Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 14
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La noche oculta historias que las nubes son capaces de susurrar por debajo de la ventisca.

La nieve nos azota minutos antes de llegar a la montaña que separa las tierras indómitas de Plaguen.

Ahora entiendo por qué las llaman así, porque aquí no hay reglas ni vigilancia, ni siquiera antorchas que marquen la ruta de vuelta.

Aquí todo se rodea de una naturaleza salvaje e indomable, es como nadar en alta mar y estar a merced de todo lo que vive lejos de los dominios de los reinos.

El caballo de Enfi, de pelaje blanco como el invierno, se detiene de golpe, relincha con fuerza mientras se alza sobre sus patas traseras.

La vampira se tiene que agarrar a las riendas si no quiere caer.

Estevian obliga a su semental a que baje el ritmo y deje de galopar.

Me agarro a su cintura, no sé qué más puedo hacer y estar bajo la incesante nieve no me ayuda en nada.

Oculto bajo la capucha de mi capa, lucho porque el viento no descubra mi rostro frente a la humedad del frío.

―¿Qué ha pasado?

―No sé, Lily se ha vuelto loca, le ha debido de asustar algo.

―Déjamela a mí, súbete en Airman . Esa yegua me hará caso sí o sí―Estevian se muestra nervioso, no quiere que nos detengamos lejos de ninguna ciudad. Quizá le tenga miedo a los animales que habitan los

bosques o puede que haya algo peor.

Un crujido capta mi atención, primero a un lado del camino y luego al otro. Hay algo ahí, puede que un lobo, o quizá una pantera de las montañas. La fauna de Tierra firme no es tan amenazante como la de alta mar, pero aquí no tengo garras ni dientes, ni siquiera mi lanza de hueso.

―Nos están acechando―murmura Enfi y consigue que mi falsa piel se erice―. Nos han estado esperando desde que tomamos el camino de ida.

Estevian se mueve con velocidad, salta del caballo, color noche, y me ayuda a bajar.

Rebusca en su aljaba y empuña dos espadas que me son extrañamente familiares.

Las mismas armas que utilizó para salvarme del carruaje durante mi primera noche en Plaguen.

Dos hojas curvas, dos armas que me hacen pensar en las patas delanteras de una mantis religiosa.

―¡Venga!―grita él de una manera provocativa―. ¿Queréis enfrentaros

a nosotros?

Su hermana no se queda de brazos cruzados, también tiene un arma, una espada corta que empuña con suma destreza. Es como si los stokers supieran luchar, hijos de la realeza vampírica entrenados para defenderse. No importa su sexo o su función, ambos participan en la guerra.

―¡¿Queréis sangre de la estirpe Ilia?!―Estevian utiliza una de sus espadas para apuntar al bosque que se sacude frente a nosotros. Después utiliza sus colmillos para propinarse dos hendiduras en el brazo, bajo su camisa, y deja que la sangre gotee sobre la nieve―. ¡Pues venid a por ella!

El aurane se sacude ante la presencia de la sangre del caído, como si pudiera reconocerla como un igual, no, peor aún, como si estuviera hambriento.

Puedo controlar la sensación de hambre, no es difícil cuando la cabeza me empieza a doler con tanta intensidad que tengo que colocar mis dedos en las sienes para intentar aplacar el sufrimiento.

“Durante un instante no estoy en Plaguen, ni siquiera en las tierras indómitas que separan unos dominios vampíricos de otros. Las olas chocan con una playa de arena fina, el agua ni siquiera me salpica por lo que mantengo mi forma humana. No percibo el aroma de la salina, solo la fragancia de la sangre de Estevian. Mis manos están llenas de cortes, mi falsa piel está cubierta de sangre. No sé qué es lo que me ha pasado pero mi cuerpo parece recordar el dolor.”

―¡Cuidado!―grita Enfi y de repente estalla el caos.

Del bosque surgen tres figuras ataviadas con largos abrigos rojos con cuellos de pelo negro.

Los individuos no son vampiros pues sus ojos son de un brillante color morado en vez de rojo.

Sus cuerpos son verdosos y sumamente delgados.

No hacen ningún movimiento brusco, simplemente caminan con lentitud.

Descubro las garras que surgen de sus mangas, extremidades que sangran tras dar caza a su última víctima, dudo mucho que haya sido un animal.

―¡Necrófagos!―Estevian da un paso para situarse entre el enemigo y nosotros.

―¿Aquí? ¿Tan al sur?―Enfi está desesperada, empuña el arma temblo_

rosa mientras se acerca a mí y me da un arma similar a la suya―. ¿Desde cuándo cruzan los límites de los humanos?

Los necrófagos huelen a cadáver, a muerte y a putrefacción. Si mis antepasados tallaron en piedra la descripción de los vampiros, estaban equivocados, lo que me han enseñado a odiar durante toda mi vida han sido a esos seres que no temen las espadas que les apuntan.

―¿Qué miran?―pregunto al percatarme de como los tres pares de ojos morados se clavan en mí―. ¿Por qué me miran?

―¿Hermano?

―¡No lo sé!―grita y se pierde en su propio temor.

Estevian recorre varios metros de un salto, se coloca frente a uno de los necrófagos y le propina un corte en el cuello.

La cabeza de la criatura cae hacia atrás, se queda colgando por una fina tela de músculo y piel.

Después vuelve a su lugar. De repente el enemigo le propina un puñetazo y lo manda volando por encima de nosotros hasta enterrarlo en la nieve.

―¡Joder!―Enfi es la siguiente en actuar, abre sus brazos y me protege por encima de su propia vida. Los necrófagos se acercan más y más mientras ella intenta repelerlos a base de tajos y patadas.

Puede que la stoker no sea la mejor guerrera, pero eso no le impide moverse a gran velocidad a través del campo de batalla. Corta y esquiva al mismo tiempo, quizá no haga más que rasgar sus abrigos, pero ellos tampoco consiguen alcanzarla.

Es en ese momento en el que decido tomar una decisión que lo cambiará todo para siempre. Suelto la espada, me quito la mordaza y empiezo a cantar. Tengo que quedarme quieto si quiero canalizar bien mi mayor poder, el don que se me otorgó al nacer bajo la superficie del océano, la Voz Azur:

Una rama en Valhía

Hacia tierra me arrastró

Vamos juntos a la orilla

Sigue el eco de mi voz

La melodía surge de mi interior como lo hace el agua cuando abren una

presa. La letra forma la canción que la anciana me enseñó durante mi

adiestramiento básico de música. Puede que sea la única enseñanza a la que verdaderamente he prestado atención. Estrofas que hablan de la amenaza que las sirenas y tritones serían si llegan a invadir Tierra firme.

Ven conmigo criatura

Hazlo sin mirar atrás

No le temas a mis garras

No te voy a destrozar

Mi poder surge en forma de ondas de energía semi transparente, se podría comparar con el sonar de una beluga.

Con cada azote de energía la nieve se esparce alrededor de mi silueta.

Las ropas de los necrófagos se sacuden como si todo lo que brotara de mi interior fuera viento.

Pero no lo es, y si lo fuera se podría comparar más con el vendaval que precede a un tornado antes que una brisa marina.

Los individuos se detienen de golpe, tengo que concentrarme en solo afectarles a ellos, tengo que limitarme si no quiero dañar a los vampiros que han cuidado de mí todo este tiempo.

Esta no es la verdadera dimensión de mi poder, es una pequeña muestra, de no ser así podría arrasar todo a mi paso.

Solo una estrofa más, si solo canto tres será más que suficiente, si consigo no llegar a la cuarta podré salvar a mis aliados.

Pero utilizar la Voz Azur es adictivo, sostener tanto poder en la comisura de mis labios es como portar la magia más poderosa y antigua del mundo, como si tuviera las reliquias de poder de las tres hermanas.

Peor aún, como si pudiera alcanzar el estatus de dios, de fein.

Una espada de acero

Mi aleta atravesó

Puedo caminar por tierra

Y conservo mi canción

Las ondas de poder aumentan su diámetro mientras dos de los necrófagos se intentan tapar los oídos, pero no lo hacen a tiempo.

Desesperados, se quitan los abrigos mostrando cuerpos famélicos y llenos de cicatrices en forma de runas.

Si hay algún tipo de magia manteniéndolos en pie, debe de estar anclada a su propia piel.

Sus garras atraviesan su pecho hasta golpear sus huesos.

No pueden soportar mi cántico, no pueden hacer otra cosa que alcanzar su corazón y arrancárselo de cuajo.

Necesito continuar, necesito terminar con la cuarta estrofa:

Déjame darte un beso

El tercer necrófago está tan cerca que es capaz de levantarme del suelo

por el cuello y callar mi voz. Abre su boca y muestra una dentadura llena de colmillos, no puedo evitar compararlo con un tiburón blanco, con uno de los animales más peligrosos de alta mar.

Está a punto de morderme, puedo ver mi vida llegar a su fin cuando, de pronto, me suelta y se desploma sobre el suelo.

Enfi está allí, ha conseguido cortar sus tendones y me está mirando con los ojos sumamente abiertos. Sus oídos le sangran porque ella también se ha intentado resistir a mi poder.

El necrófago se incorpora de un golpe, eleva sus pies por encima del suelo y abre su mandíbula de nuevo, está vez se le desencaja como a una serpiente.

Clava sus ojos en mi estómago, no, se está fijando en lo que se oculta bajo él, mi aurane .

De algún modo puede percibir lo que hay bajo mi falsa piel, la bolsa amniótica mística que portamos todos los tritones. Ese es el objetivo de sus fauces.

Justo antes de que pueda morderme, su cabeza sale volando por los aires.

Estevian aparece allí con las manos brillando de un potente color plateado.

El necrófago intenta regenerarse, pero esa mancia repele todo intento sobrenatural de hacerlo.

Su mirada carmesí, su rostro lleno de venas y sus colmillos clavados en su labio inferior.

Tiene la barbilla empapada en su propia sangre, puedo olerla, de nuevo ese aroma que penetra mis fosas nasales y llega hasta mi alma.

―¡Hermano!―grita Enfi de nuevo al comprender lo que ha hecho, yo solo lo puedo intuir.

El vampiro me mira como lo hace un animal salvaje frente a su presa. Ya no hay ni un ápice de humanidad en él, solo la presencia de la bestia que le domina, un demonio sediento de sangre. Da un paso al frente, quiere beber de mí, quiere secar la esencia de mis venas.

―¡Corre!―grita la stoker ―. ¡En ese estado te matará!

La vampira se enzarza contra su propio hermano y atraviesa su pecho con la espada. Él la mira como si se tratara de algo insignificante, la aparta de un manotazo y se quita la hoja sin ningún esfuerzo. Enfi está agotada, no puede hablar, pero consigo leer una palabra en sus labios:

―¡Huye!