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―¡Eso es lo que esperaba oír!―celebra Jasper a tiempo de encargar dos jarras de cerveza y arrastrarme hasta las mesas más céntricas de la posada.
Hay hombres y mujeres subidos a la madera y bailando al ritmo de una melodía que me es agradable.
En cuanto nos acercamos, la pequeña multitud empieza a chocar sus bebidas con la mía como si esa fuera su forma de darme la bienvenida.
Estoy cansado sí, pero no creo que pueda dormir sabiendo que Estevian está tan lejos.
A una montaña de mí, más bien, a un túnel de Orio.
El sabor de la cerveza me resulta desagradable, al menos al principio, pues después su espuma me acaba gustando tanto que termino por beberme la jarra de un trago para que me sirvan otra.
Me descubro a mí mismo subido a una de las mesas y bailando con una chica cuya falda acaricia mis piernas con cada vuelta que damos.
Aprendo con cada minuto que paso con los humanos, copio los pasos de baile o la manera de reírme.
De alguna manera mi naturaleza me obliga a adaptarme al cambio.
El paso más común es dar golpes con el talón sobre la madera mientras se agitan las manos con la intención de evocar aplausos. Intento hacerlo en un par de ocasiones, pero no me termina de salir bien. Aun así, la gente me vitorea y me invita a seguir bebiendo.
―¡Dale, Cirín!―me grita Jasper motivándome a beber toda la jarra de un trago.
El resto de los presentes le hacen coro mientras yo me centro en cumplir mi misión, engullir la cerveza como si fuera vital para seguir encajando en esta sociedad.
Y lo hago, lo que lleva a la multitud a repetir mi falso nombre.
Se me hincha el pecho y continúo bailando sin ponerle especial interés al extraño mareo que surge en mi cabeza.
De pronto una extraña felicidad me embriaga, una sensación que me empuja a ser extremadamente sincero.
Ni siquiera me preocupa el qué piensen de mí, solo quiero gritar lo que llevo tantos días ignorando:
―¡Me he enamorado de un vampiro!
―¡Y yo también!―me secunda Jasper lo que provoca que otros tantos también lo repitan.
De repente siento un fuerte ardor en mi estómago, una sacudida que me recuerda que el aurane tiene que alimentarse. El mareo regresa en el momento en el que quiero bajarme de la mesa lo que provoca que me caiga de bruces sobre el suelo.
―¿Estás bien?―un hombre extiende su mano para ayudarme a incor_
porarme. En el momento en el que rozo su piel, su fría temperatura me cala muy adentro. Lo que solo puede significar una cosa: estoy delante de un vampiro.
―Sí, sí, gr…gracias―respondo con lentitud mientras me doy cuenta de que hay más caídos entre nosotros, no demasiados, quizá dos o tres. El escozor del aurane me obliga a acercarme a Jasper y susurrarle de manera desesperada―. Sangre…
―¿Qué? Ah, claro―no se extraña, solo se limita a acercarse a la barra y traerme una copa con plasma―. Aquí tienen de todo.
Bebo sin cuidado, hay gotas que se deslizan fuera de mis labios y saltan desde mi barbilla. Siento la calma de nuevo mientras el mareo empieza a crecer de manera desmesurada. Mis ojos se ponen en blanco justo antes de que mi cuerpo se desplome de golpe hacia atrás.
Me despierto envuelto en sábanas de tela, sobre una cama individual en una habitación austera.
Lo único que hay allí es un escritorio y un arcón.
Ni armarios, ni vestidores, y menos aún grandes cuartos de baño.
Nada que ver con la comodidad de palacio.
El cielo, nublado casi en su totalidad muestra ápices de luz que recuerdan una y otra vez que el sol no tiene poder aquí.
Un estandarte que ondea constantemente sobre todos los vampiros, un manto cuya tormenta permanece expectante hasta que estalle una guerra.
Llevo puesta la misma ropa de ayer, prendas que huelen a vómito y alcohol.
Alguien se ha tomado las molestias de dejar otro conjunto sobre el arcón, lo que me salva de no quedarme horrorizado todo el día.
La camisa cambia a un chaleco de piel negro, y los pantalones largos a unos con el corte en la rodilla.
Parezco un marinero primerizo, un inocente a punto de ser encandilado por el cántico de mis hermanas y servirles de alimento.
Desciendo las escaleras que conectan las habitaciones con la parte de taberna que tiene la posada.
Cuatro personas se mantienen apoyadas en la barra pagando sus consumiciones con monedas de oro y plata.
Me miro los bolsillos y me doy cuenta de que no tengo nada para pagar a Brody y apoyar su negocio, aun así él me señala una mesa con un cartel donde veo escrito mi nombre, bueno, el falso, Cirín.
Me siento solo en un reservado con cuatro sillas y reviso todo lo que La Herradura ha dispuesto para mi desayuno.
Hay una copa con plasma, una sopa caliente de algas, varios langostinos asados y tostas de pan.
No sé si saben que soy un tritón, pero Estevian les ha debido de informar de mi dieta.
Como con tranquilidad, como el stoker me ha enseñado, utilizo la cuchara para la sopa y el resto me lo como con pan.
Los langostinos los devoro con cáscara incluida, no creo que exista otra manera de comerlos.
Y del pan solo dejo la corteza, imagino que lo único comestible es la miga blanca del interior, esponjosa y suave.
―Yo… yo no tengo como pagarte―pronuncio con nerviosismo cuando Brody se acerca a recoger los platos de mi desayuno.
―Oh, no, no… no te preocupes. El alcalde Gazzei tiene todo pagado, los amigos de Orio son amigos de La Herradura .
―Gracias, supongo―añado a tiempo de dirigirme a la puerta sin que nadie me detenga.
De alguna manera camino con rareza, y no porque extrañe el movimiento de mi aleta, sino más bien porque nadie me vigila.
Nadie está pendiente de mí, nadie me persigue y nadie me exige que me ponga la mordaza.
Al contrario, salgo a la calle de Orio sin ningún tipo de impedimento y camino a través de sus calles de adoquines y tierra, respiro el aire fresco de la libertad.
―¿Dónde te apetece ir?―digo para mis adentros, más que eso, real_ mente estoy hablando con el aurane .
A los pocos minutos de caminar me encuentro con la plaza del pueblo, la misma donde se llevó a cabo el espectáculo de los cazaflamas.
Veo como desmontan las gradas y apilan los palés y los hierros a un lado del edificio principal.
Hay banderillas rojas colgadas de tejado a tejado formando una curiosa tela de araña.
―Buenos días―me dedica una señora y yo no puedo hacer otra cosa que sonreír.
―Bienvenido al mercado de Orio ¿Estás buscando algo en especial o solo quieres dar una vuelta?
―me dice un hombre con un sombrero de copa y un bastón bailoteando alrededor mío―.
Lunaela tiene pociones de todos los tipos, Teodric trae fruta y verduras de todas las regiones, Sarah vende piedras que dice tener propiedades mágicas,…
―Gracias, pero solo quiero pasear por el mercado―pronuncio con una gran maestría en mi terrestre, casi parezco natal de Plaguen.
―¡Me parece perfecto!―celebra él con una alegría envidiable―. Yo soy Nycolas, clama mi nombre si necesitas algo.
Asiento con la cabeza a modo de agradecimiento y avanzo a través de las casetas que forman el mercadillo.
Persigo a las personas que se mueven en su interior, algunas simplemente miran y otras mantienen largas conversaciones acerca de los diferentes productos que hay a la venta.
Todos son amables y cercanos, incluso sin conocerme, me ofrecen oler sus flores o probar sus dulces artesanales.
Entonces da comienzo mi pesadilla. Las primeras gotas de lluvia empiezan a golpear las casetas del mercadillo.
Una de estas me salpica la cara y muestra un pequeño brillo azul bajo mi piel.
Nadie se percata de ello, no cuando los mercaderes se dedican a cerrar las carpas a tiempo de que algunas de las personas que me rodean abran sus paraguas de seda impermeable.
Comprendo que ese objeto es algo costoso y que no todos los presentes se lo pueden permitir.
Yo emprendo una carrera infame hacia el primer resguardo que me encuentro, en este caso, una sastrería.
Las campanitas que cuelgan de la puerta anuncian mi llegada lo que llama la atención de una mujer de gran escote que acude a mí en cuestión de segundos.
La humana es extremadamente elegante, lleva un vestido sin vuelo y unas botas de tacón.
Su cabello marrón se mantiene ondulado y suelto por debajo de sus hombros.
El lunar que tiene sobre sus labios me resulta extrañamente familiar, es hipnotizante cuando habla.
―Buenos días, cariño ¿Vienes a por tu fajín? ―pronuncia con sensualidad mientras sus tacones resuenan sobre la madera clara de su local.
―Oh, no, solo me estaba resguardando de la lluvia―respondo con total sinceridad―Me voy ya, perdona las molestias.
―Ay, no, cielo. No te preocupes―la mujer me da un beso en cada mejilla justo antes de que roce el pomo de la puerta.
Un olor se clava en mi nariz, el perfume de la muerte más hermosa del mundo.
Mis ojos se abren de par en par al descubrir que la extraña es una vampira―.
Soy Ralva, de las pocas inmortales que vivimos en Orio.
―Un placer, yo soy Cirín―me anticipo a que vayan a pronunciar mal mi nombre―. Estoy unos días de visita aquí. Soy amigo del alcalde Gazzei.
―Pues un placer, guapo. ¿Te apetece un té?
―Claro.
Me sorprende la facilidad con la que se entabla una conversación lejos de la gran ciudad.
La vida en los pueblos debe de ser siempre así de cercana, con personas que se conocen de toda la vida y una simpatía que convierte cualquier espacio en hogar.
Ralva me invita a sentarme en una mesa con dos sillas y sirve un par de tazas de té de flores.
Le cuesta poco explicarme que es la dueña de La Tejedora , la sastrería del pueblo.
Y que su familia lleva confeccionando los trajes y los vestidos de Orio durante toda su vida.
No pierde ni un momento en alardear de la gran fama que tiene en la capital, que incluso Lady Enfi ha encargado varios de sus vestidos.
―Perdona, parece que solo hablo yo ¿Tú de dónde eres?
―De las islas del sur―mantengo la historia que han creado para mí, lo hago con la certeza de que no estoy frente a una Ilia, lo que significa que Ralva no puede detectar mis mentiras.―. Vine a la ciudad para buscar trabajo.
―Ay que bien, tienes que extrañar el mar.
Aquí en el norte no tenemos ni una gota de agua salada―le da un sorbo a su taza de té―.
Yo llevo un par de años solidarizada con el pueblo, ya no bebo sangre de humanos ahora aprovecho la caza de corzo y liebre para poder alimentarme.
No sabe igual, obviamente. Pero tengo que fomentar este tipo de vida.
―Eso dice mucho de ti―en tan solo una hora hay una gran confianza entre nosotros.
Las campanitas de la entrada resuenan con delicadeza anticipando los pasos toscos de tres personas.
Ralva se incorpora rápidamente y se apresura a llegar a la entrada.
Curioso, le sigo sin querer robarle más tiempo, la vampira ya ha hecho suficiente por mí al dejarme resguardarme de la lluvia en su sastrería.
De algún modo siento que debo marcharme.
―¿Qué ha pasado?―grita ella mientras tres humanos cargan con el cuerpo de un cuarto.
―No lo vimos venir―responde uno de manera apresurada y nerviosa―. Creo que fue un lobo, apareció de la nada y atacó a Grant sin previo aviso. ¿Puedes salvarlo?
―Lo intentaré―Ralva se arrodilla frente al herido y utiliza su fuerza sobrehumana para romper su camisa.
Son cazadores, lo sé porque llevan arcos, flechas y ballestas además de unas cuantas liebres colgadas boca abajo de su cinturón.
Sus botas han dejado el establecimiento lleno de barro y lluvia.
El agua arrecia con fuerza al otro lado de la puerta, incluso los rayos han iniciado su espectáculo.
Si pongo un pie ahí afuera mi aleta saldrá a la luz y no tendré otra cosa que hacer que arrastrarme hasta la posada.
―Esto no es un mordisco de lobo―explica ella mientras se mueve de un lado a otro cogiendo vendajes y viales con extraños contenidos en su interior―. Bebe esto, cielo. Calmará el dolor.
―¿Qué haces ahí parado Dragos, ayúdala?―se queja uno de los hombres, el más mayor, cuando me ve petrificado ante la tormenta.
―¿Acaso te has quedado ciego, Fikrol? No es mi marido, es Cirín un amigo que ha venido a pasar unos días desde la gran ciudad.
―Hay disculpa, joven.
―No pasa nada. Tampoco puedo hacer mucho, soy muy aprensi_ vo―utilizo las palabras con maestría evadiendo toda responsabilidad de tener que acercarme a ellos y arriesgarme a que el agua de sus ropas me empape.
Me ignoran por completo mientras Ralva intenta ayudar al cazador heri_
do. La vampira no solo utiliza todo lo que tiene en su mano si no que hace gala de sus colmillos para convertirse a sí misma en un método de curación. Más allá de ser la sastre del pueblo, la caída es la sanadora.
―Diosas, Cirín ¿Estás ahí?―Jasper aparece al otro lado de la puerta completamente empapado―. Pensé que te habías perdido.
El chico ignora todo lo que está sucediendo en La Tejedora , más que eso, es como si estuviera acostumbrado a ver escenas así.
Se acerca a mí y me cubre con mi capa impermeable, después me conduce hasta la salida.
Cuando hecho la última mirada atrás me encuentro con los ojos rojos de Ralva clavados en mí, su expresión no es otra que una mezcla entres sorpresa y preocupación.
―¡Nos veremos pronto!―me despido de ella con la misma simpatía con la que me ha tratado. Ralva solo se limita a sonreírme.