Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 29
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El agua se desliza por mi piel y serpentea en mis músculos.

La ansiedad palpita en mi pecho mientras el recuerdo de las palabras del Maestro me atormenta.

La Orden pretende utilizarnos, a los stokers, como arma contra nuestros padres, pero dudo mucho que lo vayan a conseguir con simple palabrerío.

Hay algo que se me escapa, una amenaza que he dejado pasar durante demasiado tiempo.

Suspiro impotente mientras la imagen de Cirigh relajado en mi bañera me calma.

Si él estuviera aquí no habría nada que perturbara mi calma.

Necesito abrazarle de nuevo, sentir su cálida piel y besar sus labios.

Sin duda sus técnicas de seducción fueron más que espléndidas, dudo mucho que haya aprendido a hacer todo eso en unos pocos días.

¿Acaso entrenan a las sirenas y tritones de Valhía en el arte de la seducción?

Siempre pensé que hacían gala de su cántico para hipnotizar a los marineros.

Está claro que la información que tenemos de los ahogados es incompleta.

El calor brota de mi entrepierna como el fuego de los ashlaxmantes en el espectáculo de los cazaflamas.

Evocar la sensación de estar dentro de él me excita tanto que tengo que taparme con la toalla para que nadie vea mi erección al salir.

No suelo recibir visitas, pero si así ocurriese llegaría a darse una escena bastante violenta.

Estoy terminando de abotonar mi camisa cuando alguien toca la puerta.

Ulfred está al otro lado, sus manos sostienen un pergamino de pequeño tamaño.

Sus rasgos son impenetrables, su cabello rubio y su mandíbula apretada hacen de él mi mejor aliado.

Su familia ha servido a la corona desde generaciones y siempre ha sido más que un simple criado.

Ulfred es un gran amigo, me ha acompañado en toda mi vida, tanto en la corte como en la Orden.

―Llegó un cuervo hace un par de días―me comenta con una sonrisa de oreja a oreja―. Tienes un mensaje de Orio.

―Te lo agradezco―respondo con amabilidad sin tener mucho tiempo para detenerme. Guardo la carta en mi bolsillo y recorro los pasillos del

palacio mientras Ulfred me sigue el ritmo.

―¿Estás nervioso? ¿Sabéis algo de la arena de este año? ¿Escogerás las espadas media luna?

―Estás más alterado tú que yo―bromeo descendiendo peldaño a peldaño―. No sabemos nada, la verdad es que esto es una mera tradición, en cuanto acabe llegará “mi gran momento”, un enlace que no puedo rechazar.

―Nunca he visto a nadie tan emocionado por su propia boda―se jacta

él ridiculizando todo el tema del acuerdo entre estirpes―.

Pero allí estaré yo, viendo encadenar al gran Lord Estevian Ilia―Ulfred me saca una sonrisa con sus comentarios, tiene una lengua afilada y eso siempre ha sido una falta de respeto para los nobles de Plaguen.

Por suerte es algo que se reserva solo para mí, sabe que no le mandaré ejecutar por eso―.

¿Quieres que vaya contigo a la Corte de la Niebla?

Supongo que podrás llevar a tus propios criados.

―No creo que los Shayk me dejen llevarme a nadie, tienen costumbres muy extrañas y no quieren a nadie que puedan romper su calma. Yo voy porque les tengo que dar descendencia―nos detenemos en la puerta del comedor y prometemos vernos después de todos los tradicionalismos nocturnos.

―No dejes a ninguno en pie―él me abraza y me da una palmadita en la espalda―. Si lo haces mal te lo estaré recordando por toda la eternidad.

―Pues lo tendré que hacer perfecto. Todo sea por no aguantarte.

Cruzo las puertas con una pequeña carcajada mientras Ulfred se dirige a las cuadras.

Tomo el asiento que hay junto a Enfi y empiezo a desayunar de manera automática.

La incertidumbre brota dentro de mí cuando el comunicado del Maestro flota en mi cabeza.

Ni siquiera me percato de las tres copas de sangre que me trago de golpe.

No tengo hambre de otra cosa, no cuando mi cuerpo se prepara inconscientemente para la guerra.

―Deberías comer huevas de noctívago―mi hermana me pasa un pequeño bol con caviar de un brillante color blanco―. Hoy va a ser un día muy largo.

―Nunca me han gustado―admito viendo como Amari y Darius hablan

entre ellos al otro lado de la mesa.

―Yo las odio, de hecho, hasta hace unos meses siempre vomitaba cuando las comía. Pero ya sabes que son energéticas.

―Qué remedio…―suspiro dándole un buen bocado a la ración.

El sabor no es para nada agradable, una mezcla entre pescado, especias y vinagre. Pensar que esto es el oro de la alta sociedad vampírica me hace plantearme seriamente fingir la muerte del príncipe y aferrarme a mi falsa identidad, Airman.

Antes de que pueda darme cuenta los stokers de Plaguen estamos vestidos con conjuntos ajustados de cuero negro.

Prendas idóneas para facilitar nuestros movimientos durante el combate que se llevará a cabo en menos de una hora.

Estoy tan descentrado que he pasado la carta de pantalón a pantalón por pura inercia.

Nos encontramos en la armería de la arena, una sala llena de estanterías donde la variedad de armas es casi infinita.

Hay espadas, lanzas, hachas, dagas… todas ellas con las hojas forjadas con acero puro.

Por no hablar de las flechas de brillante punta blanquecina que mi hermana mayor carga en un carcaj de cuero.

Amari tiene dos trenzas que surgen desde su raíz rubia y caen por sus hombros.

Nunca la había visto sin sus vestidos voluminosos ni su joyería.

Parece más una guerrera de la guardia que una princesa de la Corte de la Noche.

Siento la presión en sus ojos azules, se está esforzando por demostrarles a toda la sociedad nocturna que es digna de criar la próxima generación de stokers .

―¿Las espadas curvas otra vez?―se queja Darius cargado con su hacha de dos manos―. ¿No tuviste suficiente cuando te gané durante los entrenamientos?

―¿Pensabas que me lo estaba tomando enserio?―ironizo colocando alguna daga en mi cinturón―. Era solo un calentamiento.

―¿Crees que estamos en guerra?―le dice Amari a nuestra hermana mientras todos nos quedamos boquiabiertos.

Enfi introduce dos espadas cortas en las aljabas atadas a su espalda, después se equipa con más dagas arrojadizas de las que puedo contar.

Utiliza cinchas en su cintura, tobillos y muslos.

Está claro que quiere lucirse y pedir una audiencia con el duque Ábsolem cuando todo esto termine. Va armada hasta los dientes.

―Por lo visto no vamos a dar un espectáculo―comenta Darius sin coger nada más―. Está claro que esto es una competición entre stokers .

Lo último que cogemos es un vial de sangre de gran reserva, una pócima que nos dará el apoyo suficiente como para soportar todo lo que se avecina.

Ser un vampiro significa depender de la vitae, sin ella no seríamos más que bestias salvajes y hambrientas.

Todo en nuestro día a día consume una pequeña fracción del plasma que ingerimos.

Caminar, correr, saltar, ver en la oscuridad, luchar e incluso algo tan simple como parpadear.

Pero sin duda lo que más consume nuestras reservas inmortales son las hazañas más sobrenaturales.

Saltar grandes distancias, sobrevivir a caídas imposibles, respirar bajo el agua (o más bien no respirar), correr a velocidades fugaces o percibir el latido de los corazones.

Entre otras muchas cosas, una lista casi infinita que se mantiene registrada en el Tomo de las Tinieblas y que, como era de esperar, me ha tocado estudiar durante mi niñez.

―Allá vamos―comento soltando todo el estrés con cada respiración.

―¿El gran Estevian está nervioso?―Darius me golpea en el hombro

justo antes de que nos coloquemos en la plataforma que nos llevará hasta la multitud.

―Recordad que somos inspiración para muchos―Amari proyecta la presión que siente en su pecho.

―Pues yo me voy a centrar en disfrutar de todo esto, dudo mucho que volvamos a vernos en otra así en muchos años―sentencia Enfi a tiempo de que las cadenas del ascensor inicien el movimiento de sus eslabones.

Cuando salimos al aire libre el estruendo de la multitud nos eriza la piel y nos motiva a continuar con todo esto.

El público se mantiene a trece metros sobre nosotros, las gradas de piedra forman un círculo alrededor de la gran arena.

A diferencia de los coliseos donde nuestros antepasados se batían en duelo o lucían sus habilidades de combate frente a su pueblo, la arena actual tiene un diámetro que se podría comparar con el de un lago inmenso.

Todo fue un avance por parte del duque Idris, mi tatarabuelo, la estatua

con los brazos cruzados a la derecha del trono del Antiguo.

Un vampiro que determinó que la fuerza bruta no era tan importante a la hora de ganar un combate.

Fue en esa época en la que se reformó la arena y se dio versatilidad a los combatientes dando pie a que cualquier arma fuera válida.

Si mi antepasado no hubiera cambiado las leyes, el único válido

en la actualidad sería mi cuñado Darius.

Y esa es la misma razón por la que la arena no es un círculo de arena y roca, si no más una representación en pequeña escala de un pueblo nocturno.

Hay aproximadamente diez casas de baja altura y cinco de tres plantas, una librería, una hoguera en la plaza central e incluso una torre del reloj.

Un trabajo espléndido por parte de los obreros que han estado trabajando durante todo el año.

La estampa es maravillosa, deduzco que las brujas han ayudado a acelerar el proceso.

El Aquelarre del Cuervo, cuyas líderes están situadas detrás de mis padres conjurando barreras invisibles para proteger al público de cualquier imprevisto.