Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 30
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El baile de Debra, la invocadora de lunas, llega a su final cuando varias figuras encapuchadas se alzan a los pies de su torreón. El público ahoga un grito de sorpresa mientras que nosotros, con el fulgor carmesí en activo intentamos entender a que nos estamos enfrentando.

―¿Son elementales de hielo?―pregunto al ver el brillo azul bajo las capas negras.

―Mantequilla para mi hacha.

―En eso tienes razón, el acero puro puede contra ellos―secunda Amari cargando una flecha en su arco.

―No os distraigáis, recordad cual es nuestro objetivo―Enfi le pone cordura a nuestro equipo―. Buscad las gemas y terminemos cuanto antes.

Cinco hombres de hielo se dispersan por las calles de Villa Masacre, un número más que suficiente para darle juego a la competición.

Debra tiene pleno control de ellos, es como si su consciencia estuviera dividida.

Amari y Enfi se ponen a discutir acerca de cuál es la mejor estrategia para localizar las piedras y Darius no deja de insistir en que quiere encargarse de los encapuchados, que no son rivales para él.

―Separémonos, tenemos que encontrarlas y ellos ya se han movilizado―insto cuando me doy cuenta de que estamos perdiendo el tiempo.

―¿Esa es tu gran estrategia?―comenta mi cuñado a modo de provocación.

―Tiene razón, moveos.

Las palabras de Enfi le ponen fin a la conversación.

Ella es la primera que se disgrega del grupo, propina un salto y se mueve a través de las azoteas de los edificios.

De un momento a otro está entrando a través de la ventana de la torre del reloj mientras yo empiezo a moverme hacia la primera casa.

Darius y Amari toman la iniciativa de ir juntos ralentizando su búsqueda, pero aumentando su poder de combate.

Así como el exterior de las edificaciones son una réplica fiel a cualquiera de los pueblos que conforman la noche eterna del Midna, el interior no es más que un atrezo pobre y sin detalle. Apenas hay una mesa con sillas, algún utensilio oxidado de cocina y una cama roída.

―Menos mal…―pronuncio aliviado al ver que no tengo que rebuscar entre cajones o arcones llenos de porquería.

En cuanto termino la primera visita utilizo el filo de mis espadas para marcar una cruz en la madera de la puerta.

Y así lo hago con las dos siguientes, hasta que me detengo en mitad de la calle, observado por las zonas de la grada que pueden verme, y reflexiono en que este método va a ser realmente una pérdida de tiempo.

―¡Esto no funciona!―le grito al aire esperando que alguien pueda responderme.

Y allí está Enfi, pasando de tejado en tejado sobre mi propia cabeza.

No dice nada, solamente se limita a mirarme con una seriedad que solo puedo interpretar como un: Cállate y continúa .

Así pues suspiro aburrido y continúo. Y es entrando en la cuarta casa, justo cuando abro la puerta, cuando veo como un encapuchado está destrozando todos los muebles buscando el rastro de una gema.

Aprovecho su confusión para agacharme y moverme en sigilo para colocarme a la espalda de mi enemigo.

En ningún momento parece percatarse de mi presencia, sus manos se mantienen golpeando una cómoda de madera cuyos cajones ha vaciado de serrín.

Empuño mis espadas curvas y apunto a su nuca.

El golpe final se lo asesto antes de que pueda reaccionar, un tajo rápido y seco capaz de seccionar arterías sin ningún tipo de sufrimiento.

La creación de Debra se desploma en mil añicos de hielo que comienzan a derretirse. Esbozo una sonrisa torcida al comprobar la facilidad con la que vamos a superar esta prueba. Si esto es todo lo que nos tiene preparado el minotauro, me temo que su participación será olvidable.

―Pero ¿Qué coño? ―advierto sorprendido mientras el agua que forma el cadáver del encapuchado empieza a brillar con una intensa luz blanquecida.

Algo en mi interior me grita que corra, y eso es lo que hago, me lanzo

desde la ventana a tiempo de que un rayo caiga desde el cielo al instante. Y no hablo de un rayo de tormenta, sino más bien uno de magia radiante y helada. Como si la luna irradiara esa energía en contraposición del sol.

―¡No los matéis!―grito recorriendo los tejados del pueblo―. ¡Explotan cuando…!

Pero no puedo seguir hablando, más y más rayos empiezan a surgir en Villa Masacre. Desde lo alto puedo ver a mi hermana Enfi huyendo de la consecuencia de haber derrotado a dos soldados de hielo. Por suerte para Darius, Amari desentrañó la técnica de Debra con una de sus flechas.

Observo a la invocadora, está en pleno éxtasis esotérico, un sinfín de sensaciones que le provoca el baile del ritual que está llevando a cabo.

Y de un momento a otro ya no son cinco los soldados que aparecen bajo su torreón, si no diez, no, veinte.

Un ejército entero a su servicio, una prueba más de que, lo que estaba utilizando hasta ahora, era una pequeña porción de su poder.

Sin ninguna duda, estaba dándole al público el espectáculo que se merecían.

―¡Tengo una!―anuncia Enfi con una gema azul entre sus dedos. Mi hermana no ha perdido el tiempo, ni siquiera se ha dejado llevar por el pánico de la sorpresa. Ella es la más rápida de los cuatro, y eso es una ventaja que está aprovechando al máximo.

Las tornas del juego cambian en el mismo instante en el que los stokers vitoreamos ante la primera muestra de que podemos ganar la competición.

Pero Debra no nos lo va a poner nada fácil, lo sé porque los soldados de hielo no solo se dedican a buscar el resto de las piedras, si no que esta vez también atacan y lo hacen sin ningún tipo de piedad.

―¡Maldita sea!―protesto al ver como tres encapuchados se abalanzan hacia mí con las manos convertidas en lanzas.

Doy una voltereta hacia atrás, después salto por encima de ellos y utilizo mis espadas por inercia.

Primero un cuello, luego el segundo y después el tercero.

Uno de ellos consigue rozarme provocando una pequeña hendidura en mi pecho, nada alarmante.

Pero que se intuya parte de mis pectorales provoca que la multitud de las gradas grite emocionada.

Quieren ver violencia, quieren ver sufrimiento, quieren ver

sangre real.

Soy demasiado lento a la hora de apartarme de los tres rayos que arremeten contra el agua en un compás de poder y destrucción.

Mi cuerpo sale despedido por encima del nivel del suelo, pero consigo estabilizarme en el aire clavando mis armas en la pared de uno de los edificios más altos.

Tengo que estar atento, no puedo titubear, no ahora que la amenaza es tan clara.

A pesar del pitido en mis oídos y mi cabeza aun zumbando ante la explosión, aprovecho la oportunidad para continuar con la búsqueda.

Al principio me topo con una habitación sin apenas mobiliario, un escritorio mohoso y una estantería sin libros, nada resaltable.

La verdadera dificultad aparece cuando la siguiente habitación es una estancia llena de armarios.

Voy abriéndolos uno a uno y es del cuarto del que sale otro soldado de hielo y se abalanza sobre mí.

Me desarma en un instante, clava sus lanzas en mis hombros y me ruge con fuerza. Estoy a punto de defenderme como sea, incluso de utilizar mis colmillos para quitármelo de encima. Pero Darius salta desde la ventana y le decapita de un solo tajo.

―¡Este era mío!―se queja mientras el agua salpica la estancia y el rayo surge del techo.

Mi cuñado es lo suficientemente rápido como para cogerme entre sus brazos, recubrir su cuerpo de una capa negra con la consistencia de la roca y saltar por la ventana a tiempo de soportar la explosión.

Veo como los escombros golpean su cuerpo sin que él se inmute, la dureza del don de su estirpe se empieza a resquebrajar, como la piel de las serpientes durante su muda.

―Te debo una…―digo entre jadeos mientras empuño dos dagas arrojadizas de mi cinturón dando por imposible recuperar mis armas bajo las ruinas.

―Espero que puedas devolvérmela―ironiza él justo antes de coger la pócima de plasma e ingerirla de un sorbo.

Sé que está agotado, que utilizar el poder de los Cárpasot le consume más sangre de la que puede utilizar, y que, si sigue abusando de ello, acabará siendo dominado por la bestia y convirtiéndose en un verdadero

problema.

―¿Qué hacéis ahí?―se queja Amari accionando las explosiones de nuestros enemigos a golpe de flechas certeras―. ¿Ya habéis terminado?

―Recuérdame que la próxima me haga con uno de esos―me refiero a su arco. Segundos después propino un salto sobrenatural y me encaramo al tejado de lo que parece ser el ayuntamiento.

Seguimos dando el espectáculo guiándonos por una organización nefasta.

Doy gracias que Darius le había echado el ojo a mi oponente antes de que este me eliminara.

Desde la ventana puedo ver el resplandor dorado, es una gema.

Me muevo con velocidad, la tomo entre mis dedos y me dispongo a anunciarlo cuando algo me paraliza el corazón.

La estancia en la que se encontraba la segunda gema no era más que una pequeña herrería. Aunque más que lucir cuatro muebles de dudosa calidad lo que hay en el yunque es una espada que me es extrañamente familiar. Y a escasos metros de esta, otras tres.

― Colmillo Abdicador …―susurro a tiempo de coger el arma entre mis manos y sentir su verdadero poder.

―Estevian…

La hoja, con una aleación entre acero puro y runas mágicas, pronuncia mi nombre.

Lo hace como si guardara más secretos de los que estoy preparado para desentrañar.

Su voz es elegante, lenta y sibilante como las lenguas de las serpientes.

Tocarla conlleva recibir un pequeño chispazo de poder, una magia que está tan vinculada a mí como a ella.

―Irialmancia…―pronuncio con el fulgor rojo escrutando los

encantamientos del filo―. La mancia que anula al resto de mancias…

La Orden de los Condenados ha crecido tanto que ha conseguido robar la receta de esta hermosura.

El Maestro nos la mostró a todos los miembros, con razón estaba orgulloso, habían sido capaces de imitar el verdadero potencial de la forja del norte.

Siempre se ha dicho que la Corte de la Niebla está en contra de la brujería, que en sus cortes ni siquiera hay un aquelarre o algo parecido.

Que ellos son más espirituales, que disponen de sacerdotes que le rinden culto a la Sombra de Illythia.

La historia de las tres hermanas llevadas a otro nivel, a una religión que roza lo sectario, a una espiritualidad que determina quién es castigado y quién absuelto en los delirios constantes de nuestra exis_

tencia.

Lo que está claro es que hay magia en las tierras heladas al norte del Continente de la Banshee, quizá ellos les llamen de otra forma, pero no deja de ser brujería.

Puede que incluso sus sacerdotes y sacerdotisas canalicen las mancias como lo hace nuestro aquelarre.

Da igual el nombre si el cometido es el mismo.

Y encima disponen de irialmantes, una mancia poco común, la misma que recorre por mis venas gracias a la mujer que me dio a luz.

―Estevian…―sibila de nuevo, y yo no hago otra cosa que guardarme

la gema en el bolsillo y saltar por la ventana dispuesto a probar la efectividad de la mejor creación de mi futura esposa.

La gente me aplaude cuando me subo al tejado y apunto con el arma hacia el duque Krishan, él me responde con una sonrisa, está claro que estaba deseando que encontrara su regalo.

Automáticamente la Jauría Carmesí se convierte en una exhibición del poder de la invocadora, una muestra de supervivencia por parte de los stokers y un alarde de la reputación de los Shayk.

Les doy lo que quieren, me enfrento directamente a los soldados de hielo mientras la hoja imbuida en antimagia anula cualquier atisbo de explosión lunar.

Así es como voy seccionando las cabezas de una en una.

Primero cinco, después diez y a continuación doce.

Debra continúa invocando a sus guerreros y yo veo en su baile mi oportunidad para lucirme.

La misión de encontrar la tercera gema pasa a un plano completamente secundario.

Cada minuto que paso con el arma entre mis manos, cada tajo que arremeto a mis oponentes, siento un chispazo de poder, una inyección de adrenalina y una brisa de superioridad.

Si esto es lo que sienten los dioses es una sensación adictiva.

El chute es tan fuerte que me veo capaz de enfrentarme directamente con el Antiguo.

―¿Qué significa todo esto?―la Tríada se incorpora de golpe cuando varios soldados las apuntan con sus espadas.

La Jauría Carmesí se queda en pausa mientras mis hermanas y yo contemplamos lo que está ocurriendo.

Pero todo pasa demasiado rápido, todo se vuelve impredecible y caótico.

Los soldados atraviesan el corazón de las brujas en un único movimiento, mis padres gritan y la arena estalla en pánico.

La gente intenta huir, pero hay más traidores entre ellos, miembros de la Orden dispuestos a dar el golpe final al espectáculo.

Debra, invocadora de lunas, está a punto de actuar cuando una flecha vuela rauda hacia su frente haciéndola caer de su torreón sin vida.

Cuando dirijo mi mirada hacia el arquero, descubro a un hombre cubierto por la máscara del chacal.

A su lado, la Loba y el Coyote. Mi corazón se detiene en un suspiro, mi respiración se entrecorta y las cosas empeoran.

De repente siento la boca seca y la sed intensificada por cien.

Mi bestia interior se despierta sin darme tiempo a buscar mi pócima y detener su avance.

En el reflejo de la espada puedo ver mis globos oculares completamente rojos y sangrantes, la mirada de un cazador en estado de frenesí.

Antes de perder la cordura entiendo que lo que tengo entre mis manos no es el arma pura del duque Shayk, si no la modificación de la Orden.

Mi humanidad se desvanece comprendiendo que cada chispa de poder era el arma bebiendo de mi propio ser.

Así es como pretendían utilizar a los stokers :

―Hijos de puta…