Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 7
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―¿Cuántos hay como tu mezclados entre nosotros?―pregunta la caída mientras prepara un bolso con frascos llenos de sustancias de colores. En el fondo sus palabras me ofenden y me hacen sentir que le está faltando el respeto a mis antepasados.

―No creo que mis iguales se hayan escondido alguna vez en estas tierras llenas de podredumbre y muerte―me defiendo atacando.

―¿Cómo? ¿Crees que la vegetación que nace bajo la noche está podrida? Estás muy equivocado, pececillo.

―No me llames así, por favor―estoy nervioso, alterado por no saber hasta dónde me va a llevar la criatura que crece en mi vientre. Seguramente a la muerte―. ¿Dónde está Chacal? Han pasado más de tres días y no ha regresado.

―Por eso tenemos que marcharnos, a estas alturas los de la Orden de los Condenados sabrán que Chacal les ha engañado y vendrán a por ti―Kathleen ignora mis ataques y empaqueta todo lo que está a su alcance.

Después me pone una capa y la ata a mi cuello―.

Ponte la capucha, tenemos que largarnos antes de que sea demasiado tarde.

La caída saca una botella de uno de los armarios de la cocina, le quita el tapón y le da un trago largo e impetuoso.

Una gota de sangre se desliza por sus labios y se posa en su barbilla.

Es ahí cuando comprendo que está recargando el poder que ha utilizado en los tres intentos del ritual.

Verla así de nerviosa no hace otra cosa que alterarme a mí también.

Estoy en peligro de nuevo, me están buscando y no hay lugar en el que pueda estar seguro.

Quizá sea el momento de huir, tal y como ha dicho ella, los otros caídos no reconocerán mi verdadera naturaleza.

Mi don se ha convertido en mi propia maldición, el peso de un legado que no me pertenece.

Necesito a la anciana de mi tribu, sí, a la antigua reina de Laneth.

Necesito todo el poder de Rysantha para extirparme al embrión de sanguijuela que crece en mi interior, si no lo hago nunca podré salir de estas tierras.

Sigo a Kathleen como si fuera la última esperanza de mi supervivencia. Recorremos el pequeño pasillo entre la cocina y la salida a la calle principal. Abre la puerta y, antes de que podamos irnos, la puerta se cierra de golpe dando paso a la aparición de unas cadenas que nos impiden avanzar.

―¡Por el patio, rápido!―grita mi aliada con los ojos embriagados en terror.

Nos apresuramos a llegar a la piscina donde me han mantenido preso, o protegido.

Ella me señala el muro por el que Chacal una vez apareció y me agarra del brazo con la intención de propulsarse en el aire junto a mí.

Justo cuando estamos a punto de saltar por encima del agua, una figura aparece de la nada, me da una patada en el estómago y utiliza su magia para derribar a Kathleen.

De una manera o de otra acabamos tirados junto a las macetas del patio, doloridos y con la sensación de haber sido demasiado lentos.

―Vaya, vaya, vaya…―dice una voz femenina. Tengo las manos en mi vientre, no temo por la supervivencia del embrión, más bien, estoy lo suficientemente dolorido como para tener que concentrarme en recuperar el aliento―. ¿Dónde está el tritón, bruja?

Alzo la mirada y me encuentro con una mujer de gran belleza, una caída, en cuyo rostro resplandece una máscara con la forma de un lobo.

Viste un corsé ajustado que deja mostrar sus grandes dotes, un pantalón ajustado y unas botas de tacón.

Su cabello marrón se mantiene peinado en dos trenzas que mantienen cada pelo en su sitio, sin dar pie al caos.

Sus manos juguetean con un bastón de metal, un objeto que sin duda es su arma.

―Pensé que tardarías en llegar más, zorra―Kathleen se sacude la ropa sin adquirir una postura agresiva, algo que me extraña.

―Soy la Loba de la Orden, querida, la vampira más rápida de Plaguen―le corrige la otra con cierto retintín y soberbia en sus palabras.

Me llevo la mano a la boca, estoy a punto de quitarme la mordaza cuando mi aliada me detiene con suavidad.

No quiere que use la Voz Azur, no quiere que me exponga.

No, no es eso. Lo he visto en los entrenamientos de las guerreras de mi pueblo, la caída quiere que esta pelea solo se desenvuelva entre ellas dos, sin nadie más.

―Chacal se lo ha llevado, creo que lo va a disecar―la conversación

transcurre como el baile de las espadas, si las palabras tuvieran forma corpórea estarían volando de un lado a otro―. Me has pillado en mi momento favorito de la noche.

―Oh,… ¿Te has comprado un ilota ?―Loba me señala como si fuera tan insignificante como un insecto―.

¿Qué harás cuando te canses de él? ―me levanto sin saber qué hacer ni cómo actuar.

Estudio los movimientos de mi aliada, la cual está actuando como si esa conversación fuera algo completamente cotidiano―.

Necesito creerte, cariño. Déjame beber de ti.

―¿Así, sin preliminares?―me doy cuenta de que Kathleen está ganando tiempo, sus ojos no dejan de mirar la bolsa que se mantiene a escasos centímetros de nuestra enemiga―. Déjame desnudarme al menos ¿no?

―Venga, déjate de juegos―la caída con la máscara de plata extiende su mano y carga todo su peso en su bastón metálico―No quiero haceros daño. Beberé de ti y os dejaré hacer lo que sea que estabais haciendo.

―¿Recuerdas el verdadero objetivo de la Orden de los Conde_ nados?

―aunque la conversación se torne seria, Kath sigue ganando tiempo.

No sé a dónde pretende llegar, pero no puedo dudar de ella, no cuando está jugándose la vida por mí.

Yo, un completo desconocido, un tritón enemigo inmortal de su raza.

Si ella va a luchar por mí, yo tendré que hacer lo mismo―.

¿Recuerdas por qué el pueblo se reveló contra la estirpe de Dynevor?

―¿Vienes a darme lecciones de moralidad?

―Loba se sacude las trenzas y se coloca el corsé.

Sus pechos son realmente imponentes, no había visto unos así desde que visité el reino de Melyse, cuando aún era un niño.

Solo la reina Yasalana podría comparar sus atributos con esa caída, ninguna sirena más―.

Los Dynevor utilizaban su don para controlar el pueblo y privarles de toda intimidad.

No había secreto que la corte no lo supiera, nadie podía mover un dedo sin que los guardias reales estuvieran ahí para impedírselo.

Pero la Orden acabó con su dictadura y ahora luchamos por la promesa de una noche mejor―muevo mis dedos para percatarme de que ella no me está prestando especial interés.

El agua no está demasiado lejos y juego con una ventaja, mis ojos no brillan rojos cuando uso la magia de las clamamareas.

Algo que me diferencia de las caídas, cuyo fulgor les delata―.

Kathleen, no quiero matarte, eres una aliada valiosa para el Maestro.

Nadie controla las mancias como tú, no hay miembros tan aptos para la magia de nuestros antepasados. Lo sabes.

―Y por eso sé que no me harás nada, perderéis toda la ventaja en la batalla contra las estirpes.

―Oh, cariño―Loba acompaña sus palabras con un gemido―. Tengo órdenes expresas de beber tu sangre, si no me das el permiso tendré que forzarte.

―El hecho de que lleves una máscara no te hace más poderosa que yo.

―Te romperé el cuello antes de que puedas lanzarme un hechizo. Sé cómo funcionan las trece mancias, sé que necesitas canalizar el poder de Valhía para poder hacer uno de tus truquitos.

Kathleen está nerviosa, eso significa que nuestra oponente está en lo cierto, si no canaliza su magia no podrá salvarnos.

No sé cómo empiezo a hacerlo, pero de un momento a otro empiezo a percibir todo lo que contiene la piscina en la que he estado preso, más bien protegido.

Es como si mis dedos estuvieran tocando una melodía que desconozco, una partitura donde cada pentagrama define la forma de lo que hay ahí adentro.

Acaricio las notas del falso arrecife de coral, siento la pintura en el cemento y rozo la superficie afilada de las espinas que he dejado allí olvidadas.

―Lo siento―mi aliada me dedica una sonrisa mientras sus ojos lamentan el simple hecho de que apueste por su supervivencia por encima de la mía. No la culpo―. No puedo hacer nada.

La caída avanza hacia Loba mientras extiende su mano dejando su muñeca al descubierto.

No hace falta haberlo visto para entenderlo, la máscara de plata lo ha repetido en varias ocasiones.

El desconocimiento de mi especie acerca de las costumbres y talentos de Tierra firme realmente me abruma.

Jamás me hubiera imaginado que los caídos podían ver sus recuerdos con solo beber la sangre del otro.

Estoy en mitad de un pantano en donde moverme significa ser devorado por los cocodrilos que se mantienen ocultos allí.

No puedo permitir que me descubran, no ahora que, tanto Kathleen como Chacal, se han esforzado por ocultarme en medio de su propia sociedad.

No puedo caer a merced de la noche del Midna.

Tampoco puedo seguir huyendo, no volveré a ser el pez que huye del cazador.

Voy a ser un depredador, sin garras, sin dientes, sin aleta, voy a ser el mejor depredador de tierra que mis antepasados han visto.

Veo como los colmillos de Loba emergen de sus labios y se acercan lentamente hacia la muñeca de mi aliada.

Está a punto de atravesar su piel pálida, de cruzar su cutis de fría nieve eterna.

Extiendo mis manos y muevo los dedos manejando la burbuja repleta de espinas.

De repente vuelan montón de agujas y se clavan en las caídas.

No controlo la fuerza con la que lo hago, solo puedo ver como las dos salen despedidas por los aires, cada una hacia un lado.

―¡Mierda!―me apresuro a ayudar a mi aliada―. ¿Estás bien, Kathleen?

―Estoy perfecta―dice ella y de pronto sus ojos empiezan a brillar con tanta intensidad que da miedo.

Sus pies se elevan por encima del suelo mientras su cabello de anémona roja se sacude ante las corrientes de poder que la rodean.

Sus manos empiezan a concentrar magia de fuego mientras Loba se incorpora a tiempo de contemplar la escena.

Soy consciente de cómo los ojos, bajo la máscara de plata, se abren de par en par, está aterrada.

―¡Vas a matarme, zorra!―grita ella desesperada mientras dos esferas, del rojo más hipnotizante, salen disparadas desde las manos de la caída hasta su enemiga.

Loba grita mientras su cuerpo se rodea en llamas. Empieza a dar vueltas

en el suelo, a correr de un lado a otro y a lanzarse en la piscina. Se queda flotando boca abajo, muerta, mientras sus ropas manan una humareda que se pierde en la noche eterna.

―Déjame ayudarte…―estoy a punto de quitar las espinas de la espalda de mi aliada cuando ella me detiene.

―No, no lo hagas. No quiero dejar ningún rastro de sangre, no aquí―Kathleen me da la mano y me arrastra a través de los pasillos de la casa. Las cadenas ya no están cuando abre la puerta y salimos a las

calles de su ciudad.

Hay un corcel blanco atado en una columna de madera. La caída me

ayuda a subir mientras ella toma las riendas y nos aleja de allí.

Tengo que agarrarme de su fina cintura si no quiero caerme.

Los cascos del caballo resuenan sobre los adoquines de las calles de Plaguen.

Giramos hacia la derecha para pasar desapercibidos bajo el arco de un puente de piedra, recorremos una ruta que se va dibujando junto a las orillas del río.

―Disimula―murmulla a tiempo de bajar el ritmo del galope y ver cómo varias carrozas circulan por calles habilitadas para ello.

―¿Dónde vamos?

―Tengo una amiga que vive en los suburbios―explica la caída una vez

emprendemos el descenso por unas calles mucho más estrechas y descuidadas que las que he visto hasta el momento―. Ella te podrá ocultar hasta que Chacal regrese a por ti.

―¿Dónde está?―mis labios escupen palabras de preocupación―. Quiero decir, han pasado más de tres días y no ha regresado.

―No lo sé, y eso es lo que más me horroriza. No suele llegar tarde, nunca. Puede que se retrase una hora o dos, pero nunca días.

―¿Qué pasará conmigo?

―Belladona cuidará de ti, no corres ningún peligro mientras nadie te vea metido en el agua…―suspira, gira levemente su gesto y añade―. Ya me entiendes.

―Sí, nada de transformarme delante de los tuyos.

El caballo se detiene a las puertas de un edificio de ladrillo rojo y un gran balcón con vistas directas a la puerta de acceso.

Hay lonas de tela roja con rosas doradas bordadas en ellas.

Hay letras escritas en grandes letreros de madera, tengo que concentrarme para leer terrestre, hace mucho que no lo hago y eso se nota en la poca agilidad que tengo al hacerlo:

―Lluvia de Po…―lo intento una segunda vez, pero no lo consigo.

― Lluvia de Polen , es el nombre del club―me corrige Kath a tiempo

de evitar que me caiga de bruces contra el suelo―. Importante antes de

entrar: no mires a nadie directamente a los ojos, no te dejes tocar por nadie y sigue sin perderme de vista.

El suelo de este distrito está impregnado de barro, como si nadie se hu_ biera preocupado de colocar adoquines en esta parte de Plaguen.

No hay nadie en el exterior, incluso las casas presentan partes que me evocan a la ruina de una civilización olvidada.

Lo único que se mantiene en pie es el Lluvia de Polen y me temo que estoy a punto de descubrir el por qué.

―¿Has vuelto Kath?―dice una mujer situada detrás de un mostrador de madera con un libro lleno de nombres.

―Eso nunca, cariño. Quiero ver a Belladona.

―Está con unas negociaciones muy importantes―responde y Kathleen no se da por vencida.

―Estaré en mi reservado, como siempre. Avísala cuando termine, gracias.

La caída me agarra del brazo y tira de mí como si fuera suyo.

Cruzamos una segunda puerta y nos embarcamos en un mar de pasillos y cortinas de seda roja que distribuyen el edificio en diferentes ambientes.

Por mucho que la tela intente ocultar lo que hay al otro lado, se pueden intuir cuerpos desnudos bailando bajo las risas de gente misteriosa.

Hay caídos y caídas caminando de un lado a otro, todos con máscaras de encaje que pretenden imitar las joyas de Loba y Chacal.

Subimos unas escaleras de caracol y pasamos desapercibidos frente a un montón de habitaciones cuyo contenido no quiero ni imaginar. Puedo escuchar los golpes, los gritos y los gemidos. No sé qué es el Lluvia de Polen pero empiezo a querer huir de aquí.