Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 34
66%

34

Despierto desnudo sobre la arena fina de una playa.

No tengo aleta, ni dientes, ni garras, solo las heridas que me recuerdan todo lo que he vivido en mi soledad.

Miro hacia el océano infinito cubierto por una capa de oscuridad y noche, no me hace falta entrar para sentir que hay algo ahí abajo esperándome.

No sé si un tiburón, una barracuda o algo peor.

El temor al pensar que una caribdis aguarda mi llegada para devorarme me hace arrastrarme hacia el interior de la isla buscando el amparo de la hierba alta que crece al final de la playa.

Duele, escuece, arde, es insoportable. Mis heridas no se regeneran, no fuera del agua, todo es tortuoso y me incita a clavar las uñas en la tierra.

Tengo que volver a casa, volver con mis padres, sobrevivir.

La impotencia hace que grite y que patalee sobre el suelo sin tener ninguna posibilidad de levantarme.

Nunca he salido del agua, nunca he caminado por Tierra firme, nunca he estado solo.

―¿Te has perdido?―pronuncia una voz infantil.

Una figura de pequeño tamaño surge de la hierba alta con dos ojos tan rojos como la sangre.

Me quedo completamente inmóvil, paralizado ante la simple sensación de que no puedo escapar.

Es un caído, lo sé porque su cuerpo segrega un fuerte aroma a muerte y podredumbre.

De la misma especie que atacó el barco de los humanos y provocó que todo explotara en magia.

Intento arrastrarme al mar, pero el dolor es tan insufrible que acabo con la cara hundida en la arena blanca.

Me quedo así durante largos minutos, si va a hacerme daño que lo haga ya, no quiero sufrir más.

―Bebe, te encontrarás mejor―alzo la mirada y me encuentro con su muñeca sangrando a través de dos pequeños orificios. Mi rostro se contrae en rechazo mientras siento su perfume golpear mis fosas nasales.

―Puagh…

―No le tengas asco, va a hacer que te encuentres mejor, ya verás―comenta el caído y su voz suena simpática y agradable. Tenemos la misma estatura, puede que incluso la misma edad―. ¿Van

a venir tus padres a buscarte? Los míos no creo que tarden demasiado.

―Yo…―pronuncio con torpeza, hablo tan lento que el niño vampiro llega a suspirar impaciente―. Tengo la aleta demasiado débil como para nadar.

―No pasa nada―responde con gracia―. Yo puedo quedarme hasta que me riñan.

Accedo a su ofrecimiento y bebo de su sangre como última oportunidad

en mi corta vida. El sabor tiene un dulzor muy especial, cálido y con cierto toque agrío, aun así, no es nada desagradable. No tiene el toque metálico y frío de los peces del océano, es diferente. Automáticamente mis heridas se empiezan a cerrar y el dolor se esfuma a gran velocidad.

―Gracias…―digo con una “r” fuerte y sonora.

―¿Cómo te llamas? Yo soy Estevian―le respondo en mi propio idioma y él intenta repetirlo con suma torpeza―. ¿Así?

Estallamos en risas mientras el caído lo intenta una y otra vez consiguiendo decir infinidad de palabras en sirénido, pero no mi nombre. Acabo ayudándole a decirlo en terrestre, al menos la forma más cercana a pronunciarlo.

―Cirigh―dice al fin y yo asiento con la cabeza―. ¿Dónde vives? Nosotros hemos venido a Isla Hueca por las vacaciones de verano. ¿A qué la luna es muy bonita? En mi ciudad el cielo siempre está nublado y no se puede ver, ni tampoco las estrellas.

La luna nos ilumina desde la fina línea del Midna, de noche es casi imperceptible, lo que favorece la unión de las dos mitades del cielo.

La luz blanquecina proyecta nuestras sombras con suavidad mientras Estevian se sienta a mi lado y comienza a hablar.

En ocasiones no le entiendo porque lo hace muy rápido, pero debe de percibirlo en mi cara

porque acaba repitiéndolo.

―¿Vives en el mar? Entonces tienes que ser un ahogado―yo asiento con la cabeza sin ser consciente de lo que él se refiere es a un tipo de monstruo marino.

―Y tú un caído―el niño sonríe inocente.

―No entiendo porque tenemos que ser enemigos―Estevian parece estar emocionado de conocer a alguien como yo.

―Marrr… y noche― le divierte mi forma de hablar bruta y salvaje.

―¿Y qué? Pero todos somos hijos de Valhía ¿no? Tenemos que compartir el mundo si queremos cuidar de él.

Nos quedamos juntos durante largas horas, en ningún momento sus padres parecen venir a buscarlo, y los míos dudo mucho que vayan a hacerlo.

El niño trae un par de palos de madera y me enseña a dibujar sobre la arena, jugamos a crear nuestros propios monstruos y a enfrentarlos en combates sin heridas ni sangre.

Nos reímos, y eso es algo que aprendo a hacer, porque Estevian afirma que parezco un cocodrilo cuando quiero mostrar los dientes como él.

―¡Ya sé!―improvisa sobre la marcha, se le da genial―. Si cuando seamos mayores nos encontramos en la guerra tenemos que tener un código que nos haga acordarnos de que somos amigos ¿A qué si?

―Sí,… código… amigos.

―Yo te diré―de pronto pone su voz grave, hincha el pecho y me apunta con el palo como si fuera una espada―. Ey tú, ahogado: ¡Hueles a pescado!

―¡Y tú a aliento de ballena!―le grito con torpeza golpeando su madera con la mía.

―¡Eso, eso!―Estevian se tira para atrás y se echa a reír mientras sacude las piernas como si estuviera recibiendo el ataque de una anguila ursulina de los mares del oeste―.

Pues ¿sabes qué? En mi ciudad es típico que bebamos la sangre uno del otro para forjar relaciones.

Lo vi en el matrimonio de tío Rhain y tía Vanessa.

Ahora estarán juntos para siempre―le escucho con los ojos abiertos de par en par―.

Tu ya has bebido de mí ¿Puedo beber de ti?

―Clarrro.

Estiro mi brazo y coloco mi muñeca bajo sus labios.

El golpe de sus colmillos es como el mordisco de una piraña.

El tacto de su saliva debe de tener alguna propiedad mágica, porque me alivia mientras me succiona la sangre y me produce cierto placer.

Es agradable sentir sus labios entorno a mis heridas, cada trago es como un beso que calma mi temor y me ayuda a verlo todo con claridad.

Experimento el éxtasis del mordisco de un vampiro por primera vez, mi rostro muestra una sonrisa

de oreja a oreja cuando Estevian se detiene.

―Amigos―comento a tiempo de ver como el mordisco se cierra sin dejar ni rastro.

―¡Hijo! ¿Dónde estás?―se escucha a una mujer en la lejanía.

―Tengo que irme, Cirigh. Espero que podamos volvernos a ver―el niño señala unas rocas situadas junto al mar―. Escóndete ahí, creo nadie te verá.

Estevian se despide de mi agitando su mano, yo le imito y nos dedicamos una última sonrisa. Me arrastro hasta las piedras y me quedo allí tumbado, a pocos metros del mar nocturno que oculta los peligros más mortales para mi raza. O al menos las que conocía hasta el momento.

Despierto con el sol golpeando mi cara, me doy cuenta de que la Isla Hueca está situada en los límites de la noche eterna del Midna.

La línea que separa el mundo de los iluminados de los caídos finaliza en la hierba alta.

Me sorprende encontrarme tapado por una suave manta de lino, sin duda el vampiro no se quedaba del todo tranquilo.

Sonrío al mirar hacia la oscuridad de la isla y recordar al amigo que he hecho, el único diría yo.

Cuando estoy preparado me zambullo de nuevo en el mar, adquiero mi aspecto más feroz. Nado con más fuerza, con más empeño y con más coraje. De alguna manera siento que Estevian está conmigo, que me ha prestado su vitalidad para protegerme y que me ha hecho más fuerte.

Juego a cruzar la línea del Midna para nadar entre el día y la noche, ahora que no le temo a nada siento la verdadera libertad que me regala el mar abierto.

Bajo el cielo tormentoso me topo con una pesada ancla clavada en el suelo.

Las mantas rayas han tenido mala suerte y se han visto en la obligación de huir.

Asciendo dando vueltas alrededor de la cadena que me conduce hasta un barco.

Allí se está llevando a cabo una calurosa conversación.

La curiosidad se apodera de mí y me incita a trepar por el metal.

Es entonces cuando mis ojos se quedan clavados en la escena más macabra que jamás he visto.

Hay una mujer desnuda, su cabello morado resalta entre las prendas negras de los caídos que la rodean.

Es una sirena, de eso no tengo duda, una en su forma terrestre, a su lado hay otras dos, una con el cabello verde y la otra en un tono coral.

―Que el trato de sangre salada se forje aquí y ahora―dice la primera con majestuosidad mientras las otras dos se arrodillan a su voluntad.

La mujer introduce sus dedos en la garganta de una de la más joven.

Veo el sufrimiento de ambas sirenas, siento su dolor, aunque no haya ni rastro de lágrimas o gritos. Sé que son guerreras, lo tengo claro porque su disciplina solo es comparable con la de mis hermanas. Entonces extrae un fino hilo dorado, un filamento de magia pura.

En cuanto la brisa marina roza la cuerda dorada surge una melodía que solo los habitantes del océano podemos entender. Es una canción antigua, sin letra y con el poder suficiente como para destruir grandes civilizaciones.

―Hazlo Angélika y únete a la noche eterna de Valhía―le dice el vampiro situado a su lado, el capitán del barco.

La sirena de cabello morado asiente con la cabeza, toma un puñal con la otra mano y corta de golpe el hilo dorado.

En ese momento resuena un alarido de dolor, un grito de desesperación y un lamento de tortura.

Pero no surge de la chica con el cabello verde, sino más bien del filamento de poder puro que le acaban de arrebatar.

Me quedo completamente bloqueado, inmóvil y con la vista clavada en el sufrimiento de mi propia raza.

Angélika repite el proceso con la segunda guerrera y yo llego a comprender, sin estudios ni entrenamien_ tos, que lo que está haciendo la líder es cortarles de cuajo la verdadera esencia de la Voz Azur.

Huyo, lo hago como puedo, me zambullo en el agua y nado a gran velocidad.

Hay peces que intentan atacarme, de nuevo con la idea de derrotar a la cría de la raza dominante.

Pero estoy tan obcecado en volver a casa que impacto con ellos con tanta fuerza que no consiguen hacerme daño.

Al final las mareas me conducen hasta mi hogar, veo a las primeras guerreras protegiendo las innumerables rocas que forman el reino de Laneth y siento el orgullo de haber sobrevivido a alta mar.

―¡Estás vivo!―chasquea una de ellas, se acerca a mí y me da la ma_

no―. Tus padres se alegrarán, pensábamos que las caribdis habían acabado contigo.

―Me perdí, pero Rysantha me guió hasta aquí.

Atravesar los corales que marcan los límites de mi hogar significa ver a mi familia sufriendo el ataque del monstruo.

Hay sirenas y tritones heridos siendo tratados por los remedios naturales de la anciana.

Veo al rey ayudando en todo lo que puede, utiliza una mezcla de veneno de pez globo y tentáculos de medusa para aliviar los mordiscos de la caribdis.

Algunas de las clamamareas han perdido sus brazos, otras se mantienen tumbadas sobre camas de piedra mientras las plegarias de mi madre calman su sufrimiento.

Los recuerdos de lo vivido me azotan la mente con tanta fuerza que me

obligo a olvidar. Olvido los mordiscos de la barracuda, las fauces del tiburón y lo más traumático de todo.

Ver como una sirena les arrebata la Voz Azur a sus iguales.

Fue en ese momento en el que mi mente se quedó bloqueada por completo, lo vivido tras la muerte de las ballenas se perdió en una profundidad oscura capaz de ocultar todo el sufrimiento de mi especie.

Aunque con ello encerré mis primeros recuerdos con Estevian, su voz y su sabor.

Sin saberlo siempre estuve incompleto, aburrido, esperando el momento de encontrarle de nuevo.