Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 15
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Corro, lo hago como puedo. Me quito la capa para perder lastre, recorro las escaleras de piedra y asciendo por la montaña que separan las civilizaciones vampíricas.

No consigo ver a Estevian, pero sé que está ahí.

Se mueve a gran velocidad, como si hubiera adquirido la consistencia del viento.

Podría acabar conmigo en cualquier momento, pero no lo hace, está jugando conmigo, está jugando con su presa.

Estoy aterrado, demasiado cansado como para volver a utilizar la Voz Azur.

No puedo hacer nada más que huir. La nieve cae sobre mi rostro y deja al descubierto las brillantes escamas azules, incluso cambia el color azul marino de mi cabello dándole un aspecto más añil.

Genial, mi misión de pasar desapercibido acaba de fracasar.

Soy como el farol del rape abisal, pero a diferencia de ese depredador, yo no tengo ninguna manera de defenderme.

Ni siquiera puedo concentrarme en la nolmancia.

De repente siento un fuerte golpe en la espalda, caigo al suelo y me arrastro por la nieve.

No siento frío, no cuando la adrenalina se ha apoderado de mí y me obliga a gritar.

Justo cuando voy a levantarme, el cazador agarra una de mis piernas y me obliga a caer de nuevo.

No puedo incorporarme, no mientras él quiera que yo esté así, a su entera

disposición.

Me siento inútil, inservible, sin vida. No tengo ninguna oportunidad de supervivencia, no mientras mi guardián se haya convertido en mi principal asesino.

Me lamento por no haber evitado que el aurane absorbiera el embrión de la vampira.

Me lamento por no haber prestado atención a las clases de guerra.

Me lamento por haber sido un pésimo tritón.

No volveré a ver el mar, ni a estar con mis hermanos y hermanas, más aún, no volveré a escuchar los chasquidos de mi madre.

Ni siquiera la anciana pudo ver mi destino en el designio de las mareas, jamás me dijo que mi futuro era viajar a Tierra firme y acabar siendo devorado por un monstruo.

He sido estúpido, inocente y confiado. Pensé que la vida entre caídos era diferente, idílica, segura.

Pero no, las escrituras estaban en lo cierto, los vampiros son muertos vivientes sedientos de sangre.

Cadáveres con el poder de destruir todo a su paso.

Son una peste que se expande bajo la noche del Midna. Son una plaga eterna.

Estevian rasga mi ropa y deja que la humedad deje al descubierto mi verdadera naturaleza. No puedo reprimir el simple hecho de que mis piernas se llenen de escamas y se unan de golpe formando mi aleta brillante y azul. Es como un estornudo del que no puedo huir, una

enfermedad que entorpece mis movimientos en tierra.

Después de la tela pasa a la carne y las escamas, no tiene ningún tipo de piedad al provocar arañazos por todo mi cuerpo.

Quizá cuando no quede nada de mí acabará por comerme.

El dolor de las heridas, el peso de la decepción y el ardor de la impotencia me torturan por debajo de todo lo que se puede ver.

Clavo mis uñas en la nieve para arrastrarme, no, lo hago incluso en la tierra que se oculta bajo ella, pero es imposible.

―¡Mátame ya!―le grito a la nada mientras veo sus pisadas por todos lados.

Y de pronto aparece sobre mí. Sus rodillas inmovilizan mis brazos mientras sus manos me asfixian. Estevian está sonriendo, no, no es él, es la bestia que dormita en su interior, el monstruo al que todos los vampiros de Valhía aplacan bebiendo plasma. Aunque a esta criatura ya le he puesto nombre:

―Chacal…―sollozo mientras el oxígeno me va abandonando con rapidez.

Está a punto de romperme el cuello, por primera vez en toda mi vida solo quiero que acabe con este sufrimiento.

Su barbilla está empapada de sangre, gotea con tanta frecuencia que es imposible que no me salpique la cara y se cuele a través de mi boca desesperada por respirar.

El sabor metálico se torna dulce y familiar.

No sé por qué, pero puedo sentir como mi cuerpo se revitaliza y gana fuerza.

El aurane se sacude sediento mientras mis brazos consiguen romper el candado que producen sus rodillas sobre mí.

―¡Atrás!―grito y la humedad del ambiente forma un chorro de agua a presión que lo hace retroceder varios metros.

Me arrastro con la aleta tiñendo la nieve de rojo debido a las heridas. El

sabor de su sangre sigue perenne en mi paladar. Justo cuando pretendo utilizar la magia de las clamamareas , la cabeza me empieza a doler de nuevo, es insoportable, mortal:

“Regreso a esa playa, estoy herido, desnudo y lo suficientemente lejos del agua como para adquirir mi forma natural.

El sabor del rojo sigue ahí, con ese gusto dulce y metálico.

Frente a mí hay un niño de brillantes ojos rojos.

Está vestido con un simpático traje de color negro, está descalzo y me está dedicando una sonrisa.

Su cabello negro está enmarañado y se pega a su cara como si fuera una divertida cría de pulpo carbonero.

―No le tengas asco, va a hacer que te encuentres mejor, ya verás―comenta el niño y su voz suena simpática y agradable―. ¿Van a venir tus padres a buscarte? Los míos no creo que tarden demasiado.

―Yo…―pronuncia mi yo de la visión, una cría de tritón con el terrestre demasiado reciente como para hablar con agilidad―. Tengo la aleta demasiado débil como para nadar.

―No pasa nada―responde el pequeño vampiro―. Yo puedo quedarme hasta que me riñan.

Y se sienta a mi lado, acerca su muñeca a mis labios y me deja beber de la sangre que brota de dos hendiduras provocadas por sus afilados colmillos.

Más que dientes parece el arma de una piraña, pequeños, finos y punzantes.

Al ver como las heridas de mis piernas se cierran, sigo bebiendo de él como si fuera la pócima más efectiva de la anciana.

―No entiendo porque tenemos que ser enemigos―habla él, de nuevo con ese desparpajo.

―Mar… y noche.

―¿Y qué? Pero todos somos hijos de Valhía ¿no? Tenemos que compartir el mundo si queremos cuidar de él.”

Mis labios se mueven solos justo en el instante en el que Estevian me eleva en el aire y me clava sus colmillos en el cuello. Empieza a beber de mí, lo hace a gran velocidad. Mi interior se va vaciando, el cansancio me domina mientras una lágrima se desliza por mi mejilla.

―Somos hijos de Valhía―pronuncio con las últimas fuerzas que tengo.

De pronto me suelta y me deja en una posición en forma de “s”. Si no

fuera por la presencia de mi aleta y los huesos flexibles que hay bajo ella, esa posición sería impensable para alguien de Tierra firme. Lucho por no cerrar los ojos, lucho por contemplar las venas del vampiro ocultándose, sus ojos perdiendo el fulgor carmesí y su expresión retorciéndose en culpa.

―¡Cirigh!―grita  cuando vuelve en sí, y rápidamente se muerde la muñeca para darme de beber.

―¡Déjame a mí, hermano!―Enfi aparece tras él, repite el proceso y posa su brazo sobre mis labios. Después habla enfadada, su coleta vuela a merced de la ventisca cuando su capucha pierde la fuerza para ocultarla―. Conseguirás matarnos a todos.

―Yo…

―¡Vete a cazar, joder!―le ordena ella y él no puede hacer otra cosa que desparecer.

Mis heridas comienzan a regenerarse mientras el cansancio se apodera de mí.

Sé que pronto estaré bien, sé que gracias a Enfi saldré vivo de esta, pero no sé cuánto tiempo podré permanecer entre vampiros.

Este no es mi lugar, no encajo y mi existencia va a estar en constante peligro si decido quedarme.

Necesito una segunda opción, una salvaguarda.

―¿Qué voy a hacer contigo?―pronuncia ella justo antes de que mi cuerpo pierda el conocimiento.

Cuando despierto la boca saborea los últimos ápices del gusto metálico de la stoker .

A diferencia del plasma de su hermano, este no es dulce y placentero, tiene un toque ácido, a limón.

Abro los ojos para descubrirme en la cama de mi dormitorio, en palacio.

Estoy completamente desnudo y tapado por las sábanas.

No hay nadie más allí, lo sé porque puedo ver toda la estancia gracias al reflejo del espejo en el vestidor.

Me agarro la cabeza, aunque no me duela, siento que la migraña puede acudir a mí de nuevo.

El dolor está apagado, pero eso no significa que se pueda encender en cualquier momento.

Y así lo hace, en pequeñas raciones, ocurre cada vez que pretendo regresar a las imágenes que la sangre de Estevian provocaron en mi mente.

―¿Ha sido real o forma parte de su magia?

Me incorporo con torpeza, me cuesta respirar.

Me acerco a la mesa, que alguien se ha encargado de reponer, abro una de las botellas y empiezo a beber.

No sé si lo hago por el aurane o por costumbre, pero consigue hacerme sentir mejor.

Mi siguiente paso es coger uno de los cuencos con manzanas, meterme en la bañera de agua templada y empezar a comer.

―Así sí―pronuncio entre chasquidos de dientes y suaves gruñidos de garganta.

Las imágenes de Estevian me golpean con tanta fuerza que empiezo a temblar.

Esas venas en su rostro, esos ojos llenos de salvajismo y los dientes clavados en mi cuello me hacen pensar más allá.

Por un momento me imagino todo Plaguen en ese estado bestial.

Todos los vampiros que vi en la fiesta de nobles, todos los que bailaban en camisón o incluso la niña que acompañaba a Lady Amari.

En mi cabeza todos están desalmados, salvajes y hambrientos.

Se matan entre ellos, esparcen la sangre por todos lados y no sacian su sed en ningún momento.

Hay un momento en el que el pueblo submarino adquirimos un estado muy similar.

Durante la llamada Luna Azul Rysantha nos convierte en guerreros, con garras y dientes más afilados que de costumbre, incluso en Tierra firme mantenemos nuestra forma más depravada.

Pero los vampiros no necesitan el influjo de la luna para mostrarse así, ellos se vuelven bestias con una facilidad innata.