31
Me convierto en un animal encerrado en un cascarón con apariencia humana.
Dejo de moverme a dos patas para hacerlo a cuatro, me apresuro a recorrer los tejados de Villa Masacre o incluso de caminar por sus paredes.
Ignoro los gritos de caos que se expanden por las gradas mientras los generales de la Orden inmovilizan a los líderes de las cortes vampíricas. Yo solo puedo pensar en alimentarme.
Mi vista está completamente nublada, allá donde miro no veo personas, si no entidades con venas que brillan a través de la carne.
Me acerco al cadáver de Debra, invocadora de lunas, y utilizo la fuerza de mis garras para descuartizarla.
Mi bestia interior la ve como una amenaza y no puede permitir que se levante de nuevo.
La sangre sale despedida por los aires, empapa mi ropa y salpica mi cara.
Soy espectador directo de mis propias acciones, movimientos de los que no tengo ningún control.
Por más que intento detener mi cuerpo, no puedo, no hay nada que pueda detenerme.
No hay ningún ancla en mi corazón que pueda atar a la bestia y domarla de nueva.
Mis hermanas ni siquiera lo intentan, se mantienen unidas aguardando el momento en el que les tocará enfrentarme.
Los inmortales tenemos un gran poder que carga con una condena infinita.
Somos vampiros, sí, somos fuertes, ágiles y mortíferos, pero disponemos de una maldición que nos impide vivir con libertad.
Una maldición que se divide en dos. La primera es el simple hecho de no poder caminar bajo la luz del sol, algo tan sencillo como contemplar un amanecer nos convertiría en cenizas.
Y la segunda es la peor de todas, la sed insaciable que se anida en nuestra alma durante las noches eternas de Valhía.
Tenemos que alimentarnos de sangre, tenemos que calmar la bestia que dormita bajo las mejores telas o las joyas más caras.
Un monstruo ansioso por tomar el control y acabar con todo lo que nos rodea.
Esa es la única manera de escapar del estado de locura en el que me encuentro, del frenesí.
Y no se puede controlar, al menos no siempre.
Los hijos e hijas de Illythia hemos aprendido a emparejarnos para sobrevivir.
Pues se dice que si nuestro corazón está vinculado a otro el frenesí de la bestia se detiene en cuanto nuestro amor verdadero está en peligro.
Cuando no tenemos esas relaciones tan fuertes nos vinculamos a la familia, somos parásitos que no pueden subsistir sin estar anclados a un ser vivo.
Amari, Enfi y yo disponíamos de un vínculo inquebrantable cuando éramos niños.
Una unión que no solo nos protegía de las duras reprimendas de nuestros padres, sino que también nos ayudaba a combatir a la bestia que bramaba en nuestras almas.
Pero las cosas se comenzaron a torcer cuando Amari se enamoró de Darius y Enfi de Jasper.
Ellas habían encontrado su nueva ancla y yo no tenía razón alguna para permanecer allí.
La primera vez que perdí el control fue durante la unión entre las estirpes Ilia y Cárpasot, durante la boda de mi hermana mayor.
Fuimos atacados por la Orden y yo no podía permitir que Amari lo pasase mal durante el día más feliz de su vida, así que me enfrenté a los rebeldes incluso por encima de mis posibilidades.
Y la bestia me dominó y puso en peligro a todo y a todos.
Las brujas consiguieron inmovilizarme a tiempo de que mi madre me diera de beber su propia sangre.
Cuando regresé en mí vi como todos me miraban con horror, los Condenados estaban descuartizados por todo el salón de baile, junto a sus cadáveres había criados y sirvientes que no tenían culpa de nada.
Lo peor de todo es que casi acabo con la vida de mi hermana Enfi.
Me prometí no perder el control de nuevo, pero esa promesa se quebró cuando los mortífagos nos atacaron en el paso hacia Orio.
Aun así, ninguna de esas dos ocasiones fue como esta. Esta vez la bestia se mueve poderosa, como si el Colmillo Abdicador me hubiera inyectado magia a tiempo de drenarme la sangre. Nadie hace nada por detenerme, no mientras la Orden mantenga a mis padres completamente inmovilizados.
La duquesa Ágatha está allí, su cabello rubio cae sobre sus hombros mientras sus ojos lloran impotentes.
El falso Chacal mantiene el filo de una espada en su cuello, cualquier movimiento significaría su muerte.
Mi madre pretende moverse, leo sus intenciones en su rostro de deses_ peración, está claro que no le va a importar sacrificarse si con ello puede detenerme.
Quizá ella sea la única ancla que me queda en la vida, si la matasen, no habría nada que pudiera hacerme regresar en mí.
La Orden no debe saberlo, si no ya le habrían rebanado la cabeza como han hecho con las brujas más poderosas de Plaguen.
Me dirijo hacia mis hermanas a gran velocidad, soy como un sabueso descontrolado, como un demonio a punto de absorber las almas de la arena. Doy un brinco y me abalanzo sobre ellas, Darius se interpone con la piel cubierta de rocas negras.
―¡Inmovilizarlo!―grita él mientras yo levanto sus protecciones a golpes de zarpa―. ¡Aprovechad que está distraído conmigo!
Amari se mueve con inteligencia, pone en práctica el don que adquirió cuando su sangre se entrelazó con la de su marido.
Por primera vez en toda su vida, mi hermana utiliza el poder de la estirpe Cárpasot para recubrir su piel con la dureza negra.
Me agarra por la espalda y sostiene mi cuello mientras yo lanzo mordiscos al aire.
Es Enfi la que utiliza sus dagas para clavar mis manos y pies al suelo.
El acero puro me debilita y me hace gritar.
―¡Lo vamos a matar!―grita mi hermana mayor con lágrimas en los ojos.
―¡Hazlo, Amari!―le ordena la pequeña.
La vampira tensa la cuerda de su arco y dispara una flecha tras otra para seccionar los tendones de mis brazos y piernas.
La imagen es tan depravaba que es imposible no sentir el dolor de mi familia al ver a su propio heredero crucificado en el suelo.
Inutilizado, mis hermanas se quedan a mi lado mientras Darius se dirige a las gradas con el hacha en sus manos.
―¡Detente!―Coyote proyecta su voz por todo el coliseo y amenaza con que sus espadas acaben con los duques y duquesas―. ¡Suelta el arma!
Mi cuñado hace lo que le piden, mientras maldice por no poder hacer nada para detener a los rebeldes.
En mi salvajismo observo como mis hermanas se convierten en un mar de lágrimas, están intentando calmarme con su propia sangre, pero mi organismo las rechaza.
Saben que lo único que les queda es acabar conmigo.
―¡Hijos de la noche!―habla Chacal y entonces me doy cuenta de que
es el Maestro el que lleva mi máscara―. ¡Hoy cambiará el orden de todo!
Siempre me pregunté porque el Antiguo nunca interfiere en los conflictos de sus inferiores.
Mi padre siempre me decía que no puede salir de las catacumbas de la ciudad, que sentir un ápice de luz solar podría destruirle por completo.
Que, aunque nosotros no lo veamos, hay energía solar al otro lado de las nubes que amenazan con tormenta, un hechizo que nuestro antepasado mantiene para protegernos de la extinción.
Más allá de todo esto, siempre he pensado que el Antiguo permite que su descendencia se mate entre sí porque el mundo está obligado al cambio.
―¡Os damos la oportunidad de uniros a la Orden de los Conde_ nados!―continúa mientras los rebeldes se movilizan hacia el centro de la arena.
Hay veinte hombres y mujeres, veinte inmortales cargando con dos carros cubiertos por mantas negras con el escudo del fantasma vengativo, el lema de los Condenados.
Los rebeldes permanecen allí inmóviles esperando a que su líder termine su discurso.
No hay ninguna duda de que es el Maestro, reconocería su afán de tertuliano incluso en mi peor locura.
Siempre he detestado las reuniones de grupo, la narrativa
sectaria que mantiene el inmortal cuya identidad es una incógnita.
―No habrá duques ni duquesas, solo un líder que traerá la igualdad a todos los habitantes de la noche del Midna. Y como promesa legítima os he traído una prueba de que conmigo no habrá nada que podáis temer.
―¡Asesino!―protesta una mujer situada en uno de los extremos de las gradas, acto seguido su cabeza sale despedida por los aires. Una acción que les indica al resto de alta nobleza vampírica que no es buena idea llevarle la contraria.
Loba se mueve junto a los asientos con total elegancia, pasa desapercibida detrás de Kathleen y las otras brujas que se mantienen con las manos encadenadas para que no puedan lanzar ningún hechizo.
Reconozco a mi amiga porque es la única que se ha quitado el velo negro de la cara.
La general chasquea sus dedos y varios de sus soldados se levantan movilizando a unas quince mujeres inocentes. Reconozco a las
adastas de mi hermana y a las futuras damas de Lady Alia.
―¡No!―grita Amari cargando una flecha directa a las gradas. Sus ojos se inyectan en dolor y rabia. La última oportunidad de preservar su legado pende un hilo a punto de romperse―. ¡A ellas no!
―En esta nueva era no se sacrificarán más vampiras para preservar nuestra especie―continúa Chacal a tiempo de que Loba chasquee sus dedos para que sus solados lancen a las mujeres por el precipicio.
Algunas de las inmortales caen de pie, otras no consiguen estabilizarse en la caída y acaban estampando sus caras contra el suelo.
Poco a poco se van incorporando mientras su sangre salpica la arena―.
¡La Orden de los Condenados tiene la solución a todos nuestros problemas!
Amari y Darius se apresuran a socorrer a las adastas , el rostro de preocupación de los stokers es un poema cuando se aseguran de que su legado está intacto. Primero ayudan a las vampiras embarazas y después al resto. Es ahí donde se ve el clasismo que los Condenados quieren erradicar.
―Oh no…―Enfi ahoga un grito de sorpresa cuando los rebeldes destapan el primer carro.
Incluso en mi locura mi cuerpo reacciona.
Mis ojos, rojos como el fuego más intenso, sin ápice de blanco ni humanidad, se abren de par en par para observar con detenimiento lo que se mantiene preso bajo el manto negro.
Cirigh está allí, sus manos le mantienen encadenado al interior de una pecera repleta de agua dulce.
Su forma, llamativa y hermosa al mismo tiempo, brilla en mitad de tanto caos.
Ahí está su aleta de escamas azules y sus ojos penetrantes.
Han colocado una mordaza rúnica en sus labios para que no utilice la Voz Azur.
―¿Qué le han hecho…?―mi hermana sigue dándole a mi bestia más
razones para zafarse de sus ataduras.
La Orden ha torturado al tritón, lo sé porque su cuerpo está lleno de moretones y heridas. Tiene el rastro del azote de un látigo, cortes de puñales por toda la cara, le faltan escamas en algunas partes de su aleta, Han utilizado los peores métodos para sacarle la información que querían.
―¡Los tritones de Valhía pueden almacenar nuestros chiquillos sin
poner en peligro ninguna vida!―anuncia Chacal mientras las gradas
ahogan un grito de sorpresa.
―¡Yo no voy a poner a mis hijos en el vientre de un monstruo marino!―protesta un hombre justo antes de que Coyote atraviese su corazón con una flecha.
―Sin exponer a nuestras vampiras al peligro de la descendencia, solo nos queda arreglar nuestro último problema―sus hombres destapan el segundo carro y dejan mostrar una jaula en donde se mantiene preso un necrófago―. ¡Los malditos de Makabria!
―¡Se ha vuelto completamente loco!―grita un grupo de nobles situados en las gradas opuestas a los duques.
―¡Nos va a matar a todos!―protestan unas mujeres maquilladas de manera excéntrica.
El público estalla en caos y empiezan a correr pisándose unos a otros.
A nadie le importa que los soldados de la Orden vayan acabando con ellos, prefieren mantenerse lejos del peligro del necrófago por encima de todas las cosas.
La multitud se convierte en una estampida y ni siquiera los rebeldes pueden frenarles.
De repente llegan los accidentes y parte de la alta nobleza de Plaguen se desmorona hacia el interior de la arena.
Uno a uno los inmortales bien vestidos van cayendo desde la parte más altas. Los primeros que sobreviven acaban sepultados por los siguientes que caen, hasta que al final se amontonan unos cincuenta individuos entre vivos y muertos.
El olor a sangre es tan insoportable que mi cuerpo utiliza toda su fuerza para zafarse de las dagas y las flechas.
Mi piel atraviesa las armas como si el dolor no existiera, estoy completamente herido, pero no me importa, no a la bestia que corre a cuatro patas hacia el banquete que la Orden me ha preparado.
―¡Estevian, no!―chilla Enfi como si su propia vida estuviera en peligro, pero mi cuerpo no se detiene.
La bestia empieza a morder y descuartizar a los inocentes que se han desmoronado desde las gradas. En ningún momento bebe sangre, pues no le interesa saciar su sed, es más como si lo hiciera por pura diversión, como si el depredador estuviera aburrido de sus presas.
― Stoker no…por favor―escucho la voz de Angélika, la sirena que vive
entre vampiros. Veo la pócima gris en sus manos, la misma que le regaló a Cirigh la noche que los presenté. Está tan débil que apenas puede bebérsela.
La descubro allí bajo alguno de los cadáveres que se han apilado sobre ella. La mujer intenta incorporarse, pero no puede, no con el cazador más despiadado de todos en frente de ella. La bestia abre las fauces para mostrar sus colmillos y estoy a punto de desangrarla, pero alguien me detiene:
―Hueles… a… hueles a aliento de ballena―pronuncia el tritón con tanta debilidad que solo yo puedo entenderle.