Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 21
43%

21

Permanecemos gran parte de la noche juntos, me desvelo en tres ocasiones.

La primera él me está abrazando por la espalda, en la posición comúnmente llamada cucharita.

La segunda vez estamos frente a frente, nuestras respiraciones chocan en una brisa cálida y agradable.

Y en la tercera ocasión Estevian está sentado frente al escritorio dejando que el sonido de la pluma sobre el papel embriague toda la habitación con ligereza.

No enciende vela alguna en ningún momento, lo que me hace recordar que es un ser de la noche y tiene plena visión en la oscuridad.

Con tanto candelabro, candil y velas se me había olvidado.

Descanso con la seguridad de tener al stoker cerca, duermo tan plácidamente que pierdo la noción del tiempo y del espacio. A la mañana siguiente Estevian ya no está, el escritorio está recogido y hay una cesta de frutas con una copa de plasma en la mesita de noche.

―No salgas si no quieres buscarme problemas―leo en una nota apoyada sobre una manzana que muerdo sin pestañear.

Pongo los ojos en blanco aceptando la petición del vampiro, no es ninguna novedad pues tengo una norma gravada en las escamas: Un ilota no puede salir del dormitorio sin su amo . Alimento al aurane justo antes de que sienta sus quejas a modo de sacudidas y termino mi desa_

yuno con otro par de piezas de fruta.

La mañana transcurre aburrida, acabo haciendo de todo por matar el tiempo. Desde ojear los cuadernos del stoker hasta probarme algunas de sus prendas. Al final acabo cogiendo la silla y me quedo mirando a través de su ventana como si eso fuera el mejor entretenimiento del mundo.

Desde aquí puedo ver los establos, un edificio de donde salen y entran infinidad de carruajes, jinetes y caballos.

Los hay de todos los colores, desde oscuros como Airman , el corcel de Estevian, hasta blancos como Lily , la yegua de su hermana.

También veo a los miembros del servicio recorriendo y deshaciendo sus pasos a través del acceso del palacio.

Cargan con cajas y otros enseres, como si se estuvieran preparando para una gran cantidad de invitados.

Prisionero, entre el lujo y la riqueza, recurro a la estantería de nuevo.

El aburrimiento se apodera de mí cuando no comprendo ni una palabra de lo que estoy leyendo.

Abro un cuaderno negro con formaciones de defensa para evitar cualquier tipo de invasión en barco.

Estevian dibuja a los arqueros en las partes más altas y a los guerreros en la zona baja.

También hay algunas alternativas por si las conquistadoras resultan ser sirenas.

En estas tácticas el Aquelarre del Cuervo toman un importante protagonismo, con sus hechizos de fuego y sombras para evitar que mis hermanas utilicen la Voz Azur.

―Los ahogados pueden arrastrarse por Tierra firme como serpientes, tienen dientes afilados y garras podridas capaz de transferir cualquier tipo de enfermedad…

―leo y eso me roba una sonrisa. Fuera del agua no podemos mantener nuestra forma acuática, ni nuestras garras transmiten enfermedades.

Luego no nos dedica más páginas, como si la gente del mar no fuéramos suficiente amenaza como para tener que prestarnos atención.

Aun así veo una nota escrita en la esquina superior del papel―.

Rhain nunca ha compartido los métodos que utilizan sus barcos para mantener a las sirenas a raya.

Dejo un cuaderno para tomar otro, esta vez verde.

No hay nada que capte mi atención, todo son diseños de armas procedentes del norte del Continente de la Banshee, de Pestet.

El cuaderno rojo son armaduras, que les dan a los vampiros, la suficiente flexibilidad como para moverse en la batalla y ejecutar sus acrobacias de infarto.

Y así acabo por ojear otra tanda de cuadernos que lo único que hacen es aumentar mi aburrimiento.

Sobre todo, aquellos apuntes que están llenos de esquemas y números.

Justo cuando voy a dejar uno y dar por imposible mi lectura matutina una carpeta de piel se me resbala entre las manos.

De un momento a otro el suelo está lleno de hojas cubiertas por dibujos.

―Oh…que patoso―cuando cojo el folio que ha caído sobre mi pie descubro una playa de tinta cuyas orillas del mar están iluminadas por la luna llena―. Esto no es una formación de guerreros ni arqueros.

La curiosidad me mueve con tanta fuerza que todo lo demás carece de sentido.

Me siento nadando en mitad del océano cruzando los límites de Laneth y con la libertad suficiente como para poder explorar como lo hacen mis hermanas.

El siguiente papel muestra una casa trazada hasta el mínimo detalle, una construcción humilde con un pequeño jardín y algunas palmeras.

Me doy cuenta de que los papeles, en su gran totalidad, representa el paisaje de una casa vacacional en una isla alejada de Plaguen, pero bajo el atento amparo de la noche.

Lo sé, porque en todo momento hay una luna con sus diferentes fases.

Uno a uno voy recogiendo los folios con la esperanza de dejarlo todo como estaba.

Estoy a punto de recurrir a otro entretenimiento cuando algo consigue paralizar cada uno de mis músculos.

Ahí estoy yo, bueno no yo exactamente, si no una versión de mí elaborada con tinta.

Lo peor de todo es que no es un dibujo de mi yo actual, si no de mi niñez.

―¿Qué clase de magia es esta?―pregunto para mí mismo. Acto

seguido expando todos los papeles sobre la mesa y formo, prácticamente, una sola imagen. Todo tiene sentido, todo es similar a la visión que tuve cuando bebí de la sangre de Estevian―. Ya… ¿Ya nos conocíamos?

Caigo sobre la cama con las dudas penetrando las escamas bajo mi falsa piel.

Me quedo mirando la seda del dosel que me hacen intuir el techo sobre la cama.

El recuerdo de la noche anterior me invade, y en ese preciso instante una extraña calidez eriza mi piel.

Todo regresa a mí: el sonido de nuestros gemidos, la calidez de nuestras pieles, el sudor, la saliva, los besos, las lenguas…

Algo crece en mi entrepierna y amenaza con romperme el pantalón.

Para mí esto es algo nuevo, una emoción que traspasa todo lo que he aprendido, y lo que me he negado a aprender.

Puede que en alguna de esas clases la anciana me explicara lo que significaba excitarse, el juego de placer cuando uno se toca a sí mismo.

Y es que acabo matando el tiempo evocando las sensaciones que Estevian me transmitía anoche, y yo a él, ese instante en el que atravesó mi piel y me profirió esas sacudidas que me hicieron llegar al final.

Le echo de menos, le extraño, necesito tenerle cerca, necesito repetirlo.

Me estoy dando un baño cuando escucho la puerta de la habitación cerrarse. Esta vez he sido cuidadoso, no he mojado la zona seca de la estancia y eso facilita que mis piernas aparezcan de nuevo. Me cubro con el albornoz de terciopelo gris y camino, con una sonrisa de oreja a

oreja, esperando ver al stoker de nuevo.

―Buenos días, Cirigh―y mi corazón se detiene en un segundo. No veo el flequillo de punta, ni los ojos oscuros de Estevian. El vampiro que tengo delante es rubio y tiene los ojos azules.

―Ulfred…―pronuncio con la ilusión de un niño que ha perdido el dulce más apetecible de la tienda.―. ¿Y el príncipe?

―El señor Ilia está en una audiencia con el duque.

El miedo a que sea castigado por haber dormido en sus aposentos se apodera de mí. Lo primero que hago es ponerme la mordaza, después sostengo el albornoz para que el chófer no descubra ni un ápice de mi desnudez. Soy un ilota y nadie puede verme desnudo sin el consenti_ miento de mi amo.

―Tranquilo, ha llegado un cuervo desde el norte. La realeza de Pestet está a dos días de llegar a palacio―entonces comprendo la cantidad de caballos que han llegado a Plaguen―. El que estés en sus aposentos privados ya carece de sentido.

Ulfred se mantiene apoyado en la puerta, aprieta su mandíbula y me mi_

ra con indiferencia. Me explica que con la estirpe Shayk a punto de llegar a palacio, los ilotas y sirvientes de placer no están permitidos allí.

Eso me hace sentir completamente prescindible, como un cero a la izquierda.

El temor de no saber dónde ir se me debe de notar en la cara porque el vampiro acaba diciendo:

―Tengo órdenes expresas para llevarte a Orio durante unos días. La stoker Enfi se ha encargado de prepararlo todo para que no te falte de nada. Dejarás de ser un ilota mientras no estés en el castillo.

―Entonces ¿Qué hago? ―mi ignorancia no conoce límites, más aún cuando no sé qué debería ponerme ni en qué momento vamos a partir.

―Vístete y nos vamos, te estaré esperando fuera.

Acabo por escoger una camisa de lino azul, unos pantalones de seda y unas botas de montaña. Pienso en la ruta hacia el pueblo de Orio, la pequeña montaña que tenemos que cruzar y la nieve. Eso es lo que me incita a coger mi capa impermeable y acudir al reencuentro con el chófer.

Ulfred no dice nada, se limita a guiarme hasta los establos y abrirme la

puerta de su carruaje. Tal y como esperaba, todo el castillo está a rebosar de sirvientes estresados por dejar la infinidad de estancias en perfectas condiciones, ahora más que nunca.

En ocasiones los escucho susurrar que la princesa del norte es algo exigente y necesita la habitación más grande, o que los sirvientes de los Shayk suelen preferir las estancias más frías.

Salen varias partidas de caza, grupos de jinetes armados con arcos y flechas para traer el mejor género para los invitados.

Incluso veo carruajes de los que bajan humanos cuyo único interés es donar su sangre y regresar a casa.

Supongo que es así como funciona el ganado de Plaguen, los mortales ponen sus cuellos como si eso fuera su trabajo y aceptan el diezmo como recompensa. Un intercambio de intereses.