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Durante los trayectos largos, las sirenas de Laneth utilizamos el favor de las ballenas azules, las cuales se prestan para transportarnos.
No es como si hablásemos con ellas, más bien, es el liderazgo que proyecta mi madre, como reina y depredadora alfa, que somete la voluntad de otros animales marinos.
La realeza de Laneth había viajado hasta Aeriel en una mera tradición marcada por las ancianas de las tribus.
La Reina Velra había sido la protectora de la reliquia de Rysantha, un orbe de inmenso poder utilizado como amuleto para que el pueblo subacuático de Valhía preserve su especie.
Así como mi madre consiguió depositar sus huevos en mi padre, el Rey Trogh, las otras tribus llevaban siglos sin conseguirlo.
Por eso era el momento de que la reliquia ocupara el templo en las profundidades de otro reino.
Así fue como emprendí el viaje que cambiaría mi vida para siempre.
―Agárrate fuerte, Cirigh―los chasquidos de mi hermana Sarra suenan tan protectores como un padre y tan feroces como una guerrera―. Tu aleta aún es débil y no tienes fuerza para nadar largas distancias.
―Lo sé―respondo con seriedad.
Me mantengo amarrado a la aleta de una de las ballenas azules que nos
sirven de transporte, lo hago con todas mis fuerzas observando cada yarda que recorremos. Las aguas se tornan más claras cuando entramos en los dominios de Laneth, los peces disponen gran variedad de colores y hay tiburones que evitan cruzarse en nuestro camino.
Las ballenas azules, por su gran tamaño y su personalidad tranquila, son un buen medio de transporte para nosotros.
No solo nos ayudan a recorrer grandes distancias si no que nos ocultan de los ojos más curiosos.
Junto a los reyes de Laneth viajamos sus catorce hijos, entre sirenas y tritones.
Además de las cinco clamamareas y las diez guerreras.
Una manada de ocho ballenas es suficiente como para movernos por las vastas aguas del mundo.
Aunque hay un peligro que habitan los mares de Valhía, unas criaturas que han ido ganando inteligencia, fuerza y poder con el paso de las eras.
Y parece que un único individuo de este depredador nos está esperando, pues de repente la caribdis nos ataca antes de que podamos llegar a las protecciones mágicas de nuestra anciana.
Surge de la oscuridad del océano, sin avisar.
Su tamaño es mucho más grande que el de nuestras acompañantes.
Abre sus fauces en flor y parte a la mitad al cetáceo madre.
Es en ese momento en el que estalla el caos y las ballenas empiezan a
soltar aletazos hacia todos lados. Sarra se interpone en el primer golpe y acaba quedando inconsciente. Pero nadie me protege del siguiente y eso provoca que mi cuerpo, pequeño y débil, salga despedido incluso por encima del agua.
El impacto contra el mar arremete contra mí de golpe.
Cuando empiezo a nadar me arde la cabeza y me sangran los oídos.
Nado sin rumbo, avanzando guiado por el eco del cántico de la Voz Azur de mi madre.
Me veo obligado a aprender a sobrevivir sin ni siquiera haber recibido enseñanza de ello, pues soy demasiado pequeño para saber siquiera de la existencia de mi propio aurane .
Descubro que las sirenas no son la raza más peligrosa del océano, no para un tritón en su fase de cría.
Todo lo que me rodea se convierte en mi propia condena, todos aquellos que respetan la corona de huesos y espinas se acaban convirtiendo en mi peor enemigo.
No les culpo, pues los que han vivido sometidos durante toda su vida ahora me ven como una venganza.
Lo primero que me ataca es una barracuda que me muerde las manos y me rasguña el pecho.
―¡Suéltame!―mis dientes crujen mientras lamento no haber aprendido a cantar aún.
Consigo zafarme de su ataque con un golpe de aleta, el más fuerte que he dado nunca, y huyo de ella a tiempo de encaminarme en una ruta sin carreteras ni señales. No hay adoquines ni senderos que marquen el camino de vuelta a casa, solo el mar en furia azotando sus mareas contra mí.
Podría ocultarme en las profundidades del océano, utilizar mis escamas grises para esconderme de los otros depredadores.
Pero sé que eso ralentizaría mi nado, me agotaría demasiado y me haría tardar semanas en llegar a casa.
Esa es la razón que me hace seguir bajo el agua clara.
Me alimento de algún que otro pez con el que me voy topando y dejo que mi mano se regenere gracias a mi naturaleza inmortal.
Parece que todo se ha calmado cuando de repente aparece un tiburón blanco y arremete directamente contra mí.
No sé si es el rastro de la sangre que han ido desprendiendo mis oídos, o que quizá los depredadores más peligrosos del océano han difundido el rumor de que una cría de tritón está por ahí nadando solo.
Da igual el porqué, pero la bestia se abalanza directamente contra mí.
Sus dientes, afilados como espadas, atraviesan mis escamas y, justo cuando van a reducir mis huesos a la nada, su mandíbula deja de ejercer fuerza alguna.
Cuando abro los ojos observo a un barco pesquero atravesando el cuerpo del tiburón con un arpón. Intento zafarme de las fauces del animal, pero no puedo, estoy completamente atascado. Por eso, cuando los pescadores tiran de él hacia el barco, me veo en la obligación de esconderme en su estómago.
Nadie mira dentro del escualo, lo dejan ahí colgado como si fuera un gran logro.
Intento no moverme mientras los marineros hablan en un idioma que comprendo a duras penas.
A veces gritan, otras veces canturrean y al cabo de unas horas se hace el silencio.
Saco la cabeza y contemplo el cielo nocturno de Valhía.
El horizonte es una línea repleta de olas en el mar infinito.
Es la primera vez que estoy en la superficie y no puedo negar que es hermosa.
Tengo que esconderme de nuevo cuando otro barco navega al mismo ritmo que este.
Este segundo tiene la madera oscura y ondean velas granates en lugar de blancas.
Entonces me doy cuenta de que son piratas caídos aprovechando la noche del Midna para robar y asesinar a los humanos que han pescado al tiburón.
Oigo gritos y golpes de espadas. Entre los dientes del animal puedo ver hechizos volando de un lado a otro, primero una bola de fuego, luego un rayo.
Distingo a los mortales por su tez de piel morena y a los caídos por su palidez nívea, por no mencionar esos ojos rojos que tanto me aterran.
El barco de los humanos empieza a tambalearse ante tal batalla.
Es ahí cuando veo la oportunidad de escapar.
Aprovecho el instante en el que uno de los diurnos proyecta un rayo de luz solar sobre un caído y lo reduce a cenizas.
Es ahí cuando salto de la boca del tiburón y me zambullo en mar abierto.
No sé dónde estoy, solo quiero escapar de todo lo que insiste en acabar conmigo.
Me prometo a mí mismo aprender las técnicas de guerra de las sirenas de Laneth, los hechizos de las clamamareas y los consejos de la anciana.
Una promesa que no tardé en romper, de alguna manera pensaba que los habitantes del océano éramos tan poderosos que nada podía hacernos daño. Estaba muy equivocado.
No hay nada alrededor, solo la línea del Midna que separa el romance de los dos amantes, el día y la noche.
Nado, lo hago como puedo, débil y con el cansancio insistiendo en que debo parar.
La guerra de los navíos es tan brutal que acaba surgiendo una explosión de hielo y fuego, una reacción que provoca una onda expansiva tan grande que me hacer perder el conocimiento y flotar hacia algún lugar.