10
Duermo sin quererlo, no sé cuánto tiempo estoy tumbado en la cama, pero el cielo se ha oscurecido lo suficiente como para que las antorchas iluminen todo el jardín.
Doy por finalizada la primera botella, aunque no lo necesite, siento que aún tengo un aurane que alimentar.
Esta vez soy más delicado y menos salvaje, después me desnudo y me meto en la bañera.
Es entonces cuando ocurre ese efecto al que tanto me estoy acostumbrando.
Mis piernas se unen en una sola aleta repleta de brillantes escamas azules, es tan grande que sobresale incluso por encima del agua.
No tengo miedo a que alguien entre en el dormitorio, sé que la única llave de acceso la tiene Chacal.
Juego con mis dedos provocando que el cuarto de baño se llene de formas abstractas de agua. A veces se unen para crear algunas más grandes, y otras se separan hasta alcanzar el tamaño de pequeñas gotas. Estoy a gusto, cómodo y revitalizado. Si el aurane necesita sangre, yo necesito agua.
Las enseñanzas de las clamamareas de Laneth van teniendo su resultado, aunque lamento no haber prestado más atención.
Si así fuera podría crear escudos de energía, estacas azules, o incluso, invocar criaturas del océano.
Por eso es por lo que acabo practicando un poco más, sin duda es mi nuevo entretenimiento mientras espero a que vengan a buscarme.
En cuestión de una hora, en la que mi concentración solo se centra en practicar mis poderes, puedo llegar a crear un látigo de agua capaz de tirar el jabón al suelo.
Lo mismo que hice con las espinas de pescado, moverlas con pequeñas cúpulas de magia, lo empiezo a hacer con las toallas.
Me doy cuenta de que no son burbujas de agua, si no campos de energía, una pequeña representación de los escudos místicos de mi pueblo.
―¿Así que funciona así?
Con mi aleta todo es más fácil, tengo claro que mi forma natural me facilita la ejecución de los talentos propios de mi especie. Transcurre así la noche y justo cuando voy a dar por imposible el que Chacal venga a verme hoy, los mecanismos de la puerta resuenan en el interior de mi
dormitorio.
―¡Mierda!―maldigo entre chasquidos y carraspeos, una palabra más que habitual en sirénido.
Pongo todo mi empeño para cerrar la puerta del cuarto de baño, lo hago proyectando pequeños escudos que la mantienen bloqueada para que nadie pueda entrar.
El golpe que me doy cuando me deslizo hasta el suelo es como una tormenta atronadora.
Un detalle poco sutil que provoca que, sea quien sea quien está en mi habitación, se apresure a llegar hasta la puerta.
―¿Estás ahí Cirigh?―dice una voz que penetra mis entrañas y acarician mi alma. Pronuncia mi nombre con una perfección impoluta, Kathleen le ha tenido que adiestrar bien. El alumno ha superado a la maestra y lo ha hecho con creces―. ¿Estás bien?
―¡Todo bien!―me excuso secando mis escamas con las toallas.
―¡Ábreme!―solicita mientras la manilla se sacude impaciente. Sé que si tardo demasiado echará la puerta abajo―. ¿Qué estás haciendo?
Mis músculos se estiran mientras el crujido de mis huesos trae consigo la llegada el cambio.
La aleta se secciona en dos, un hecho que es ciertamente doloroso, pero al que puedo enfrentarme con total normalidad.
Estoy a punto de incorporarme cuando Chacal arremete contra la puerta y la abre.
Las pequeñas cúpulas mágicas salen despedidas por los aires y rebotan hasta que desaparecen.
Estoy tumbado, situado boca arriba cuando veo los zapatos que se adentran en el cuarto de baño.
No hay prendas oscuras, gabardinas largas o armas afiladas. Lo único que puedo ver es un pantalón de seda verde, una camisa con volantes y un chaleco marrón. En cuanto miro al caído mi boca se abre desmesuradamente, no lleva la máscara de plata, al contrario, mantiene
el rostro completamente al descubierto. Es exageradamente hermoso, arrebatador y peligroso.
―¿Qué has hecho?―pronuncia señalando el agua desparramada por el suelo, el resultado de mi propio entrenamiento.
Su piel pálida es suave, sin ápice de barba.
Sea cual sea el tipo de daga que ha utilizado para afeitarse no ha dejado ni rastro de su vello.
Por no hablar de los pendientes triangulares que decoraban sus orejas, han desaparecido, así como las cicatrices de sus aperturas.
No es él, no puede ser el mismo caído que cuidó de mí durante mis primeras noches en Plaguen.
No hay ni un solo detalle que me diga que estoy frente a un aliado.
Me sacudo en el suelo, me incorporo desnudo y busco algún tipo de objeto que me sirva de arma. El extraño no se mueve, permanece de brazos cruzados mientras contempla la escena como un mero espectador.
―¿Puedes tranquilizarte?― su voz me paraliza y me incita a mirarle. Es entonces cuando me percato del hoyuelo en su barbilla, ese detalle reservado solo para mí, hasta ahora.
―Chac…
―Estevian―me corrige a tiempo de que pueda terminar―. Aquí soy solo Estevian, y es mejor que nadie sepa que soy nadie más,
así como nadie puede saber tu verdadera naturaleza.
―Estepian―pronuncio con torpeza, luego vuelvo a intentarlo, esta vez reprimo el acento extranjero que tanto me delata―. Estevian ¿Quién eres realmente?
―Un stoker , el hijo del duque de Plaguen―pronuncia y mis piernas empiezan a temblar.
Sin duda no estoy frente al mismo caído que alguna vez conocí. No estoy frente al rango alto de una orden que se oculta a ojos de los demás, no estoy frente a un enemigo de la corona. Al contrario, estoy frente a un miembro de la realeza inmortal de los nocturnos. Mi salvador es…
―Eres un príncipe.
―Un stoker , en el Continente de la Banshee no hay reyes ni príncipes. Solo duques y su legado, los stokers ―me explica con tranquilidad, después se acerca a mí con las manos abiertas, no quiere que me ponga a la defensiva―. Ven, te lo explicaré.
Me aferro al invierno de su piel, lo hago para no resbalarme con toda el agua que he dejado tirada por el suelo.
No, me agarro a sus manos con la necesidad casi obsesiva por tocarle.
Su frío me masajea los dedos como si el esfuerzo por arrastrarme por el cuarto de baño me hubiera causado algún tipo de estrago.
Chacal, digo Estevian, me acompaña hasta el vestidor y me ayuda a ponerme un pantalón oscuro y una camisa azul.
Admite que va a juego con mis ojos y que resalta el color marino de mi cabello, el cual ha adquirido un tono azulado que luce extremadamente natural. Yo simplemente me limito a asentir.
―¿Por qué lo haces?
―¿Ayudarte?―responde sin ánimo de ofenderse.
―No, tener dos vidas.
El caído me mira, me ayuda a sentarme frente al escritorio y coge aire antes de intentar explicarse. Justo cuando está a punto de hacerlo se acerca al aseo y se pone a recoger mi estropicio. No digo nada, espero a que se acerque de nuevo, esta vez con una copa de plasma.
―Necesito tiempo, no te lo puedo decir―sus labios forman una sonrisa torcida. Un gesto juguetón, provocativo y sarcástico. Está utilizando las mismas palabras que yo utilicé cuando me preguntó por mí no huida.
―Venga hombre…―me quejo. Después recapacito y acabo por añadir―. Tienes una semana para decírmelo, una prueba más que justa para forjar nuestra confianza.
―Cuando llegue ese día no habrá tiempo suficiente para tantos secretos―bromea y después apoya su trasero en la mesa para mirarme desde arriba.
Desde ahí se muestra imponente, titánico, superior ¿Por qué no decirlo?
Parece un dios fein de esos que figuran en los tratados más antiguos.
A pesar de sus volantes puedo intuir la fuerza de sus pectorales, esos músculos ligeramente trabajados y apretados bajo la tela.
Su cintura está a la altura de mi mirada, por lo que tengo que alzar el mentón para mirarle a sus ojos, ahora rojos.
Nunca me ha atraído tanto ese color como ahora, podría afirmar que su mirada brilla como las perlas de las almejas tomate, cuyas joyas adquieren una tonalidad similar a las conchas.
―¿Soy tu prisionero?―me atrevo a preguntarle cuando me doy cuenta de que no hay ningún ademán de que me deje salir de mis aposentos.
―Oh, no… más bien eres mi alumno.
―¿Tú qué…?
―No puedo dejarte libre por la corte sin antes asegurarme de que tu salvajismo no te pondrá en peligro―se mueve con agilidad para traer la vajilla propia de su hogar―. Empezaremos por el uso de los cubiertos,
las formas de saludar y las reglas de ser un ilota .
―Eso ya me lo explicó el chófer―admito―. Soy tu esclavo y no tengo permitido hablar con nadie salvo que seas tú. Por eso tengo que llevar esa mordaza, que además me impide cantar. ¿Me sacarás con el resto de tus ilotas ?
―¿Qué? ¿Acaso tengo más? ―se jacta respondiendo indirectamente mi pregunta―.
Pues ya me los presentarás porque no los conozco―mi rostro se retuerce en ignorancia, por lo que él añade―.
Quiero decir, hace años que no tengo ilotas ―me quedo callado sin entender del todo lo que me está explicando.
Él se limita a continuar―. No tienes permitido hablar con nadie más porque se interpretaría como un desacato a tu amo…
―Tú...
―Lo siento, es lo único que se me ocurrió para que nadie más te pusiera en peligro―sus palabras se clavan en mi pecho como una lanza de hueso de ballena. Estevian se está esforzando por ponerme a salvo, aunque sea de esta manera tengo que aceptarlo, al menos hasta que pueda contarle la verdad.
―Gracias,… supongo.
―Venga, no tenemos toda la noche―su actitud adquiere una tonalidad más tajante y severa, como si cualquier tipo de muestra de afecto por mi parte le fuera inadmisible―. Empecemos por la primera lección.
―Buena suerte―pongo los ojos en blanco, nunca he sido un buen estudiante, de haberlo sido seguramente no estaría aquí.
―La cuchara se utiliza para comer caldos y platos conformados por
pequeños elementos―empieza ignorándome por completo―. El tenedor ancla la carne al plato mientras el cuchillo corta para crear raciones más pequeñas.
Después continúa explicándome el funcionamiento de los platos.
El hondo para caldos y el llano para carnes y pescados.
En Tierra firme la fruta se come sin cáscara, pelarla es una práctica muy cercana a la guerra.
Hay diferentes tipos de ropa en referencia al evento que se va a celebrar, la temperatura del ambiente y el momento de la noche.
Empiezo a pensar que la vida en alta mar es mucho más fácil, allí hay tantos peligros que la desnudez es nuestra arma más salvaje.
Afirma que me enseñará a montar en caballo, aunque eso es algo a lo que pienso resistirme.
Una cosa es pisar Tierra firme y otra muy diferente es separar los pies del suelo.
Estevian se mantiene serio, como si todo su esfuerzo estuviera puesto en que comprendiera cada una de sus enseñanzas.
No se detiene a preguntarme si lo estoy entendiendo, simplemente sigue, explica y cambia de tema.
Llega el momento en el que tengo tantas preguntas que es imposible controlar el movimiento de mis labios:
―¿Por qué coméis si vuestro alimento es la sangre?
¿De dónde sacáis el plasma? ¿Tenéis animales?
¿Cómo hacéis para no comeros entre vosotros?
¿Qué son las adastas y porque son las únicas encinta?
¿Me podrías traer pescado fresco? Me muero de hambre.
¿Puedo disponer de la bañera siempre que quiera?
Necesitaría algo más amplio para estirar mi aleta, nunca he estado tanto tiempo sin nadar…
¿Qué me dices de las mancias? Kathleen dice que lo mío es nolmancia ¿Tu controlas alguna?
¿Veremos a la bruja alguna vez? ¿Hay brujas en la corte?
¿Cuántos reinos tiene el Continente de la Banshee?
―Para, para, para…―sus dedos se posan sobre mis labios y el rubor cubre mis mejillas.
Nos quedamos en silencio mirándonos bajo la atenta mirada de los dos candelabros que iluminan la estancia.
Estevian tiembla durante un momento, está nervioso, lo puedo percibir en el latido agitado de su corazón.
Lo hago sin querer, abro la boca y utilizo mi lengua para rozar la comisura de su piel.
Él sonríe, lo hace durante un instante, luego vuelve a adquirir ese semblante serio y distante.
―Cada cosa a su tiempo―aparta su mano rápidamente de mis labios. Después se limpia con la seda de su pantalón. Un gesto elegante que no guarda ningún ápice de asco―. Deberías descansar. Intentaré traerte pescado fresco mañana. Seguiremos con todo esto más tarde.
―Está bien…
Se mueve rápidamente, saca la llave plateada de su bolsillo y se dispone a dejarme solo.
Antes de que desaparezca al otro lado de la puerta sus ojos se dirigen a mí con cierta preocupación.
Están vidriosos, pero no por el poder inmortal que recorre sus venas, si no por la pena.
Estevian oculta algo en su corazón, un secreto al que no podré acceder hasta dentro de siete días.
―Y enjabónate, por favor, hueles a pescado.