Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 52
99%

52

Las calles de Plaguen se tornan un laberinto de adoquines donde la tensión guía nuestros pasos.

Estevian permanece callado, con la mandíbula apretada y los labios sellados.

No es el momento de hablar, no mientras su familia se encuentra en un momento tan importante.

Extrañamente no hay gente por la calle, ni un solo caído caminando bajo la tormenta eterna del Midna.

En cuestión de segundos mis manos rodean la cintura del vampiro mientras el corcel que ha alquilado nos aleja de la zona noble de la ciudad.

Durante el trayecto por el precipicio cuya caída da al bosque de pinos, me planteo la opción de preguntarle sobre sus tías y Lánar.

Intento hacerlo, incluso mis labios producen un hilo de sonido, después me callo.

Entiendo que no es el mejor momento para hablar, no ahora que las cosas se han puesto serias de nuevo.

Me aseguro de que la manzana roja se mantiene en mi chaqueta y me prometo a mí mismo comérmela como agradecimiento por el regalo del humano con cabello gris.

El palacio tiene escasez de personal, es como si todo el mundo estuviera tan ocupado que no tuvieran ni tiempo para recorrer los pasillos como siempre lo han hecho.

Lo primero que hacemos al llegar es entrar en la sala del trono, a diferencia del día que me dieron el título de Tritón de Plaguen, allí no hay nadie.

―¿Dónde está todo el mundo?―pregunto mientras Estevian continúa caminando como un toro que ha marcado al cazaflamas como su único objetivo.

―Algo no anda bien…―murmura al cabo de unos minutos.

Llegamos a otra estancia que desconocía, un lugar adornado por grandes estatuas de piedra con la imagen de hombres y mujeres con coronas. Hay guardias por todos lados, una gran mesa redonda en el centro y varios vampiros que mantienen una acalorada conversación.

―¡Las arcas reales escasean!―protesta un caído con el cabello rojo langosta―. La Orden arrasó con todo.

―Los nobles exigen rellenar sus bodegas, ya no tienen sangre―se

queja otro, esta vez el cuerpo rechoncho y cara de morsa.

―Los barcos han regresado sin pesca, el pueblo está preocupado por el estado del reino―secunda el de chaqueta con piel de cocodrilo.

―¡Basta!―grita Lord Darius golpeando la mesa, me percato de que su mano se ha cubierto de la misma piedra negra que utilizó en la arena.

El resto de los miembros del consejo acallan sus murmullos mientras prestan toda su atención en su nuevo rey―.

Plaguen tiene que aguantar ¿No entienden que el duque Ábsolem y la duquesa Ágatha están buscando una solución para todos nuestros problemas?

Incluso el duque Krishan está reunido con el Antiguo.

―Pero, milord, si no hacemos algo el pueblo abandonará Plaguen y Lady Alia afirma que no pueden abastecer a tanta gente en Pestet―habla el de pelo naranja como un pez payaso.

En un abrir y cerrar de ojos Estevian se propulsa en el suelo para propinar un salto sobrenatural y aterrizar al lado del otro stoker . Al verle, los diez vampiros sentados en la mesa se incorporan y le hacen una pequeña reverencia.

―Milord, no sabíamos que estaba en el palacio―se excusa la langosta―. Le hubiéramos avisado para la reunión.

―Sí, señor―secunda la morsa―. Pensábamos que había salido de viaje, eso nos dijeron sus hermanas.

―Utilizad las reservas de palacio para crear raciones para cada familia de los barrios bajos―Estevian comienza a hablar con seriedad mientras el resto se sienta y empiezan a escribir en sus pergaminos.

En el momento en el que Lady Amari ve a su hermano me busca desesperada con la mirada. Acto seguido se acerca a mí y me rodea con sus brazos. Percibo su respiración agitada, su preocupación y su cercanía.

―Gracias a Santa Illythia que estás vivo―me susurra mientras la reunión se sigue llevando a cabo―. ¿Te has alimentado ya?

―Sí, gracias―le dedico una sonrisa mientras ella me acaricia la cara con afecto. Después coloca sus manos sobre mi vientre y percibe los latidos de los embriones que descansan en mi aurane .

―Eres un milagro para nosotros, Cirigh.

Ella me conduce hasta la mesa, se coloca en su sitio y yo me coloco al otro lado de Darius mientras este sonríe viendo la llegada del stoker como su salvación. Estevian continúa hablando con la profesionalidad de alguien que sabe lo que tiene que hacer:

―Repartid botellas de plasma a los barrios ricos y crear un decreto donde se prohibirán las fiestas y el tráfico de ilotas . Esta es la única manera que tienen de darle más duración a nuestras reservas.

―¿Y que nos queda a la Corte de la Noche?―se queja el pez payaso frunciendo el ceño.

―He despedido a los miembros del servicio dándoles una buena cantidad de dinero para que puedan disfrutar de sus próximos meses libres―aclara Darius con majestuosidad, verdaderamente habla como un duque de verdad―. Eso hace que lo que nos queda pueda alimentarnos durante al menos dos meses.

―Que las brujas cesen sus prácticas de magia y que cedan sus reservas de plasma a la corte...

―Solo quedan diez en el aquelarre, Estevian―le explica el otro stoker ―. Las otras desertaron con la muerte de la Tríada.

―Pues que reduzcan sus conjuraciones, que se muden a palacio y que nos cedan todos sus víveres―continúa el vampiro mientras cualquier rastro de alegría se borra de su expresión.

Me mantengo serio, sé que no puedo hacer mucho ahí más que permanecer entre ellos, aunque mi sitio no sea ese y mis conocimientos políticos sean nulos―.

Preparad más barcos para que partan al mar y organizad partidas de caza.

―Señor,…―el vampiro que le interrumpe es el que tiene la frente tan grande como la de una beluga―. No quedan barcos, los Condenados los quemaron todos mientras entretenía a la corte durante la matanza de la arena.

―Saldré yo a pescar―pronuncio viendo la oportunidad de sentirme útil en la sociedad vampírica―. Puedo salir cada día y abastecer gran parte de la ciudad.

―Pero…―intenta decir el pez payaso, pero Darius le interrumpe.

―Tiene razón, es el Tritón de Plaguen y se ha ganado ese título con creces.

―Visitaremos Orio, Ninfa Oscura y Torre Salamandra para pedirle a los humanos que nos donen más sangre―continúa Estevian.

―Eso obligaría a que los pueblos abanderados de la corona no regeneren su plasma para nuevas cosechas, habría que esperar meses…―se queja el que tiene afilados bigotes como un pez gato.

―Mejor eso que sumir a Plaguen en un apocalipsis de bestias sin moral. Si los inmortales matamos a nuestras anclas, ni Illythia podrá salvarnos de su guadaña―sentencia Darius y los otros vampiros escriben todos los decretos de su rey.

La corona de oro negro y rubíes le queda perfecta al stoker , es como si hubiera nacido para ella.

Una figura se levanta y aplaude cuando el silencio se propaga por la sala del consejo.

Cuando le miro me doy cuenta de quien es, recuerdo su nombre y las veces que intentó atraparme.

El general Rhain está allí presente, puedo intuir los músculos poderosos que se ocultan bajo el jubón con los colores de Plaguen.

―Ya habéis oído a mi hijo. Haced lo que han decretado―comenta a tiempo de darse la vuelta y gritar―. ¡Reforzad las defensas del castillo! Yo me encargaré de que nuestra ciudad no sea asediada en nuestro peor momento.

―¡Voy!―grita Estevian a tiempo de reunirse con él. Yo no le pierdo de vista, me mantengo a su lado, como su sombra, tal y como le prometí antes de irnos de nuestra querida isla.

Nos alejamos del murmullo del consejo mientras las armaduras de los soldados resuenan en un compás fuerte y constante.

Rhain también se ha rapado la cabeza como su hijo, no sonríe y ni siquiera me mira cuando les alcanzo.

Me cuesta incluso seguirles el ritmo, tienen el rumbo fijado de tal manera que nada puede detenerlos.

Salimos de palacio para cruzar el jardín y descender por unas escaleras ocultas entre el barranco, que delimita a la realeza del pueblo, y el gran castillo granate y negro.

Los peldaños se retuercen en la montaña de tal manera que a veces cruzamos túneles oscuros y otras estamos a pocos metros de una caída mortal.

La ruta está oculta por la naturaleza y las rocas, un camino poco predecible para alguien que nunca lo ha recorrido.

Justo cuando parece que hemos terminado de bajar, las escaleras siguen descendiendo incluso por debajo del nivel del suelo.

Al final llegamos a una cueva cuya humedad gotea por cada esquina.

―¿Habías bajado alguna vez aquí?―le pregunta Rhain.

―No, es la primera vez que te acompaño.

―Pues vas a ver el arma más poderosa de Plaguen, Estevian―después me mira por encima y añade―. Y tú también, Cirigh.

―Ya tengo ganas de llegar―jadeo cansado mientras empiezo a sentir el dolor en mis piernas.

―Recuerdo ver unos planos de una ballesta gigante―pronuncia su sobrino ignorante.

―Te vas a sorprender. Solo espero que no juzgues las decisiones que tu padre y yo tomamos para protegeros a todos.

Las palabras de Rhain se detienen justo en el momento en el que llegamos a un acuífero natural.

Un lago situado en el corazón de la tierra, oculto para los ojos curiosos.

El lugar es inmenso, está iluminado por antorchas y está delimitado por un gran portón de acero puro sostenido por cadenas que recorren el techo de la cueva.

Estevian se choca con el general cuando este se para en seco y extiende su mano hacia la gran masa de agua oscura que se mantiene en calma. Yo me pego a la pared por miedo a mojarme y perder la movilidad en Tierra firme.

―Dicen que el verdadero poder de la corona de oro negro y rubíes es el que portan las brujas del Aquelarre del Cuervo.

Pero se equivocan…―Rhain camina alrededor del lago mientras deja caer el jubón sobre el suelo.

Debajo tiene una camisa blanca cuyos gemelos comienza a desabrochar para recoger las mangas―.

Cuando Ábsolem fue elegido duque, Fielgan, tu abuelo, me hizo su protector nombrándome como general.

Años después su ciclo inmortal llegó a su fin y tuvo que entregarse al Antiguo.

―¿Qué está haciendo?―susurro, pero Estevian levanta la mano para pedir que me calle. No lo hace de manera ofensiva, más bien es como si quisiera concentrase en descifrar el secreto de su familia. No, más bien, del general.

―El reino pasó por la oscuridad del hambre en el pasado.

Nuestros enemigos naturales nos arrebataron nuestra fuente principal de alimento.

Sin ella no podíamos forjar ningún trato con los humanos―Rhain abre sus labios para mostrar sus colmillos y clavarlos en sus dos muñecas.

Primero una y luego la otra―. Por eso encontré la forma de protegernos de aquellas que no podíamos derrotar.

A tu padre le pareció una locura, pero al final cedió, pue no teníamos otra alternativa.

―¿De qué estás hablando?―pronuncia Estevian mientras abre sus brazos para protegerme.

―¡Contemplad la Plaga!―proclama orgulloso mientras deja que su sangre caiga sobre el agua oscura.

De repente el lago se empieza a sacudir, lo hace con tanta fuerza que Estevian se tiene que poner delante para que no me moje.

Varias figuras emergen del agua para volver a entrar.

Siluetas de escamas negras y ojos rojos.

Al principio no soy consciente de lo que estoy viendo, luego me doy cuenta de lo que ocultan los cimientos de Plaguen.

―¡Caribdis!―grito en sirénido mientras el miedo se apodera de mí.

Hay tres caribdis en el acuífero, tres criaturas que abren sus fauces en flor para beber de la sangre del general Rhain.

No son tan grandes como la que nos quiso comer en alta mar, tienen el tamaño de un tiburón, pero sé que eso es porque el espacio que tienen es insuficiente para desarrollarse al máximo.

Hay tres, no, hay muchas más, otras de pequeño tamaño, crías de caribdis, crías del enemigo ancestral de mi especie.

La razón de nuestra extinción está allí delante de mí, la causa de que mis hermanas y hermanos mueran en las profundidades del océano.

La razón de que mi padre muriera por salvar a mi madre.