Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 13
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Para mi suerte solo hay dos caballos preparados en la verja exterior de palacio.

Estevian me ayuda a subirme y me pide que me agarre a su cintura mientras él toma las riendas del animal.

Enfi, en cambio, no pierde el tiempo e inicia un galope que hace de su capa una marea granate constante.

Nos alejamos de la ciudad a través de un camino que se extiende, hacia el norte, por medio de un bosque infinito.

La temperatura es más baja cuanto más avanzamos, algo que los stokers no parecen sentir.

La noche se cierne sobre nosotros como una pesadilla de susurros y murmullos.

Los animales que se ocultan en la maleza no dudan en hacer crujir ramas o sacudir las copas de los árboles.

Me parece ver ojos rojos en el laberinto de naturaleza y sombras.

Lo que me hace pensar dos cosas, o es imaginación mía o la fauna del lugar tienen algún tipo de dependencia con la sangre como los vampiros que los gobiernan.

Giramos hacia la izquierda para subir por unas escaleras de piedra que serpentean alrededor de una montaña.

Antes de que pueda darme cuenta los cascos dejan huellas sobre la nieve.

Nunca he visto nevar, pero no puedo negar que es lo más hermoso que jamás he podido ver en mi vida.

El cielo suelta pequeñas estrellas blancas que se deshacen al tacto de mi capa.

Me quito un guante para sentir la realidad del frío que rodea Plaguen.

En el momento en el que el copo entra en contacto con mi piel, esta se humedece y deja al descubierto unas pocas escamas.

―¡Oh!―ahogo un grito aterrado.

―Ponte el guante―me ordena Estevian asegurándose de que su hermana no se ha girado para mirarme―. La capa tiene runas impermeables, no te mojarás mientras la lleves puesta.

―Perdón―susurro viendo como el vaho se escapa de entre mis labios―. No volverá a pasar.

Retomamos el silencio unos minutos más, descendemos otra escalinata de piedra, peldaños que alguien se ha encargado de cuidar. De no tener cierto mantenimiento todo esto estaría en ruinas y no sería un camino agradable de transitar.

Las primeras antorchas centellean al final, tardamos poco en llegar a ellas.

Puedo leer un cartel de madera con las palabras: Bienvenidos a Orio, justo antes de recorrer las calles de un pueblo de tamaño medio.

Las construcciones no tienen nada que ver con las de Plaguen, estas son más bajas y no están tan cuidadas.

Diría que se asemejan más a las de los suburbios de la ciudad, junto al Lluvia de Polen , que a las demás.

Hay personas caminando a través de sus calles, individuos cuyo aroma no tiene nada que ver con el perfume a muerte que embriaga Plaguen.

Estos huelen diferente, huelen a humanos.

Ninguno se asusta de la presencia de los stokers , ni siquiera de la mía.

Al contrario, nos dedican sonrisas como si estuvieran encantados de tenernos cerca.

Rápidamente nos vamos acercando al origen de la música, hay una banda incitando al gentío a celebrar.

Veo humanos con tambores, flautas y guitarras.

Diría que los instrumentos están fabricados con partes muy alejadas del mar, en su gran mayoría es madera.

Descubro que el bosque abastece al pueblo, todo está hecho de madera y pocas cosas de ladrillo o metal.

―Bienvenidos a la Plaza de Orio―anuncia Enfi a tiempo de detener las monturas a escasos metros de un anillo formado por grandes pilares de madera de ébano. En el interior hay arena de playa sobre la cual los humanos bailan al son de la música―. Dominio de los Gazzei, abanderados de Plaguen.

Hay personas sentadas en gradas que ascienden hasta las paredes de los edificios más altos del pueblo.

Hay un castillo de pequeño tamaño, el ayuntamiento, donde se puede ver a los gobernadores brindando con jarras de cerveza.

He leído sobre las plazas, son algo similar a la arena de Laneth, la única diferencia es que aquí no se baten en duelos para probar su fuerza, si no que utilizan bestias para ponerse a prueba.

―Mantente cerca―me ordena Estevian. Se debe de percatar que está siendo muy rudo conmigo porque acaba añadiendo―. Hay demasiada gente y no quiero que te pierdas.

―Mirad, allí tenéis sitio―señala Enfi, en ese instante su hermano me agarra de la mano y se abre paso entre la multitud.

―Tienes una hora―le advierte él―. Después volveremos a casa.

―Sí, sí, tranquilo―sonríe ella―. Papá no se enterará de nada, te lo

prometo.

Los humanos se apartan de nuestro paso con total simpatía, me doy cuenta de que Estevian mantiene el fulgor rojo en su mirada para identificarse como un vampiro.

No es difícil resaltar entre mortales, pues hay otros como él mezclados entre ellos.

Debe de ser típico que los caídos vengan a Orio, al menos los que no son stokers .

―Son nuestro ganado―comenta Estevian poco después de que nos sentemos a verlos bailar.

―¿Cómo?

―El otro día me preguntaste que de dónde sacamos la sangre―en ningún momento me mira, mantiene su mirada fija en los músicos y la gente que cantan sus canciones―. El pueblo de Orio aceptó la protección de Plaguen a cambio de donarnos su sangre. Es uno de los que nos rinden pleitesía.

Entonces no puedo evitar pensar que la botella que he bebido durante mi estancia aquí puede ser plasma de alguno de estos humanos.

Me siento culpable, un monstruo, un demonio salido de los confines del mundo, una caribdis.

Mi aurane porta un diablo, un ser que hará sufrir al resto por pura supervivencia.

―Disfrutan de hacerlo―explica antes de que mi mente siga cavilando en falso―.

Es un intercambio de intereses. Ellos donan su sangre, que se regenera cada día, y ayudan a que los reinos vampíricos prosperen.

A cambio son protegidos de todos los peligros de la noche―me señala a los vampiros que se sitúan junto a los gobernadores del pueblo―.

Ellos viven aquí, son soldados que han sido entrenados en el arte de la guerra inmortal.

Hay otros más, que seguro no disfruten de estas fiestas.

―¿Qué peligros hay bajo la oscuridad del Midna?

―Espera, ya empieza―me interrumpe a tiempo de que la música cese y los músicos se retiren de la plaza.

Un humano, que resalta por tener un gran sombrero de copa, hace sonar una campana y consigue que la multitud se quede en silencio.

Otro hombre camina hasta el centro de la plaza, saluda a todos con una pequeña reverencia y saca un cuchillo de su cinturón.

Nadie se inmuta cuando se propina un tajo en la palma de la mano y dibuja una estrella sobre la arena de la plaza.

En un instante una llamarada de fuego aparece en el interior, una lengua roja que me hipnotiza.

―Ashlaxmancia―pronuncia una mujer sentada en la grada superior a la mía―. Es muy difícil de controlar.

―Ssshhh―le manda callar otra.

El fuego crece y crece, el hombre empieza a moldear su hechizo dándole la forma de un toro de gran tamaño.

Tiene dos cuernos sobresaliendo a través de su cuerpo de magma.

El animal se queda quieto mientras él se retira a tiempo de recibir a otro humano, este sostiene una capa rosada entre sus manos.

De un momento a otro empieza el espectáculo.

Estevian me explica que el hombre es un cazaflamas y que tiene que derrotar a la invocación ígnea antes de que esta acabe con él.

Que es un deporte típico de Orio y que no suele morir nadie en el intento.

El cazaflamas empieza a bailar para esquivar al toro de magma.

Una práctica salvaje que me recuerda a las cacerías de tiburones en alta mar.

Cuando el hombre tiene la oportunidad saca un estoque de su funda y atraviesa el cuerpo de la invocación.

En ese instante la gente aplaude, vitorea y grita una expresión que se me grabará a fuego en la mente, nunca mejor dicho:

―¡Olé!

Después aparece otro ashlaxmante, invoca otro toro y otro cazaflamas se bate en duelo contra él.

Esta vez es una mujer con el cabello corto y una agilidad envidiable.

Incluso salta por encima de la bestia en varias ocasiones clamando los aplausos del público.

Justo cuando empiezo a cogerle gusto al espectáculo, Estevian me agarra del brazo y me arrastra fuera de las gradas.

―Tenemos que irnos―me advierte―. Si en palacio notan nuestra ausencia se puede armar una buena. El Cónclave del Pacto está cerca y los reyes de Plaguen no se pueden permitir perder a ninguno de sus hijos.

―¿Y tu hermana?―pregunto cuando sigo la mirada del caído para ver, por primera vez en mi vida, un reloj de verdad. Son dos agujas de metal girando en lo alto de una de las torres más altas de la plaza, frente al

ayuntamiento.

―Maldita sea―protesta mientras me arrastra hacia los alrededores de las gradas―. Siempre me hace lo mismo.

Esquivamos al gentío e ignoramos los vítores de la cazaflamas que ha

conseguido derrotar al toro de fuego. Me pongo de puntillas para ver al siguiente ashlaxmante elaborando su invocación.

Me parece un ritual hipnótico y hermoso, jamás habría imaginado encontrarme algo así aquí.

Pensé que en la noche de Valhía todo era muerte, lujuria y sangre.

Pero me equivocada, los vampiros saben disfrutar de su inmortalidad y los humanos parecen hacerlo con ellos.

―¡Enfi!

Descubrimos a la stokers besándose con un humano bajo la copa del árbol más alejado de la plaza. No hay nadie alrededor, solo nosotros. Estevian es directo en sus movimientos, como si supiera cual es el escondite de su hermana, como si esta escena se hubiera repetido en otras ocasiones.

―Milord―el chico le hace una pequeña reverencia.

―Piérdete Jasper―el stoker separa a su hermana del mortal―. Reza porque no le hayas condenado.