Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 17
34%

17

Ulfred nos está esperando en la salida de los jardines reales, minutos después dejamos atrás el palacio.

Agradezco estar dentro de los límites del dominio vampírico, lejos de la nieve y la amenaza constante de los necrófagos.

El carruaje se mueve despacio mientras que sus caballos, negros como la noche que nos ampara, caminan de manera elegante, decididos y calmados.

La parte alta de Plaguen tiene una arquitectura llena de ladrillo, mármol y cristal.

Las casas tienen un tamaño que podría albergar a toda una tribu de sirenas.

No me puedo ni imaginar la cantidad de sirvientes, adastas e ilotas que puede haber allí adentro.

El granate, el negro y el azul oscuro predomina frente a otros colores, como si, de alguna manera, tuvieran que hacerle honor a los líderes que se sitúan por encima de ellos.

El viaje transcurre con una conversación sencilla acerca de los cultivos y la ganadería de los vampiros.

Estevian me cuenta que hay un gran comercio de carne y pesca en todo Plaguen, que se exportan verduras y hortalizas hacia Pestet, y que esta les compensa con armamento muy potente.

Dice que en el norte están los mejores herreros nocturnos, que forjan armas con los metales de las montañas y que son los más experimentados en el combate eterno contra los necrófagos.

Así que se podría decir que los dominios de Ilia alimentan a los de Shayk, mientras estos les otorgan las defensas necesarias para no caer en el olvido.

―Ya hemos llegado―anuncia él a tiempo de que los caballos se detengan frente a una gran escalinata de piedra blanca. Me hace un gesto para que me ponga la mordaza que me ha permitido quitarme durante el trayecto.

Hay dos soldados situados en la entrada que oculta el final de la pendiente.

Uno de ellos es el encargado de abrir la puerta del carruaje y ayudarnos a bajar.

Las vestimentas de Estevian le hacen parecer un noble inofensivo, de esos que bailaban entorno a los malabaristas de fuego durante mi primera noche aquí.

Sus pantalones están abombados a la altura de sus tobillos, su casaca dispone unas hombreras de color dorado y a su espalda vuela una capa púrpura que hace juego con el resto de prendas.

―Lord Ilia―le dice el soldado―. La señora Angélika no le esperaba

¿Viene a su fiesta de esta noche?

―Claro. ¿Puedo entrar verdad?

―Eso siempre, mi señor.

Y nos dejan pasar sin más, subimos por las escaleras y vamos descubriendo lo que oculta la pendiente. Justo antes de llegar al último peldaño, contemplo un cartel donde puedo leer:

―Bienvenidos al Monte Reushgon.

―Así es como bautizó el antiguo conde a los dominios que mi padre le otorgó cuando ascendió a la corona. Ahora lo ha heredado su mujer…

―Angélika―pronuncio recordando a la persona a la que hemos venido a ver.

El lugar está rodeado por una charca repleta de islas ajardinadas, con fuentes de mármol cuyos chorros de agua pretenden alcanzar las nubes.

En la más grande se sitúa la mansión, llamativa por sus grandes columnas precediendo cristaleras que dejan mostrar el interior.

Hay enredaderas bailando entorno a los puentes de madera que unen las diferentes zonas del exterior.

Puedo diferenciar a los miembros del servicio porque van cargados con bandejas de plasma y aperitivos, caminan de un lado a otro mezclándose entre los invitados que no les prestan apenas atención.

Entiendo cuál es mi papel cuando me fijo en los individuos que llevan mordazas muy similares a las mías.

Los ilotas actúan como sombras para sus amos, callados, sin derecho a hablar, sin permiso para sonreír.

Estevian se adelanta y yo me quedo atrás, nervioso por incumplir las normas de la sociedad nocturna y llevarme un castigo que no quiero descubrir.

Todos los nobles de Plaguen deben de estar ahí, hay un sinfín de vampiros, un ejército eterno con la capacidad de dañarte con las palabras.

No los puedo ver como guerreros, no mientras la lujuria impregne sus movimientos y el lujo los vista.

No hay personas armadas más allá de los soldados que cuidan los puntos de acceso a la mansión, vampiros con espadas y ballestas dispuestos a atacar a cualquiera que se arriesgue a invadir la finca.

―Buenas noches majestad―dice un hombre que se acerca a nosotros con dos ilotas de cabellos rubios. Parecen gemelas y sus miradas no se separan de Estevian, algo en él las ha hipnotizado.

―Hola lord Cámeron ¿Cómo están sus hijos? ―el stoker habla con una simpatía que antes no había visto, un desparpajo que le convierte en uno más. Modula su voz con elegancia para sonar más inofensivo, seductor y disponible.

―Todo bien, todo bien―el otro parece no querer entrar en materia.

Me mira de arriba abajo y se limpia la saliva de sus labios―.

Vaya, un ilota nuevo. Que guapo es. ¿Quieres un intercambio?

Hoy Emma no ha sido escogida por nadie, a Kendra ya la han pretendido tres veces.

Puedes escoger a quién quieras, mi príncipe.

―Mi ilota no está disponible, disculpa―y lo dice con una sonrisa de oreja a oreja como si nada le hubiera molestado―. He venido a ver a lady Angélika ¿sabes dónde está?

―Oh, claro, estaba catando las nuevas adquisiciones de lord Alec, dice que ha viajado a las islas del sur y ha negociado con los pueblos libres. Trae muy buen género, esta noche habrá una buena subasta.

―Entonces nos veremos por aquí ¿sí?

Lord Cámeron asiente mientras Estevian emprende una caminata hacia la mansión.

No puedo evitar las miradas lascivas de los presentes, me siento como un objeto, como una escultura a la que admirar.

El vampiro va saludando a diferentes lores y ladies, mantienen conversaciones banales acerca del estado de la ciudad y lo bien gestionado que está por parte de la realeza nocturna.

Las sugerencias de intercambio de ilotas se repiten una y otra vez, no todos entran en ese juego, pero muchos pretenden tenerme durante unas horas. No entiendo muy bien para qué.

―¿Quieren cenar conmigo?―pregunto cuando un camarero le da una copa de sangre a Estevian una vez cruzamos uno de los puentes enredados, lejos de la multitud―. ¿Por qué todo el mundo quiere llevarme a los aposentos privados de la mansión?

―No, Cirigh, precisamente no es cenar lo que quieren hacer conti_

go―me contesta él, lo hace de manera molesta y ofendida.

―Lo siento…

―No, no, si no es por ti―no suena demasiado convincente―. Es solo que estas fiestas son siempre iguales. Cuando tienes la vida eterna lo único que te divierte es buscar diferentes formas de placer.

―¿Placer?

―Sexo, Cirigh, sexo. Por no hablar de las batallas de ilotas ―después reflexiona dándose cuenta de que mi forma de pensar es muy diferente―.

Aquí el placer reside en el consumo del mejor plasma, el espectáculo de ver a otros morir y el intercambio continuo de parejas.

Así es como se divierten en Plaguen, al menos la gran mayoría.

Otros prefieren las carreras de caballos, las apuestas de propiedades, los cazaflamas y fumar opio.

―¿Intercambio de parejas?―pregunto sabiendo que esa era la verdadera intención de aquellos que sugerían tenerme por tiempo

limitado―. El sexo es aparearse por diversión ¿verdad?

―Más que eso. Cuando dos personas se aman deciden fundirse en abrazos eternos, comparten la intimidad de sus cuerpos y se vuelven como las nubes que guardan nuestros secretos, inseparables―Estevian saluda en la distancia a las personas que captan su atención.

Les deja con la palabra en la boca, como si no quisiera perder el tiempo.

Debe de ser poco común que un miembro de la realeza de Plaguen acuda a este tipo de fiestas, lo sé porque lo tratan como algo exclusivo y extraordinario―.

Pero el amor ha dejado de ser algo especial en la alta sociedad, es más típico en los bajos fondo.

Cuando lo tienes todo, lo único que anhelas es lo que consiguen otros.

―No me dejes solo, por favor―le suplico temiendo que esos colmillos que se abren a mí paso me hinquen el diente.

―Nunca.

Las palabras que Estevian ha utilizado para definir el sentimiento del amor resuenan en mi cabeza.

Eso es lo único que me mantiene firme ante la multitud, lo único que me motiva a seguirle y reprimir todas las ganas de salir corriendo y volver a mi dormitorio.

Fuera de palacio estoy en peligro, ahora lo veo más que nunca, no quiero volver a respirar aire fresco.

No sé qué prefiero, si el ataque de los necrófagos o soportar que estos vampiros me miren como si fuera un pedazo de carne con patas.

¿Acaso esto no es lo que sienten los peces cuando nadan entre sirenas hambrientas?

Cruzar las puertas de la mansión significa cambiar de escenario, pero no de ambiente.

Al otro lado de las grandes cristaleras que muestran los jardines exteriores “la búsqueda de placer”, que es como he aprendido a llamarle, se desarrolla de una manera más silenciosa.

Sigue habiendo nobles e ilotas , pero esta vez repartidos por cómodas habitaciones repletas de sofás, libros y grandes acuarios repletos de peces.

Avanzamos a través de un pasillo en línea recta, cruzamos el interior de la cocina, una estancia alargada que nos sirve de atajo.

No, más que eso, Estevian nos hace mezclarnos entre los cocineros para evitar cruzarse con más nobles a los que detesta.

Por mucho que no acuda a estas fiestas, el stoker parece conocerse la mansión con maestría.

De pronto cruzamos un gran arco de piedra con mareas talladas y llegamos a una piscina que poco tiene que ver con la de la casa de Kathleen.

Más que una pequeña charca, la piscina de Angélika es un lago cuyo horizonte se pierde en las vistas montañosas de la parte trasera de la casa.

Giramos a la derecha para descender por unas escaleras cuyas paredes son cristales transparentes que muestran la fauna del lago artificial.

El agua es cristalina y todo está impoluto ahí adentro, con falsos arrecifes de coral, peces de agua dulce y algo que me llama muchísimo la atención.

Por mucho que haya visto varias plantas en la fachada principal de la vivienda, el verdadero secreto de Monte Reushgon reside bajo las aguas de su piscina de dimensiones colosales.

Mis ojos se pierden en los diferentes cubiles de cristal que se extienden en un pasillo, en forma de tubo transparente, bajo el agua.

Veo ilotas yendo y viniendo, como si ese fuera el reservado donde catan sus atributos inmortales.

Aquí no hay miembros del servicio, solo unos pocos nobles con el poder suficiente como para jugar a ser dioses.

―¿Eres el siguiente?―me pregunta una mujer con el rostro extremadamente maquillado cuando pasamos frente a unos de los dormitorios subacuáticos.

―No, no…―susurro, después me doy cuenta de que no puedo hablar, por lo que el stoker me toma el relevo.

―No está a la venta, lady Mantis.

―Oh, disculpa―la mujer se siente tan arrepentida que acaba huyendo al interior de su habitación.

Finalmente acabamos llegando al cubil más grande. Extrañamente el agua se filtra por pequeñas aperturas en el techo de cristal y cae en una nueva piscina. Sobre ella hay una cama flotante donde se lleva a cabo una escena de lo más peculiar.

―No me lo puedo creer―murmuro a tiempo de que los gemidos estallen allí donde la noche ni siquiera puede vernos.

Hay una sirena en su forma de agua dulce, su cola es de un brillante morado mientras su cabello se mantiene en una media melena del mismo color.

La mujer está completamente desnuda mientras dos hombres, sin duda vampiros, lamen sus pezones a tiempo de que otras dos sirenas naden alrededor de la cama flotante.

Me quedo completamente paralizado, observo las aletas de las otras dos, a la izquierda verde y a la derecha rosada.

Mantienen su aspecto más inofensivo sin que nadie quiera darles caza.

Es más como si fueran una atracción a la que todos pudieran acceder, como si ellas fueran las encargadas de traer nuevas formas de placer a las noches de Valhía.

―¡Lady Angélika!―grita Estevian y los gemidos se callan de golpe.

La mujer nos mira y en cuanto se da cuenta de que el príncipe está aquí se quita a los dos ilotas de golpe.

El primero es un vampiro de piel morena y rastas, el segundo una cabeza rapada.

Ambos tienen el cuerpo musculado y están manchados por una extraña sustancia brillante.

La reconozco al instante, no solo por su aroma agrio y marino, sino porque he estudiado los líquidos que brotan de las sirenas cuando están preparadas para transferir sus huevos a los tritones. Aunque esta vez es

diferente, no hay descendencia ni supervivencia, solo placer.