encantamiento en sus heridas y en los huesos rotos de la cola, exacerbando el dolor hasta ensordecerlo a las órdenes de Gahel.
El príncipe intentó ayudarlo atacando con fuego al hechicero, pero cada vez que lo hacía, Harrex desviaba el ataque con sus violentos movimientos.
Fuera de control, ambos se convirtieron en un blanco fácil, sus enemigos se abalanzaron sobre ellos, cubriendo a Harrex de garras y dientes.
Sus aullidos se agudizaban con cada zarpazo, convirtiéndolo en un juguete inservible, frágil como el cristal.
El dragón rojo le arrancó el ala derecha de un mordisco, y desgarró la escamosa piel hasta alcanzar la pata trasera.
El negro lo embistió desde arriba hundiéndole los colmillos en el cuello hasta decapitarlo.
Las cadenas de la silla en su lomo fueron seccionadas por los colmillos del dragón rojo en su envestida por el flanco derecho, arrastrando a Gahel al vacío, en una caída libre hacia las rojizas aguas del mar.
El impacto le arrebató el aire de los pulmones. La presión en el pecho lo ahogaba y la visión se le tornaba turbia. Apenas conseguía distinguir la luz distorsionada de la superficie, un resplandor que se alejaba lentamente en el instante en que su cuerpo descendía hacia las profundidades.
El brillo del sol, filtrado bajo el agua, se tornó de un rojizo más intenso al mezclarse con la sangre que emanaba de la cabeza de Harrex pasando junto a él; gritándole que el fin había llegado.
En los ojos nublados de Gahel, aquel resplandor parecía una despedida, como las que describían los marineros que sobrevivieron a los deseos de Zahar, dios de las Sombras y la Muerte.
La hipoxia se volvió compasiva, mostrándole recuerdos de sus seres queridos en cada burbuja que escapaba de su boca. La imagen del rey Kahel se dibujó entre las aguas, disculpándose por haberlos abandonado tan pronto.
Amarys le regaló su contagiosa risa. Incluso, la escuchó despedirse antes de desaparecer.
En su último aliento, la vívida imagen de su madre se trazó entre las aguas.
Era irónico percibirla tan cerca, tan real.
Con sus últimas fuerzas, deseando tocar aquel reflejo, alzó las manos intentando palpar su rostro, pero no pudo, Zahar lo envolvió en sus brazos y tiró de él.
A pesar de culparse por abandonar a Amarys, se sentía feliz de poder reunirse con sus padres. Con un vago gesto en los labios, le regaló a su madre una sonrisa antes de cerrar los ojos y quedar sumido en las profundidades del mar.
Disfrutando de aquella desgracia, saboreando la sangre y la muerte, el harapiento mago ordenó a los jinetes regresar a Isla Dragón; su misión había acabado. Solo faltaba llevar la noticia al rey y felicitarlo por su permanencia en el trono.
Al atardecer, la trágica noticia recorrió el castillo hasta llegar a los aposentos de Amarys. Estaba devastada; aún sin recuperarse de la muerte de sus padres, el destino le arrebató a su hermano, dejándola expuesta y vulnerable ante aquellos carroñeros que le exigían cargar con el peso del reino.
Esperaban que entregara lo mejor de sí, pero ¿quién, con el corazón hecho pedazos y el alma marchita, sería capaz de mantenerse en pie?
No tenía fuerzas para seguir. No cuando cada rostro le recordaba lo miserable que era.
Las primeras luces del crepúsculo tiñeron el cielo.
Contrastaba con la oscura pena que envolvía al reino.
Toda la corte se reunió en los acantilados para acompañar a la familia real en el último adiós al príncipe Gahel.
Su cuerpo no pudo ser cremado como dictan las tradiciones de Daavos, pero el fuego no faltaría: sería el más vistoso de todos.
Al menos eso se merecía el príncipe, recitaba Bahel ante la corte, esforzándose por no dejar escapar su hilarante sonrisa ante los desolados rostros.
El regente ordenó traer a todos los dragones del domo, excepto a Xerex, a quien excusó por encontrarse sumido en una profunda depresión tras perder a su primer jinete.
El desconsuelo en el rugido de los dragones hizo eco en los peñascos, gritándole al viento el dolor que los desgarraba ante la pérdida del joven príncipe.
Su llanto se convirtió en fuego, alzando más de tres docenas de llamaradas coloridas hacia el cielo crepuscular.
Pero no importaba cuán brillantes eran: el negro de la tristeza ya les había robado su luz.
A medianoche, cubiertos por las sombras y alejado de los cortesanos que aún favorecían a la princesa, Bahel reunió a sus consejeros.
Era el momento perfecto para decidir el futuro del reino.
Debían nombrar al nuevo soberano de Daavos o ratificar su permanencia en el trono.
Con la ausencia del príncipe, la única heredera era Amarys que, con apenas catorce años, resultaba completamente inhabilitada para asumir las responsabilidades políticas del reino.
Después de cuatro largas horas de debate, en lo que más tarde sería conocido como El Festín de Buitres en las Crónicas del general Elyot Valiant, el consejo determinó que el príncipe Bahel Deehagon continuara como regente hasta que la princesa Amarys alcanzara la mayoría de edad y estuviera preparada adecuadamente para tomar el mando político del reino.
La mirada de Bahel fue profana sobre los consejeros, oscura y llena de regocijo.
Con sus artimañas el camino al trono estaba casi listo, solo quedaba Amarys, pero ella no significaba nada, planeaba presionar el dolor en su pecho poco a poco hasta convertirla en una figura decorativa, la empujaría hasta que ella misma abdicara de la corona por propia voluntad.
Al alba, las campanas retumbaron en la ciudad.
Los cortesanos y la plebe fueron convocados en el coliseo del castillo, donde el Reggin anunció oficialmente la permanencia de Bahel como monarca.
Algunos lo vitorearon; otros, murmuraban con desconfianza, sospechando que el propio rey había ordenado la muerte del príncipe para aferrarse al trono, tal como había hecho con su hermano.
Solo faltaban unos pocos años para que aquellas sospechas se volvieran profecía, cuando la princesa muriera antes de su coronación.
El rey Bahel ordenó liberar una bandada de halcones que llevarían la fatídica noticia a toda Sthevyand, además de confirmar su permanencia como regente de Daavos.
Los pergaminos también cargaban otro mensaje: el propio Bahel puso precio a las cabezas de los supuestos asesinos, reclamándolos ante la corte. No solo a ellos; también exigía la entrega de los dos dragones que les pertenecían. A los cuales requería con vida.