Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 41
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Cuando llego a la casita de campo la preocupación presiona mi pecho con tanta fuerza que casi creo que voy a desmayarme.

Y no es que me falte el aire, eso es algo que no necesito, es más bien la migraña que zumba en mi cabeza y me obliga a cerrar los ojos para mantener la cordura.

La charca, que hasta ahora se había mantenido con sus aguas cristalinas y sus carpas de colores, ahora está impregnada en sangre y vísceras.

El hedor a putrefacción es tan fuerte que se me revuelven las tripas, supongo que me he excedido a la hora de beber alcohol y fumar opio y la escena amenaza con provocar que vomite todo de golpe.

Más aún cuando mi mente se imagina a Cirigh descuartizado en el fondo de la charca.

Me apresuro a mirar el interior de la casa y la veo completamente ordenada.

La tristeza me embriaga cuando veo la cama y los cuatro muebles más que se mantienen en la estancia.

Me da pena que el tritón haya pensado que esta es la recompensa que la corona de la noche le ha otorgado por sus logros.

Pienso hablar con Alia seriamente, con mis padres y con quien haga falta.

―¡Esto es inadmisible!―grito golpeando con mi puño la pared del edificio. La piedra se agrieta mientras que los cimientos tiemblan ante

mi rabia―.¡ Joder!

Camino al exterior, ignoro el huerto listo para recolectar y me acerco a los límites del agua. Me quito la ropa, me quedo en bóxer y me preparo a zambullirme en sus aguas mugrientas y llenas de sangre. Estoy a punto de saltar de cabeza cuando escucho la voz de la niña:

―No, no, no…―de nuevo esa forma de hablar, ese canturreo que pretende ser inocente pero que oculta más oscuridad que cualquier criatura viva en Valhía―. Azulito no está ahí.

―¿Dónde está, Seylah?―me vuelvo a vestir―. ¿Qué le has hecho?

―¿Yo? Yo nada. Yo he sido buena, te lo prometo Estevi.

―Ay, por Illyantha, no me llames así―doy un brinco y me coloco frente a ella, que me mira sin inmutarse―. ¿Dónde está el tritón?

―Azulito estaba muy enfadado, estuvo llorando mientras sembrábamos

el huerto―ella señala la frondosidad de la tierra mientras sonríe orgullosa―. ¿Has visto como ha crecido ya?

―No estoy para tus juegos…―cojo aire y recuerdo como tengo que tratar con ella―. Seylah, cariño… ¿Dónde está mi amigo pez?

―Se ha ido, estaba decepcionado por todo lo que ha hecho por vosotros y el cómo lo habéis tratado―sacude sus hombros en señal de inocencia―. Yo le he dicho que este era el mejor lugar del mundo. Mucho mejor que las catacumbas de las brujas.

La rabia se apodera de mí y me obliga a agarrarle el cuello y elevarla sobre el suelo.

Seylah desaparece en un pestañeo y luego aparece dando brincos a pata coja.

No me tiene miedo, ni siquiera con el fulgor rojo en mis ojos.

En realidad, debería de aterrarme enfrentarme a ella, es la vampira maldita, la bruja más poderosa que hay viva en Valhía.

Su historia es tan retorcida como la de cualquiera de nosotros, con la única diferencia de que las muertes que la niña carga sobre sus hombros han sido por placer y no por necesidad.

―Azulito se ha ido al mar, ha vuelto a su hogar, el lugar del que nunca debió salir―y se va, no lo hace como una inmortal normal, no lo hace pegando un salto de infarto, si no que se teletransporta de nuevo.

―¡Argh Seylah!―maldigo para mis adentros mientras emprendo una carrera a algún lugar.

Seylah es la hija del general Rhain, hermana de Darius y por lo tanto una stoker .

Su sangre no porta el don de ninguna estirpe, Lady Ysabel, su madre, murió meses antes por lo que el vínculo matrimonial se rompió y la adasta dio a luz a una descendencia quebrada.

En cambio, su alma contiene magia pura, un poder tan grande que de no mantenerlo controlado podría arrasar con todos y con todo.

O al menos eso dicen las del Aquelarre del Cuervo.

Corro, lo hago como si me persiguiera el necrófago más poderoso del mundo.

Me hubiera venido mejor seguir teniendo disponible a Yi , pero eso es algo de lo que no me puedo lamentar.

Nunca me ha gustado darles demasiadas vueltas a los problemas, soy de ese tipo de personas que buscan la solución por encima de todo.

Lo que significa que, si tengo que cortar cuellos, o sacarle los intestinos a cualquiera, o lo que sea, lo

haré.

Podría coger uno de los caballos de los establos de palacio, pero eso me impediría lanzarme al bosque verde y saltar de copa en copa para atajar gran parte del camino hacia el centro de la ciudad.

Con los ojos rojos mis sentidos se agudizan adquiriendo una percepción sobrehumana.

Puedo escuchar el viento rasgando las hojas de los árboles, los búhos moviendo sus cabezas o los conejos dando brincos buscando alimento.

Incluso percibo a mis hermanas y mi cuñado con dos corceles de alquiler recorriendo el puente sobre el barranco que precede al castillo.

Sería buena idea pedirle ayuda a Enfi, ella siempre ha sido una buena rastreadora, pero no quiero meterla en esto.

Ella tiene sus propios problemas, su propio ruido y sus propios demonios.

Yo no puedo pedirle más, bastante ha hecho por nosotros, por mí.

Si no hubiera sido por Enfi, la Corte de la Noche hubiera sabido de la identidad de mi falso ilota .

Le debo tanto que no sé cómo se lo voy a poder pagar.

Saltar por los tejados de las casas de Plaguen es la mejor opción cuando uno tiene prisa.

Pero no es lo más apropiado para un príncipe, para mi fortuna he pasado largos años en la Orden de los Condenados y he aprendido a moverme con sigilo.

Paso desapercibido por el barrio rico, la música resuena con tanta intensidad que me pregunto qué es lo que estarán celebrando esta noche.

Para los nobles cualquier cosa es pretexto para juntarse, beber y festejar.

A veces es simplemente una competición de opulencia, riquezas y apariencia.

Cuando me adentro a los barrios pobres, los que hay después de la Fuente de Illythia, donde se sitúa la iglesia y todo lo relacionado con el la clase obrera de la ciudad, las casas son mucho más bajas.

Me renta más correr por las calles que seguir saltando tejados.

Sigo el curso del río, busco alguna muestra que me indique que Cirigh ha estado allí.

Intento percibir escamas azules en la oscuridad, pero no hay ni un rastro que seguir.

Cada vez que avanzo la pena se apodera de mí y me dominan las lágrimas.

Ya no por pensar que el tritón se va a ir de aquí, sino porque sé que si se aleja del territorio de los caídos morirá.

La primera vez, cuando le ayudé a escapar, tenía claro que era él, pero no quería mantenerlo a mi lado en contra de su voluntad.

Así que cuando se quedó pensé, tonto de mí, que se había acordado de todo lo vivido y que había percibido mi esencia en mitad del caos.

Por eso le estuve repitiendo “hueles a pescado” tantas veces, nunca fue por su olor, su perfume es el aroma más embriagador que he olido nunca.

Esperé que me respondiera con “y tú a aliento de ballena”, pero esa respuesta nunca llegó.

―Maldita sea…me habías olvidado―sollozo secando mis lágrimas con la manga de la camisa―. Me habías olvidado y me volviste a recordar. No te vayas, Cirigh, por favor…

Entonces me detengo, lo hago en el mismo punto en el que le tiré el mapa improvisado cuando el general Rhain drenó el río para cazarle.

Mis ojos se abren de par en par al saber, con toda la seguridad que guían mis pasos, donde puedo encontrarle.

Por eso retomo la carrera, lo hago sabiendo que pronto alcanzaré mi límite.

Estoy abusando de la potencia vampírica, del talento inmortal para moverme a velocidades milagrosas, eso consume mi energía, mi sangre, lo que significa que pronto tendré sed.

―¡Cirigh!―grito cuando le veo precipitándose desde el Salto de la Noche, el mismo precipicio que utilizó la primera vez para escapar.

Pero es demasiado tarde, su cuerpo cae a la oscuridad del mar mientras el ruido del viento le impide escucharme.

No me detengo, no me importa qué pasará conmigo, tengo que hacerlo.

Salto, lo hago detrás de él, me coloco en posición para caer en picado, veloz.

Las ráfagas de aire me sacuden el cabello y desabrocha los botones de mi camisa.

Veo como el cuerpo del tritón se desestabiliza y empieza a girar, está sufriendo, me hace falta una milésima de segundo para percibirlo en su rostro contraído por el dolor.

No le duele los golpes incesantes del viento, el dolor es interno y desgarrador, se anida en su corazón y le obliga a hacer cosas que no quiere.

Ahora lo entiendo, lo hago como si la idea que ha tenido hubiera salido de mi mente.

Si yo fuera el portador de la esperanza del reino, si me hubieran exiliado como agradecimiento, yo también les querría hacer sufrir hasta la eternidad.

Yo también me lanzaría al mar sabiendo que, si me alejo de las tierras malditas de los caídos, me moriría acabando con todo lo que llevo en mi interior.

Por eso me precipito a una muerte segura, aunque sea inmortal una mala caída acabaría conmigo.

Corto el viento como una flecha y le rodeo con mis brazos.

―Estoy aquí, estoy contigo―le digo al oído para que pueda escucharme.

―¿Estevian?―pronuncia y entierra su rostro en mi pecho desnudo.

Le abrazo con fuerza, le coloco encima de mí y me preparo para amortizar el golpe.

Sé que no tengo la energía suficiente para soportarlo, lo sé porque tengo la boca seca y la lengua me está pidiendo sangre.

Mis impulsos por protegerle me obligan a morder su cuello y beber de él.

Durante un instante el tiempo se detiene y el sabor de Cirigh inunda mi paladar.

Primero escucho su gemido, luego el torrente de plasma que entra en mi interior como un río bravo. Mis ojos centellean rojos, mis músculos se endurecen y mi piel adquiere un color más natural. Después llega el impacto y todo es agua, oscuridad y vacío.

Me hundo en la nada, mi camisa ondea ante las corrientes del mar.

Cuando abro mis brazos Cirigh ya no está conmigo, se esfuma de entre mis dedos como lo hace la arena de playa.

Mis ojos escrutan las profundidades intentando encontrar al tritón, pero no está, solo el recuerdo del sabor de su sangre en mi lengua.

No me hace falta respirar porque ya estoy muerto, aun así, prefiero nadar hacia la superficie.

Lo primero que hago cuando saco la cabeza del agua es contemplar la inmensa caída a la que nos hemos enfrentado.

El Salto de la Noche queda tan lejos que casi me parece imposible haber conseguido sobrevivir, de no haber estado alimentado está claro que mi cuerpo estaría hundido en la inmensidad del mar.

Sin aire, sin oxígeno y sin poder moverse el organismo de los vampiros tiende a hundirse.

―¡Cirigh!―grito sacudiendo los brazos y los pies pero solo obtengo la furia del mar como respuesta.

El agua golpea las rocas sobre las que se sitúa Plaguen, estoy lo suficientemente alejado de la corriente que se dirige hacia allí que no corro peligro. Al menos no un peligro natural, porque el mar no deja de golpearme la cara y empieza a meterse por mi boca provocando el azote

de la salina en mi lengua.

―¡Cirigh!―repito y de pronto siento como algo roza mis piernas.

Entonces lo veo, más como una sombra que como el tritón que he conocido hasta el momento.

Sus escamas grises le hacen camuflarse con la oscuridad del mar, su aleta le hace nadar a gran velocidad y sus garras, monstruosas y mortales, cortan la tela para llegar a mi piel.

Siento la tajada de sus ataques, salvajes e incontrolables, mi propia sangre empieza a teñirlo todo de rojo.

Tengo que salir del agua, tengo que huir de él.

―¡Joder! ¡Cirigh!―pero no razona, no cuando su forma de agua salada le domina.

Solo puedo pensar en lo mucho que me lo merezco.

Es la deuda que tengo que pagar por todas las veces que mi bestia interior lo ha puesto en peligro.

A pesar de que tanto vampiros como sirenas somos depredadores muy parecidos, uno de la noche y las otras del mar, hay algo que nos diferencia.

Un detalle que me hace sentir el verdadero pavor en mis huesos, a diferencia de mí, la bestialidad de Cirigh no funciona con un ancla sentimental. Es decir, no puedo detenerle.