Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 24
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Los siguientes días son una amalgama de sensaciones.

Jasper me explica que es demasiado pronto para volver a Plaguen, que no podré acceder a palacio hasta que las fiestas dedicadas a los gobernadores de la noche no terminen.

Solo pensar que se anunciará el matrimonio entre Estevian y Lady Alia me reconcome por dentro.

Necesito hablar con él antes de que eso ocurra, si ambos se casan no habrá lugar para mí cerca de él, no podré seguir fingiendo que soy su ilota .

Estar junto al humano me ayuda a pensar con claridad.

El hijo del alcalde es sumamente cercano, divertido y jocoso.

Por no hablar de que el pueblo de Orio le adora, siempre que hay ocasión se acercan a él para saludarle o dedicarle un abrazo.

Me gusta imaginar que los Gazzei y los Ilia pueden unirse más allá de un mero trato político entre humanos y vampiros.

Estar tanto tiempo en Tierra firme me ayuda a comprender la importancia del matrimonio en la sociedad.

Casarse significa firmar un trato de por vida en el que dos personas juran permanecer unidas hasta el final de los tiempos.

En la cultura submarina no existe nada parecido, ni siquiera en la corona de huesos y espinas, ya que el rey promete dar su vida por la reina en vez de amor eterno.

Quizá por eso todo mi ser se sacrificaría por Estevian si fuera necesario.

―Aquí enviamos la correspondencia en el Continente de la Banshee―señala Jasper cuando llegamos a un gran torreón de madera oscura con innumerables ventanas que dan paso al reptar continuo del viento.

―¿Vas a mandar una carta?

―Claro ¿Cómo pretendes que cumpla mi parte del trato si no? ¿No creerás que voy y vengo de Plaguen como si fuera un vampiro? ―se mofa mientras atravesamos el arco abierto que nos da acceso al edificio―. A ver si tengo los colmillos y no me he dado cuenta.

―Más quisieras, JP―no pierdo la oportunidad de bromear, una habilidad que creo haber aprendido en este instante―. Eso significaría que tendrías que aprender a morder correctamente. Tienes unos incisi_

vos muy buenos para comer lechuga.

―¡No seas cruel, Cirín!

Recorremos unas escaleras en forma de caracol que ascienden hasta el infinito. No sé cuánto tiempo llevamos caminando cuando llegamos a lo alto del torreón. Ahí hay dos tipos de animales, por un lado, los cuervos con su plumaje negro y sus ojos rojos, una señal más que sufi_

ciente para entender que son tan inmortales como los vampiros. Y por el otro:

―¿Y estos que son?

―Son de la familia de los murciélagos, les llamamos zorros de noche.

Un nombre más que acertado, pues son animales de tamaño mediano con pelaje granate, blanco en la punta de orejas y cola.

Además, disponen dos grandes alas, que los envuelven a modo de pepino de mar.

Jasper Gazzei se sienta en un escritorio impregnado en cera petrificada en el tiempo, como si las velas que se han consumido se pudieran reconstruir de nuevo.

―Gracias…―leo siguiendo el curso de su pluma. El humano escribe tan rápido que me es imposible entender más―. ¿Por qué lo escribes?

―Tiene que estar al llegar―responde él enrollando el pedazo de papel―. ¿Quieres enviar algún mensaje a palacio?

―¿Qué? ¿Cómo? ¿Yo?―mis piernas llegan a temblar con tan solo pensar que puedo tener un mínimo contacto con Estevian.

Sin perder ni un segundo me siento frente al escritorio, cojo la pluma y extiendo el pedazo de papel.

De repente mi mundo empieza a dar vueltas, como si estuviera a bordo de La Llorona , el navío que me arrebató de mi hogar.

Estoy tan nervioso que ni siquiera me he dado cuenta de que realmente no sé escribir―. ¿Lo haces por mí?

―¿Qué quieres poner? Tiene que ser algo conciso, no hay demasiado espacio.

―A Lord Estevian…―empiezo sin ningún tipo de vergüenza―. Te echo de menos.

―Te…echo…de…menos―escribe él sin hacer ninguna pregunta―. Cir…

―Espera… escribe mi nombre bien, por favor―y lo digo como si mi vida dependiera de ello.

―¡Ah! A ver…―le repito mi nombre unas dos o tres veces hasta que acaba escribiendo en su propio idioma. Y esa es la primera vez que lo veo escrito en terrestre―. Cirigh.

Jasper anuda los papeles en la pata de uno de los cuervos, después lo posa en su antebrazo y deja que vuele por una de las ventanas. El ave agita sus alas formando una figura que, poco a poco, se va difuminando en el horizonte. Lo último que se puede ver es el brillo rojo de sus ojos.

―¿Y ya está?―pregunto esperando algo más.

―No, no,… hoy llega mi pedido.

El humano señala a la noche de Valhía mientras una silueta, mucho más grande, mucho más esbelta y mucho más peluda, se dibuja sobre los árboles que rodean el pueblo. A los pocos minutos puedo ver a un zorro

nocturno cuyas ondas sonoras me provocan cosquillas en los oídos.

―Utilizan la ecolocalización para no chocarse con nada, es un sonido imperceptible al oído humano.

―Si, si, ya veo―disimulo el cosquilleo que se empieza a convertir en picor.

Jasper extiende su brazo y, a los pocos segundos, el mensajero se posa en él. El animal es tan agradable que restriega su rostro peludo con el del humano. Más que un murciélago, o un zorro con alas, tiene la actitud de un perro domesticado.

―¿Qué me traes aquí, bonito?―le dice él mientras le desata una pequeña bolsa de piel de la pata―. ¿Enfi se ha portado bien con nosotros? ¿A qué sí?

El zorro nocturno no tarda en utilizar sus patas y los espolones de sus alas para llegar a uno de los descansos donde se coloca boca abajo y se echa a dormir.

Jasper me mira con una sonrisa de oreja a oreja mientras sostiene un pequeño vial de sangre, un objeto que me corta la respiración y me incita a abrir los ojos de par en par.

―Eso es…

―El favor más caro de mi existencia―bromea dándome a entender que tiene una deuda muy grande con Enfi.

―La sangre de Estevian…

―Y es toda tuya, Cirigh―pronuncia con claridad, un hecho que me

roba una sonrisa torcida.

Cojo la poción como si fuera el último resquicio de vida en el mundo, como si yo tuviera la respuesta a todos los conflictos del mundo. Estoy a punto de quitar el corcho y de beber su contenido cuando el humano me detiene.

―Es mejor que lo hagas en un lugar tranquilo, si verdaderamente puedes ver el curso de la sangre, el tiempo en el que entres en trance puedes correr un gran peligro―por un momento deja de ser el hombre bromista y jocoso para convertirse en el sabio del pueblo―.

Te llevaré a tu habitación, te dejaré solo unas horas y luego cumplirás tu parte del trato.

―Gracias…―él se limita a responder con la cabeza―… solo espero que funcione.

No tardamos nada en dejar atrás a los cuervos mensajeros, los zorros nocturnos y el gran torreón que les da cobijo.

Recorremos las calles de Orio repleta de un gentío que no recuerdo haber visto con anterioridad.

Contemplo varias carrozas de las que bajan varias doncellas inmortales, diez mujeres con características completamente diferentes.

Algunas son rubias, morenas o pelirrojas, hay otras que han tintado sus cabellos de colores más propios de mis hermanas en agua dulce que de las caídas que habitan Plaguen.

Hay cuerpos esbeltos y cuerpos anchos. Con más o menos pecho, incluso distingo diferentes tonos de piel.

Todas y cada una de ellas se dirigen a La Tejedora .

―¿Qué está pasando?―pregunto ignorante sin soltar el regalo de Enfi en ningún momento.

―Son las futuras adastas de la corte. Las stokers no pueden arriesgar sus vidas con embarazos, por lo que necesitan a otras que ocupen su lugar.

―¿Y van a dar su vida por la corona?

―Para ellas es un honor al que llevan esperando durante toda su vida. Solo tienen que agradar a Lady Alia después de su matrimonio…

―Con Estevian…

―Me temo que sí, amigo.

―¿Y sí Enfi se casara con un inmortal?―mis palabras atraviesan el

pecho de Jasper y llegan a su corazón, lo sé porque su mirada se engrisece y sus labios intentan esbozar una sonrisa que nunca llega.

―Haría lo imposible por hacerla feliz―me siento tan responsable de ese pesar que siento la necesidad de animarlo.

―Bueno, siempre podemos pensar que el inmortal seas tú―pero no parece surtir efecto.

―Debería tener sangre real para que fuera tan solo una opción. Y ya no hablo de morir como hombre y renacer como vampiro. Si no que debería tener el legado de alguna estirpe en mi sangre.

―¿Por qué es tan importante todo eso de las estirpes?―contemplamos el paseo de las futuras adastas , caídas con el paso firme y las cosas claras. Dispuestas a todo por serle útil a la corona de Plaguen.

―Porque cuando dos inmortales celebran el Rito de la Unión sus sangres confluyen en una sola dándole a ambos el poder de ambas estirpes―ahora el matrimonio cobra un sentido completamente diferente, mágico, milagroso e infinito―.

Por eso tanto Lord Darius como Lady Amari pueden utilizar los dones de las dos estirpes.

Pero su descendencia creará un nuevo poder, como la descendencia del duque Ábsolem y la duquesa Ágatha formaron un nuevo don para los vampiros.

―Entonces… ¿Qué poder tienen los líderes de Plaguen?

―Los tratados más antiguos hablan de que el duque escupió fuego durante las guerras de sangre….

―¿Y la duquesa?

―De la duquesa no se sabe nada, nunca ha entrado en conflictos bélicos―Jasper emprende, de nuevo, el camino hacia la posada―. Pero yo no me creo ni la mitad de esos textos, a los escribas les encanta ponerle emoción a la historia de estas tierras. Hasta que no lo vea, no me lo creo.

Tardamos unos pocos minutos en entrar en La Herradura , rodear las diferentes mesas de apuestas y evitar las dos o tres camareras que nos ofrecen cerveza.

Por mucho que me guste el oro líquido que se destila en Orio, no puedo arriesgarme a que mi mente sea adulterada antes de consumir la sangre del stoker .

Necesito tener claro que, todo lo que vea al beber de él, es completamente real.

Hay tantas preguntas en mi interior, que me es imposible no ponerme a temblar al abrir la puerta de mi habitación.

―Mira, nunca he visto a Enfi lanzar lenguas de fuego, ni siquiera las veces en las que la he enfadado, que no han sido pocas―por mucho que intente sonar serio, Jasper no puede evitar sonreírme―.

Los stokers solo saben hacer eso de detectar las mentiras.

Quizá tengan algún poder más, pero nada que ver con lo que mis antepasados han escrito sobre ellos.

―Gracias por todo―le repito una vez más, y estaría toda la noche haciéndolo. Sé lo difícil que ha sido para él conseguir el tesoro que tengo

entre mis manos.

―Nos vemos en unas horas.

La puerta de mi dormitorio se cierra tras de mí acallando las voces de la fiesta que se está llevando a cabo en la planta inferior. Todo adquiere un aire más tranquilo e íntimo cuando decido tumbarme sobre la cama, abrir el frasco y beber de él.

Los primeros sabores que recorren mi paladar son los del metal y la sangre.

Podría estar bebiendo el plasma de cualquier persona, una duda que se esclarece cuando el rojo adquiere un tono dulce y amargo al mismo tiempo.

Un sabor que me es extrañamente familiar.

De pronto el aurane se sacude con lentitud, al mismo tiempo que mi cabeza empieza a arder.

De nuevo ese dolor, esa migraña y esa tortura.

― Intenta recordar, aunque duela, y entenderás cuál es tu verdadero cometido ―las palabras de Angélika resuenan en mi interior a tiempo de que mis párpados pesen tanto que no tengo fuerzas para mantenerlos abiertos.

Las imágenes aparecen en mi cabeza al ritmo del golpe de un tambor, un instrumento cuya música es constante y cada percusión es un latigazo de migraña y dolor.

De pronto veo la playa en la que me encuentro completamente desnudo.

Mi piel acaricia la fina arena blanca mientras la luna llena ilumina la figura de un niño, ataviado con un trajecito negro, que me mira con dos ojos brillantes y rojo.

―¡Cirigh, no!―grita Jasper al otro lado de la puerta, pero no puedo

verlo, estoy demasiado perdido en las visiones de la sangre.

Justo cuando siento unas manos inmovilizando mis tobillos y muñecas consigo abrir los ojos, se me cierran de nuevo sin poder resistirme.

Entonces la veo, la misma mujer que intentó separarme de Kathleen.

Loba está frente a mí, con el mismo corsé ajustado y las trenzas castañas enraizadas en su cabeza.

La vampira tiene el rostro cubierto por su máscara de plata, a su lado un hombre con una joya muy similar.

Deduzco que es Coyote, el tercer general de la Orden de los Condenados.

―¿Estás segura de que es él?

―No te puedes hacer una idea de cuanto, cariño.

Identifico su voz instantáneamente, no me hace falta ver lo que se oculta bajo la máscara para saber a quién tengo frente a mí.

La inmortal se encarga de sacarme fuera de la cama y su acompañante le ayuda a cargar conmigo.

Antes de que mi mente se pierda en el interior de las visiones consigo pronunciar:

―¡Suéltame Ralva!