Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 9
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El carruaje se zarandea ante los adoquines más descuidados de la ciudad, en cuestión de minutos estamos alejándonos de los barrios pobres de Plaguen y nos encaminamos por las zonas más privilegiadas.

Lo sé por la vestimenta de los caídos que caminan de un lado a otro, por las joyas brillantes en sus cuellos y muñecas y por la manera que tienen de hablar.

Si en el Lluvia de Polen todo eran susurros y lujuria, aquí las palabras parecen guardar secretos capaces de rajar cualquier cuello.

En la sociedad nocturna de Valhía hay un baile constante donde las lenguas son más afiladas que las espadas.

Un lugar donde las mentiras se visten de gala y el poder se respeta con matices.

―No te lo puedo decir, necesito tiempo.

Chacal parpadea confundido, traga saliva y me vuelve a mirar intentando ver más allá de mis palabras.

Durante un instante puedo ver un ápice de color rojo en sus ojos oscuros, un fulgor casi imperceptible que desaparece sin previo aviso.

Lo que tengo claro es que a los caídos les delata la mirada carmesí cuando utilizan sus poderes, lo que significa que Chacal ha intentado hacerme algo antes de arrepentirse.

Mis manos se cierran en puño, mis pies se recogen, un escalofrío recorre mi columna vertebral.

El temor a que mi aliado se torne mi enemigo me incita a saltar del carruaje y huir.

Y diría que estoy a punto de hacerlo, pero el aurane se sacude y me recuerda que debo permanecer en Plaguen.

Mi única salvaguarda es permanecer cerca de él.

―Está bien―sus manos se posan sobre las mías y sus ojos, de una noche profunda y acogedora, se pierden en mi azul en calma.

Su tacto es frío, como la caricia del invierno en los mares del norte de Valhía.

Las sirenas y tritones podemos soportar bajas temperaturas.

En mar salada nuestras escamas son lo suficientemente resistentes como para hacerlo.

Pero, a diferencia de mis hermanos y hermanas, yo no soporto el frío, lo odio.

Por eso adoro vivir en Laneth, en sus aguas tropicales con el sol abrazando las rocas que sobresalen a la superficie.

Hay algo en él que me resulta extrañamente familiar, como si hubiera tocado una piel tan fría como la suya.

La sensación es extraña, confusa y aterradora al mismo tiempo.

Me quedo mirando sus manos como si pudiera percibir algún atisbo de magia en el aire.

Quizá eso era lo que pretendía hacer utilizando su fulgor carmesí.

No lo sé, pero por más que me esfuerzo en encontrarle una explicación la cabeza me empieza a doler.

―Te doy una semana para confiar en mí―comenta Chacal de una manera seria y tajante―. Siete días. Si no, no podré protegerte más.

Me quedo callado mientras el remordimiento a no decir la verdad se apodera de mí.

La parte central de Plaguen se va quedando atrás, con sus grandes edificaciones, su torre del reloj y sus fuentes de piedra.

Hay vegetación, una basta capa de colores variados.

No entiendo cómo se mantiene la vida aquí, no hay sol que alimente las flores.

Los adoquines se tornan caminos escarpados en mitad de un precipicio con vistas directas a un pantano infinito de árboles y montañas.

―¿Por qué me proteges?―me atrevo a preguntar mientras el camino se inclina de tal manera que mi espalda se ve obligada a quedarse fija en el respaldo de terciopelo granate con aves bordadas en él―. ¿Qué te impide clavarme tus colmillos en mi cuello y desangrarme?

―No me gusta el pescado… de hecho lo detesto.

El carruaje da un brinco y el caído cae sobre mí.

Es lo suficientemente rápido como para utilizar su brazo para apoyarse en la madera y frenar a escasos centímetros de mi cara.

Puedo sentir su aliento cerca del mío, su mirada penetrando los límites de mi propia piel.

Es como si supiera lo que se esconde debajo de mis escamas, al otro lado de todo lo que Rysantha me ha regalado por ser su hijo, hijo del océano.

De pronto ya no huele a muerte, no tiene un perfume que evoca a la podredumbre de las criaturas que caminan bajo la noche eterna.

No, es otra cosa, diferente, acogedor, cercano…

incluso familiar. Me mira a los labios, lo hace durante largos minutos, como si estuviera esperando que dijese algo.

Me quedo allí sin hacer nada, la inclinación del camino me impide hacer nada más que respirar de manera agitada.

La barba que perfila su rostro me hipnotiza, una suave manta negra que contrarresta con el pálido de su piel.

Cada filamento oscuro es como un alga que aguarda el cántico mudo de la marea para iniciar su baile.

Sin quererlo me encuentro explorando el kelp que brota de su piel y me encuentro con una pequeña hendidura en el centro de su barbilla.

Un detalle reservado solo para mí, como si pudiera ser la única persona con el privilegio de estar lo suficientemente cerca como para contemplarlo.

Todo se detiene en un instante, no hay perturbaciones en el aurane , es como si estar cerca de Chacal le tranquilizase.

No hay ardores, sacudidas o advertencias.

De alguna manera me dice que este es su lugar, su hogar, mi destino.

El caído aspira por la nariz con fuerza, lo hace repetidas veces, me huele.

―Puagh, voy a vomitar…―se queja y al instante se vuelve a sentar.

―Como si tú olieras a algo más que a león marino en época de apareamiento―le respondo sin ningún tipo de educación.

―Estamos llegando, mi señor―nos interrumpe el chofer que guía los

caballos―. Debería cambiarse antes de que alguien le vea.

―Hazle caso a Ulfred, nos veremos mañana.

Y se marcha, lo hace de la misma manera que lo hicieron los caídos en la casa de Kathleen.

Una acción que se me antoja costumbre. Me apresuro a asomarme a la ventana cuando Chacal se precipita a la profundidad del barranco.

Justo cuando parece que va a impactar contra el vacío, su imagen desaparece como una brisa de viento.

Tal y como ha dicho mi nuevo aliado, el carruaje se detiene a los pocos minutos.

La vista cambia radicalmente, no estamos en mitad del murmullo de las calles, con sus edificios infinitos y sus calles repletas de sangre y lujuria.

No, esto es muy diferente, esta es la verdadera grandeza del pueblo nocturno de Valhía.

―Sígueme, te mostraré tus aposentos―habla el tal Ulfred una vez detiene el carruaje, abre la puerta y me extiende su mano para ayudarme salir.―. Tranquilo, vas a estar bien.

Frente a mí se alza un titán de ladrillo y piedra.

Hay más ventanas de las que puedo contar, con grandes tejados terminados en afiladas puntas.

Balcones con cortinas que se sacuden ante la brisa de la noche, siluetas que van de un lado a otro bajo la tenue luz que se proyecta desde el interior.

Hay soldados situados en la muralla externa, en las puertas de acceso al edificio y en algunos puntos del jardín eterno que lo rodea.

Si no hubiera leído sobre esto diría que estoy frente a un templo, un salón de guerra o el punto de encuentro entre los líderes de los caídos.

No iría desencaminado, pues el castillo de Plaguen es todo eso y mucho más.

―¿Qué significa esto?―pregunto bajo la mordaza que ahora ocultan mis labios.

―No hables, los ilotas no pueden hablar sin su amo cerca―me explica Ulfred mientras camina con total libertad a través de la ruta de piedra que nos conduce hasta la puerta.

En ningún momento me mira, pero tampoco se detiene a hablar con los guardias que protegen este lugar.

A los pocos segundos añade―. Limítate a llegar a tu habitación y lo peor habrá pasado.

Entonces mantengo el silencio, sea lo que sea el plan que Chacal guarda para mí, ignorar los consejos del chófer me pone altamente en peligro.

Así es como acabamos recorriendo pasillos infinitos a través de los cuales van y vienen caídos ataviados con las mismas vestimentas.

Los que no van con armaduras llevan conjuntos de tela gris cargados con diferentes objetos cuya utilidad solo puedo intuir.

Es imposible no distinguir el aroma de la muerte, aunque tengo que admitir que en algunos individuos es algo sutil, algo que me extraña y que espero poder comprender más adelante.

Subimos por unas escaleras lo suficientemente numerosas como para recordarme que llevo demasiado en Tierra firme, con piernas.

Me esfuerzo por no cojear, lo hago frente a las primeras veinte estancias, pero después me resulta imposible.

Tengo que evitar quejarme, por lo que acabo respirando con fuerza.

Ulfred debe de notarlo porque acaba por reducir el ritmo.

En algún punto del castillo hay música, y aunque cada vez nos alejamos más, es imposible no detectarla, no cuando el sentido de todos los que estamos allí es lo suficientemente agudo como para escuchar murmullos al otro lado de las paredes.

Hay muchísima gente, más de la que podría haber imaginado nunca.

Aunque no todos saben luchar, no me hace falta haber estudiado demasiado como para percatarme de las aptitudes de aquellos que van cargados con mantas o copas.

Si los habitantes del mar atacaran la Corte de la Noche saldríamos victoriosos.

Pero los reyes caídos han sido inteligentes, su hogar se sitúa lejos del mar.

Ni siquiera hay un río cerca, lo puedo sentir en mis propios huesos, nada clama mi nombre.

Mi única vía de escape en Plaguen carece de acceso desde este lugar.

―Mañana vendrá a buscarte, no intentes salir hasta ese momento―me advierte, y por primera vez me mira.

Ulfred es tan rubio como el pez cirujano.

Con ese cabello brillante no duraría ni un segundo en mar abierto.

Sus manos sostienen una llave de plata con un cristal verde engastado―.

No podrás hacerlo hasta que él te abra. Recuerda que ahora eres un ilota , le perteneces desde la cabeza hasta los pies.

Nadie más puede tocarte, nadie más puede estar a solas contigo.

Podrás quitarte la mordaza dentro, pero si otra persona, que no sea tu amo, te ve sin ella, podrían ejecutarte por ello.

Estoy a punto de hablar cuando Ulfred se aclara la garganta y me recuerda que no puedo hacerlo.

Al final acabo cruzando la puerta y él mueve los cerrojos para cerrarla a mis espaldas.

De nuevo prisionero bajo la noche eterna, aunque esta vez fuera del agua.

Lo primero que hago al quedarme solo es quitarme la tela que oculta mi boca, me pican las orejas y me molesta su tacto.

Las runas que se anidan en su interior, las que recogen mi aliento cuando respiro, fulguran unos instantes antes de volverse completamente invisibles.

―Así que esto es lo que impide que utilice la Voz Azur…

El lujo y el glamur se despliegan frente a mí sin límite alguno.

Lo que más me llama la atención es una mesa dispuesta con varias botellas de vidrio cuya etiqueta, con tribales rojos, delatan su contenido.

Frutas de todos los colores me dan la bienvenida, incluso puedo percibir carne recién asada. Nada de lo que huelo me es apetecible.

Hay una cama cuyas medidas prácticamente me triplican.

Varias cortinas cuelgan de ella intentando ocultar, sin éxito, su interior.

Mantas negras con bordados en rojo, almohadas y sábanas a juego.

Hay un banco situado al pie del catre, dos grandes candelabros de araña en el techo y varios accesos a estancias que se ocultan dentro de esta.

A la izquierda un vestidor gobernado por un espejo situado en la parte más céntrica.

Estanterías y perchas llenas de ropas que apenas puedo distinguir.

Camisas, chaquetas, pantalones, botas y otros calzados.

Por no hablar de las prendas que no conozco.

A la derecha de la sala principal, un aseo con una bañera de mármol y un montón de toallas.

Jabones con aromas más delicados que los que Chacal frotó en mis escamas durante mi estancia en el Lluvia de Polen .

―¿Esto es lo que significa ser un ilota ?

―pronuncio acercándome al único cristal que me separa del exterior.

Un ventanal a cuya balconada no tengo permiso, está completamente cerrada.

Aún así puedo ver los jardines traseros del castillo, al fondo montañas oscuras que muerden el horizonte.

Es de día, al menos lo que esa palabra significa bajo el tedioso abrazo de la noche, por eso puedo discernir algunos detalles.

Dos figuras encapuchadas, bajo una capa de color granate, me miran desde una construcción formada por columnas de piedra y tejado circular.

Varias rutas de piedra emergen de una zona repleta de rosales.

Justo cuando parece que voy a ser relevante, la mujer, cuyos rasgos se me antojan afilados, le agarra la cara al hombre y empieza a besarle.

De nuevo vuelvo a ser ignorado, insignificante ante la sociedad que camina en la noche eterna.

Me alejo de la ventana, aparto las cortinas y me dejo caer sobre la cama.

Las piernas me pesan lo suficiente como para quedarme relajado y conciliar el sueño.

Estoy cansado y aun cuando cierro los ojos las imágenes de Chacal, situado sobre mí en el carruaje, me azotan.

De pronto extraño su aroma, su mirada y la caricia de su aliento.

Hay algo que me mantiene unido a él, algo que va más allá de la rivalidad entre nuestras razas.

Hay algo que me obliga a quedarme a su lado, seguir sus consejos y protegerle.

El recuerdo del tacto de sus dedos intenta atravesar los límites de mis pensamientos. Es entonces cuando mi respiración se agita de tal manera que me arde el pecho, la cabeza me duele tanto que creo que va a explotar y el sabor de mi saliva se torna metálica.

―¡Basta!―grito al incorporarme de golpe.

El aurane se sacude, se irrita y me quema.

Me apresuro a llegar a la mesa, actúo como un animal salvaje, hambriento y desorientado.

Me llevo a la boca un puñado de uvas, las escupo cuando no es eso lo que me sacia.

Hago lo mismo con el pollo asado o la ensalada de hortalizas.

Al final me veo abriendo una de las botellas de cristal y bebiendo de ella.

La sangre se desliza por mis labios mientras su sabor se intensifica en mi garganta.

Esta no sabe a metal, más bien es dulce.

Me descubro a mí mismo convertido en una criatura que no figura en las rocas submarinas.

Por primera vez en mi vida tengo claro que necesito el plasma que beben los caídos para seguir con vida.