36
Los pasillos se extienden como arterias bajo los cimientos del coliseo.
Un laberinto repleto de habitaciones relacionadas con el combate, la competición y las armas.
Corro, lo hago sin saber hacia dónde. Me detengo frente a una multitud de madera, estatuas que han sido diseñadas para algún tipo de práctica relacionada con el arte de la guerra.
Cierro la puerta de metal reforzado, la bloqueo con un palo de madera y recupero el aliento.
―Ahogado…―rugen las paredes―. No puedes escapar de mí, percibo sus latidos.
Me apresuro a llegar a las estatuas de madera y esconderme detrás de ellas.
Necesito ganar tiempo, pensar en algo que pueda ayudarme a escapar de aquí.
Quizá podría utilizar la Voz Azur, el filamento dorado latente en mi interior, pero no sé si hay algún aliado cerca, podría hacerles daño.
Como me gustaría tener la mente estratégica de Estevian, él sabría lo que hacer, o mejor aún, se desangraría para sacar la bestia que tiene dentro.
Yo no puedo, no sin la pócima de Angélika.
En Tierra firme estoy indefenso, sin mi aleta soy inútil.
La puerta resuena con golpes bruscos, primero una vez y después otra.
El necrófago está al otro lado, su fuerza es tal que no creo que aguante mucho.
La madera se resquebraja, suelta sus astillas y se rompe por completo.
Mis ojos se abren de par en par, la puerta está completamente abierta pero no hay nadie al otro lado.
―Ahogado…―escucho y de pronto lo tengo detrás de mí.
Está a punto de atraparme, tiene sus frías garras moribundas rozando mi pecho, cuando se me ocurre canalizar la Voz Azur como lo hice en las gradas.
Proyecto una melodía, una agresiva y sin letra.
Es más, un grito que una canción, pero lo suficientemente potente como para hacerlo retroceder.
El monstruo se cae al suelo y yo aprovecho la oportunidad para emprender una nueva carrera.
Los pasillos están perfectamente iluminados por antorchas, giro a la derecha y encuentro una forja cuyo fuego está encendido.
Veo ahí la oportunidad de protegerme, las tenazas cuyos extremos están al rojo vivo son el arma que necesito.
Permanezco allí sin temor a encontrarme con mi enemigo.
La luz se extingue como si el alma del invierno hubiera entrado aquí.
Una a una las antorchas se van apagando, después lo hace la fragua.
La única iluminación que tengo es la de las tenazas candentes.
Mi rostro, pálido y descompuesto, es como un faro en mitad del océano.
Un foco que llama a los extraños, una diana para aquel que busca alimentarse de mí.
Le escucho cerca, como si su aliento estuviera pegado a mi nuca, asesto un golpe al aire y ahí no está.
Camino despacio, a la defensiva, dispuesto a repetir mi ataque sonoro si fuera necesario.
Lo siento a un lado, agito las pinzas y ha desaparecido.
Está jugando conmigo, lo sé porque lo percibo tan cerca que es imposible no verlo.
―¡Son míos!
Su rostro aparece frente a mí, sus ojos morados, su piel entre gris y verde y el tacto de su aliento nauseabundo.
El necrófago muestra todos sus dientes y yo no puedo hacer otra cosa que colocar las pinzas en su cara y salir corriendo mientras escucho su lamento.
Para mi fortuna, el pasillo sigue iluminado y puedo ir mirando las diferentes estancias que se ocultan allí.
El coliseo es como un palacio de pequeño tamaño, tiene más habitaciones de las que podría imaginar.
Incluso hay zonas de descanso con libros y sillones cuyo lujo no es para nada cuestionable.
De pronto vuelve a hacerlo, la iluminación de los pasillos se empieza a extinguir.
Una a una cada llama se esfuma, es como si la oscuridad me persiguiese.
Al principio paso desapercibido, voy a tanta velocidad que paso de largo, pero después me doy cuenta de que Rysantha siempre está conmigo.
Hay una zona de baños, una piscina, el agua surge de una estatua de Illythia y se pierde por un sumidero situado en la parte opuesta.
Ahí veo la oportunidad de huida, mi última carta para escapar del monstruo que me persigue.
En cuanto entro el monstruo aparece interrumpiéndome el paso.
Es como si supiera en todo momento cual es la decisión que voy a tomar.
Incluso antes de que yo lo sepa. Mi respiración se agita al verlo, está ahí de pie impasible, incluso parece estar sonriéndome victorioso.
Me tiene donde quiere, soy un montón de almejas que se le ha servido en bandeja.
Coge aire y, cuando sopla, las antorchas del baño se apagan.
Improviso sobre la marcha, muevo las manos y recuerdo mis prácticas con la nolmancia.
Si él utiliza la oscuridad como arma, yo utilizaré el agua como la mía.
Utilizo la magia para rodearme con el chorro que surge de la estatua de la diosa vampira.
Refuerzo el líquido hasta convocar un escudo en torno a mí.
Un campo de fuerza lo suficiente_ mente grande como para protegerme del monstruo.
Camino hacia la piscina sintiendo el ataque constante del necrófago. Sus garras golpean mi burbuja y se ocultan en las sombras buscando el punto flaco de mi hechizo. Pero es perfecto, no sé si es por la desesperación o por pura supervivencia, pero he conseguido convocar mi mejor escudo.
En el momento en el que mis pies tocan el agua de la piscina surge mi aleta.
De escamas azules tan brillantes que iluminan a mi alrededor.
Si pretendía esconderme no lo voy a conseguir.
Nunca hubiera imaginado que esto pudiera ocurrir, pero no me sorprende.
Después de todo la forma de agua dulce está hecha para atraer la gente de Tierra firme, seducirlos con un encanto natural y arrastrarlos hasta las profundidades del río para ahogarlos.
Así es como se alimentan aquellas sirenas que han decidido huir de la salina y se han ocultado en los ríos y lagos de las tierras de los humanos.
Aunque sin duda, las sirenas que viven entre los caídos han sabido adaptarse mejor.
Sí entre los prestigiosos, las sirenas se ocultan lejos de su sociedad, entre caídos las sirenas han aprendido a convertirse en ladies. Solo hay que ver a Angélika.
Mantengo mis manos extendidas para concentrarme en el escudo que me protege de mi enemigo.
Sé que no ha entrado en el agua, de hecho, puedo intuir su figura en la oscuridad.
Me está mirando, observa cómo me escapo sin ser capaz de perseguirme.
Me detengo un momento y estiro mi aleta para iluminarle.
Está ahí, sonriéndome mientras sus ojos morados no se apartan de mí.
El necrófago empieza a sorber aire, lo hace de tal manera que su pecho se infla ligeramente. Las antorchas del baño, las mismas que antes ha apagado, producen un gran chispazo y forman una corriente roja hasta su boca. Su piel, verde y mugrienta, resplandece en un tono carmesí.
De repente escupe una llamarada que me obliga a zambullirme en el
agua. Las lenguas de fuego son tan potentes que provocan que el agua empiece a hervir.
Mi escudo se disipa cuando comienzo a nadar a través del sumidero.
Y de pronto surge una explosión que me quema la aleta, el brazo derecho y la espalda.
El agua sale a presión adquiriendo una velocidad que me hace perder el control.
Me golpeo con las paredes y el techo. El sumidero se bifurca en dos, pero no tengo el poder de decisión pues es la corriente la que decide por mí.
Las aguas claras se mezclan con otras con un olor desagradable.
Hay espinas de pescado, huesos y copas rotas.
Todo lo necesario para hacer de mi huida una verdadera tortura.
Al cabo de unos minutos mi cuerpo impacta contra unos barrotes.
No tengo el tamaño suficiente como para poder pasar y la basura se acumula de tal manera que me empieza a impedir respirar.
Hay una puerta redonda incrustada en el techo, una alcantarilla que está completamente cerrada.
Dos pequeños orificios me indican que el exterior de Plaguen está ahí.
Utilizo la magia para lanzar espinas, huesos, restos de carne y los cristales que se empiezan a incrustar en mis escamas.
El oxígeno me falta provocando que mis ojos se cierren.
Mi cuerpo se empieza a hundir cuando de pronto veo la luz de la ciudad.
Estevian está allí con un palo de metal, una especie de caña de pescar que los limpiadores de Plaguen utilizan para quitar la basura del agua. Él tira de mí y me saca de allí.
―Estoy aquí, estoy aquí―dice acelerado mientras se apresura a quitar los cristales de mis escamas―. Te vas a poner bien, ya verás―se muerde la muñeca y me da de beber.
―¿Lo he hecho bien…?―pregunto justo antes de sentir su plasma deslizarse por mi garganta.
―Sí, sí…―el vampiro está tan nervioso que le tiembla la voz―.
Lo estás haciendo genial, Cirigh. Todos han visto de lo que eres capaz.
Mis padres no dejan de hablar de ti―y no sé si me lo dice por tranquilizarme o porque realmente es verdad.
Ojalá tener su poder para percibir las mentiras―.
Ahora tienes que preocuparte de sanarte.
Cuando abro los ojos le descubro llorando, nunca le había visto quebrar su semblante, no de esa manera.
Su mirada se mantiene fija en las heridas de mi aleta, las escamas inexistentes que mantienen mi piel al rojo vivo.
El fuego del necrófago era demasiado poderoso, de haberme quedado allí ahora no seguiría con vida, eso lo tengo claro.
―Jugaba conmigo…
―Shh, no hables. Ya me lo contarás luego con una buena copa de vino ¿sí?
―por mucho que intente sonar tranquilo, por mucho que pretenda animarme, su rostro quebrado le delata.
Está roto, destrozado, su alma sangra a través de sus ojos.
Todo lo que ha pasado esta noche le ha dejado una herida que nunca sanará.
Solo espero que no bloquee su mente como hice yo, que no olvide todo lo que hemos vivido juntos, que no me borre de sus recuerdos―. Te curarás y nos daremos un buen baño.
―Bésame…―le digo a modo de súplica, no hay otra cosa que necesita que no sean sus labios.
―No puedo―pronuncia y siento mi corazón detenerse.
De repente llega la guardia real, los duques y los stokers .
La sangre de la batalla empapa sus vestimentas y armaduras.
Ábsolem se arrodilla al lado de su hijo, después Lady Amari, que se preocupa más por sus hijos que por mí mismo.
No hace falta ser muy inteligente para percatarse de sus ojos azules clavados en mi vientre.
―Todo va a salir bien, hijo―por primera vez en mi vida el duque se dirige a mí. Lo hace de manera cercana y afectuosa, casi puedo sentir que es un padre para mí―. ¡Lleváoslo a la enfermería!
Kathleen y las brujas emergen de entre la multitud. De pronto mi cuerpo se eleva en el aire y siento como sus hechizos calman el dolor de mis heridas y quemaduras. Antes de alejarme de allí puedo ver a Estevian con la mirada rota y a Lady Alia abrazándole por la espalda.
Entonces entiendo cuál es mi lugar en la sociedad vampírica, idiota de mí por haberme imaginado en una mejor posición como lo que consiguió Angélika.
―Nos veremos pronto―consigo leer en los labios del stoker y yo solo puedo sonreírle.