Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 53
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Rujo, lo hago sacando mis dientes, mi rostro se contrae en mi forma de agua salada, un logro que consigo hacer estando completamente seco. Rhain me mira y abre los ojos asustado. Se mueve un centímetro y tropieza sobre el lago negro. Entonces comienza el caos.

―¡No!―grita Estevian intentando llegar hasta él, pero es demasiado tarde.

Las caribdis forman una amalgama de figuras negras que empiezan a devorar a su creador.

La sangre sale despedida por los aires al mismo tiempo que las criaturas aumentan su tamaño.

Incluso las más pequeñas, las que tenían el tamaño de un gato, crecen de tal manera que provocan temblores en el interior de la cueva.

―¡Tenemos que irnos!―pronuncio aterrado mientras mis piernas me llevan hasta el arco de salida―. ¡Tenemos que escapar de aquí!

―¡No, Cirigh!―el stoker se detiene mientras ve como del techo empiezan a desprenderse rocas de gran tamaño.

La tierra brama como si estuviera sufriendo. Las caribdis son como el veneno de las avispas de mar, esas medusas con la capacidad de detener el corazón de cualquier ser con tan solo un roce de sus tentáculos. Un veneno encerrado en el sistema nervioso de Plaguen y que amenaza con destruirlo.

―¡No podemos dejarlas aquí!―grita desesperado apresurándose a las cadenas que levantan los portones de acero para dejar a los monstruos en libertad.

―¡Mi familia!

Me quedo completamente bloqueado, no puedo moverme, no cuando veo como el futuro de dos reinos dependen de una única puerta.

Mi cabeza piensa con velocidad, necesito huir de allí, nadar hasta Laneth y advertir a mis hermanas que huyan de nuestro hogar.

Sé que el aurane no me dejará alejarme mucho de la noche del Midna, pero puedo secuestrar a cualquier caído para avanzar, ya lo hice con anterioridad.

―¡Cirigh! ¡Cirigh, no!

Empiezo a correr, lo hago subiendo las escaleras y atravesando los túneles que me han traído hasta aquí.

Escucho los gritos de Estevian mientras mis músculos se mueven solos.

Tengo que detenerme en varias ocasiones porque las rocas se desprenden de la montaña y empiezan a destrozar el camino de vuelta.

Puedo hacerlo, si voy lo suficientemente rápido puedo llegar a Plaguen, alcanzar el Salto de la Noche y volver a mi hogar.

La tierra sufre bajo mis pies, veo como grandes agujeros se dibujan en las escaleras.

Salto una vez, luego otra y después otra.

Entonces veo como un túnel se desmorona frente a mí, tengo que dar un paso hacia atrás para evitar que me aplaste.

Me quedo observando las rocas precipitándose al vacío del bosque de pinos cuando mi corazón da un vuelco.

Tengo que continuar, mi familia depende enteramente de mí.

―Yo…

Mis labios intentan hablar, pero mi lengua no puede moverse. Ver como el túnel se desmorona me hace imaginarme a Estevian sepultado bajo las rocas de la cueva. Entonces recuerdo todo lo que hemos vivido juntos, todas y cada una de las escenas que he compartido desde que llegué aquí.

Recuerdo cuando me sacó de la pecera de cristal durante la fiesta de Lady Amari. Su máscara de chacal y su esfuerzo por salvarme la vida. Después se enfrentó a los miembros de la Orden que intentaron llevarme con el Maestro.

―Yo…

No le importó mostrarme su verdadera identidad cuando me llevó a palacio para protegerme.

Me dio un hogar y me nombró su ilota para protegerme del resto de caídos.

Si yo le pertenecía de cara al resto, nadie se atrevería a tocarme jamás.

Me salvó de todos los peligros que asolaban su ciudad aun sabiendo que no era mi lugar y que no conseguía recordarle.

―Yo…

Intentó traer mis recuerdos de vuelta, cada día con su “hueles a pescado”.

Me llevó a Orio cuando vio que me ahogaba en el castillo, estaba dispuesto a sacrificarse para protegerme de los necrófagos.

No le importó que su familia supiera quién soy de verdad.

Después me prestó su propio dormitorio aun sabiendo que eso rompía todas las normas de la corte.

En ese momento tampoco pensó en él mismo, solo en mí.

―Estevian…

Mi respiración se agita mientras emprendo la carrera de vuelta.

Salto a través de todos los agujeros que se han ido formando por el desprendimiento de rocas.

Los guijarros más pequeños me golpean la cabeza y me hacen sangrar, pero no me importa, no mientras los recuerdos siguen guiando mis zancadas.

En la arena luchó por mí por encima incluso de su propia familia.

Puso en peligro a la alta sociedad de Plaguen por salvarme la vida.

Y después me convirtió en su ancla, en su razón de ser, en su punto de cordura, en su amor.

Tuvo la paciencia suficiente como para no contarme la verdad desde el primer momento, no quería dejarme en shock o traumatizarme.

Aun sabiendo que nos conocíamos desde niños, supo esperar hasta que yo estuviera preparado.

Nunca ha tenido miedo, nunca se ha alejado de mí, ni siquiera cuando la caribdis estuvo a punto de devorarnos huyó de mi lado.

Ha sido mi sombra desde que volvimos a juntarnos.

Me ha dado su alma a pedazos, con cada beso, con cada mirada, con cada risa.

Ahora él forma parte de mí tanto como lo puede hacer mi aleta.

―¡Aguanta!―consigo gritar con la sangre empapando mi frente y el cansancio amenazándome con hacerme caer.

Sigo saltando, esquivo las rocas más grandes solo para regresar junto a él. Estevian, Chacal, stoker , vampiro, caído, caminante diurno… sea lo que sea le amo, le amo con cada escama que se oculta bajo mi falsa piel.

―¡Estevian!―grito de nuevo, pero el lamento de la montaña ahoga mi voz en destrucción y caos.

Escalo los túneles derruidos con el corazón latiéndome a tanta velocidad que no puedo pensar en nada más que regresar a la cueva. No me puedo ni imaginar que el acuífero se ha derruido con Estevian dentro, no, no me lo puedo permitir.

―¡Hueles a aliento de ballena!―le rezo a Ryshanta porque pueda

escucharme, porque pueda aguantar solo un poco más―. ¡A aliento de ballena!

Mis piernas no pueden más, pero mi alma tira de cada uno de mis músculos forzando a las extremidades a avanzar.

De pronto mis ojos empiezan a llorar con tanta fuerza como la que llevan las rocas cuando destruyen las escaleras a mi paso.

La entrada de la cueva está derruida, solo hay un pequeño recovero a través del cual puedo ver el interior.

―¡Hueles a aliento de ballena!―repito cuando lo veo agarrado a las cadenas aunque la montaña vaya a aplastarle.

―¡Y tú a pescado!―me responde con el rostro destrozado en dolor.

―¡Espera, mi amor!―empiezo a apartar las piedras sin importarme cortarme las manos o romperme las uñas―. ¡Aguanta por favor!

Poco a poco voy abriendo un agujero lo suficientemente grande como para meter la cabeza.

Empujo, lo hago como si fuera mi última misión en la vida.

Repto como una serpiente mientras los recuerdos me dan la fuerza suficiente como para avanzar.

Le recuerdo corriendo hacia mí para sacarme de las alcantarillas de la ciudad, recuerdo su cara sufriendo por cada una de las quemaduras de mi piel.

Entonces caigo sobre el suelo, esquivo la caída de las rocas antes de que

puedan sepultar mis piernas y me apresuro a llegar hasta él.

Me propulso en los escombros para saltar hasta la cadena en la que está colgado.

No tiene fuerza suficiente para levantar el portón de acero el solo y las caribdis solo quieren salir de allí, sea como sea, aunque eso signifique destruir un castillo entero.

Sé que no solo destrozarían la Corte de la Noche, sino también el refugio del aquelarre y el sepulcro del Antiguo.

No quedaría nadie en pie, solo un pueblo perdido dispuesto a abandonar su hogar con la muerte de sus líderes.

Me agarro a la cadena y me cuelgo junto a Estevian, le beso con fuerza mientras nuestro peso y nuestra fuerza nos hacen ceder mientras las puertas se abren de par en par dejando libres a los depredadores de mi familia.

El tiempo se ralentiza mientras siento los fríos labios del vampiro, las rocas caen con lentitud mientras las criaturas escapan a alta mar.

―¡Tenemos que salir de aquí!―grita él justo en el momento en el que

los segundos retoman su curso. Sus ojos, de rojo brillante, observa la salida completamente inexistente. Después me mira y se da cuenta de lo que hemos hecho, además de que no tenemos ninguna escapatoria, ya no―. Lo siento… la ciudad…

―No digas nada―le doy un beso en la mejilla, le agarro la mano con

fuerza y tiro de él.

Me apresuro a llegar al agua oscura para zambullirnos en ella. Cuando lo hago mi aleta gris toma el lugar de mis piernas y empieza a nadar con fuerza. Hay caribdis alrededor, al menos las más pequeñas e inofensivas. Me esfuerzo por sacarnos de allí aun sintiendo el pinchazo de sus mordiscos.

Cada golpe de aleta es como recoger un fragmento de esperanza, la misma que se quebró cuando Rhain nos mostró a las caribdis.

Nado, sigo nadando, no puedo hacer otra cosa, no ahora que he conseguido salvar a Estevian a tiempo de que la cueva se sepulte.

Invoco el poder de las clamamareas para hacer aparecer un escudo, si las caribdis más grandes se atreven a atacarnos, al menos lo tendrán difícil.

El agua forma una gruta por debajo de la tierra, un túnel submarino repleto de pequeñas y molestas caribdis.

Son como mosquitos de gran tamaño sedientos de la misma sangre que les han dado de alimento.

El camino se ensancha dando paso al océano, en ese preciso instante las criaturas se alejan del Continente de la Banshee y yo nos hago emerger a la superficie.

En el momento en el que mi escudo se disipa la lluvia azota nuestros rostros con fuerza. El cielo descarga sus relámpagos como si supiera que la sociedad nocturna ha estado en peligro. No suelto a Estevian en ningún momento, ni siquiera cuando llegamos a la playa y salimos del agua.

En cuanto me pongo en pie me rodea con sus brazos y me aprieta con fuerza. Nuestros corazones forman una melodía hermosa, mucho más bonita que la de la canción de mi Voz Azur. Entonces coloca su frente sobre la mía y jadea agotado.

―Te amo Cirigh de Laneth―consigo escuchar incluso con los truenos recorriendo la noche eterna―. Y quiero casarme contigo, formar la Corte de Agua Carmesí con la que has soñado. ¿Qué me dices?

―Sí, sí quiero Estevian Ilia―empezamos a reírnos empapados en el agua que cae del cielo. Me esfuerzo en reprimir mi forma acuática, lo hago como si estuviera reprimiendo, con todo mi ser, las ganas de estornudar.

Nos besamos, lo hacemos como si fuera el último beso de toda nuestra existencia.

Dejamos que nuestros labios bailen al compás de nuestros latidos, la tormenta y los relámpagos.

Nos prometemos quedarnos juntos para siempre, cada intercambio de saliva es una firma del tratado que forja nuestro propio reino.

Una ciudad que de momento vive en nuestros corazones, al menos por ahora pues la Corte de Agua Carmesí algún día existirá.

Continuará….