Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 12
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―¿Has estado recolocando los muebles?―me pregunta el vampiro cuando se asegura de que todo está en su lugar―. Los criados dicen que han escuchado ruidos poco después de que me fuera.

―Me resbalé―improviso, soy consciente de que son mis rugidos los que se escucharon mientras mi padre daba su vida por mi madre.

―Mientes―justo cuando le miro detecto un pequeño fulgor en su mirada, la misma sensación que aquella vez en el carruaje―. ¿No estás cómodo aquí?

―No me gusta estar encerrado.

―Es por tu bien―pronuncia con seriedad―. No sé en qué sitio vas a estar mejor que en la corte. Si quieres marcharte, dispondré un carruaje para que te alejen de aquí.

―Quiero salir de la habitación―le pido en un intento desesperado por ver más allá de estas cuatro paredes―. Ver palacio, conocer a otros caídos.

―Yo,… no sé si es buena idea―se rasca la cabeza, nervioso porque quiera romper su infinita calma―. Cualquier cosa podría delatarte y si mi familia descubre lo que eres…

―Me mantendré lejos del agua. Y no hace falta que salga todos los días.

Solo de vez en cuando. Tampoco pienso quedarme aquí toda la vida.

―Mañana se cumple una semana desde que llegaste aquí―sus ojos se clavan en mí mientras su respiración se acelera―. Si decides confiar en mí te presentaré oficialmente como mi ilota . No podrás hablar con nadie sin mi permiso, pero al menos podrás respirar aire fresco.

―Tendremos que confiar el uno en el otro―le corrijo recordándole el trato al que llegamos.

Estevian se acerca a la mesa, coge una de las botellas y se sirve una copa. O al menos lo intenta, porque solo caen tres gotas. Revisa el resto de los recipientes de plasma y se da cuenta de que todas están vacías. Es en ese preciso instante en el que me doy cuenta de que la sangre no era para mí.

―¿Por qué bebes sangre?―mi mente busca una manera para esquivar

la pregunta.

―Desde que estoy en Plaguen mi cuerpo necesita nutrirse con plasma.

―¿Tu adaptación te exige un precio, no?

―Algo así.

―Vuelves a mentirme―de nuevo ese fulgor carmesí en su mirada, una luz fugaz que se esfuma en un instante.

De pronto lo entiendo, Estevian puede saber si alguien dice la verdad, o si por el contrario le está mintiendo.

Por eso le brillan los ojos, porque está utilizando algún tipo de poder.

Se percata de que le estoy mirando sin parpadear cuando repite―.

Mañana será tu última oportunidad para confiar en mí.

Asiento con la cabeza, su voz suena enfadada y seria.

Me recuerda a las innumerables broncas que mi padre me echaba cuando no era capaz de agitar ni una pequeña ola con la nolmancia.

Suspiro, lo hago con el temor a perder la protección que Estevian me ha otorgado.

No sé qué haría si me encuentro perdido, de nuevo, entre las calles de Plaguen.

Seguramente ya estaría en algún tipo de pecera, o peor aún, muerto.

―El Continente de la Banshee se divide en dos reinos―de nuevo esa actitud distante y frívola.

Su voz vuelve a adquirir ese semblante de maestro mientras el invierno de su piel se mantiene lo suficientemente lejos como para poder rozarme.

Mi aurane se agita, necesita estar más cerca de él, necesita su afecto y su protección―.

Pestet, al norte, y Plaguen, al sur. Aunque antiguamente hubo un tercero, Makabria, que acabó destruido por los otros dos.

El libro muestra un mapa detallado del Continente de la Banshee, con algunas islas pequeñas que pertenecen a los dominios de los vampiros.

El dibujo está demasiado enfocado en la zona nocturna del Midna, por lo que no hay rastro de mi hogar.

Aunque dudo mucho que la gente de Tierra firme sepa la ubicación exacta de los dominios de las sirenas.

Yo creo que podría señalar en un mapa las localizaciones exactas de Melyse, Aeriel, Thalin y mi querido Laneth.

―La realeza nocturna se divide en cuatro estirpes, cinco si contamos a los Dynevor que cayeron en las guerras de sangre.

―La orden acabó con su dictadura…―recuerdo las palabras de Loba durante el enfrentamiento contra Kathleen―. ¿Qué diferencia a un

vampiro corriente de las estirpes?

―Los vástagos de las estirpes tenemos dones con los que otros solo pueden soñar. Y aunque hay mancias que pueden hacer hechizos similares, nunca alcanzarán el nivel que nosotros tenemos de nacimiento.

―Los Dynevor utilizaban su don para controlar el pueblo y privarles de toda intimidad―repito, lo que me hace preguntarme si no sería un clamamareas excepcional.

―Prefirieron velar por sus propios intereses antes que proteger a su pueblo. Las guerras de sangre causaron tanto daño que Makabria se convirtió en el recuerdo del egoísmo y las ansias de poder. Nadie ha reclamado ese reino, ahora pertenece a las tierras indómitas, a los

salvajes y a las criaturas que dicen ser sus dueños.

―¿Qué poderes tienen las otras estirpes?―pregunto al descubrir la distribución de realeza vampírica bajo la noche eterna. Al norte, en Pestet, puedo leer los apellidos Shayd y Hadid. Y al sur, en Plaguen, Ilia y Cárpasot.

―Los Shayd se pueden comunicar con los animales. Los Hadid mueven objetos con la mente. Los Cárpasot endurecen su piel como la roca. Y los Ilia…

―Podéis detectar las mentiras―le interrupto y él se queda sorprendido.

―Vaya, me has pillado―Estevian esboza una sonrisa nerviosa, sus ojos se vuelven dos finas líneas gatunas. Me obliga a suspirar, sí, lo hace él con tan solo dedicarme una sonrisa. No sé qué es lo que me pasa cuando estoy cerca suyo, no sé si es por el aurane o simplemente es por mí.

―¿Por qué estás con la Orden?―me atrevo a preguntar pensando que la confianza que se está creando entre nosotros es algo especial.

―Esa pregunta es demasiado pronto para responderla―es imposible pillarle desprevenido―.

Mañana responderemos todas las preguntas que nos roban el sueño―después se apoya sobre la mesa y borra todo rastro de alegría de su rostro―.

Durante tu estancia en palacio es común que conozcas vástagos de las estirpes.

En especial de los Cárpasot, ya que mi hermana Amari se casó con Darius hace menos de una década.

Ahora están buscando descendencia para unir ambas líneas de sangre.

―De ahí que siempre esté acompañada por sus adastas ,… por Lahmia―pronunciar el nombre de la caída sacude mi aurane con fuerza, como si extrañara el tacto de su progenitora.

―La… ¿La conocías? ¿Qué es lo que escondes, tritón?―y esto lo dice con cierto retintín, como si le costara llamarme así en vez de ahogado, pez o hundido. Que son los apelativos que más utilizan en Tierra firme, sin importar lo iluminado que esté el cielo.

―Mañana lo sabrás―me permito decir, una respuesta que me ayuda a no mentirle.

―Eres más listo de lo que imaginaba―afirma―. Pensé que la gente del mar eráis salvajes y caóticos.

―¿Eso pone en vuestros libros?

―No pone mucho, no os dejáis ver. Solo vuestras reinas durante los Cónclaves del Pacto―me explica mientras cierra un libro y abre otro.

Este segundo es mucho más denso, la información se centra en política, historia de las alianzas y un glosario con todos los reyes y reinas que han formado parte del Pacto.

En resumen, un tema que me hace bostezar de tal manera que casi se me cierran los ojos―. Este año los líderes de

cada reino tienen la obligación de presentar a su descendencia.

―Tu padre presentará a sus hijos, los stoker ¿no?

―Eso es…

Estevian pasa páginas y señala el dibujo de las tres reliquias que forjaron el Pacto entre las razas de Valhía.

Los hijos del sol, los humanos (o iluminados, que es como les gusta llamarse), recibieron el Bastón de Bryarthe.

Los hijos de la noche, los vampiros, el Grimorio de Illythia.

Y las hijas del mar, las sirenas y los tritones, el Orbe de Rysantha.

Tres objetos de poder que carecen de utilidad por si solos, pero que, unidos, podrían traer la propia destrucción del mundo.

Así se les recuerda a los habitantes de Valhía que las tres razas principales descendemos de las tres hermanas feins que crearon nuestro hogar.

Aunque la historia es más extensa y cambia dependiendo de quién la cuente, en resumen, esa es la realidad.

―¿Y qué se hace en esos Cónclaves?

―Los custodios de las reliquias se traspasan los objetos con sus reinos

vecinos, para mantener el Pacto en pie y para darle a los de su misma especie el beneficio de tener el regalo de su diosa.

De repente resuena la puerta y Estevian pega un brinco. Está tan sobresaltado que se coloca la mano en el pecho. No dice nada, me indica

que me mantenga sentado mientras recibe la visita.

Lo primero que me viene a la cabeza es ver a un criado con botellas de plasma, no ha bebido en todo el día que ha estado aquí conmigo.

Gira la llave de plata y una figura se cuela a la velocidad de la luz.

De golpe y porrazo me encuentro con una caída que me mira fijamente y me olfatea.

La chica es delgada y tiene la mirada felina.

Su cabello, negro y liso como la noche más despejada, se mantiene a modo de coleta alta.

Lleva puesto un corsé rojo, un pantalón de cuero ajustado, unas botas de tacón y una capa granate que cae hasta sus tobillos.

―Así que es verdad―susurra con una sonrisa―. Mi hermano se ha echado un ilota .

―Ho… hola―pronuncio con torpeza.

―¿En qué parte de las tierras indómitas vivías?―sus ojos recorren todo mi cuerpo. De abajo hacia arriba. Por un momento siento que puede ver a través de mi ropa, incluso por debajo de mi falsa piel―. ¿Estabas protegido por los Gazzei?

―Enfi, basta ya―se queja Estevian mientras le agarra del hombro para llamar su atención―. ¿Qué estás haciendo aquí?

―¿Qué? ¿No te acuerdas? ―la caída tiene una belleza peligrosa, como las sirenas que se sientan en los riscos de la superficie para atraer a los marineros a su muerte.

Solo tengo que recordar los libros de historia nocturna, de hace unos minutos, para entender que ella es la pequeña de los tres stokers , por debajo de Amari y Estevian respectivamente―.

Me prometiste que me acompañarías a las Fiestas de Orio.

―¿Son está noche?

―¿Me vas a dejar tirada por adiestrar a tu nuevo ilota ?

―Es complicado.

―Podríamos ir los tres―intervengo poniendo en juego las normas que me mantienen con vida. Después escojo bien mis palabras, no puedo olvidar que los stokers pueden percibir mis mentiras―. Llevo muchos

días en palacio y necesito respirar aire fresco.

Estevian me mira con los ojos abiertos de par en par. Enfi se muerde la uña juguetona mientras se coloca la capa. No sé si me espera un castigo, una reprimenda o la ejecución. Pero, por primera vez en mucho tiempo, veo la luz del sol asomarse a través del cielo tormentoso de mi estancia en Plaguen.

―¿Cómo te llamas?―pregunta ella.

―Cirigh―respondo al instante, no quiero mentir, no si eso significa firmar mi sentencia de muerte.

―Que nombre más raro, me gusta―vitorea ella y después hace gala de una pronunciación exquisita de mi nombre―. Cirigh tiene razón, her_ mano. Ya he mandado preparar los caballos. Amari piensa que nos vamos de cacería. Ya sabes que no le gusta mancharse.

―Está bien, iremos―Estevian me acerca la mordaza y me anima a ponérmela. Lo hago sin quejas, sé cuáles son las reglas para mantenerme con vida en palacio. Ahora soy su ilota , su sirviente, su esclavo sexual, su siervo… Al menos de cara a los demás.

―No podremos hablar fuera de tus aposentos―apunta Enfi a tiempo de ponerme una de las capas negras de mi vestidor. Tiene demasiada prisa como para verme perdido entre cordones y botones, algo que agradezco―. Pero intuyo que tú y yo nos haremos muy buenos amigos.