19 #2
―Bienvenido a mi humilde morada―anuncia Estevian a tiempo de extender sus brazos en señal de bienvenida.
Mis ojos se abren de par en par intentando captar cada detalle.
Las dimensiones del dormitorio del stoker tiene un tamaño que se podría comparar con la casa de Kathleen.
Camino por un recibidor decorado con un espejo y una mesa alta de madera de ébano.
La siguiente parte es un salón con un sofá pegado a la gran ventana cuyas vistas dan a la puerta principal, la ruta en el barranco y la pequeña montaña que nos separa de la parte alta de Plaguen.
―¿Te gusta leer?―pregunto cuando veo una estantería repleta de libros.
―Creo que no me he leído un libro en toda mi vida, solo cuando
estudiaba―se jacta él mientras recoge las plumas, los tinteros y los trozos de papel que tiene encima de un escritorio situado en uno de los lados del salón―. Además, no son libros.
―¿Entonces que son?―el asiente invitándome a coger uno. Cuando lo abro descubro un sinfín de dibujos, esquemas y símbolos que no consigo entender―. ¿Brujería?
―¡Ja,ja,ja!―su carcajada llega más allá del pasillo e incluso de la entrada del palacio―. Yo sé hacer muy poca magia, a los stoker no se nos permite entrenarnos en ese campo―le miro sin comprender nada lo que le sirve para terminar de explicarme―. Son estrategias de
reconocimiento, guerra y conquista.
―¿Eres un experto en el tema de la milicia?―me permito preguntar, como si nos conociéramos de toda la vida. Pero a él no le parece importarle y me responde con total naturalidad.
―Eso dice mi padre, pero realmente lo hago porque me entretiene. Las noches son muy largas en Plaguen.
―Eternas―secundo―. Aunque he aprendido a discernir las horas de luz.
―Lo que quiero decir es que nosotros no dormimos, y los que lo hacen es por aburrimiento.
―¿Y qué haces todo el rato despierto?
―Tener una doble vida ¿no?―se ríe de sí mismo mientras yo continúo mi exploración.
Desde niño he soñado con viajar lejos de Laneth, explorar el mundo y descubrir lugares nuevos. Para mí estar en Tierra firme significa gozar de una libertad que en el mar no tenía. Después de todo mi cometido era gestar la próxima generación de sirenas y tritones, evitar la extinción de mi especie.
―¿Y qué tipo de magia sabes hacer?―continúo mi entrevista mientras me quedo mirando un busto de mármol idéntico a él―. ¿Sombras y
fuego como Kathleen?
―Que va… esas mancias son muy complicadas. Yo sé un poco de irialmancia, nada resaltable.
―Y eso es…
―Normal que no te enteres de nada, en el mundo hay trece mancias, y aunque el Aquelarre del Cuervo estudie todas, ninguna de nuestras brujas es capaz de dominarlas a la vez.
Una o dos, tres como mucho―se me escapa un bostezo mientras él abre la única puerta que tiene el salón―.
La irialmancia es el arte de anular el resto de mancias…
¿Recuerdas como brillaban mis espadas en la lucha contra los necrófagos?
―asiento con la cabeza mientras entramos en una sala sin ventanas cuyo único cometido es dividir el camino en dos―.
Pues había hechizado las hojas para que ese monstruo no se pudiera regenerar más, anulé su poder de regeneración.
―¿Podrías anular la Voz Azur?
―No lo sé, no lo creo, para eso tendría que matar a la sirena―después pone los ojos en blanco y añade―. Tampoco se me da bien, sé hacer cosas básicas. Dice mi padre que tiene que ver con que mi adasta tenía dotes para la brujería.
De repente la puerta de entrada resuena y yo doy un brinco sorprendido.
Lo primero que pienso es que ha venido el duque a regañar a Estevian,
después me explica que ha encargado que monten una cama para mí, no sé en qué momento, pero ahí están. Supongo que el simple hecho de decir que se va a llevar a su ilota a su propia habitación, en el pasillo dorado reservado para la corona, ha hecho saltar las alertas del servicio.
―Podía dormir en la bañ…
Justo en el momento en el que Estevian abre la puerta del cuarto de baño mis palabras se quedan mudas.
Frente a mí hay un lugar que jamás podía haber imaginado, prácticamente toda la estancia es una piscina con poca profundidad, la suficiente como para bucear con un poco de torpeza.
Los azulejos granates resplandecen bajo la gran cristalera que hace función de techo.
Me quedo perplejo mirando al cielo de eterna tormenta, está lloviendo y su sonido me trae recuerdos de mi hogar.
Hay una estatua de gran tamaño sosteniendo un jarrón del cual cae un chorro constante.
El mármol blanco representa a una mujer de curvas sensuales y un velo que cubre su rostro, comprendo que es una efigie de Ilithya.
―Es mejor que descanses en una cama―dice a tiempo de abrir la última puerta y mostrar un vestidor con más joyas de las que puedo contar. Me recuerda al brillo de los barcos naufragados en mitad del mar―. Se te nota el cansancio.
―¿Y tú, que harás mientras yo duermo?
―Tengo que entregar un proyecto para las defensas de Pestet, supongo que avanzaré con ello.
―¿Puedes tumbarte conmigo, si quieres?―y no sé por qué lo digo, pero esa pregunta sale sola.
―Primero tendrás que lavarte, hueles a pescado.