47
Me quedo dormido cuando Estevian explota de placer salpicando todo mi cuerpo.
Él permanece conmigo, aunque no duerma decide no separarse de mi lado, se tira toda la noche pensando.
Ahora entiendo porque hace estrategias de guerra tan efectivas, tiene todo el tiempo del mundo, todo el tiempo para idear los mejores planos.
Cuando el sol me desvela él ya está preparado para irnos.
Ha cogido hojas de palmera para improvisarse unas prendas de ropa, una especie de pantalón verde con ramas finas como cinturón.
―¿Qué tal estoy?―abre sus brazos y luce sus músculos esculpidos por su diosa.
―Demasiado sexy―pronuncio con provocación.
―No te he fabricado nada porque lo romperías en cuanto te conviertas en tiburón―señala el mar y la casualidad hace que señale la cabeza flotante del tiburón que cenamos la noche anterior.
Los minutos pasan sin prisa, seguimos agarrados de la mano mientras contemplamos el humilde tamaño de la isla.
Apenas hay cuatro palmeras, algunos arbustos y una pequeña inmensidad de arena.
Si tuviera que compararlo con algo, diría que se podría hacer una bonita casa de jardín sin huerto ni jardines.
Aunque me da igual, es nuestra isla, nuestro rincón, nuestra corte.
―Volveremos―me promete Estevian―. No sé cómo la encontraremos porque las islas tan pequeñas no figuran ni en los mapas, pero la encontraremos.
Caminamos por la playa dejando que el agua nos acaricie los pies descalzos.
Con cada ola mis pies se cubren de escamas grises, pero no terminan de convertirse en aleta, al menos no hasta que mi cintura se mantiene completamente empapada.
Entonces me transformo en el temor de las mareas, el depredador dominante, un tritón.
En esta forma percibo los olores con más fuerza, no solo el aroma delicioso de carne fresca de Estevian, que se va deteriorando cuando no se alimenta.
Si no también el perfume a través de la salina de todo lo que nos rodea: los peces, el coral, los animales ocultos en la arena…
Rodeo la cintura del vampiro con uno de mis brazos y comienzo a nadar con fuerza.
No alcanzo mi mayor velocidad, pero nos movemos ágiles a través del agua.
En alta mar no hay caminos ni rutas, solo el caos del océano y la vida salvaje.
Las sirenas de Valhía sabemos movernos leyendo el curso de las corrientes, algo parecido a la lectura de las estrellas para los navegantes.
Estamos lejos de Laneth, lo sé porque no reconozco nada de lo que estoy viendo.
Sé que el mundo submarino está en constante cambio, pero tengo claro que este lugar es nuevo para mí.
Me mantengo a una altura media de la superficie, así tenemos facilidad para esquivar la vegetación de las profundidades.
Cuanto más lejos estamos de Tierra firme más intensa se hace la mirada de la oscuridad bajo nosotros.
Sé que descender significa arriesgarse a toparse con las bestias más peligrosas, y no me refiero a los calamares gigantes, con ellos puedo lidiar.
Lo que más temo son las caribdis que se mueven en las sombras, esa mezcla entre cocodrilo, tiburón y pulpo, la verdadera maldición de las sirenas.
La sociedad marina somos conscientes de que las caribdis son una gran amenaza.
Lo he visto en dos ocasiones, una de ellas la había olvidado por completo.
Se necesita un ejército para derrotar a una sola.
Ni siquiera una reina sirena es suficiente como para acabar con uno de esos monstruos.
Por suerte no quedan muchas vivas, se cree que solo hay cinco en toda Valhía, supongo que cuatro si contamos con el que derrotaron las sirenas de Laneth.
No se pueden reproducir porque todos son machos, una contraposición con nuestra diosa protectora Rysantha.
Solo hubo una caribdis hembra hace miles de años, fue derrotada por la alianza entre los cuatro reinos submarinos.
Gracias a eso las ancianas de diferentes generaciones han podido recabar información sobre estas bestias.
Yo he visto el dibujo tallado en piedra, se dice que las hembras son tan oscuras como los machos, pero que sus escamas refuljan cuando atacan.
Las piedras afirman que ver a una de estas es un evento único y hermoso, es curioso saber que la muerte de mis antepasadas tuvo un momento de belleza antes de su final.
Supongo que se podría acercar a contemplar el arrecife de coral más venenoso del mundo.
―Por aquí―emito entre un chasquido de lengua y un leve rugido de
garganta.
Estevian no dice nada, lo que me incita a mirarle y descubrir su cara excesivamente alegre.
No aparta la mirada del fondo marino en ningún momento, lo observa todo con detenimiento, como si fuera un niño ilusionado por los logros de sus padres.
Los peces, aunque familiares para mí, son figuras de colores que no le dejan de sorprender.
Todo en el mar tropical se podría asemejar con el cuadro más caro de la Corte de la Noche.
No puedo evitar compararle conmigo cuando llegué a Plaguen y descubrí todos los lujos de los inmortales.
De repente empieza a gritar, lo hace con un gesto de horror y desesperación.
Cuando sigo el curso de su dedo índice mi corazón se detiene en un intento por huir de mi cuerpo.
La oscuridad de la inmensidad del mar se cierne sobre nosotros, lo hace despacio, pero con un bramido que reconozco a la perfección.
Me esfuerzo en nadar con más fuerza, agito mi aleta sin descanso mientras las sombras toman la forma de cuatro tentáculos, no, de las fauces en flor de una caribdis.
―¡Joder!―consigo escucharle mientras sus ojos brillan rojos intentando defenderse de alguna manera. Pero aquí no tiene ninguna posibilidad.
No puedo permitir que Estevian muera aquí, no a manos del enemigo principal de mi especie.
La criatura se coloca detrás de nosotros en un momento.
Su velocidad de nado supera la mía por la que calculo que en unos pocos segundos nos devorará.
Me siento estúpido por pensar que este plan iba a salir bien, inútil por no ser capaz de proteger al hombre al que amo, al inmortal que me ha devuelto la ilusión de vivir.
No lo pienso dos veces, me detengo y extiendo mis manos para invocar un escudo protector.
La burbuja nos rodea al instante y bloquea el ataque de la caribdis.
Sus tentáculos repletos de dientes empiezan a presionar mi hechizo con fuerza, lo siento porque es como si mi creación fuera una extensión de mí.
La adrenalina recorre mis venas de sangre salada y regenera las grietas que se van creando en nuestras defensas.
―¡Aguanta Cirigh, por la diosa!―grita Estevian, agradezco que los vampiros no tengan que respirar, de haber sido así este viaje hubiera
sido imposible.
La caribdis intenta tragarnos, pero la burbuja es demasiado grande, es como si intentara tragarse la perla de una almeja gigante. Aguanto cada sacudida, cada intento por tragarnos, cada esfuerzo por acercarnos a la muerte permanente.
Estevian se queda completamente bloqueado, sus ojos se mantienen fijos en la bestia que ve en nosotros una oportunidad de alimento.
El monstruo tiene un tamaño colosal, dieciocho metros, el más grande que he visto hasta el momento.
Sus escamas son negras como el petróleo con pequeñas motas blancas apenas perceptibles.
Dispone de cuatro aletas, dos bajo el cuello y dos justo antes de empezar su larga cola.
Sus ojos son pequeños, pero son tan amenazantes como su boca abierta en flor, fauces con la flexibilidad de los tentáculos de un pulpo, pero con dientes de tiburón.
Su garganta es un túnel a través de los cuales los incisivos continúan hasta algún lugar.
Es una criatura mortal, un depredador alfa que tritura todo lo que devora.
―Quizá pueda utilizar la irialmancia…―pronuncia el vampiro justo en el momento en el que sus manos empiezan a brillar blancas.
Entonces percibo como la presencia de su hechizo pone en peligro el mío, lo que me lleva a suplicarle que no lo haga, lo hago en sirénido, pero él parece entenderme.
De un momento a otro se apaga y la burbuja empieza a agrietarse con más intensidad.
No sé cuánto más podré aguantar, por lo que me quedo mirando a Estevian como si fuera lo último que fuera a hacer en mi vida.
Un estallido sacude mi corazón justo en el instante en el que mi resistencia se reduce a cero.
El campo de fuerza se fragmenta en mil pedazos que se disuelven en el mar.
Las fauces tentaculares empiezan a cerrarse entorno a nosotros, pero lo hacen sin fuerza.
De nuevo otro estallido y la caribdis se aleja de nosotros soltando su tinta a modo de disuasión.
No, puedo percibir el aroma que segregan sus escamas negras, no es su tinta si no su sangre.
Una tercera explosión le deja completamente inerte y obliga a su cuerpo a flotar.
―¿Qué está pasando?―digo entre chasquidos de dientes y chillidos de delfín.
De golpe nos atrapa una red pesquera, Estevian me agarra para protegerme mientras mantiene su mirada carmesí para enfrentarse a lo que sea que nos está sacando del mar. Según vamos ascendiendo descubrimos un navío de madera clara con refuerzo de acero puro
bañado en oro.
―Guarda tu aleta―dice el vampiro nervioso―. No sabemos quiénes son, pero guarda tu aleta, rápido.
―Ayúdame a secarla…―pronuncio en terrestre mientras utilizo la nolmancia para expulsar la humedad de mi piel.
Estevian se quita el pantalón de hojas, las sacude con fuerza y me las restriegas por las escamas.
En unos segundos la falsa piel emerge en lugar de la aleta y tengo a un vampiro tapándome la entrepierna con un puñado de hojas.
El sol nos deslumbra cuando nos dejan sobre la madera del barco y nos apuntan con varias espadas.
―¿Amigos o enemigos?―dice una voz, lentamente voy viendo con claridad y descubro a un hombre joven de piel oscura.
Sus músculos sobresalen ligeramente a través de su camisa abierta.
Tiene trenzas en el cabello negro y se esfuerza en mantener sus labios, extremadamente carnosos, en una posición entre enfado y frustración.
―Yaro, acaban de sobrevivir al ataque de una caribdis ¿Crees que son enemigos? ―habla una mujer a la que no puedo mirar porque tengo el filo de una espada debajo de mi garganta―. Bajad las armas. ¿No veis que están desnudos?
Estamos rodeados de piratas, todos procedentes de las Tierras Doradas
del oeste, es decir, son humanos. Su color de piel, negras como la noche, les delatan, por no hablar de su aroma a especias y sudor.
Aunque sin duda lo que más llama mi atención son sus ojos dorados, todos y cada uno de ellos tienen la mirada de color amarilla.
Los piratas no hacen nada hasta que Yaro agita sus manos para que nos dejen respirar, lo que significa que él es el capitán.
―¿De dónde venís?―pregunta el hombre mientras me extiende su mano para ayudarme a levantarme.
―Naufragamos…―improvisa Estevian y la mentira parece ser convincente porque nadie nos pide explicaciones.
―¿Estabais muy lejos de aquí? ¿Queréis que intentemos buscar vuestras pertenencias hundidas?
―Se las comió ese monstruo―continúa mientras yo me limito a asentir con la cabeza.
―Malditos demonios―pronuncia Yaro a tiempo de que algo me haga quedarme completamente quieto.
A su lado hay una leona de gran tamaño, un animal cuyo pelaje blanco se sacude con la brisa marina.
La felina me mira, me olfatea y me fulmina con la mirada.
Está claro que las mentiras no le han calado hondo y sabe que no estamos diciendo la verdad.
Ralentizo mi respiración para demostrarle que no quiero atacarle, que vengo en son de paz, una técnica que las sirenas utilizan para mostrar alianzas con otras especies marinas.
― Zera atrás, son aliados―le ordena Yaro al animal y se sienta para lamerse las patas―. Perdonad a mi amiga, es muy protectora.
―¿Tenéis hambre?―la mujer se dirige a nosotros, me doy cuenta que de todos los presentes, y quitando a la leona, es la única hembra a bordo―. A mi primo ya lo conocéis, yo soy Gia. Venimos de Hontir ¿Hacia dónde os dirigíais?
Ella tiene el pelo corto y rizado, al igual que a Yaro también le sigue un animal de pelaje albino y gesto imponente.
Es un león macho, una bestia con una melena tan larga que casi parece que está haciendo un esfuerzo sobrenatural para mantenerse en pie bajo la intensa mirada del sol.
No hay más animales allí, lo que me lleva a pensar que tanto Yaro como Gia son algún tipo de rango alto en su sociedad diurna.
Se hace el silencio entre nosotros mientras miro a Estevian esperando su respuesta. Pero no sabe que decir, lo que significa que no quiere delatar su procedencia nocturna.
Lo comprendo al instante, no podría explicar el porqué de que un vampiro pueda caminar bajo el sol, por lo que soy yo el que acaba respondiendo.
―De las Islas de Agua Carmesí.