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―¿Por qué solo tú y Yaro tenéis leones?―le pregunto a Gia mientras Estevian y Yaro hablan de la situación exacta de las Islas de Agua Carmesí.
―Somos los primogénitos de nuestras familias, los feralbas son una bendición de Bryanthe―la chica es agradable, me enseña a cómo hacer que Royen me haga caso―El resto o no nacieron en las Tierras Doradas o no son los primeros hijos.
―Que interesante… en mi familia los primeros hijos no tienen ningún tipo de beneficio.
―Vivir en el Continente de la Banshee no debe de ser muy beneficioso para los humanos ¿verdad?
―No te creas. Los inmortales nos protegen de las amenazas de la noche a cambio de que les donemos nuestra sangre en los periodos de donación ―miento con la información que tengo sobre el pueblo de Orio―. Además, tenemos acceso a sus fiestas y son de lo más lujosas.
―En Hontir los reyes viven junto al pueblo, no utilizan grandes castillos para diferenciarse de la realeza. Así que supongo que los hijos del sol disfrutamos de más humildad por parte de la corona de piel y oro que los hijos de la luna con la corona de oro negro y rubíes.
―Cuéntame más ¿Cómo es vivir con tanta luz? ¡Ay!―el león se acerca a mí después de comer y apoya su barbilla sobre mi hombro, pesa un montón pero no me incomoda. Yo le acaricio el pelaje albino, juego con su larga melena y golpeo suavemente sus grandes orejas.
―Nunca he visto a Royen tan a gusto con un desconocido. Le caes bien y a mí también.
―Cirigh, me llamo Cirigh―le digo con una sonrisa.
―Entonces es un placer conocerte Cirigh―lo pronuncia con maestría, como si el sirénido no fuera un idioma desconocido para ella.
Después muerde la naranja que tiene entre sus manos y responde todas mis preguntas―.
El sol ayuda a que la vegetación crezca con fuerza y los animales campen con libertad por los reinos mortales.
―Entonces convivís con la naturaleza ¿no?―mis palabras proyectan en mi mente recuerdos de mi hogar. Las cuevas repletas de algas, los peces recorriendo las rocas del fondo marino y las ballenas sobrevolando Laneth aprovechándose del pacto con las sirenas.
―Algo así, los elefantes no caminan por nuestras calles, pero no es raro ver liebres o aves cantoras en las puertas de nuestras casas―Gia contempla el infinito mientras su sonrisa delata la melancolía de alguien que lleva mucho tiempo lejos de casa.
―¿Por qué no regresas a tu hogar?―me atrevo a preguntar.
―No sé te escapa ninguna ¿eh? Soy incapaz de vivir en Tierra firme, mi vida está aquí, en alta mar, explorando el vasto mundo que nos rodea.
Tanto ella como el feralba bostezan a la vez, me sorprende verlos tan acompasados por lo que acabo preguntándome si la bendición de Bryanthe no va más allá de una simple unión entre compañero y amo.
―Deberíamos descansar, mañana llegaremos a Plaguen y me espera una larga noche―se despide Gia.
―Gracias por esta charla, ha sido muy divertida.
―Gracias a ti por traernos alegría al barco, estábamos pasando por una mala temporada y ahora parece que la fortuna nos ha sonreído.
Cuando Estevian y yo regresamos a las hamacas compartimos todo lo que hemos vivido por separado.
Él me cuenta que ha conseguido ubicar nuestro falso hogar en Torre Salamandra, el pueblo en el que vive el hermano de Kathleen, Malik.
También me dice que ha estado investigando los camarotes del capitán, que no ha visto nada raro, y que se ha asegurado de que no le pillaran.
Yo le doy toda la información que he conseguido sacar de los humanos y al final acabamos tumbados aguardando el momento de llegar a palacio.
Cierro los ojos con la ilusión de viajar a las Tierras Doradas alguna vez en mi vida, no quiero morirme sin haber conocido todos los rincones que tiene el mundo.
Me imagino caminando por una versión diurna de Plaguen, con liebres y conejos por todos lados, humanos de piel negra y música emergiendo de todas las casas.
―¡Soltadme!―grita Estevian a tiempo de sentir como alguien tira de mí y me aleja de él.
En el momento en el que despierto me descubro encerrado en una prisión, mis brazos y piernas están encadenadas a la madera del barco mientras a Estevian lo tienen atado al otro lado de los barrotes.
La tripulación sostiene sus cadenas de acero puro y se encargan de que cualquier signo de resistencia se convierta en una tortura.
Si se propusieran separarle en trocitos, no les costaría demasiado esfuerzo, solo tendrían que tirar hacia diferentes direcciones.
Algunos piratas nos alumbran con las antorchas mientras Yaro sostiene un látigo de oro con intenciones de flagelar la espalda del inmortal.
―¿Quiénes sois exactamente?―pregunta en tono amenazante mientras sus ojos centellean dorados ante la tenebrosidad de la escena. Otro par de ojos amarillos me desafían directamente a mí. Su leona, Zera , me enseña los dientes en señal de ataque.
―¡Ya te lo hemos dicho!―protesta el vampiro pero los tripulantes tiran de sus cadenas para hacerle sufrir.
―¡Mientes!―y con su grito viene el primer latigazo. El caído grita
desesperado mientras la tela se rasga y surge el arma de oro que se tiñe de sangre―.Te he visto husmear en mi camarote… ¿Sois espías de la corona de oro negro y rubíes? ¿Qué queréis de nosotros?
Entonces ocurre, Yaro abre los ojos de par en par mientras la herida del vampiro se regenera en un parpadeo.
Estevian se mantiene con los ojos cerrados al mismo tiempo que la multitud ahoga un grito de sorpresa.
Al ver que nuestra mentira ha caducado emito un pequeño rugido para hacer retroceder un paso a la leona.
―No sois humanos… ¿Qué sois?
―¿Estás seguro de que quieres saberlo?―Estevian abre los ojos lentamente y muestra el intenso brillo rojo de sus ojos. Los tripulantes retroceden temblorosos mientras sus manos se esfuerzan por no soltar las cadenas para huir despavoridos.
―¡Vampiro!―grita uno a lo que el caído responde mostrando sus colmillos en una sonrisa divertida.
―No, no puede ser… estabais bajo la luz del sol…―Yaro suelta el látigo sin lograr comprender lo que está viviendo en su propia piel. En el momento en el que da un paso hacia atrás, Zera se aleja de mí y se
coloca a su lado.
―¡Soltadme! No volveré a repetirlo―pronuncia Estevian, pero el
capitán del barco no cede, coge el látigo de nuevo y vuelve a golpear la espalda del vampiro. Lo hace una y otra vez sin ningún tipo de piedad.
Percibo la humedad del Arca, las gotas caen por toda la parte inferior del barco. Me concentro en cada partícula de agua y las reúno encima de la cabeza de los piratas. El hechizo empieza a crecer tanto que corro el riesgo de llamar la atención de nuestros enemigos.
―¡No te recomiendo desangrarle!―grito a modo de advertencia, necesito que me miren, que ignoren lo que hay sobre ellos―. ¿Has visto alguna vez a un caído dominado por el frenesí?
―¡Cierra la boca, joder!―me grita un tripulante, coloca la antorcha en mi cara y me quema la piel.
Estoy a punto de perder el control de la magia cuando me esfuerzo en mantener mi arma en secreto.
No grito, si lo hiciera todo se esfumaría en un suspiro, lo que no quiere decir que el dolor sea insoportable―. Jefe, jefe… ¡Esté no es un vampiro!
A diferencia de los inmortales que viven bajo la noche eterna del Midna, las sirenas no disponen una regeneración de tejidos tan rápida, al menos no fuera del agua. Por ello todos se giran para contemplar la quemadura
de mi piel y cómo la rojez prevalece.
Durante un instante me imagino mil maneras en las que los humanos podrían morir. La primera, y más clara, es que el vampiro saque su bestia interior y los descuartice uno por uno. En la segunda soy yo cantando y contemplando sus cabezas explotar. Y la tercera, esa es la que estoy llevando a cabo.
Los dedos de mis manos se estiran y adquieren posiciones sumamente extrañas.
No me importa, pues es lo único que necesito para ordenarle al agua que formen un círculo enorme sobre mis enemigos y adquiera la solidez de mis escudos.
El tripulante se debe de dar cuenta porque acto seguido se gira para descubrir mi plan.
―¡Cuidado!―grita, pero es demasiado tarde pues el fragmento de escudo cae sobre sus aliados y se rompe en mil cristales que se vuelven líquidos al instante.
El choque es tan fuerte que los piratas se caen al suelo, aun sin soltar las
cadenas Estevian consigue utilizar su fuerza para luchar. Utiliza la potencia de sus muñecas para hacer que sus captores vuelen unos contra los otros. Luego coge el látigo de oro y rodea el cuello de Yaro con él. La leona está a punto de abalanzarse sobre el vampiro pero de pronto se detiene:
―¡Un paso más y lo estrangulo!―advierte y Zera baja las orejas aterrada por la vida de su dueño―. ¡Soltad a mi chico!
El corazón se me detiene en un suspiro mientras mi cabeza repite una y otra vez: su chico. Los tripulantes hacen lo que le piden, me liberan de la prisión y las cadenas. Una vez fuera, camino con calma para colocarme detrás de Estevian, el cual me guiña un ojo en señal de que todo va a ir bien.
―Ahora nos vamos a ir y nos vais a dejar marchar ¿Lo habéis entendido?
―pero los piratas no dicen nada, por ello el vampiro aprieta el látigo con más fuerza.
Yaro se queja y sus hombres asienten con la cabeza―.
No queremos problemas, os debemos la vida y por esto no os voy a matar.
Pero si volvéis a intentar hacernos daño os aseguro que os sacaré el corazón con mis propias manos.
―Los caídos mueren al otro lado del Midna…―pronuncia Yaro con dificultad―. ¿Cómo has podido caminar bajo la luz del sol?
―Hay otras cosas que no conseguirías comprender―miente Estevian, pero el pirata no le cree.
―Eres una aberración para este mundo…―sentencia antes de que el vampiro le empuje y salgamos huyendo de allí.
Agarro la mano de Estevian y corremos hacia la proa para saltar desde
el mascarón, el cual está tallado con la forma de una gacela dorada.
Nuestros cuerpos caen en picado hacia el agua, una caída sumamente corta comparada con las veces que he saltado desde el Salto de la Noche.
El contacto con el agua salada me otorga mi forma más fuerte y me ayuda a escapar del Arca a gran velocidad.
Los piratas intentan dispararnos con sus arpones, al menos al principio, pues luego nos volvemos inalcanzables.
Llegamos a la playa de Plaguen antes de lo esperado. El navío está a lo lejos, sus antorchas lo delatan acercándose a puerto con lentitud. Nos
deslizamos por la arena fina y, en cuestión de segundos, vuelvo a estar completamente desnudo.
―Ya estamos a salvo…―dice Estevian mientras mi respiración aún permanece agitada. Me ayuda a levantarme, se quita la camisa para taparme la cintura y me rodea con sus brazos para cuidarme―. Siento que no hayamos podido ir a ver a tu familia.
―No pasa nada… ya iremos más adelante. Ahora tienes asuntos que atender…
―Sin ninguna gana. Me hubiera encantado tenerte un ratito más para mí.
―Y lo tendrás―sonrío mientras ascendemos por unas escaleras de piedra y madera que conectan la playa con la parte baja de la ciudad. Le doy la mano y añado―. Para siempre.
―Para siempre―responde antes de darme un beso en la frente y emprender nuestro camino a través de las calles con adoquines de Plaguen.