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―¿De dónde?―Gia nos mira sorprendidos, pero en ningún momento cuestiona mi respuesta.
―Unas islas pequeñas situadas cerca de la noche eterna.
―¡Ah! Pues estáis de suerte, porque nosotros nos dirigimos al Continente de la Banshee―las palabras de Yaro provocan que Estevian se quede completamente perplejo. Después añade algo que me produce un escalofrío―. A Plaguen concretamente.
―¿Cómo?―el vampiro intenta buscar una explicación pero el barco de los humanos tiene su propio objetivo.
―Cogerle los dientes al demonio, valdrán una fortuna en el mercado―ordena Yaro y sus tripulantes se ponen en marcha.
―Venid conmigo, creo que tenemos algo que os puede servir―Gia nos señala una puerta situada bajo la balconera con el timón―. Bienvenidos al Arca, nuestro pequeño hogar.
Me extraña ver a los leones seguir a sus dueños como si fueran sus sombras, en ningún momento parecen mareados o incómodos, como si hubieran sido adiestrados desde cachorros a una vida en alta mar.
Algunos piratas se sitúan al mando de varios arpones mientas que otros se zambullen al agua con grandes cuchillos de oro para seccionar los
dientes de la caribdis. O demonio, que así es como ellos le llaman.
―Nos cae de camino―dice Estevian al fin, lo hace sonriendo y fingiendo una falsa simpatía―. De hecho, solemos ir mucho a Plaguen para donar nuestra sangre a la Corte de la Noche.
―Sí, somos conscientes del trato que mantienen unidos a los humanos de la noche eterna con los caídos que los gobiernan―Gia nos guía hasta un gran baúl lleno de ropa. Estamos rodeados de barriles de ron, fruta y carne fresca―. Coged lo que os valga, yo os esperaré arriba.
Y se marcha, aunque su león se queda allí sentado mirándonos, como si se fuera a asegurar de que no abusemos de la hospitalidad de su dueña.
No todo es de nuestra talla, hay prendas sumamente pequeñas y otras excesivamente grandes, pero conseguimos vestirnos.
Acabo utilizando una camisa holgada, unos pantalones cortos y unos zapatos de tela marrón.
Estevian, en cambio, elige por inercia la ropa más oscura: un chaleco negro y unos pantalones azul marino, el calzado es similar al mío.
―¡ Royen ! ¿Qué haces ahí? ―se queja la humana llamando la atención de su mascota―. ¡No seas voyeur!
La hospitalidad de los diurnos nos sorprende gratamente.
En el momento en el que saquean a la caribdis, el Arca se pone en marcha.
Recorremos el mar de Valhía a una velocidad mucho más reducida que la de mi nado, pero teniendo claro que aquí estamos más seguros.
Los piratas siempre tienen algo que hacer, si no están con las velas del barco, se encuentran hablando del largo trayecto que los ha traído hasta aquí.
A pesar de que Gia es la más simpática de todos, Estevian admite que no se termina de fiar de ella y que Yaro, en cambio, es mucho más transparente.
No sé muy bien porqué lo sabe, no utiliza el poder de los Ilia por miedo a que descubran que nuestra historia es falsa.
Por ello acaba manteniendo el fulgor rojo oculto mientras yo me limito a alejarme del agua.
Aprendo, casi como una lección forzada, como una afición, a alejar las salpicaduras de mi cuerpo con la nolmancia. A diferencia de los vampiros, las sirenas no delatan su verdadera naturaleza al hacer uso de la magia.
―¿Y a qué os dedicáis?―pregunto cuando Yaro se sienta a nuestro lado con un trozo de carne seca que utiliza para engañar al estómago.
―Pertenecemos al gremio de mercaderes que hay en Valhía. Vendemos lo que nos vamos encontrando en alta mar y abastecemos algunos pueblos y ciudades con nuestras mercancías.
―No sabía que los prestigiosos tenían trato con los caídos―Estevian se
encuentra contemplando el horizonte cuando se une a nuestra conversación.
―Oh, claro. Hay gran exportación e importación de productos entre las Tierras Doradas y el Continente de la Banshee.
―No debe de ser legal porque no hay ningún tratado sobre ello―el vampiro parece estar ofendido por la alianza oculta entre traficantes de diferentes razas.
―No lo hay, los reyes de ambos reinos ignoran todo esto. Y aquellos
que lo han sabido han apartado la mirada. Entiendo que hay cosas que no se pueden producir en la noche eterna de Valhía.
―Trigo, verduras, hortalizas…―pienso en alto a lo que Yaro me responde con un golpe suave en la espalda y una gran sonrisa. Quizá es por su piel oscura, pero verle sonreír me es sumamente agradable.
―¡Eso es!―dice el humano y acto seguido me despeina el cabello azulado. Estevian le fulmina con la mirada, como si su acercamiento le estuviera poniendo celoso―. También hay otras cosas que con los ciclos solares no crecen bien en la Tierras Doradas. Las moradoras es lo que más éxito tiene.
―¿Las uvas negras?―dice el vampiro y el mortal se levanta para acercarse a él.
―Si se trabajan en la oscuridad salen vinos muy caros―de pronto hay un enfrentamiento silencioso entre el prestigioso y el caído, una lucha de miradas que acaba con sonrisas forzadas.
Yaro sabe jugar sus cartas, después de todo es un pirata.
Se desabotona su camisa y deja que el sol acaricie cada centímetro de sus músculos.
Tiene más abdominales de los que puedo contar, y unos pezones que resaltan en sus pectorales esculpidos con barro mágico.
Me quedo eclipsado mirándolo, lo hago sin querer, nunca he visto a alguien como él.
Y Yaro lo sabe―. ¿No deberíais ponerte a la sombra? Te acabaras quemando con este calor.
―Estoy bien―contesta Estevian con sequedad.
El pirata empieza a ascender a través de una escalera de cuerda y madera hasta un puesto de vigilancia situado en lo más alto.
Antes de dejarnos solos nos invita a bajar a los camarotes de la tripulación para protegernos del sol.
Yaro se preocupa de nuestra palidez, sin saber que, en lo profundo de nuestro ser, somos criaturas peligrosas.
―¿Estás bien?―le pregunto a Estevian cuando se cruza de brazos sobre una de las innumerables hamacas que forman parte del descanso de los tripulantes.
―No me gusta cómo te mira―suspira él―. Se ha tomado demasiadas
confianzas en muy poco tiempo.
―Es gentil ¿no?―sueno tan inocente que casi me siento estúpido.
―No, no me fio de ellos. ¿Quién salva a dos náufragos y ni siquiera le preguntan el nombre?
―Quizá los mortales viven de otra manera, con más intensidad. Después de todo sus vidas son efímeras―comento intentando buscarle la lógica a todo esto.
―No, Cirigh… no me hace falta utilizar mi poder para saber que hay algo extraño en todo esto. ¿Y por qué los vampiros comercian con los humanos? ¿No sé supone que estamos en época de paz?
Su respiración se agita, pero no con excitación, como estoy acostumbrado a ver, si no con ira y enfado. Me siento a su lado, con los pies colgando mientras otros humanos llegan para tomarse un respiro de las altas temperaturas del mar tropical de Valhía.
―Te quiero―susurro y al instante me mira.
Su respiración se calma y yo encuentro la oportunidad para repetirle todo lo que siento por él.
Me doy cuenta de que nunca lo he hecho―.
Te quiero a ti y nadie va a cambiar eso.
Lo que hemos vivido ha sido mágico y nos queda una vida eterna por delante.
Si no te hubiera conocido sería una criatura salvaje cuyo único cometido sería portar los huevos de mi especie.
Pero me has dado una razón más para vivir, no solo para descubrir este hermoso mundo en el que vivimos, si no para seguir tocando el alma que se oculta bajo tu fría piel.
―Yo… Cirigh…―intenta decir, pero hay algo en su garganta que le impide hablar―. Lo siento…los celos…
―¿Sentir el qué? Si ni siquiera entiendo cómo funcionan los celos. Dame un tiempo, aún estoy asimilando el simple hecho de que me he enamorado de ti y lo quiero todo contigo Estevian Ilia.
Nos tumbamos abrazados en la hamaca y dejamos que el vaivén del barco nos relaje. Encuentro la facilidad para conciliar el sueño, es casi más un método de supervivencia, para amenizar el tiempo, que una técnica de descanso. Él se queda mirando el techo.
Transcurren los días hasta completar el ciclo de una semana, luego otra hasta que al final el cielo se cubre de nubes y trae consigo la noche eterna.
Yaro siempre se acerca a hablar conmigo cuando me ve en la popa del barco observando el mar infinito.
Me habla de lo feliz que es en alta mar y de la verdadera fortuna que se saca traficando con diferentes tipos de mercancías.
Suele quitarse la camisa para que la brisa marina bese sus músculos y yo tengo que apartar la mirada para no ruborizarme.
Estevian no vuelve a ponerse celoso, y si lo hace no tiende a exteriorizarlo.
―¿Por qué hacéis eso?―pregunta Gia cuando nos ve bebiendo sangre de los peces que pescan.
―La Corte de la Noche nos enseña a hacerlo para aumentar la producción de nuestro plasma―explica Estevian asegurándose de no abrir los ojos hasta que el fulgor rojo no se ha apagado.
―Que raros estos vampiros…―comenta ella a tiempo de servirnos pescado a la brasa con frutas. Un plato que sorprendentemente me encanta, aunque sigo prefiriendo el pescado crudo, eso sí que es un manjar. La tripulación come como salvajes, sin modales ni protocolos sobre la mesa.
El trayecto hasta Plaguen se extiende varios días más.
Nos dan de comer cada día sin pedirnos nada a cambio y eso no deja de extrañarnos.
Estevian le da mil vueltas a la hospitalidad de los piratas mientras yo los excuso con mi inocencia.
Hay momentos en el día en los que Gia saca su laúd y empieza a cantar divertidas melodías que me atrevo a bailar junto a los tripulantes.
En esos momentos son en los que me pregunto ¿Qué maldad puede tener esta gente tan divertida?
―¡Corre, Royen !―grito lanzando un pedazo de carne cruda para que el león de Gia vaya a buscarlo―. ¡Atrápalo al vuelo!