Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 8
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―Túmbate aquí―me ordena Kathleen cuando cruzamos la puerta cuya llave cuelga de su cuello a modo de colgante―. Llevas cojeando desde hace un buen rato, esas piernas te deben de estar matando.

―Necesito agua―pronuncio y ella no pierde el tiempo en acercarse a una jarra de cristal y servirme una copa. En el momento en el que me la acerca la bebo con tanta intensidad que tiene que repetir el proceso hasta que se percata de que me encuentro mejor.

El agua es mi elemento y aunque mi aurane porte algo que no me pertenece, algo que me hace querer beber el mismo plasma del que los caídos se alimentan, no puedo rehuir mi verdadera naturaleza.

Necesito agua, no necesariamente bañarme en ella o revelar mi forma verdadera.

Es como si necesitara el agua recorriendo mi cuerpo para activar cada una de las células que se mantienen quietas durante mi tiempo en tierra.

―Podías haberme dicho que sabías utilizar nolmancia, eso hubiera facilitado nuestra estrategia de combate contra Loba―habla Kath mientras se extrae las espinas que le clavé durante nuestra huida.

Tal y como dijo, en el momento en el que se las quita su sangre sale disparada por los aires―.

Tonta de mí por no intuir que las sirenas dominaban la magia del agua.

―¿Nolmancia?―pregunto inocente―. Mancia…

―¿Cómo lo llamáis ahí abajo?

― Clamamareas ―respondo en el momento en el que ella coge una botella y bebe de golpe. Justo cuando le quita el tapón puedo oler el perfume de la sangre y la muerte. Es plasma, su alimento, la misma sustancia que hace que sus heridas se estén regenerando.

―Eso suena mejor que nuestra terminología: mantes―sonríe ella, de nuevo con esos dientes tan blancos como las perlas más brillantes. Después se sacude el cabello y me pregunta―. ¿Cómo te llamas?

―¿Quién, yo?

―Tú sabes mi nombre, es justo que yo sepa el tuyo.

―Cirigh, pronunciado con la suavidad de la brisa marina y con la fuerza del romper de las olas contra un acantilado.

―Cirit… Cirigi… Cilija… ¡Qué difícil! ―se queja ella―. Pero no te preocupes, acabaré aprendiéndomelo.

Permanecemos allí durante una hora, quizá dos.

Kathleen se acaba bebiendo la botella entera de sangre, admite que ha utilizado mucha magia y que necesita recomponerse.

Justo cuando está a punto de contarme más de la sociedad nocturna de Valhía, la puerta de la habitación resuena y yo acabo poniéndome en posición de defensa.

―Tranquilo, pececillo―comenta ella a tiempo de recibir a una chica con extrañas decoraciones en sus pechos.

―Belladona te espera, Kathleen―le dice ella y después se marcha.

―Quédate aquí ¿Vale?―ella se mira al espejo y se retoca el peinado―. Haré lo que pueda. No creo que me dejen estar aquí por mucho tiempo, no si no recupero mi vieja gloria. Pero yo paso, esa vida ya no forma parte de mi pasado.

―Está bien…―respondo sin poder hacer otra cosa.

La caída se marcha cerrando la puerta a sus espaldas.

Acabo tumbándome de nuevo en la cama y disfruto de la comodidad de Tierra firme.

El colchón es como dormir sobre un millón de medusas, las almohadas son esponjas que bailan a mi merced y las sábanas no dejan de recordarme a la caricia constantes de las mantas rayas.

Si la vida de los caídos es así, empiezo a pensar que puede que no sea tan mala.

Sin darme cuenta he cerrado los ojos y he perdido la constancia del tiempo.

Creo que me estoy empezando a acostumbrar al perfume de Plaguen, ese aroma embriagador a sangre y lujuria.

Siento que, de alguna manera, en el Lluvia de Polen es mucho más fuerte, sobre todo el de la lujuria.

En Laneth no hay un lugar donde las sirenas y los tritones van a aparearse, más bien, no lo hacemos si no es la luna rosa, el ritual de emparejamiento que se da una vez al año.

Esa es otra de las pecu_ liaridades de la sociedad submarina de Valhía, estamos fuertemente vinculados a las fases de la luna, como lo hacen las mareas en alta mar.

Las cuatro formas básicas son algo que no nos llega a afectar demasiado, incluso con la luna llena nuestro estado es natural y cotidiano.

Pero las cosas cambian con la luna rosa y la luna azul, se dice que con la segunda nos volvemos rabiosos, aunque nunca lo he experimentado ya que su

influjo no llega a la oscuridad del mar.

―¿No has intentado escaparte?―escucho cuando mi mirada empieza a atisbar formas en la habitación. El rojo fuego no puede ser otra que Kathleen, pero junto a ella hay un hombre, uno cuyo rostro resplandece en luz plateada.

―Agua…―pronuncio con la garganta seca, pero la caída ya tiene una copa preparada para mí. No pierde el tiempo en acercarse y darme de beber como lo hace un sanador a sus enfermos.

Chacal está ahí, sus labios forman una fina línea que convierte su rostro en el semblante de la estatua de un soldado.

Su mandíbula se aprieta con fuerza al verme, su barba recortada, su mirada oscura y su flequillo de punta.

Un escalofrío recorre mi cuerpo sin previo aviso, lo llevaba esperando durante tantos días que no esperaba encontrármelo así.

Necesito darle las gracias, agradecer el que me haya protegido, o al menos haberle encargado a Kathleen que lo hiciera por él.

―Hay que lavarte antes de sacarte de aquí―comenta asqueado―. Hueles a pescado.

―Y tú a muerto―sale despedido desde mis labios, algo que le pilla completamente desprevenido.

―Qué perspicaz―ironiza y después me da la espalda para dirigirse a su amiga―. ¿Hay algún lugar en este antro donde no haya gente fornicando?

―En el Lluvia de Polen solo hay una manera de encontrar los baños libres―comenta la caída de manera sarcástica―. Creo que podré conseguiros algo de tiempo.

―¿Y cuál es?―pronuncio con una ignorancia torpe y salvaje.

―Tú solo espera.

Cuando Kathleen se marcha el caído y yo nos quedamos completamente solos.

Nos miramos como se miran dos enemigos que están estudiándose el uno al otro.

Sus ojos oscuros se resignan a brillar rojos, no hay rastro de magia alguna, solo de la joya de plata que decora su rostro.

Entonces me doy cuenta de que su aroma no es tan pestilente como el de los otros caídos, más bien es como un perfume que se me hace familiar.

Quizá estar en Plaguen me está causando estragos, eso o

es el ser que dormita en mi aurane .

No sé cuánto tiempo permanecemos así, mirándonos en silencio, pero mi sensación no es otra que la de sentirme seguro. Sé que junto a Chacal nadie podrá hacerme daño, se ha arriesgado por mí y eso es algo que no voy a olvidar nunca.

―¿Por qué te has quedado?―me pregunta con un tono frío de desafío.

Aunque, por mucho que sienta que somos enemigos inmortales, sus ojos me hablan de otra manera.

Si tuviera el poder de leer las miradas diría que hay cierto afecto en él, como si fuera su tesoro más valioso. Un detalle que me da terror.

―¿Por qué me estás ayudando? ¿Qué quieres de mí? ―le reto sin guardarme nada dentro―. No tengo garras, ni dientes. Has podido matarme en cualquier momento. Puedes matarme ahora si lo deseas.

Se calla, sus labios no pretenden decir nada mientras su pecho se hincha orgulloso.

Puedo escuchar su respiración agitada. En un mundo donde hay razas con los sentidos agudizados cualquier detalle es crucial para detectar las intenciones de nuestros enemigos.

Por eso soy tan observador y me detengo a analizarlo todo.

No seré un buen guerrero, pero sé cuándo alguien está a punto de abalanzarse sobre mí y Chacal no lo ha pensado en ningún momento.

―Tienes tu canto―añade al final y sus palabras me ofenden―. No estás tan indefenso.

―¿Me proteges por mi Voz Azur? ¿Vas a utilizarme como un arma?

―Se me ocurren mil formas para utilizarte dejando a un lado el simple hecho de que puedes sentenciar a una ciudad entera con tu canción―por un momento sus palabras suenan llenas de preocupación.

Luego eso se esfuma y adquiere de nuevo ese tono desafiante y soberbio―.

Aún estoy decidiendo donde me vas a venir mejor.

Tengo una pecera enorme en casa, quizá puedas sustituir a esas langostas estúpidas que solo saben separar sus ojos como las agujas de un reloj. ¿Sabes hacer trucos en el agua?

―Atrévete a encerrarme de nuevo y te destrozaré los tímpanos.

―Vaya, parece que ahora estamos hablando el mismo idioma. ¿Qué

más quieres hacerme?

Estoy a punto de responderle de la manera más retorcida cuando Kathleen entra de nuevo en la habitación y nos pide que la sigamos. Nadie se fija en nosotros cuando la caída nos conduce a través de unos pasillos cuyas paredes están cubiertas por papel rojo con motivos florales.

―No le mires a los ojos―me advierte Chacal a tiempo de que una pareja de caídos pase desapercibida junto a nosotros. Automáticamente clavo mis ojos en el suelo, no quiero tener problemas, no ahora.

Giramos hacia la derecha y nos adentramos en una estancia llena de individuos cubiertos por toallas de algodón granate.

No dejo de mirar la alfombra roja que guía nuestros pasos.

Puedo escuchar el rozar de sus bocas y la lucha de sus lenguas, si no hubiera leído sobre la reproducción en Tierra firme no sabría que eso es el principio de un apareamiento.

No puedo dejar de compararlo con la vida en el mar, donde todo es más sencillo, más directo, más práctico.

No nos apareamos por diversión, si no por supervivencia.

¿Para qué si no íbamos a reducir nuestras defensas al mínimo?

―Tenéis media hora, es lo máximo que os he podido conseguir.

―Gracias, Kath―le responde él a tiempo de que la bruja se quede atrás y cierre las puertas de una habitación que no sabía que podía existir.