19
―¿Qué crees que provocará en ti?―pregunta el stoker una vez estamos en el carruaje de vuelta a palacio.
Sus ojos se mantienen clavados en el contenido del frasco de cristal que Astiarte me ha dado en nombre de su reina.
La pócima tiene un extraño líquido grisáceo que parece contener el poder de las nubes―. ¿Es veneno?
―No lo creo―agito el frasco para ver como el interior se enturbia como un cielo a punto de descargar su tormenta―. La lealtad en alta mar tiene un sentido mucho más fuerte que en Tierra firme. Dudo mucho que Angélika quiera hacerme daño.
Los pasillos de la corte están a rebosar de los miembros del servicio, yo llevo puesta la mordaza y paso tan desapercibido como el resto.
Me tranquiliza no escuchar el jolgorio de una fiesta, ni su música, ni a su multitud.
Después de lo vivido en Monte Reushgon, quiero quedarme en mi habitación por una larga temporada.
Una parte de mí se arrepiente de haber subido a tomar el sol a la superficie durante mi último día en alta mar, de no haberlo hecho estaría en mi cueva disfrutando de la seguridad de mi hogar.
La otra parte no se quiere marchar, y no hablo del aurane , hablo del simple hecho de permanecer aquí, junto a Estevian, y seguir descubriendo los detalles de la sociedad nocturna de Valhía.
―Descansa―dice él a tiempo de utilizar la llave de plata y darme acceso a mi nueva guarida―. Mañana seguiremos con las clases y puede que hagamos alguna nueva excursión.
―No sé si quiero salir de la habitación―comento con una sonrisa mientras mi mano roza la suya al querer entrar en la estancia. En ese instante mi mundo se detiene.
―Bueno, podemos hacer lo que más te apetezca. Es lo más justo, después de todo llevas a mi nuevo sobrino en tu vientre.
Estamos lo suficientemente cerca como para sentir la caricia de su aliento en mis mejillas.
Estevian me sonríe tras su comentario mientras yo no puedo hacer otra cosa que ruborizarme.
Su sonrisa aumenta el calor de mi piel de tal manera que se llega a erizar.
Nunca había experimentado una sensación así, no cuando en las profundidades del mar mi cuerpo se mantiene frío para adaptarse a las bajas temperaturas.
―Puedes quedarte un rato, si quieres―le sugiero sin querer separarme de él, de momento no―. Bebemos una copa de plasma y ya me dejas descansar.
―Será mejor que no―su mano roza la mía de nuevo cuando da un paso
hacia atrás. Su gesto se retuerce en una expresión entre sonrisa nerviosa y seriedad absoluta. No llego a comprender del todo lo que está proyectando―. Además, hueles a pescado.
―Ah, bueno… me daré un baño entonces―digo avergonzado―. Me quedaré en remojo con jabón, como siempre.
―Está bien.
Estevian se marcha de tal manera que casi no me da tiempo ni a verlo caminar a través del pasillo.
De nuevo esa actitud distante, frívola y ausente.
No entiendo la forma de ser de la gente de Tierra firme, no son transparentes, es como si les costara ser ellos mismos con los demás.
En alta mar todo es diferente, los habitantes del agua no damos rodeos, nos decimos las cosas tal y como las pensamos, somos directos y eso facilita muchísimo las cosas.
Cuando dos sirenas tienen algún tipo de problema, acaban por batirse en duelo para determinar quien lleva la razón.
Los combates son brutales, con espadas y lanzas de hueso, además de que tiene que haber un tercero que haga de juez para atestarlo frente a la reina si hiciera falta.
Lo primero que hago al entrar en mi guarida nocturna es quitarme los zapatos y quedarme en ropa interior.
Por mucho que sea algo común en Tierra firme, yo detesto la ropa, prefiero quedarme así, como Rysantha me trajo al mundo.
No prescindo de los calzoncillos porque eso me haría parecer indefenso, como si me faltase la aleta.
Después me quito la mascarilla de tela que hace función de mordaza y observo la hermosura del jardín que decora mi ventana.
Se me escapa una sonrisa al recordar la caricia de la piel del stoker con la mía, la dulzura de su aliento y su sonrisa.
Ojalá verle siempre sonreír, la oscuridad de sus ojos se pierde en una suave línea que le convierte en dos medias lunas brillantes.
De repente un fuerte olor a muerte golpea mis fosas nasales. No sé si es
por haber pasado demasiado tiempo en fiestas de vampiros, pero he aprendido a distinguir el aroma de los cadáveres del de los inmortales que habitan el Continente de la Banshee.
Mi corazón se detiene de golpe mientras mis ojos se abren de par en par.
Me giro lentamente, temiéndome lo peor, y de pronto me topo con la escena.
Hay dos cuerpos sin vida al lado de mi bañera, cadáveres de verdad.
La sangre está desparramada por toda la estancia mientras que sus cuellos presentan las marcas de dos incisivos.
―¡Aaaaah!―grito sin moverme ni un centímetro.
Estevian aparece al instante, como si verdaderamente se hubiera quedado cerca para reflexionar acerca de mi ofrecimiento.
Lo primero que hace es colocar sus manos en mis hombros, asegurarse de que estoy bien y que no he sufrido ningún daño.
Después fija su mirada en los cadáveres, acto seguido sale al pasillo y grita:
―¡Guardias a mí!
En cuestión de unos minutos mi habitación se llena de soldados reales.
Seis individuos ataviados con armaduras de acero negro, con sus rostros ocultos bajo yelmos que dejan mostrar el fulgor rojo de su especie.
Han debido de utilizar su poder para moverse a gran velocidad, porque no han tardado nada y no había nadie en los pasillos.
La situación me sobresalta y me obliga a ponerme la mordaza, a pesar de estar en mi dormitorio un ilota no puede dejarse ver, desnudo, a otra gente que no sea su amo.
Eso es algo que he aprendido en la fiesta de Angélika.
Me visto con lo primero que me encuentro en el vestidor, un pantalón marrón y una camiseta verde. Después me mantengo al margen.
Uno de los soldados toca la sangre del cadáver de una de las sirvientas, se lleva el rojo a la boca y fija su mirada carmesí en la nada mientras ve los últimos minutos de vida de la caída.
Así es como funciona el poder principal de los vampiros, si alguien bebe de la sangre de otro puede ver sus recuerdos, cuanta más cantidad más recuerdos.
El plasma de los humanos no debe de tener la misma magia, pues ninguno ha admitido
que el ganado le otorgue visiones.
―Ha sido la Orden de los Condenados―dice el soldado cuando descu_
bre un sello marcado en la espalda de la sirvienta. Un símbolo que se me asemeja al rostro triste de un fantasma―. Reforzad las defensas, es la primera vez que penetran los límites de palacio.
―Traed al Aquelarre del Cuervo―ordena Estevian con una seriedad que jamás he visto.
Sus palabras provocan que los soldados inmortales bajen la cabeza en señal de aceptación.
Sus manos se mantienen cerradas en puño mientras su mandíbula, apretada, canaliza toda la ira de su interior―.
Que las brujas de la corte investiguen la esencia de los atacantes.
Llamad a Rhain y sus canes si hace falta.
―Sí, señor―le responde el guardia que encabeza el escuadrón de soldados―. ¿Qué hacemos con su ilota ?
―Dormirá esta noche en mis aposentos, no puedo permitir que corra más peligro.
―Eso no está permitido, mi señor. Los sirvientes de rango bajo no pueden acceder al Ala de la Corona. Normas estrictas de su padre, mi señor.
―Pues entonces el duque tendrá que hablar conmigo.
Estevian me agarra de la muñeca y me arrastra lejos de mi habitación
mientras los guardias se muestran desconcertados.
Mi pecho se infla orgulloso mientras experimento la sensación más gratificante del planeta.
El stoker , el hijo del duque Ábsolem, está violando las normas para cuidar de mí.
Me está dando más importancia que a un ilota común, está delatando su posición, mostrando su debilidad, descubriéndome como su tesoro.
De nuevo vuelvo a sentirme valioso, esta vez fuera del mar, fuera de Laneth.
Tomamos una ruta completamente nueva para mí, no descendemos ninguna escalera para salir a la zona de los carruajes, más bien, subimos hasta un lugar desconocido.
Ignoramos la importancia de la primera planta, un lugar lleno de candelabros cuyas estancias se mantienen completamente cerradas.
Recorremos un pasillo cuyo suelo es de madera dorada, un material que brilla con grandeza bajo la luz de las llamas que se reparten por toda su longitud.
Veo cuadros que representan lo unidos que está la estirpe Ilia, con los tres hermanos extremadamente felices, o la duquesa Ágatha felicitando a sus adastas .
También hay retratos de boda de Lady Amari y Lord Darius, la unión entre las estirpes Ilia y Cárpasot.
―¿Qué pasa, Cirigh? ¿Estás bien? ―me pregunta el stoker cuando me detengo de golpe para contemplar un retrato de Lady Amari y sus
adastas , mi mirada no puede apartarse de Lahmia.
―Sí, es solo que quizá tenga que agradecerle el estar aquí―pronuncio de manera melancólica―. O puede que pedirle perdón. Fue ejecutada por mi culpa.
―Si sobrevives al proceso, te llevaré a ver su lápida.
―¿Me lo prometes?
―Te lo prometo―y extiende el dedo meñique para entrelazarlo con el mío―. Mis hermanas y yo firmábamos nuestros tratos así.
―Entonces tendré que empezar acostumbrarme.
Nuestros dedos se abrazan con tanta intensidad que casi me resulta familiar. Sentir el tacto de Estevian así me estremece de tal manera que deseo que este instante no transcurra nunca.
―Sigamos antes de que mis decisiones me traigan demasiados problemas―comenta y me acaba arrastrando hasta la estancia del fondo.
Me doy cuenta de que las puertas del pasillo dorado están más separadas de lo normal, lo que me lleva a pensar que las dimensiones de estas disciernen mucho de las de las plantas inferiores.