Corona de Sal y Luna Capítulo 1
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Corona de Sal y Luna

Corona de Sal y Luna

Por Dennys G. Pouza

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Capítulo 1

“El peso de una corona no se mide por el poder de su portador, sino por el tiempo que logre conservarla sobre la cabeza”.

La capital de Noggard gozaba de uno de esos días en que los daavonenses llamaban benditos después de la guerra.

El reino no fue uno de los más afectados del continente, pero la miseria y la desvergüenza echaron raíces en cada ciudad.

Todo por culpa de aquella criatura maldita con piel de oveja que, por caprichos del destino, terminó amasando una corona que siempre se rehusó a adornarle la cabeza.

El rugido de los dragones era su voz y, sus siluetas, reptando por el suelo, eran su firma de poder; todo Daavos le pertenecía y pronto Sthevyand también.

Aquella mañana hubiese sido hermosa sin tantas bestias rasgando el cielo con sus membranosas alas o la desagradable nube, oscura y grotesca que se cernía sobre el castillo como si anunciara un mal presagio y resaltaba bajo su sombra el rojo sangre en las vetas de las piedras dragrithias traídas desde Isla Dragón para alzar la fortaleza en tiempos de la Unificación de Daavos.

Pero eso no le importaba a la plebe aglomerada en las afueras, la cerveza amarga y los panes viejos que servían con un poco de carne de origen desconocido les era suficiente para mantener la boca ocupada.

El sabor nunca era bueno, pero eso no les interesaba, lo que ingerían al menos les calmaba el hambre mientras la corte, envuelta en trajes y joyas, tomaba asiento en el banquete orquestado por el rey Bahel en honor al cumpleaños dieciséis de su sobrino.

—Alteza —un guardia se postró ante el regente—, todo está listo. El príncipe Gahel partirá de inmediato a Isla Dragón.

—¿Quién mejor que el joven Gahel para domar a un dragón?

—dijo Bahel dejando su voz deslizarse sobre una sonrisa ensayada mientras tamborileaba sus dedos sobre el reposabrazos del trono—.

Después de todo, lleva en la sangre la fiereza de mi hermano, el poderoso rey Kahel Deehagon —añadió con falsa solemnidad, como si el nombre aún le pesara en la conciencia.

La ovación de la corte le resultó divertida. Aquel puñado de idiotas no tenían ni la menor idea de las falsas expectativas y rivalidades en torno a su sobrino. Y no lo sabrían hasta que fuera demasiado tarde.

—Brindemos por la salud y la gloria del príncipe —Bahel alzó la copa y tiró de la corte como si fueran marionetas.

Su falsa devoción por el príncipe era la distracción perfecta para camuflar el final previsto para el banquete.

En el patio de entrenamiento, Gahel revisaba los amarres en la silla de Harrex.

Al principio, el joven dragón se mostró incómodo con la prenda aferrada a su lomo, pero fue paciente, no era su primera vez domando uno.

Mientras tensaba el último amarre una voz familiar lo hizo alzar la vista hacia la torre.

Era su hermana que venía a despedirse. Ambos compartían el amor por los dragones y, aunque ella poseía la terquedad propia de los Deehagon, él la convenció de vincularse con una dragona criada en el castillo.

No la dejaría seguirle los pasos y arriesgar su vida en busca de un espécimen salvaje.

—Volveré pronto. Lo prometo —dijo Gahel sonriéndole.

Amarys, desde lo alto de la torre, le devolvió la sonrisa agitando una mano para despedirse conteniendo el deseo de seguirlo. Su tío se negaba a dejarla volar más allá del castillo. Al menos hasta que cumpliera los dieciséis.

—¡Arriba!

Gahel dio la orden y el dragón desplegó las alas. Alzaba el polvo con cada aleteo que desafiaba la gravedad en su ascenso al cielo. Parecía un enorme pájaro verde, hermoso y torpe en su primera vez volando con un jinete.

Durante el ascenso, Gahel miraba hacia atrás una última vez buscando a su hermana, diminuta por la altura, pero aún la divisaba con la mano en actitud de despedida.

La familiaridad de aquel instante lo reconfortaba.

Saber que Amarys estaría allí, esperándolo, era uno de los escasos destellos de alegría que disfrutaba dentro de los muros del castillo, donde la felicidad había huido hacía mucho tiempo, dejando únicamente las sombras de un doloroso recuerdo.

Con un último giro sobre la torre, ambos se alejaron. Atrás quedaba el castillo mientras remontaban las corrientes de viento rumbo al noroeste, hacia Isla Dragón.

—¡Más arriba!

Ordenó el príncipe y Harrex ascendió con lentitud, como si disfrutara de un juego secreto con la densidad del paisaje que lo envolvía.

La vista era sobrecogedora: las nubes danzaban con gracia adoptando formas caprichosas en tanto los rayos del sol las atravesaban tiñéndolas de una pureza etérea que parecía ajena al mundo terrenal.

Gahel sonrió atrapado en aquella sensación que cada vuelo despertaba en él.

Era inexplicable, pero profundamente liberadora.

Allá arriba, lejos de las cadenas invisibles que ataban a los hombres al suelo, se sentía invencible.

Apenado por aquellos que jamás sabrían lo que era desafiar la gravedad y ser libres de las miserias humanas.

A medio camino el aleteo de Harrex cambió de golpe, rompiendo la armonía del vuelo.

Lucía inquieto. Mordía el aire, lanzaba llamaradas sin motivo alguno y, sus ojos, salvajes y erráticos, destilaban una creciente incomodidad.

Gahel miró a su alrededor, pero no percibió la amenaza.

“Quizás solo está nervioso”, pensó intentando recuperar el control.

Justo cuando trató de hablarle, el cielo se quebró.

Las nubes, suaves y perezosas, fueron atravesadas por tres dragones y sus jinetes.

Las bestias, con sus fauces abiertas, impregnaron el aire de azufre con su aliento, transformándolo en una tormenta de fuego que descendió como un rayo sobre el príncipe.

Gahel sintió un vuelco en el estómago al verlos; se suponía que debían protegerse entre ellos, no aniquilarse.

Consciente de la desventaja, le ordenó a Harrex apresurar el vuelo para esquivar las llamas.

Sin embargo, el joven dragón, inexperto en la lucha, ejecutaba maniobras torpes y desesperadas.

Cada intento por ganar altura o cambiar de dirección parecía insuficiente, convirtiéndolos en un blanco fácil cuya vulnerabilidad era imposible de ignorar.

Aun así, con gran esfuerzo, lograron eludir el fuego...

pero no salieron ilesos. Las llamas rozaron a Harrex en el último instante, quemándole una pata trasera.

Su dolorosa queja rasgó el aire, tan profundo y agudo que a Gahel se le encogió el corazón.

Sobrevivieron, sí, pero la herida marcaba el precio de aquel primer encuentro con los retorcidos deseos de Bahel.

Aunque Harrex era veloz, sus agresores lo seguían de cerca, cerrando el cerco desde tres puntos aéreos, forzándolos a volar en línea recta hasta agotarle sus fuerzas o calcinarle las alas.

Gahel lo entendió en un instante: no escaparían.

La única opción era pelear. Con la sangre tronándole en los oídos, aseguró los amarres de la silla y le ordenó a Harrex descender en picada para ocultarse en la espesura de las nubes.

Allí, envueltos en la bruma, quizás tendrían una oportunidad de defenderse.

Dos de sus oponentes lo siguieron y uno permaneció vigilando.

Bahel les había advertido de la peligrosa habilidad del príncipe para dominar los cielos, sobre todo cuando era acompañado por Xerex.

Razón por la cual sugirió atacarlo durante el entrenamiento de los nuevos dragones, en que la inexperiencia de las jóvenes criaturas convertiría su destreza en poco más que un esfuerzo inútil.

La calma pesaba en el aire, interrumpida únicamente por el monótono aleteo. Tan inquietante y tensa como el presagio de una desgracia que acechaba en la propia sombra de la criatura que sobrevolaba el velo de nubes.

Como un relámpago, Harrex emergió de su escondite, embistiendo al dragón amarillo desde abajo.

Una llamarada abrasadora brotó de su garganta, calcinándole un ala.

La criatura trató de escapar aleteando desesperadamente, pero fue inútil: Harrex se aferró a su cuello zarandeándolo hasta degollarlo, extinguiendo su vida en un único estertor.

Desde la silla, Gahel observó la escena con los sentidos en alerta.

Sabía que su compañero no podría enfrentar solo lo que venía después.

Sin dudarlo, abrió las manos, dejando que el don ancestral otorgado por el dios Arclas respondiera a su llamado.

Las doradas llamas brotaron de sus palmas como una avalancha, golpeando de lleno al jinete.

El fuego le devoró el tórax y el rostro consumiéndole el resto del cuerpo mientras caía del dragón.

—¡Regresa! —ordenó el príncipe.

Harrex abrió la boca y soltó su presa al vacío.

El viento aulló en los oídos de Gahel mientras descendían en picada, atravesando las nubes en un intento desesperado por desvanecerse entre la espesa bruma.

La fuga fue estéril. Desde la neblina, como una sombra viviente, el fuego negro de otro dragón devoró la luz a su alrededor.

Harrex giró con brusquedad esquivando por un suspiro el abrazo de la muerte.

No tuvo descanso. Un nuevo rival se alzó ante él: rojo, colosal, un muro de ferocidad y músculos.

Haciendo alarde de su agilidad, Harrex zigzagueó entre mordidas y zarpazos que buscaban desgarrar su carne.

Cada uno de sus movimientos era calculado, golpeaba puntos estratégicos bajo las órdenes del príncipe.

Pero aquella criatura no era un enemigo común.

Representaba la cruda fuerza de la guerra.

De un zarpazo le dejó tres heridas en las escamas del pecho.

Tres surcos sangrantes que llevaría como una medalla para siempre.