Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 50
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Estevian me guía a través de rutas alternativas a las zonas principales. Pasamos desapercibidos por calles estrechas y edificios menos cuidados. De un momento a otro nos encontramos caminando bajo grandes arcos de piedra en mitad de la ciudad, que evocan el recuerdo de un reino olvidado.

―Es el Barrio Antiguo―comenta percatándose de mis ojos abiertos de par en par para observarlo todo con detenimiento.

Se detiene frente a una puerta de madera roja y da tres golpes con la aldaba―.

Mis antepasados tenían el palacio aquí, luego llegó mi abuela y pidió que construyeran un castillo más grande y lujoso alejado de los ciudadanos de menor rango.

―¿Qué estamos haciendo?

―¿No pretenderás entrar así en palacio no?

La puerta se abre y aparece una mujer con el rostro arañado por el paso del tiempo.

No tengo ninguna duda de que es humana, pues los inmortales no envejecen, lo que me hace comprender que en Plaguen no solo viven vampiros.

La vetusta, palabra que utilizamos los ahogados para nombrar a las ballenas más viejas, mira a Estevian de arriba abajo y esboza una sonrisa pausada.

En mi mente jamás utilizaría la palabra anciana para determinar la edad de alguien, para mí ese es un título mucho más importante, con más peso y poder.

―Vaya, sí que has crecido―pronuncia con la sabiduría guiando el movimiento de sus labios y la mirada gris pasando de pies a cabeza de mi acompañante.

Después se da la vuelta, encorvada, y camina con ayuda de un bastón de madera de ébano.

Desaparece al otro lado del umbral de la puerta―.

Pasa guapo, pasa… no te quedes ahí. Y trae a tu amigo.

Estevian me acaricia la mano mientras caminamos por los pasillos de la vivienda.

A diferencia de los colores granates y rojos, presentes en la bandera de Plaguen, la casa de la vetusta tiene tonos blancos y violetas.

Hay cuadros donde puedo ver a dos mujeres felizmente casadas.

Por un momento imagino que su historia es parecida a la de Lady Angélika y el Conde Ignatius.

Pero en todos los cuadros la pareja envejece al mismo tiempo.

―¿Quiénes son ellas?―susurro percibiendo el aroma a antigüedad en cada paso que damos.

Todo huele al pasado, la alfombra de terciopelo blanco que pisamos, el papel de pared morado, los muebles de madera carcomida…

incluso las estatuas de mármol tallado con forma de bailarinas situadas sobre las estanterías.

―Lady Olivia y Lady Gayla―me responde con un tono de voz bastante normal como para estar hablando a espaldas de alguien―. Y no te preocupes, están sordas como una piedra.

―¿Son humanas?

―Así es―canturrea Estevian abriendo una puerta con vidrieras en colores verdes y amarillos.

―¿Y ladies?

―Exactamente.

―Pero…

Y antes de que pueda hacer otra pregunta estamos en un pequeño salón compuesto por un sofá, una mesa con cinco sillas y un lienzo que ocupa todo el largo de la pared.

Ahí están las dos vetustas. Olivia es la mujer que nos recibió en la entrada, tiene el cabello largo y blanco y los ojos grises como la tormenta.

Utiliza el bastón porque padece cojera en su pierna derecha, un detalle que no le evita moverse con gracia a través de su casa.

La otra debe de ser Gayla, su piel es oscura por lo que entiendo que es una humana de las Tierras Doradas, y si alguna vez tuvo la mirada amarilla, como Yaro y Gia, ahora es completamente blanca debido a su ceguera.

―Estevian ha venido a vernos, querida―dice la primera mientras se sienta en el sofá.

―¿El pequeño stoker ?―contesta la otra, subida en una escalera mientras pinta el lienzo con sus propias manos.

―Ya no es un niño, mi amor, parece un príncipe de cuento, está guapísimo.

―Huelo a alguien más, mi vida―canturrea ella sin cesar en su intento

por dibujar un paisaje sumamente real.

―Es el Tritón de Plaguen.

―¡¿Enserio?!―Gayla se emociona mientras pega un salto para llegar al suelo y abrir los brazos de par en par, sus manos están llenas de pintura verde―. Déjame abrazarte, pequeño. Déjame tocar a un tritón por primera vez en mi vida.

―Mi vida, tienes las manos sucias ¿No pretenderás manchar sus ropas?

―Olivia me mira y se echa a reír. Lo único que oculta mi entrepierna es la camisa de Estevian, el resto de mi cuerpo está a la vista―.

¿Por qué no te aseas mientras ellos se cambian de ropa?

Vienen de cazar y están hechos unos desparpajos. ¿Crees que la ropa de Lánar les valdrá?

―Eso lo tienes que decir tú, querida. Estoy ciega ¿No te acuerdas?

―Hola tía Gayla―Estevian se acerca a ella y le abraza sin importar

manchar su torso desnudo―. Estás preciosa.

―Anda, calla―se queja ella con una sonrisa―. No digas tonterías, que estoy muy mayor.

―Estás perfecta―le dice con una labia divertida y agradable―. ¿No habéis valorado la opción de ser inmortales?

―¿Y quedarme con este aspecto de vieja toda la vida?―se jacta Olivia, que se ha levantado de golpe y se ha acercado a mí―.  Ni lo quisimos en su día, ni lo vamos a querer ahora.

―Nos gustaría tomar el sol por lo menos una vez antes de morirnos, querido―Gayla le dedica dos besos en la mejilla antes de llegar a la puerta sin ninguna dificultad.

Me pregunto si realmente es ciega, luego deduzco que se sabe la casa de memoria―.

Dejadme ir a lavarme y os invito a una buena taza de té con bizcocho―después señala hacia algún lugar y añade―.

Y tú, querido Tritón de Plaguen, déjame darte un abrazo.

―Será un placer―digo antes de verla marchar hacia donde sea que esté el baño.

No logro comprender nada de lo que estoy viendo.

Estevian les llama tías, pero ellas son humanas.

Al menos eso aparentan, después de todo han envejecido como mortales.

Pero no tiene sentido, si conocen al vampiro desde que era un niño han tenido que vivir mínimo ciento cincuenta años y estoy completamente seguro de que los humanos, solares o lunares, no viven más de cien.

Quizá tuve que estar más atento a las clases de la anciana, supongo que ese será un peso que cargaré a mi espalda durante el resto de mi vida.

Cuando uno nace sabiendo que su último cometido en la vida es cargar con la esperanza de su especie, la ilusión por aprender el arte de la guerra submarina, la magia de las clamamareas o las costumbres de los habitantes de Tierra firme, pasan a segundo plano.

Quizá si la anciana de mi tribu me hubiera dicho que me iba a enfrentar a un necrófago, por lo menos dos veces, le hubiera puesto más atención a todo eso.

Pero no, decidí pasar de todo y de todos.

Mientras mis hermanos, con el mismo cometido que yo, se entrenaban, yo me escapaba de Laneth para cazar mi propio pescado o ver como los tiburones devoraban a sus presas.

Aún recuerdo cuando cogía cangrejos, les daba la vuelta y les ataba las patas con trozos de algadenas , las mismas algas que mis hermanas usan como látigos en la batalla.

Me parecía divertido y me ayudaba a matar el tiempo, luego les soltaban y huían despavoridos.

―Esto creo que te queda perfecto―celebra Olivia cuando abrocha el último botón de la camisa de seda azul que me he puesto.

Después rebusca en el armario de la habitación y saca una chaqueta negra y larga con hombreras de metal―.

Y esto va a juego con tus ojos. El azul del mar tropical mezclado con la oscuridad de sus profundidades.

―Eres muy amable―apunto mientras me miro en el espejo y me veo como si fuera un caído más de la sociedad vampírica.

Estevian ya se ha vestido, ha decidido ponerse una camisa con el cuello alto y unos pantalones marrones. Está con Gayla hablando del tiempo que llevan sin verse. Me sigue extrañando la confianza que hay entre vampiro y humana, y eso es lo que me lleva a elaborar la siguiente pregunta:

―¿Sois las tías de los stokers ?

―¿Qué? ¡No!―Olivia se echa a reír justo antes de conducirme hasta un tocador donde me ofrece asiento.

Coge un cepillo y empieza a peinarme el cabello azulado con delicadeza.

Moja ligeramente sus manos para ayudarse en su labor de prepararme para ir a palacio―.

Es una historia muy graciosa, pero al final es lo que nos define como personas―me quedo callando aguardando el momento en el que la mujer calme la curiosidad que me reconcome por dentro―.

Cuando la primogénita de los Ilia nació, sus llantos se escucharon hasta el horizonte más alejado del Continente de la Banshee.

―¿Estaba triste?―intento buscarle justificación.

―Ay, perdona, entiendo que en tu hogar las costumbres son muy diferentes. Cuando un bebé nace, ya sea vampiro o humano, llora para demostrar su fortaleza.

―En alta mar, si una cría de sirena llora se convierte en la siguiente presa de las bestias que nos rodean―le explico y ella tuerce el gesto entre risa y horror.

―Lady Amari lloraba con tanta fuerza que las brujas del aquelarre vieron en su futuro un destino glorioso―continúa, lo hace mientras nos miramos a través de nuestros reflejos―.

No había sangre alguna que calmara su hambre y entró en estado de bestia en varias ocasiones.

El duque Ábsolem y la duquesa Ágatha estaban desesperados por darla de comer, temían que, si no agasajaban su paladar, acabaría cayendo enferma y muriendo para siempre.

―¿Los niños caídos también pueden volverse despiadados?―la falsa piel se me eriza al imaginarme a un bebé actuando como una piraña hambrienta.

―Es la peor condena para una madre, aunque es fácil de dominar, pues los chiquillos de la noche no tienen la fuerza de un adulto―Olivia coge unas tijeras de plata y empieza a cortarme el cabello―.

La Corte de la Noche invitó al pueblo a una fiesta donde se elegiría a los individuos con la sangre digna del paladar de la pequeña Amari.

En esa época Gayla y yo éramos jóvenes y hermosas―se detiene un momento para atusarse el cabello y fingir ser una dama del Lluvia de Polen ―.

Apenas llevábamos unos años en Plaguen y vimos en la cata una oportunidad de conocer a la realeza nocturna.

―¿Cómo llegaste aquí? Bueno, tu esposa es de…

―Paciencia, querido, aún no he terminado con tu primera pregunta―sonríe y después continúa cortándome el cabello―.

Pues bien, resulta que de toda la sangre que se extrajo esa noche, la mía y la de mi amada Gayla, fueron las únicas que calmaron el llanto de Lady Amari.

Nos invitaron a vivir en palacio y nos dieron nuestros más preciados regalos: nuestros títulos de noble y sangre de vampiro para alargar nuestra existencia mortal.

―Estevian dijo que se os ofreció ser inmortales…

―Sí, se nos ofreció convertirnos a la noche, pero nos negamos. Nacimos siendo humanas y así es como tenemos que morir. Aunque amemos a la Corte de la Noche y le debamos, literalmente, nuestra vida.

―Si no hubiera sido por vosotras, Lady Amari hubiera muerto.

―Y por eso estos grandes regalos―sonríe y continúa explicando toda su vida en Plaguen―.

Al principio nos sacaban grandes cantidades de sangre, pero eso nos obligaba a quedarnos en cama durante semanas.

Así que no les salía rentable, si moríamos, la stoker moriría con nosotras.

Por eso empezaron a mezclar nuestro plasma con el que ellos consumían. Hasta que la pequeña adaptó su paladar.

―Ya era exigente desde que nació―bromeo y ella me responde con una risotada. Olivia saca un frasco de cristal y me rocía con su líquido para perfumarme la ropa y el cuello.

―Es un inmortal ejemplar, la única stoker de la que se han hecho muñecas de trapo para las chiquillas de la noche.

El espejo muestra a un Cirigh completamente diferente al que llegó, mi piel ha perdido un poco de su palidez, supongo que haber pasado varios días al sol ha ayudado a hacerlo.

La mujer se ha encargado de que mi pelo se vea cuidado y majestuoso, como el de un príncipe.

Aún tengo vello ligeramente en mi rostro, algo que en las profundidades del océano nunca había aparecido.

La adaptación del pueblo submarino no deja de sorprenderme, no solo podemos cambiar nuestra forma en agua dulce, sino que también invocamos piernas y podemos llegar a correr como un terrestre más.

―¡Ahí está mi querido tritón!―vitorea Gayla cuando entramos en el cuarto de baño.

La mujer me abraza con fuerza, lo hace con tanta emoción que casi pienso que está llorando.

Estevian está de pie, se seca la cara con una toalla mientras descubre su barba recortada.

Había normalizado el vello de su rostro, ni siquiera le había puesto especial atención durante nuestros días en la isla, pero ahora, ahora verle significa calentar mi alma.

―Que guapo…―suspiro sin poder dejar de mirarle.

Jamás hubiera imaginado poder sentir todo esto que el vampiro evoca en mí.

Y ya no es por su piel suave, sus músculos fuertes, sus pectorales poderosos o el suave vello sobre estos.

Menos aún por su mirada, sin importar si es marrón oscuro o carmesí, la hendidura en su barbilla o su mandíbula trabajada.

Es más que eso, un conjunto de todo, un mejunje donde hay que mezclar su personalidad, su alma y la calidez de su miembro.

Si meto todo eso en un caldero y lo aderezo con el tacto de sus colmillos y el placer que me produce que beba de mí, tenemos una pócima mucho más poderosa que la que me dio Angélika durante el ataque de la Orden.

Lo necesito cerca de mí, abrazado cada noche en mi cama.

Lo necesito incluso cuando nado en agua salada y cazo un tiburón blanco para él.

Le amo, creo que esa es la palabra indicada, la palabra que define la unión entre dos corazones.

Le quiero con tanta fuerza que no podría permitirme perderlo.

Si el sol lo hubiera calcinado por mi culpa, mi corazón estaría hundido en alta mar aguardando el momento en el que alguien lo devorara.

―Ahora te toca a ti―pronuncia Gayla con una cuchilla entre sus manos―. Vamos a arreglarte esa barba antes de que le saques el ojo a alguien.