Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 8 #2
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El suelo desciende a modo de peldaños hasta una pequeña charca de agua dulce.

El humo mana de ella haciendo de la estancia un lugar nublado e íntimo.

Chacal se quita la ropa en un abrir y cerrar de ojos, acto seguido se mete en el agua.

Veo dos esponjas en sus manos, dos objetos que distan mucho de la fauna marina que yo conozco, es como si los terrestres se hubieran esforzado para imitar los lujos de alta mar.

―¿A qué esperas? Ya has oído a Kathleen, no tenemos mucho tiempo.

―¿Qué? ¿Qué hago?

―Desnúdate―me ordena―. Ven aquí y déjame que te quite ese olor que te delata.

Sin otra opción empiezo a quitarme la chaqueta, los zapatos y los cal_ cetines. Los botones de la camisa se me complican por lo que acabo por desabrocharme el pantalón y quitarme la ropa interior.

―Déjame a mí, anda―su voz dista mucho del tono que ha utilizado

minutos antes. Sus dedos, fríos como el hielo, me desabrochan la camisa mientras que sus ojos se clavan en los míos.

Chacal no es más alto que yo, tenemos una estatura lo suficientemente similar como para mirarnos sin necesidad de mover el mentón.

Su corazón se agita de nuevo, no sé si está nervioso o le cuesta verme como a un aliado.

Permanecemos así durante varios segundos, mirándonos sin más mientras nuestras respiraciones chocan la una contra la otra.

En ningún momento se quita la joya de la cara, como si no tuviera permitido

que nadie viera cómo es en realidad.

―Si toco el agua volveré a transformarme―le advierto al final. Él sacude la cabeza, me agarra de la muñeca y me arrastra hasta el interior de la terma.

―No es el olor a pescado lo que te delata, es la salina que tienes pegada en la piel. Es horrible.

―¿Has olido alguna vez a una presa después de dos días en la intemperie?―improviso sobre la marcha mientras mis piernas se recubren de brillantes escamas azules―. Ese olor lo tienes pegado a cada poro de tu piel ¿También se va a quitar con eso? ―señalo las esponjas con jabón.

Chacal no me responde, se limita a acercar la esponja y rasparla contra mi piel.

Empieza por el torso, no aparta la mirada de mis ojos en ningún momento, no quiere bajar la guardia, menos aun cuando estoy transformado en mi forma más inofensiva.

Después continúa por la espalda e incluso acaba por lavarme el cabello.

―Déjame la aleta―me ordena de una manera tan brusca que casi estoy a punto de negarme. Después se corrige a sí mismo y añade―. Por favor.

Lo hago, entiendo que todo lo que hace es para protegerme, para evitar

que los de la Orden me encuentren. Sé lo que es seguir un rastro, lo he hecho durante las batidas de Laneth.

Hemos cazado grandes bancos de peces, sepias invisibles o tortugas rojas.

Sé lo que tiene que ser perseguir el perfume de la sal y la sangre, el aroma de sangre salada.

Ahora estaré a salvo, al menos por el momento.

Chacal raspa mis escamas con fuerza, se está esforzando tanto que pue_

do percibir el cansancio en su mirada. Después utiliza la otra esponja para asearse a sí mismo, se zambulle en el agua y se quita todos los restos de jabón.

―Hay que terminar―pronuncia con sequedad a tiempo de salir de la terma.

Entonces me doy cuenta de su figura, no me había fijado antes, pero puedo afirmar que es uno de los caídos más atractivos que he visto.

No sé si es por su desnudez o por sus aires de grandeza, pero consigue despertar en mí ciertos instintos primitivos.

Ni Péstegos, ni ninguno de los caídos que vi en esa fiesta le hacen justicia.

Su silueta es tan blanca como la nieve, sus nalgas evocan el movimiento de las medusas del norte.

Su torso está trabajado, sin duda Chacal se ha entrenado en el arte del combate.

Hay músculos que desconozco, por no hablar de los pectorales que secan su toalla, con una suave capa de bello que le otorga el liderazgo de un macho alfa.

No sé qué es esta sensación, pero me he quedado hipnotizado, si él es una reptadora emperatriz acabo de caer bajo su embrujo.

Sin duda esas serpientes mágicas son enemigas a tener en cuenta ya sea en tierra o en mar.

―¿Qué estás haciendo?―dice con la toalla atada en su cintura para ocultar su virilidad―. Sal o no te secarás nunca.

Me deslizo fuera del agua y él me tira la toalla para que empiece a secarme. Se viste y acaba ayudándome con su propia toalla. Kathleen da un par de golpes a la puerta cuando mis piernas asoman en lugar de mi aleta. Me visto, no sin su ayuda, y acabamos reagrupándonos con la caída.

―¿Por qué habéis tardado tanto?―se extraña ella mientras me coloco la mordaza para no llamar la atención―. ¿Os habéis estado matando ahí adentro?

―No pero casi―le respondo yo antes de que Chacal pueda decirle nada.

Kathleen sonríe viendo como he logrado un imposible, he conseguido que su amigo no tenga la última palabra.

Cuando pienso que vamos a regresar al dormitorio, la caída nos acaba conduciendo hasta la salida donde nos espera una carroza negra tirada por dos corceles blancos y un hombre en las riendas de ambos.

―Te llevará a casa, tened cuidado―ella abraza a Chacal forzando una despedida inesperada. Él le besa en la frente y se sube al vehículo―. Despistaré a la Orden para que podáis llegar a tiempo.

―Ten cuidado, anda.

―Cuida de él―me susurra al oído cuando me dedica, también, un abrazo―. Es un cabezota y un poco gruñón, pero tiene buen corazón. Mientras no traiciones su confianza estarás a salvo.

―Gracias por todo Kathleen.

―Espero que encuentres lo que estás buscando en Plaguen, Cirigh―consigue pronunciar con claridad―. Cuando nos volvamos a ver estarás más civilizado, seguro.

―Que la noche sea eterna, Kath.

―Y que la luz no te pille desprevenido, Chacal.

Ellos se despiden a tiempo de que yo me siente, por primera vez en mi vida, en un carruaje de verdad. Esta vez no soy el preso que va camino de algún lugar, si no el privilegiado que disfruta de la comodidad de unos asientos de terciopelo iluminados por el calor de un candil.

―A partir de ahora solo hablarás cuando estemos solos―me advierte él sin previo aviso―. Esto es por tu seguridad, en la sociedad nocturna hay normas que se deben cumplir si no se quiere acabar muerto. Somos

inmortales siempre y cuando se respeten las reglas.

―Está bien, solo me dirigiré a ti cuando estemos a solas―asiento con el temor recorriendo mi piel.

―No importa quién te hable, solo le podrás responder si yo te lo indico―sus palabras son tranquilas, intenta explicármelo todo con lentitud, como si mi capacidad de aprendizaje fuera prácticamente nula―. De cara al resto actuarás como mi ilota .

―¿Tú qué?―pregunto reconociendo esa palabra del enfrentamiento contra Loba.

―Mi esclavo, mi sirviente, mi confidente, mi concubino…

de cara al resto serás todo eso, por ello no debes desafiarme delante de los demás―intento comprender lo que me intenta explicar, pero mi orgullo es tan fuerte que tengo que apretar la mandíbula para resignarme a sus indicaciones.

No hace falta haber vivido en Tierra firme para entender el significado de esas palabras―.

Solo de cara al resto, cuando estemos solos eres libre de actuar como desees.

Yo cuidaré de ti, te proveeré agua y alimento.

Pero a cambio tendrás que hacerme dos favores.

―¿Qué favores?

―El primero es que cuides de mí, Kathleen me ha dicho que eres más poderoso de lo que aparentas. En el mundo de los vampiros hay más colmillos que buscan matar antes que saciar su sed.

―Nos cuidaremos mutuamente…―repito entre dientes, no tengo ninguna intención de quedarme más de la cuenta―. ¿Y el segundo favor?

―Tendrás que responderme a una pregunta.

―Sorpréndeme…

―¿Por qué no huiste cuando pudiste?