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Kathleen Strauss
El humo que emerge del caldero golpea el techo de piedra y se filtra por las grietas de las catacumbas de la ciudad.
Estoy sola en la sala de alquimia, el Aquelarre del Cuervo se ha dispersado desde que nuestras mentoras, la Tríada, murieron en la revuelta de hace unas semanas.
Apenas quedamos diez brujas bajo tierra, diez inmortales dispuestas a dar su vida por Plaguen.
Las demás se han marchado, algunas han desertado a las islas, a los pueblos abanderados de la corona o incluso permanecen en los barrios bajos de la ciudad.
No las culpo, el simple hecho de pertenecer al aquelarre nos pone en riesgo, por eso la alta sociedad pone tanto interés en mantenernos en el anonimato.
De ahí la aburrida idea de obligarnos a cubrirnos por la niebla , la túnica y el velo que utilizamos cuando acudimos a eventos oficiales o tratamos con la Corte de la Noche.
Si supieran nuestra identidad, podrían acabar con la principal potencia militar del reino.
Aunque pienso que es una estupidez, nadie fuera del aquelarre sabía quiénes eran las brujas madres y no han tenido protección alguna cuando esos rebeldes le rebanaron el cuello.
Por eso yo solo utilizo la niebla cuando es estrictamente obligatorio,
por lo demás suelo ir vestida con mi propia ropa.
Adoro los corsés de cuero, los pantalones ajustados y los vestidos con escote, siempre acompañados por zapatos o botas de tacón.
Mis principales herramien_ tas de trabajo cuando estaba en el Lluvia de Polen , el burdel en el que Belladona me enseñó a sobrevivir aprovechando mis dotes de hembra.
Y hubiera seguido encerrada allí si la Dama Muerte no me hubiera otorgado el poder de la oscuridad y el fuego.
―Está perfecta…―murmuro cuando mojo mis labios en la mezcla que se cuece a fuego lento.
Envaso las pociones en pequeños viales de cristal, una mezcla que resplandece azul bajo la tenue luz de las antorchas.
Me doy por satisfecha al colocar veinte frascos en la estantería de brebajes realizados.
Si se avecina una nueva guerra, las brujas que quedamos tendremos el poder de un aquelarre entero.
Una medida desesperada para situaciones desesperadas, si fuéramos las cuarenta que hemos llegado a ser antes de la rebelión no necesitaríamos recursos de poder.
Camino por las rutas subterráneas del castillo, pasillos de fría piedra y humedad cuyo único cometido es darnos acceso a las diferentes estancias de las catacumbas.
Aquí tenemos de todo: cocina, comedor, una biblioteca gigantesca, salas de todo tipo y las innumerables habitaciones privadas.
Las runas mantienen las estancias perfectamente limpias y protegidas, una de las primeras lecciones que nos enseñan al entrar en el aquelarre.
―¿Dónde está la niña?―Calista no se molesta ni en levantar la mirada de los tomos antiguos que lleva estudiando desde que todo ocurrió.
Su piel es oscura, un rasgo propio de los vampiros de las Islas Senna, situadas al este del continente.
La historia de los sennianos siempre me ha llamado la atención.
Se cree que una vez fueron humanos de las tierras solares y que acudieron a la noche del Midna buscando refugio.
El Antiguo les regaló la inmortalidad y ahora forman parte de los nuestros.
―¿Seylah?―camino despreocupada, me acerco a una de las grandes estanterías y deslizo mi dedo índice por el lomo de los grimorios―. No sé, estará por ahí jugando con las muñecas vudú.
―Se supone que tendría que estar contigo aprendiendo alquimia―sus ojos grises se clavan en mí, no me hace falta mirarla para sentir la presión en mi nuca.
―Se fue y no me dijo a donde.
―Sabes que nos tenemos que hacer cargo de ella―protesta cerrando el libro de golpe.
―¿Proteger a la Ocultista? Si tiene el poder para destruirnos a todos podrá defenderse ella sola.
―Kath…―y de repente la tengo detrás de mí. Teletransportación, hechizo básico de rango bajo ―. Si se mete en problemas seremos las responsables de todo esto.
―Cali, tenemos que prepararnos para la decisión del Antiguo. Por no hablar de los rebeldes que se han escapado sin entregarse a las autori_
dades. Podría haber una revuelta de nuevo y no estamos listas.
La preocupación es un peso que me lesiona la espalda y me obliga a tener los ojos siempre abiertos.
No sé cuánto tiempo llevo sin meditar, un estado mental que nos ayuda a rememorar nuestras enseñanzas y hechizos.
Como si pudiera leer el libro de mi niñez las veces que quisiera con tan solo cerrar los ojos y llevar mi subconsciente al momento exacto en el que lo hice. Un don natural para mis hermanas.
―Sabes que no puede estar por allí, menos ahora que los duques llevan días reunidos con nuestro antepasado…
―Su antepasado―le corrijo y ella se queja con un chasquido de lengua.
―¿Otra vez estás con eso?
―¿Has leído el tomo púrpura? ¿El de los orígenes de las brujas? ―me defiendo siendo consciente que soy una de las pocas que se han pasado sus horas muertas leyendo prácticamente todos los libros de la biblioteca.
―¿Cuál? ¿El que escribió Anya antes de convertirse en Tríada? ―asiento con la cabeza―. Esos son cuentos para niñas. Nos tienen que alimentar de ilusión cuando llegamos jóvenes al aquelarre.
―Cali, cariño. Cuando la bruja madre me dio ese libro ya había perdido la cuenta de los hombres que habían pagado por meterse en mi cama.
―Argh… ¿Dónde está?
Muevo mis dedos como si estuviera raspando las cuerdas de un arpa, el fulgor rojo acude a mi mirada a tiempo de que un libro viejo, con la cubierta de piel de cerdo tintada con lirios nocturnos, vuele hacia sus manos.
Un tomo antiguo escrito por nuestra querida bruja madre, una de las tres que han velado por nuestro bienestar por encima del de nuestra especie.
Telekinesis, hechizo básico de rango bajo.
―Ahora que no hay mucho que hacer lo leeré, pero no prometo dejarme lavar el cerebro como lo has hecho tú―comenta mientras se aleja de la biblioteca.
―Vas a sorprenderte de la gran verdad que hay detrás de los cuentos―le reto a que se lo lea, aunque dudo mucho de que vaya a hacerlo tantas veces como lo he hecho yo.
―Si sigues intentando convencerme de que las brujas nacimos de los huevos de un pajarraco gigante acabaré por emborracharme antes de que me laves el cerebro.
Cuando Calista se va, los pasillos de las catacumbas se quedan comple_ tamente vacíos.
Si, puede que seamos diez brujas las que se han quedado a proteger la corona de oro negro y rubíes, pero estamos dispersadas.
Hay algunas que permanecen en el palacio, protegiendo a la Corte de la Noche, en especial a los stokers .
Otras están en la sala de entrenamiento practicando sus hechizos más ofensivos, cargadas con el remordimiento de no haber podido hacer nada durante la revuelta.
Solo unas pocas nos hemos quedado al mando de todo esto, entre ellas Calista, Emery, Syllis y yo.
Mis manos cargan con tres libros a los que les tengo cierta repulsión.
Son grimorios de invocación, textos densos que las invocadoras del aquelarre estudian noche tras noche.
Quizá hubiera podido ser una, como lo fue Debra, la invocadora de lunas, pero eso me hubiera privado de toda libertad.
Los hechizos de creación de compañeros mágicos son sumamente complejos, se requiere un aislamiento total para poder controlarlos.
Pero necesito embarcarme en estas lecturas, necesito encontrar algo que me dé la esperanza suficiente como para poder proteger a mis hermanas.
Los necrófagos son nuestros enemigos más mortales, un simple mordisco es suficiente para convertirnos en polvo.
Dicen que sus dientes tienen un veneno mortal, una sustancia corrosiva para los vampiros de Valhía.
Necesito protegernos de eso, traer a nuestro lado un ejército con la fuerza suficiente como para velar por nosotras mientras conjuramos nuestras ofensas.
Puede que, simplemente por intentarlo, me quede inutilizada durante días, pero es una baza que tengo que jugar.
Cuando llego a mi habitación cierro la puerta y activo las runas de protección.
Me siento en el escritorio con la única iluminación de un fuego flotante que me obedece con cada chasquido.
Justo cuando estoy inmersa en una aburrida lectura de símbolos y tatuajes necesarios para elaborar una invocación, una voz surge de la nada:
―Kathleen…―susurra a lo que yo me limito simplemente a levantar la mirada muy lentamente―. Kathleen Strauss…
La voz es masculina, cálida y extrañamente familiar. Me incorporo de golpe y levanto las manos intentando conjurar un hechizo de disipación de invisibles. Pero no hay nada ahí, nadie que se tenga que revelar, lo que significa que me está hablando desde mi propia cabeza.
―Déjame entrar…
―¿Quién eres?
―Ya lo sabes, pero no me recuerdas…
―Muéstrate…
―Déjame entrar…
―Las runas protegen este lugar de nuestros enemigos, si no puedes entrar eso quiere decir que no lo tienes permitido.
―¿Estás bien, Kath?―escucho la voz de Syllis desde el otro lado de la puerta―. ¿Con quién estás hablando?
―Sí, estoy bien ¡Tranquila!
En el momento en el que mi hermana se despide de mí la extraña presencia se esfuma.
Las preguntas surgen en mi mente como una tormenta, la voz del extraño me es tan familiar que casi puedo percibir el aroma de su perfume.
Pero no lo hago, es como si mis recuerdos estuvieran rotos, como si esa entidad hubiera tenido el poder suficiente como parar borrarlos.
Respiro hondo, regreso al escritorio y me concentro en lo que estaba haciendo.
No puedo perder el tiempo, no ahora que el caos se ha apoderado de Plaguen.
Necesito encontrar un arma para exterminar a mis enemigos, un arma lo suficientemente poderosa como para evitar que nadie más nos vuelva a retar.
―Kathleen…―de nuevo la voz, pero esta vez suena mucho más fuerte, más intensa.