18
―Lleváoslos, esto me parece más interesante―pronuncia la sirena con total dominio del lenguaje de Tierra firme.
Las otras dos sirenas dan un salto y convierten sus aletas en piernas al instante.
Jamás había visto algo así, la anciana nunca me ha hablado de que se pueda hacer siquiera eso.
Aun así, me mantengo inmóvil mientras las de mí misma especie se llevan a los ilotas lejos de aquí.
Cuatro cuerpos completamente desnudos saliendo de una escena que, sin lugar a ninguna duda, me dejará marcado para siempre.
―¿Qué quiere el stoker del duque Ábsolem?
―Angélika se incorpora sobre la cama, pero en ningún momento hace desaparecer su aleta morada.
Al contrario, la agita orgullosa mientras utiliza una toalla para limpiar el sudor de su piel.
Después me mira y siento que me desnuda en un instante―. ¿Vienes a darme a probar nuevo género?
―Venimos a hablar contigo, miladi― Estevian en ningún momento le falta el respeto. No quiere ofenderla, no en sus dominios.
―Espera…―la mujer olfatea el ambiente y me mira sumamente extrañada. Después se dirige a mí―. ¿Qué eres?
Angélika tiene un atractivo natural que llama mi atención. Diría que no
es extremadamente bella, pero que tiene un aura que me incita a mirarla y satisfacer sus necesidades. Creo que está utilizando las feromonas naturales que expulsa su cuerpo para intentar dominarme.
En la sociedad submarina los tritones les deben pleitesía a las sirenas, funciona como la lealtad que las manadas de lobos le practican a su alfa. No es exactamente un hechizo de dominación, pero podría tener el mismo poder.
―Déjanos a solas, stoker ―ordena mientras el agua se sacude bajo su cama―. Hace años que no veo a uno de los míos. Y quítate esa mordaza, sé que no eres un ilota de verdad.
―Vete, tranquilo―Estevian me mira aguardando una respuesta por mi parte―. Estaré bien.
―Estaré fuera, si hay problemas entraré sin miramientos.
Asiento con la cabeza y veo partir a mi protector. En el momento en el
que el vampiro sale de la habitación el ambiente entorno a Angélika se torna oscuro y misterioso. El agua de la piscina empieza a formar tentáculos que me invitan a acercarme a ella.
―Permíteme verte de verdad―pronuncia entre el golpeteo de sus dientes y pequeños gruñidos de garganta.
La sirena se zambulle en el agua y permanece en las profundidades de
la piscina. No sé qué pretende hacerme, de qué quiere hablarme, pero está claro que no quiere que nadie nos escuche.
Poco a poco me voy desnudando, dejo las prendas a un lado para no mojarlas.
Puedo contemplar mi figura en el reflejo del agua.
Mis piernas blanquecinas, el bello que brota de ellas, la suavidad de mi piel y la extremidad que cuelga de mi ingle.
El pene es ligeramente alargado, está decaído y posado en la zona más redondeada de mis partes.
Ahí abajo también tengo vello, ligero pero existente.
Ciertamente parezco humano, o un caído de los que están en su “búsqueda de placer”.
A veces me pregunto si la funcionalidad de mi cuerpo en tierra será similar a la de alta mar.
Sin otra, acabo por lanzarme de cabeza al agua y dejo que mi aleta azul sustituya a mis piernas. Angélika está allí esperándome, con su cabello brillante y morado mientras que el mío azul se acerca a ella.
―¿Cuál es tu nombre?―pregunto en sirénido, hago especial hincapié en la palabra “nombre”, un sonido compuesto por siseos y golpeteos de lengua sobre el paladar.―. Tu nombre de verdad.
―Aligarra, como la tempestad de un mar tormentoso en mitad de la noche―pronuncia y me permito sonreír―. ¿Cuál es el tuyo?
―Cirigh, como el romper de las olas en la playa y la brisa marina del
verano.
―¿Natal de Laneth?―el origen de mi nombre me delata, por no hablar de los colores tropicales de mis escamas.
―Así es. Tú… déjame pensar… ¿Aeriel?―me arriesgo a preguntar sin comprender las tradiciones que diferencian mi hogar de las sirenas del norte. Aunque quizá el cuento de la sirena que se enamoró de un habitante de Tierra firme me condiciona. No creo que sea ella.
―Thalin―me corrige y la vaga información sobre su región me
retuerce el gesto en incomprensión.
―¿Por qué estás tan lejos de tu hogar?
―Déjame tener el privilegio de preguntar primero, después de todo estás en mi casa. ¿Qué haces aquí Cirigh, príncipe de Laneth?
Nadamos por la piscina como si estuviéramos dando un paseo matutino.
Los candelabros proyectan la luz de sus llamas sobre nuestras aletas, las cuales sacudimos con suavidad para mantener un ritmo constante.
Aligarra no es desagradable, en ningún momento me reta a un combate, una de las tradiciones más antiguas de nuestra raza.
―¿Se me nota demasiado?
―Tus escamas son demasiado brillantes para ser un tritón común. Por no hablar de tu manera de nadar y tu delicadeza a la hora de acercarte a
mí.
―Me pescaron y no pude huir de Plaguen―no tengo ningún motivo para mentirla, después de todo es como si estuviera hablando con una de mis hermanas más mayores―. El aurane absorbió el embrión de una adasta .
―¿Es eso posible?―su nado se detiene mientras sus manos se posan en mi vientre para sentir la energía mística fluir dentro de mí―. ¿Cómo ocurrió?
―No todas las vampiras desean morir por otros y yo di con una que estaba desesperada―comento con frialdad, en el fondo me lamento por la ejecución de Lahmia.
―Debes tener cuidado, Cirigh. Eso te mantendrá vinculado a la noche del Midna y no te dejará marchar hasta que te arrebate la vida.
―¿Cómo estás tan segura?―sus ojos morados me miran con temor mientras sus manos acarician mi rostro―. Nunca se ha dado antes, puede que sobreviva al proceso.
―No sé qué preferiría―sus palabras me asustan de tal manera que no puedo hacer otra cosa que retroceder con una sacudida―.
Si sobrevives al parto de un vampiro, los nocturnos te utilizarán como incubador de su descendencia.
Puede que incluso la sociedad marina deje de ser lo que una vez fue.
Buscarán desesperados a todos los tritones para poder llevar
a cabo su gran misión de supervivencia.
―¿Y si pudiéramos hacer un trato? Algo parecido al Pacto, pero entre tritones y adastas .
―¡Acaso te has vuelto loco!
Aligarra me golpea con su aleta mientras el agua a nuestro alrededor se sacude. Tengo claro que ella es una clamamareas , una muy poderosa y por eso se rodea de su propia arma. Después se acerca a mí y se tranquiliza:
―No hagas nada que condene a tu propia especie.
―¿Y qué hay de ti? ¿Qué haces aquí mezclada entre ellos? ―mi única defensa es evadir el tema. No quiero que los vampiros me utilicen, pero eso no quita que me dé pena que se pierdan tantas vidas por prevalecer su especie.
Ella nada hacia la superficie, lo hace tan rápido que no me da tiempo a seguirla. Acaba por mantenerse a flote colocada boca arriba, mirando la profundidad del lago que nos aleja del cielo nublado.
―¿Has viajado alguna vez a Thalin?―dice cuando me coloco a su lado.
―No, no he salido de Laneth nunca… bueno hasta ahora.
―¿Conoces la historia de la Rebelión?
―¿La de los tritones que se sublevaron a sus sirenas hasta volverse gobernadores del reino?
―había escuchado la historia antes, la anciana me lo contó cuando era niño.
Siempre pensé que era la forma que tenía para que no desobedeciera sus enseñanzas―.
Mi abuela dice que murieron muchos de los nuestros.
―Fue una masacre, para aquellas que no quisimos obedecer a nuestros tritones se nos dio la opción de partir.
No tuvimos opción a rebatir las peticiones del rey de Thalin pues se encargó de que los otros tres reinos submarinos aceptaran que ese fuera el único dominio gobernado por machos.
Después de todo los tiempos cambian y las leyes deben evolucionar.
―Por eso los tritones que no estaban a gusto en sus respectivos reinos viajaban a Thalin para vivir otro tipo de vidas. ¿Qué pasó contigo? ¿Nunca llegaste a ninguna otra tribu?
―Me negué a volverme una mera guerrera ya que desde mi nacimiento se me había negado el entrenamiento de clamamareas ¿Cómo iba una
reina a renunciar a su propia corona?
―¿Eras la reina de Thalin?―ella asiente con la cabeza y yo no puedo hacer otra cosa que sentir un escalofrío recorriendo cada una de mis escamas. Sin duda me había equivocado al pensar que podía utilizar la magia del agua, pues las reinas sirenas no pueden―. ¿Cómo acabaste aquí?
―Decidí marcharme con mis guerreras lejos de todas las sociedades
submarinas―empieza a narrar con dolor en sus palabras―. Pretendía crear mi propio reino, crear la quinta corona sirénida, pero algo salió mal. Fuimos atacadas por una caribdis.
―¿En los mares del norte?
―Así es y nos vimos obligadas a luchar por encima de nuestras posibilidades.
Al final solo quedamos tres―su historia revuelve el agua como si estuviera evocando las vivencias del pasado.
Por un momento me veo huyendo junto a ella, viendo como las mías mueren por salvarme a mí.
Algo parecido a lo que pasó con mi padre en la visión que el agua me regaló durante uno de mis baños―.
Cruzamos el Midna y encontramos un barco de vampiros.
Saltamos a bordo sin preguntar dos veces y pedimos asilo.
Por suerte dimos con un buen hombre, el conde Ignatius viajaba en ese navío.
Rysantha lo puso en mi camino para salvarme la vida.
Nos vio desnudas, indefensas y desesperadas y llegamos a un trato.
Él me cuidaría si yo sacrificaba algo como muestra de confianza.
―¡¿Mataste a tus guerreras?!―mi voz se eleva por encima de ella.
―Eso nunca, pero les entregué su voz.
Me quedo completamente callado mientras las lágrimas empapan mi mirada.
Perder la Voz Azur es uno de los peores castigos, mucho peor que nos corten la aleta.
Para los que vivimos bajo el mar, nuestro poder más antiguo es nuestro propio tesoro, el legado que representa la lucha constante de nuestras antepasadas.