Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 38
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El soldado joven y hablador, cuyo nombre no conozco, y que ni siquiera me he molestado en preguntar, me ayuda a bajar del carruaje.

Al otro lado hay un grupo de sirvientes cargados con una silla situada sobre dos tablas de roble negro y un dosel granate sobre esta.

Un invento al que los habitantes de Tierra firme llaman palanquín.

―¿Está cómodo, señor?―pregunta el vampiro situado justo debajo de mí cuando me elevan en el aire.

―Sí, gracias, espero no caerme.

―No se mueva, simplemente disfrute del trayecto.

De pronto mi entrada en el palacio es una procesión donde los guardias, los sirvientes y las criadas forman pasillos que llenan con aplausos y vítores.

Me siento importante, valorado y querido.

Los vampiros no están solo situados en los jardines, sino también en el interior del castillo formando una ruta perfecta hacia algún lugar.

No subimos por las escaleras, nos dirigimos a una estancia que desconozco, un lugar coronado por dos grandes puertas de madera blanca con forjados en metal y plata.

―¡Bienvenido, Tritón de Plaguen!―dice una voz masculina, solemne y majestuosa. Utilizan esa expresión, no para nombrarme, si no como un título, como si yo también fuera un lord.

La estancia tiene los techos altos con grandes ventanales que dejan entrar la suave luz al otro lado de la tormenta que empieza a descargar su lluvia sobre el palacio. Hay balcones cuyo acceso parecen ser escaleras secretas, gradas que apuntan directamente a dos asientos grandiosos y de gran valor.

―¡Este es el Salón del Trono!―anuncia el duque Ábsolem con la corona situada sobre su cabello negro―. Un lugar reservado para todos los que pertenecemos a la Corte de la Noche.

―Gracias―respondo con timidez cuando los sirvientes se detienen a escasos metros de él. Me bajan con delicadeza para que mi altura no esté, en ningún momento, por encima de la de su líder―. Para mí es un honor estar aquí.

El rey de los caídos tiene un porte elegante, recto y tan cercano como el de un padre.

Su mandíbula está trabajada, tiene la barba incipiente y recortada y dos ojos rojos que obliga a que el resto se arrodille ante él.

Viste un conjunto de tela negra y una capa granate con surcos dorados sobre ella.

A su lado está su esposa, la duquesa Ágatha, una mujer de gran belleza y ojos grandes.

A diferencia de él, cuyo cabello es como una noche sin estrellas y su flequillo parece representar las montañas que protegen Plaguen, ella luce una melena rubia peinada a modo de un voluminoso moño.

Su tiara es mucho más pequeña que la del duque, aunque también parece estar hecha de oro negro con rubies engarzados en ella.

Si Ábsolem tiene un gesto trabajado, fino y serio, Ágatha tiene una cara redondeada y una expresión alegre.

Cuanto más los miro más veo las similitudes con sus hijos, los stokers .

―¡Eres un regalo de la Dama Muerte!―celebra el rey mientras abre sus brazos y mira hacia los balcones de los nobles de la ciudad.

Aunque hay bastantes ausencias, se nota las grandes pérdidas que ha tenido el reino―.

Luchaste fervientemente en la rebelión, pusiste en riesgo tu vida por nosotros y salvaste a nuestras adastas del necrófago.

El Salón del Trono estalla en aplausos y yo me acabo ruborizando.

El duque se aclara la garganta y eso parece ser señal suficiente como para que el servicio de la corona abandone el lugar y me dejen solo con la alta sociedad de Plaguen.

El general Rhain se sitúa junto al duque, se queda firme y con una expresión inquebrantable.

Los únicos que se quedan son los guardias que protegen los portones y vigilan las ventanas.

―La protección de la Corte de la Noche está contigo―continúa el duque―.

Como el Tritón de Plaguen se te otorgará todo lo que pidas.

Desde las mejores comodidades hasta el mejor pescado.

Además, gozarás de un miembro de nuestro consejo para que te mantenga al tanto de todo lo que ocurre en la ciudad.

―No sé qué decir…

―Lady Angélika será tu consejera―anuncia y señala una de las gradas desde la cual la sirena de cabello morado me saluda con elegancia. Sonrío, lo hago como si me hubieran hecho el mayor de los regalos.

―Su majestad―pronuncia ella para que todo el mundo pueda escucharla―.

Sus lores y ladies queremos dar las gracias Cirigh―hace hincapié en pronunciar bien mi nombre, pero parece que la multitud no la entiende, por ello acaba diciendo―, el Tritón de Plaguen, por todo lo que ha hecho por nosotros.

Por eso hemos enviado nuestros presentes a sus aposentos.

―Ese es un gran gesto, Lady Angélika―responde Ágatha con alegría caminando directamente hacia mí.

Después coloca sus manos sobre mis hombros, un gesto que me transmite tanta paz que es imposible no sentirse como un hijo para ella―.

Yo también quiero hacerte un regalo,…―por un momento se queda en silencio, no sé si está intentando pronunciar mi nombre o es que en su interior hay una tormenta silenciosa que amenaza con salir―. Lo haré llegar cuando esté preparado.

―Gracias, su majestad.

Me siento estúpido sin poder decir mucho más, no es que no sepa hablar en terrestre, es que directamente creo que cualquier cosa que diga de más puede ser una falta de respeto a la corona de los vampiros.

Me ha costado llegar hasta este punto y, por eso, quiero mantenerme aquí.

La anciana no se creería lo que he conseguido hacer en Tierra firme, he llegado hasta sus líderes y ahora formo parte de su corte.

Los tronos han sido creados con suma sutileza, la madera está cubierta por terciopelo granate y lino dorado.

El respaldo, mucho más alto que la altura de los duques, terminan en dos alas de murciélago perfectamente forjadas en plata oscura y oro brillante.

No sé cómo funciona exactamente el dinero de los caídos, pero puedo afirmar que vender una de esas butacas da ganancias suficientes como para comprarse un par de casas en el centro de la ciudad.

―Nos veremos pronto, Tritón de Plaguen. Para entonces esperamos que estés completamente recuperado de tus lesiones de la batalla.

El duque se despide y el resto de la sala estalla en aplausos mientras los

sirvientes me elevan de nuevo y me alejan del lugar.

Me sorprende cruzar una puerta trasera que nos conduce directamente a los jardines de palacio, unos jardines completamente diferentes a los que ya conozco.

Ni siquiera son los rosales donde vi a Lady Amari y sus adastas pasear, diría que estoy muy alejado de las vistas de mi antigua habitación.

Hay una gran charca llena de peces por la cual cruza un puente de piedra con farolillos colgados de postes.

Viendo la complejidad que hay a la hora de atravesar el agua, los sirvientes optan por rodear el pequeño lago para llegar a una zona del castillo completamente nueva para mí.

Se trata de una casa baja construida con piedras grises a juego con el puente que hay en la charca, como si ambas piezas formaran parte del mismo puzle.

A pesar de estar pegado al castillo, y diste mucho de la riqueza de este, el lugar no deja de ser tranquilo y encantador.

―Esta es la casa del prado―anuncia uno de los sirvientes de la parte trasera del palanquín.

―La hemos estado preparando estos días para ti―secunda otro―. Los lores y ladies encargaron habilitar este lugar para que te sintieras más acorde con tu hábitat.

―Ah…―intento buscar lanzas de hueso, agua salada o piedras con escritos tallados en ellas. Pero no hay nada de eso.

―La charca será abastecida de nuestros mejores peces cada día para que pueda bañarse y alimentarse con total libertad―aclara el primero.

―Ah,… sí, entiendo. Gracias―pero no veo ni una pizca de mi hogar aquí, al menos lo han intentado.

Abren la puerta de la casa y me muestran el interior. No es demasiado grande, es mucho más pequeña que mi antiguo dormitorio. Hay una cama de matrimonio, una mesa redonda con cuatro sillas, un armario, un aseo de pequeño tamaño con una letrina, una estantería con tres libros y un gran arcón.

Y se marchan dejándome sentado sobre la cama, solo y con la sensación de haber recibido el peor de los castigos. Me quedo allí mirando a la pared durante largos minutos que parecen horas. Intento caminar en dos ocasiones, pero me siento tan débil que acabo por tumbarme y quedarme dormido.

Mis ojos se abren de par en par cuando el aurane se sacude hambriento.

Tengo tanta sed que no puedo hacer otra cosa que tirarme al suelo y arrastrarme clavando mis uñas en el suelo de madera.

Abro la puerta como puedo, y utilizo la poca fuerza que me quedan en los brazos para llegar hasta la charca.

Me meto de lleno en ella, la aleta azul suple mis piernas y empiezo a nadar sin control.

En ese momento, y aunque no tenga las armas que mi raza me otorga en alta mar, empiezo a cazar peces como si fuera mi última misión en la vida.

Cada segundo que transcurre sin consumir sangre se traduce en sentir un fuerte ador en mi estómago, como si los vampiros que estoy gestando se estuvieran alimentando de mí a falta de plasma.

Utilizo mis manos para agarrar peces, morderlos, beber de ellos y descuartizarlos a tiempo de ir a por el siguiente.

Cuando siento que hay alguno lo suficientemente cerca de mí, le golpeo con la aleta para dejarlo inconsciente y después lo marco como mi próxima presa.

La charca se tiñe de rojo con la sangre de las carpas que han metido allí, desde fuera no se puede ver otra cosa que el agua sacudirse con cada aletazo que doy.

Al principio solo sacio el hambre de las crías de caído, luego acabo comiendo el pescado crudo sin ningún tipo de pudor.

Todo me hace sentir mejor, y no hablo solo de las agujetas.

De alguna manera llego a pensar que toda la rabia que he contenido, por los supuestos regalos de la Corte de la Noche, lo he pagado con los animalitos que nadaban felizmente aquí.

Me siento engañado, estafado por una raza que se cree mejor que yo y que, después de dar todo de mí por ellos, me han exiliado lejos de palacio.

Quizá me tengan miedo, quizá lo hacen por temor a que utilice mi Voz Azur para acabar con todos sus soldados. Lo que está claro es que no me conocen.

Emerjo de la masacre que he provocado en el agua, me siento en la orilla y muevo mi aleta sobre la sangre, como si eso, de alguna manera, calmara mi ira.

Es entonces cuando la veo, nuestro encuentro es muy similar al de la primera vez.

La niña vampira está apoyada en el puente de piedra, mirándome con dos ojos verdes como esmeraldas.

Su cabello dorado se mantiene peinado en dos coletas que caen sobre cada uno de sus hombros.

Lleva un vestido blanco y una sonrisa macabra se dibuja en su rostro.

―Ala ¿Lo has hecho tú solo? ―dice con una voz inocente e infantil.