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Impacto de bruces sobre el agua, no puedo moverme para mantenerme a flote por lo que repito mi hundimiento.
Las dudas afloran en mi corazón con tanta intensidad que no puedo ni pensar lo desgraciado que soy por haber llegado hasta este punto.
Ni siquiera pienso en lo bien que estaba en palacio, no puedo, no cuando he contemplado la luz del sol directamente y sigo vivo.
Miro hacia arriba enamorado de la claridad del cielo y del regalo que me acaba de hacer el tritón. Pero lo bueno siempre acaba siendo fugaz y mi cuerpo no se detiene a la hora de perderse en la penumbra del mar.
No tengo fuerzas ni para activar el fulgor rojo de mis ojos por lo que me es imposible discernir las sombras que se ocultan allí abajo. En cambio, son mis oídos los que perciben algo, una melodía que dista mucho de una canción, un alarido de dolor, Cirigh está sufriendo.
―¿Dónde estás?―pronuncio con debilidad, pero los gritos se siguen propagando bajo el mar como el lamento de una banshee.
Poco a poco me voy acercando a él, lo sé porque lo escucho cada vez con más intensidad.
En la oscuridad del abismo en la que se convierte las profundidades del mar, llego a tocar tierra.
Camino con la esperanza de encontrarme con algún pez del que pueda beber antes de enfrentarme al tritón.
He aceptado tantas veces mi muerte, que ya no me preocupa que acabe conmigo.
Me muevo débil, perdido en un desierto de agua y sombras.
Sigo el rastro de sus alaridos hasta que finalmente lo encuentro tumbado sobre rocas al borde de la tenebrosidad del océano, allí abajo hay un abismo de oscuridad mucho más profundo de lo que imaginaba.
Sus manos sostienen su vientre como si estuviera a punto de estallar.
Cuando estoy lo suficientemente cerca sus gritos se detienen.
Ya no le tengo miedo, no temo la forma de agua salada de Cirigh, no hay nada más que me pueda hacer.
Si solo me espera el ataque de sus dientes y garras, que así sea.
Me acerco a él al mismo tiempo que se incorpora y me mira sorprendido, en ningún momento pretende atacarme.
Sus labios pronuncian chasquidos y crujidos que no compren_
do, pero por el gesto que pone deduzco que está preguntándome cómo he sobrevivido al abrazo del sol.
―Eso tendremos que averiguarlo juntos―mi cuerpo se contrae en dolor y las últimas gotas de sangre me abandonan. De pronto nada hasta mí, coloca su cuello en mi boca y pronuncia algo en sirénido―. ¿Estás seguro?
Me tomo el silencio de Cirigh como una afirmación, así que saco mis colmillos y bebo de él con tanta desesperación que no creo que pueda detenerme a tiempo.
No solo su cuerpo está transformado en un depredador de agua salada, si no que su sangre tiene un ligero toque a pescado, algo que extrañamente no me desagrada.
Me encanta tenerlo así, para mí, ser el único vampiro del mundo con el privilegio de poder beber de él.
Me siento suyo cuando las dudas pasan a un segundo plano y mis heridas se regeneran.
Entonces me detengo, lo hago antes de cruzar el límite que pondría su vida en peligro, soy capaz de lograrlo porque la bestia no se atreve a dominarme bajo el agua.
―Vámonos de aquí―le digo y él parece entenderme, porque me agarra por la cintura y empieza a nadar hasta la superficie.
Recorremos el agua oscura hasta llegar a el azul tropical.
Cirigh nada a ras de la superficie para no perder velocidad.
Al cabo de una hora llegamos a Tierra firme, me alivia sentir mis pies clavados en la arena de la playa.
Lloro, lo hago sabiendo que he sobrevivido a los imposibles más mortíferos para mi especie.
Primero por superar el ataque de un tritón salvaje y segundo por haber sentido, por primera vez en mi existencia inmortal, el abrazo del sol.
Tengo claro que Cirigh va a salir del agua, y así lo hace, se arrastra por la fina arena de la playa y deja que su aleta dé paso a sus piernas. De repente me mira, primero con cara de sorpresa, luego con alegría y
después con pena.
―Lo siento, lo siento… perdóname por favor―me suplica mientras se abalanza sobre mí, desnudo. Sus brazos rodean mi cuello―. Estevian, no quería hacerlo, no me podía controlar. Tenía tanta rabia acumulada…
―Te perdono―digo y él se queda en silencio―. No podría no hacerlo.
El tritón se aparta unos milímetros de mi para mirarme a los ojos y asegurarse de que lo que le estoy diciendo es cierto.
Pero él sabe que yo soy incapaz de mentir, no a él.
Sus brazos siguen rodeando mi cuello mientras los míos sostienen su cintura.
Entonces le beso, lo hago sin importarme todo lo que hemos vivido.
No hay rastro del monstruo marino que ha intentado matarme en tres ocasiones.
No hay rastro del ahogado que me ha intentado desangrar, torturarme con su canción o ejecutarme bajo los rayos del sol.
Solo está él, mi querido Cirigh, mi razón de ser.
―Te amo―le digo con la certeza de que aquí fuera me puede escuchar con claridad―.
Te amo por encima de mi existencia, no quiero volver a separarme de ti, ni en esta vida ni en la siguiente.
Eres mi ancla, mi punto de cordura, las cadenas de mi bestia interior.
Desde este momento mi corazón te pertenece, Cirigh de Laneth.
―Cuando dos personas se aman…―sus brazos se resignan a soltarme
mientras sus labios pronuncian las palabras que le dije una vez.
La memoria del tritón no conoce límites, tiene una capacidad de adaptación impresionante, más que eso, todo lo que aprende se le queda grabado en la piel―…
deciden fundirse en abrazos eternos, comparten la intimidad de sus cuerpos y se vuelven como las nubes que guardan nuestros secretos, …
―Inseparables…―terminamos a coro y después nos volvemos a besar.
Estamos en una isla desierta, sin nadie que pueda ver los cuerpos que se funden en un abrazo eterno.
Mi lengua atraviesa las puertas del tritón, se une a la suya en un baile de saliva y pasión.
Nos devoramos con lentitud, como dos románticos empedernidos que no ven el momento de que llegue el mañana.
Me desprendo de los pedazos de ropa que se han quedado enredados en mis extremidades, me uno a su desnudez mientras nuestras erecciones se restriegan húmedas ante el calor del momento.
Y no es por el sol que proyecta nuestras sombras sobre la arena, es por el fuego que crepita en nuestros corazones y estallan en volcán anhelando poseernos por el resto de la eternidad.
Esta vez es Cirigh quién coloca sus nalgas, redondas y perfectas, sobre mi entrepierna y se ayuda de sus manos para atravesar su ano con mi pene.
Se me escapa un gemido de placer, un grito que me incita a agarrarle de los pezones y retorcérselos.
Él apoya sus manos sobre mis pectorales, entierra sus dedos en el vello ligero que crece en mí pecho y empieza a mover su cadera con suavidad.
―Yo…―intento hablar, pero el placer es tan fuerte que no puedo hacer otra cosa que gemir.
―Ahora somos uno―dice él y yo no puedo hacer otra cosa que jadear de deseo.
Flexiono las rodillas para apoyar mis pies firmes en la arena y esta vez soy yo el que empiezo a embestirle con fuerza.
El sol acaricia su piel blanquecina y dibuja el sombreado de sus suaves pectorales y su vientre plano.
Le miro mientras él cierra los ojos y alza la barbilla para gemirle al aire.
Nos volvemos irrefrenables, salvajes y pasionales.
Le azoto las nalgas hasta que la rojez embriaga su piel, él me responde con puñetazos en el pecho.
Me mete los dedos en la boca y yo se los chupo sin piedad, después se los muerdo con sutileza.
Me levanto haciendo gala de la fuerza sobrenatural que me otorga el fulgor carmesí de mis ojos.
Le tumbo boca arriba sobre la arena y le embisto con fuerza mientras sacudo su pene para darle placer.
No puedo mantener el silencio, no mientras lo escucho gemir y me veo en la obligación de hacerle los coros.
Me aparta la mano de golpe y se empieza a masturbar por sí mismo.
―¡Joder!―grito a tiempo de estallar dentro de él.
―Sigue…―me exige y yo no puedo hacer otra cosa que obedecerle.
A pesar de haber terminado soy capaz de repetirlo otra vez para acompañarle mientras empapa la arena con el placer de su propia alma. Cuando salgo de su interior le abrazo, le beso en los labios y nos quedamos allí tumbados.
―Te amo, Estevian―pronuncia sabiendo a la perfección el peso de esas palabras―. No sé qué haremos a partir de ahora, pero…
―Shhh―le tapo la boca con delicadeza―. Piensa en el hoy y en el ahora. Deja los problemas para nuestros yos del futuro.
Nos quedamos allí dormidos, nuestras respiraciones se funden en una melodía perfecta, al menos para nosotros.
Me despierto justo en el momento en el que el sol se pone y la luz de la luna llena ilumina nuestros cuerpos desnudos.
Sonrío con Cirigh dormido en mi pecho, jugueteo con su cabello azulado y le beso rezando porque este momento no acabe nunca.
Pronto llegarán las consecuencias, y no hablo solo las de buscar alimento para saciar el hambre que promete venir a visitarnos. Más allá de todo esto pienso en la conversación pendiente con Alia y el cambio que el vientre del tritón traerá a la sociedad vampírica.
―Eres inmune a mi Voz Azur―pronuncia Cirigh cuando se despierta―. Y a la luz del sol. ¿Qué eres?
―No lo sé, cariño―le respondo―. Pero tendremos que guardar esto en secreto, por ahora.
―Me da igual, solo quiero estar contigo.
―En eso estamos de acuerdo―sonrío y nos incorporamos para escrutar la isla en la que estamos―. Bienvenido a nuestro reino.
El tritón observa con detenimiento el pequeño espacio del que disponemos. No hay cabida para muchas cosas, menos ahora que la noche ha hecho subir la marea. Quizá una casa humilde, mucho más grande que en la que le exiliaron, y puede que un poco de jardín. Cirigh me mira, sonríe y me abraza.
―Es perfecto.
―Tú te mereces más―comento besándole la mejilla y sosteniendo su mano como si fuera una extensión de mí―. Necesitamos un castillo. ¿Somos príncipes no?
―La Corte de Agua Carmesí―improvisa y no suena del todo mal, incluso me imagino una vida de príncipes juntos―. Aunque deberíamos volver a Plaguen.
―Lo sé, pero déjame tenerte un ratito más.
―Soy tuyo―pronuncia él y después me deslizo por su cintura hasta llegar a su entrepierna. No quiero perder la oportunidad de que volvamos a fundirnos de nuevo, no ahora que nos tenemos el uno al otro.