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―Reforzad las runas que protegen las catacumbas―le digo a una bruja joven para que transmita mi mensaje a todos los presentes―. Hay un donmante infiltrado en nuestro hogar. El aquelarre no puede flaquear, no ahora que el enemigo ha estado tan cerca.
―¿Llamo a todas las brujas de la corte? ¿Deberíamos advertir a los duques?
―No, nuestros reyes tienen cosas más importantes. Deja que yo hable con Edana, estará cuidando de la stoker de la Corte de la Niebla―mis palabras proyectan un liderazgo que nunca había sentido―. Reuniremos al pueblo en la plaza, que todo el mundo sepa a lo que nos enfrentamos.
―¿Y si hay rebeldes?
―Será un buen momento para saber quién está con la corona y quién no.
―Pero las brujas no deberíamos abandonar las catacumbas.
―El Aquelarre del Cuervo va a tomar el control de Plaguen mientras los duques estén ocupados. Si nos quedamos aquí de brazos cruzados nadie podrá proteger a la ciudad. ¿Lo entiendes?
―Sí, Kathleen―y la bruja se va, se teletransporta en un parpadeo para hacer lo que le he pedido.
Recorro los pasillos a pie, no quiero consumir mi magia en teletransportaciones sencillas.
No me importa hacerlo, no mientras mis pasos me conduzcan a una de las puertas que dan acceso a palacio.
Memorizar los pasillos secretos de la Corte de la Noche es algo que se nos obliga a hacer desde que nos reclutan en el aquelarre.
Aún recuerdo cuando Calista se dibujaba mapas en los brazos para no perderse.
Utilizo la puerta del duque Sandor, el portador de la corona de oro negro y rubíes de hace dos eras.
Un inmortal de cabeza rapada y ojos grandes.
Nunca lo conocí, pero se decía que le encantaba generar festines con la caza de la temporada, invitaba a todo el pueblo y velaba por la igualdad de clases.
Un buen hombre, pero con ideas demasiado perfectas para una sociedad que se prefiere el conflicto a la paz.
Estoy en la sala del piano, una estancia completamente roja y llamativa.
Nada que ver con el tono granate común en palacio.
El lugar está vacío, como si el sentimiento de celebración se hubiera esfumado igual que lo hicieron las brujas madres.
Salgo de allí y me dirijo a la primera planta, paseo desapercibida a través de los pasillos vacíos, sin sirvientes.
Un hecho que no deja de darle un toque agridulce a la corte y todo lo relacionado con la corona.
Aun así, sigo enfocada en mi misión y en mi objetivo de advertir del peligro que se cierne sobre el reino.
Me detengo frente a una puerta de mármol blanca con la manilla de oro, golpeo ligeramente y espero una respuesta.
Pasan los segundos y nadie viene a recibirme.
El poder palpita en mi interior, una señal que me indica que algo no anda bien.
Un sexto sentido, o quizá solo intuición femenina.
No sé qué es lo que me impulsa a abrir la puerta y adentrarme en un dormitorio lleno de lujos y riquezas.
El papel de la pared es completamente blanco, los cristales de las ventanas están completamente cubiertas por cortinas de terciopelo negro.
Tengo que utilizar el fulgor rojo para ver a través de la oscuridad, pues ni siquiera hay cabida para las antorchas.
Hace frío, otra de las exigencias de los habitantes de Pestet.
Muchas veces me pregunto si realmente podría vivir al norte del continente, a pesar de ser una vampira, las bajas temperaturas me incomodan.
Todo parece estar en su lugar. El sofá con las almohadas colocadas, el escritorio con los papeles ordenados y el féretro rúnico se mantiene completamente sellado.
La caja de madera de pino siempre me ha llamado la atención, se dice que la nobleza norteña tiene uno, les facilita el viajar entre reinos sin necesidad de sumirse a temperaturas excesivamente bajas.
Se cree que los miembros de la Corte de la Niebla enferman si su piel no mantiene unos límites de frío extremo.
Puede que no crean en el poder de un aquelarre, pero ellos disponen de chamanes del invierno que bendicen a sus bebés para protegerlos de todas las amenazas relacionadas con la temperatura de sus cuerpos.
De ahí que el duque Krishan y lady Alia puedan andar por Plaguen sin problema o incluso permanecer unas horas frente al fuego del hogar.
Me extraña que no haya nadie aquí, ni la stoker , ni mi hermana ni siquiera el murmullo del viento.
Camino sabiendo que hechizo utilizar en qué momento exacto, odio tener razón y todo eso parece haber sido planeado por la Orden.
Ellos han trabajado siempre así, en silencio, a las sombras de todos hasta que encuentran el momento de atacar.
Así lo hicieron cuando organizaron la caída de la estirpe Dynevor, aguardaron el momento en el que estaban más débiles y atacaron.
Avanzo a través del distribuidor que divide el dormitorio en vestidor y cuarto de baño.
Es en ese preciso instante en el que me percato de una extraña luz blanca que surge debajo de una de las puertas.
El corazón me empieza a palpitar con fuerza cuando veo que mis suposiciones pueden ser ciertas.
Giro la manilla con una mano mientras la otra convoca una esfera de fuego negro. No lo pienso, simplemente actúo.
―¡¿Qué está pasando aquí?!―grito sin previo aviso mientras la escena que acontece frente a mí me deja completamente perpleja.
Lady Alia está allí, su cuerpo está desnudo y se mantiene rodeado por una extraña neblina blanca y brillante, la explicación de la luz que se colaba a través de la puerta.
El agua de la terma se mantiene en un extraño estado entre líquido y escarcha.
La stoker no está siendo atacada, no exactamente, tampoco lo está pasando mal.
―¡Kathleen!―grita Edana mientras extiende sus manos para invocar una ráfaga de viento que me hace retroceder varios metros.
Consigo equilibrarme en el aire, utilizo la levitación para caer con suavidad sobre la moqueta del suelo.
La puerta se cierra tras de mí y yo no puedo hacer otra cosa que sacudir mis manos nerviosa mientras emprendo el camino para salir de allí.
Sé lo que he visto, no ha sido ninguna extraña visión provocada por Kaine.
―Pues sí que protege bien a la princesa helada―pronuncio antes de aligerar el paso para que nadie pueda verme saliendo de los aposentos de la stoker .
La imagen se queda grabada en mi mente como lo hacen los herreros con sus espadas.
Mi hermana estaba allí, Edana, la mejor conjuradora de zarianmancia, la magia del hielo y las tormentas.
La bruja mantenía su mano encantada con un hechizo de frío invernal mientras sus dedos se sacudían entre las ingles desnudas de Lady Alia.
No sé qué extraños trabajos le obliga a hacer la vampira del norte, pero está claro que el
beso que se estaban dando se podría considerar allanamiento mutuo.
Suspiro, lo hago sabiendo que ninguna regla permite la unión entre stoker y bruja, menos aún con un tritón.
No sé dónde está Estevian Ilia, no percibo su esencia en palacio, pero no me hace falta haber nacido con el poder verdadero para saber que está en algún lugar del mundo dándole rienda suelta a su amor por Cirigh.
Jamás imaginé que un inmortal podría encontrar su ancla en un miembro de otra raza.
No hay libro alguno, en toda la sociedad vampírica de Valhía, que hable de un hecho así.
Y puede que esto sea un cambio para todos nosotros, o más bien una condena.
Si los inmortales empiezan a anclarse con personas fuera de su reino, eso puede significar que cuando llegue el momento de frenar a las bestias insaciables de los vampiros, sus anclas estén demasiado lejos para detenerlos.
No deja de ser un hecho sumamente curioso, por suerte las brujas no necesitamos a nadie que frene nuestros impulsos salvajes, pues nunca entramos en ese estado.
Una ventaja más que digna que pone sobre el balance la verdadera realidad de nuestra naturaleza.
Tal y como me dijo Anya, una de las brujas madres, nuestros orígenes se remontan a mucho antes de que las tres hermanas sucumbieran a la oscuridad de sus actos.
Las brujas llevamos existiendo en Valhía desde que el mundo es mundo, es solo que la noche del Midna nos ampara a la gran mayoría.
¿Quién dice que no hay más brujas al otro lado del mar?
Nadie ha podido caminar bajo el sol y ha vivido para contarlo.
Dice la profecía que solo cuando la niña, Seylah, la gran Ocultista, traiga el fin de la noche eterna al Continente de la Banshee solo las brujas sobreviviremos al cataclismo.
Un hecho que nadie quiere experimentar en sus propias carnes, pues no sabemos si la profecía es completamente real.