Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 37
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Abro los ojos al cabo de dos días, las brujas me han estado administrando una serie de mezclas para aliviarme el dolor y sanar mis heridas.

Kathleen ha estado conmigo en todo momento, incluso cuando no tengo constancia del tiempo, siempre que levanto los párpados ella está aquí.

A veces lee algunos de sus libros, siempre pensé que se trataban de grimorios de magia, pero me acabo dando cuenta de que son novelas románticas.

Otras, está meditando sobre el sofá individual situado a un lado de la cama.

Da igual el cuándo, la vampira con el cabello de anémona roja me protege.

―¿Cómo te encuentras, Cirigh?―Kathleen está impecable, a veces se me olvida que los vampiros no necesitan dormir para estar energéticos.

―Ya no me duele, no como antes―esbozo una suave sonrisa y bebo de la copa de sangre. Hay fruta dispuesta en la mesita de noche, sobre todo manzanas y cerezas―. Pero me siento muy cansado. Los brazos y las piernas me pesan más de la cuenta.

―No podrás moverte con naturalidad hasta dentro de unos días. Pero esa recuperación no tiene que ver con la brujería, solo depende de ti.

―¿Qué me pasa?―ella se incorpora, deja el libro en su sofá y se apoya en la ventana con vistas directas al mar.

―Te has sobreexcedido―seguimos en la zona alta de Plaguen, el edificio está situado en un mirador que deja los suburbios a mucha altura bajo nosotros.

Una casa desde la que se puede ver el horizonte recubierto de aguas oscuras y noche.

Aunque a lo lejos, más allá de lo que un ojo humano puede percibir, se puede intuir la línea del Midna y el calor del sol.

Se me estremece el corazón al sentir que extraño la sensación de nadar bajo la luz dorada, cálida y serena―.

La poción de la tormenta llevó tu cuerpo al límite.

Si a eso le sumas que has utilizado mucha magia sin estar entrenado y que has experimentado grandes emociones que han acelerado tu corazón.

―¿Estoy enfermo?

―Tienes agujetas―sonríe y lo hace mostrando sus colmillos blancos como la nieve.

―Aguj…―mi lengua se enreda de tal manera que me acabo atragantando―. En Tierra firme tenéis demasiadas palabras.

―Y las que te quedan por aprender, cariño.

La puerta se abre de par en par y un cuarteto de brujas entran sin avisar. Dos de ellas son morenas, con el cabello liso, una con un moño y la otra en una coleta baja. Pero sin duda la que me llama más la atención es la vampira de cabello rubio y ojos grises. Tenerla cerca es recibir una brisa

de aire invernal, su piel está mucho más fría que la de un caído normal.

―El duque quiere que lo traslademos a palacio, Kath―y es ella la que habla con liderazgo y cercanía.

―Es pronto―mi amiga es cortante, se cruza de brazos y carga todo su peso sobre su pierna izquierda―. Necesita al menos un día más de recuperación. Ni siquiera puede caminar y en palacio no están permitidas las mancias.

―Nuestras majestades tienen razón―la bruja continúa mientras las otras dejan mis nuevas ropas sobre una silla de madera―. Tenemos que preparar la ceremonia para despedir a la Tríada. El Antiguo nos está esperando para tener una audiencia con el aquelarre.

―Edana, ninguna de nosotras está preparada para hablar con nuestro ancestro―la negatividad de Kathleen es innegociable.

―Los cursos del destino son así, no disponemos del poder para decidir. Ahora es tiempo de que las brujas nos retiremos de la sociedad vampírica, necesitamos hacernos más fuertes.

Tal y como han entrado se van dejando un aire de tensión y desilusión en la estancia.

Kathleen recoge su libro, se sacude el cabello e intenta esbozar su mejor sonrisa.

Pero no puede, y por más que lo intente no lo consigue.

Me ayuda a vestirme sin ningún pudor y tarda unos segundos en colocarse el velo de lino negro que oculta su rostro, una prenda tradicional que llevan las brujas cuando tienen contacto con la Corte de la Noche.

Sé cómo funciona porque se parece a la mordaza de los ilotas .

Eso solo puede significar una cosa, las brujas tienen el mismo rango que un simple esclavo sexual.

―Nos veremos pronto…―sus palabras suenan tan poco convincentes como su sonrisa.

―No tienes la culpa de lo que ha pasado, Kath―me incorporo sobre la cama, dejo mis pies colgando y me estiro para alcanzar sus manos.

No sé muy bien porque lo hago, quizá porque he visto a algún vampiro hablando con otros de esta manera.

Sus ojos marrones resplandecen con suavidad, es como si tuviera el dolor contenido en su interior.

Un firmamento sin estrellas que amenazan con una tormenta―.

No pudiste actuar antes y cuando tuviste la oportunidad lo diste todo por nosotros.

―Yo…―ella se desmorona, se sienta a mi lado y empieza a llorar. No me hace falta verlo para saber que el agua recorre su piel, es como si pudiera percibir la voz de Rysantha en ella. Aunque eso signifique escuchar un suave susurro, una melodía muda―. No pude hacer nada…

―Lo sé y está bien―pero es como si mis palabras no sirvieran de

nada. Después de todo no pertenezco a este mundo.

En mi hogar los lamentos se curan con entrenamientos, con duelos o con la caza.

De alguna manera los vampiros se han conformado con el contacto físico, los diálogos inútiles y los juegos sociales sin sentido.

Quizá por eso recurra a frases que ya conozco, utilizo a Angélika como si hablase a través de mí―. No podemos cambiar el pas…

―Me pusieron las cadenas rúnicas incluso antes de iniciar la revolución―Kathleen aprieta mis manos con rabia, como si eso fuera a sanar las heridas de su corazón―.

Fue uno de los recepcionistas del coliseo, lo hizo sin que nadie se diera cuenta y me advirtió que si decía algo les cortarían la cabeza a mis hermanas.

―Nos pillaron por sorpresa, pero conseguimos muchas cosas buenas―me limito a ser sincero, sin rebatir ni negociar.

―Se abrió una grieta en la sociedad nocturna.

Hubo muchísimas muertes, los nobles demostraron no estar preparados para una guerra.

No sabemos quién puede pertenecer a la Orden en Plaguen.

Nadie está seguro ahora mismo, ni siquiera los que vivís en palacio.

Si Ulfred pudo llegar hasta los stokers ¿Quién dice que las cabezas de los duques pueden aparecer clavadas en una pica mañana?

―Pero todo se acabó, descubrimos al Maestro de los Condenados y me

llevé el reconocimiento de la corte.

―¿Ulfred? ¿El Maestro? ―sus palabras tienen el efecto de la Voz Azur en mi corazón.

Por un momento detiene mis latidos y le hacen tanto daño que casi pienso que voy a morir.

Kathleen deja de llorar, sonríe bajo el velo que cubre su rostro.

Pero no lo hace con alegría si no de otra manera―. No lo tengo tan claro.

―¿Por qué estas tan segura?―mis dedos levantan la tela negra para observarla con detenimiento, intento entender lo que proyecta su gesto, pero de pronto Kathleen es indescifrable―. Ulfred era el falso Chacal y todos le seguían. Era el Maestro, no podemos dudar en eso.

―Ulfred no puede ser el líder de los Condenados, Cirigh. Lo tengo tan claro porque yo bebí del Maestro hace mucho tiempo.

La bruja me deja completamente paralizado.

De pronto mis labios se quedan sellados, como si alguien los hubiera cosido con rabia.

Peor que eso, es como si alguien hubiera tirado del hilo dorado oculto en mi garganta y me lo hubiera cortado de cuajo.

Como lo hizo Angélika con sus guerreras para firmar el tratado de sangre salada y ganarse su pase directo a Tierra firme.

―¡¿Qué viste?! ¿Qué viste en sus recuerdos?

―consigo decir al cabo de unos segundos, lo hago casi escupiendo, vomitando las palabras como si fueran una cascada.

Ya no soy un ignorante del mundo exterior, sé cómo funcionan las cosas en la noche eterna.

Cuando un vampiro bebe la sangre de otro puede ver sus recuerdos.

La solución a nuestros problemas no está tan lejos―.

Cuando bebiste de él ¿Cuál fue tu visión?

―No lo recuerdo, es como si no hubiera visto nada… Eso es lo que más miedo me da.

―¿Cómo que no viste nada? ¿Es eso posible?

―Los únicos que pueden denegar una Revelación de Sangre son los vampiros de sangre pura…

―Los miembros de las estirpes―recalco y ella se limita a asentir con la cabeza―. ¿Pero entonces quién es el Maestro? Todos los stokers de Illia y Cárpasot estaban en la arena. Y solo ha venido el duque Krishan y Lady Alia desde Pestet ¿no?

Ella asiente con la cabeza mientras se seca las lágrimas, admite que no tiene mucho tiempo, que al Aquelarre del Cuervo le espera mucho trabajo por delante.

Kathleen me promete que llegará al fondo de este asunto, que descubrirá quién es el Maestro, que lleva investigándolo desde que entró en la Orden.

―¿Por qué te uniste a ellos?―me atrevo a preguntar con confianza. Ella me mira, suspira y se asegura de que la puerta está cerrada.

―Cuando naces en los suburbios de la ciudad lo único que te queda es la familia―comienza a decir sin apartar la mirada del suelo. Sus palabras invocan los recuerdos de la misma forma que lo hace la sangre cuando la bebe un caído-. Por eso siempre he estado muy unida a mi hermano Malik.

―¿Tienes un hermano?―ella asiente con la cabeza y yo no puedo hacer otra cosa que imaginarme a un chico con el cabello anémona de fuego.

―Nuestro padre era cazador, murió en una de las batidas y de mis madres ya te puedes imaginar su final―continúa―.

Belladona me dio la oportunidad de darle a mi hermano un futuro mejor.

Así es como entré en el Lluvia de Polen y me dediqué a satisfacer las necesidades de los bajos fondos―después me mira y aclara un punto que no había valorado hasta ese preciso momento―.

Las prostitutas de Plaguen corremos el riesgo de quedarnos embarazadas en cada uno de nuestros trabajos…

―Le dais placer a otros exponiendo vuestra existencia al límite.