Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 6
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Al cabo de unos minutos que se me hacen horas, en las profundidades de mi prisión, aparecen cuatro pescados completamente muertos.

Esta vez me controlo, me acerco al primero y empiezo a comerlo sin ningún tipo de ansía.

Aunque no es costumbre en mí, bebo la sangre que se derrama junto a mis mordiscos.

De alguna manera me hace sentir mejor, más bien, al aurane .

Hago lo mismo con el segundo y el tercero, el cuarto en cambio lo saco del agua y lo dejo en el borde con las protecciones rúnicas.

Kathleen está allí, sentada en su silla de madera con ciertas partes moradas, leyendo un libro y bebiendo de un vaso con aroma a hierbabuena.

No me mira cuando saco la cabeza del agua, ni siquiera cuando me coloco boca arriba y me relajo contemplando la oscuridad de la noche.

Las nubes se aglomeran, inmóviles y protectoras, como si el cielo estuviera en deuda con los inmortales que habitan a este lado del mundo.

Extraño la luz del sol, su caricia sobre mis escamas y el tacto de su calor.

Me quedo allí durante todo el día, observo como la escasa luz que atraviesa el contorno de las nubes se acaba apagando hasta formar la más intrínseca oscuridad.

Sin estrellas, sin luna, sin nada, solo la constante presencia de la capa gris de alguno de los dioses fein.

Así es como funciona el Midna en este lado del mundo, así es como sobreviven los caídos, inmortales débiles a la luz del sol.

Los días transcurren con total sigilo, invisibles como La Llorona , el mismo barco que me arrebató del mar.

No sé qué hora es hasta que miro el cielo y descubro las nubes más o menos iluminadas.

Como veo que la caída no se acerca, ni se dirige a mí, acabo por zambullirme en el agua y juguetear con las espinas de los peces que he ido comiendo a lo largo de mi condena.

Acabo afilándolas y utilizando hechizos de clama_ mareas para lanzarlas con tanta fuerza que las clavo en la pared de piedra.

Sé que no he prestado mucha atención a la magia de las hechiceras de Laneth, pero generar pequeñas cúpulas alrededor de objetos, y controlar su movimiento, me empieza a resultar lo suficien_

temente sencillo como para poder defenderme con ello.

Así es como practico el hechizo hasta la saciedad, cuando la caída me da de comer, yo aprovecho las espinas para conseguir más armas.

Las agujas son muy similares a las que utiliza la anciana de mi tribu para sanar el espíritu de las guerreras después de sus arduos entrenamientos.

Sin querer acabo consiguiendo mis propias armas para enfrentarme a los peligros que vagan bajo la noche eterna de Valhía.

―Ponte esto, pececillo, necesito que salgas del agua―escucho a Kathleen desde el otro lado del agua. Habla de manera afectuosa, como si me hubiera cogido cariño. No la culpo, han pasado dos o tres días, puede que incluso alguno más y no hay ningún rastro de Chacal.

Sigo sin entender por qué el caído con la máscara de plata me protege, desde el primer momento ha velado por mí y, aunque seamos enemigos desde nuestro nacimiento, siento seguridad cuando él está cerca.

Es más, creo que, sin sus órdenes, Kathleen seguramente sería una rival mortal.

Aunque ahora la bruja cuida de mí, me protege, al mismo tiempo que se cuida sus propias espaldas.

No puedo revelar mi verdad, no puedo hablarles de la realidad del aurane y todo el poder que contengo en mi interior.

Más bien, el don que todos los tritones de Valhía disponemos desde nuestro nacimiento.

Menos aún, el simple hecho de que porto el embrión de Lahmia, protegido por una bolsa mística oculta en mi estómago.

Tampoco les puedo decir que soy uno de los siete príncipes de Laneth, el pequeño de catorce hermanas y hermanos cuyo único cometido en su vida ha sido ignorar todos los entrenamientos que me han impartido.

Sí, soy bueno lanzando lanzas de hueso, incluso diría que tengo talento para la magia acuática, pero en lo demás soy un caso perdido.

No soy el más rápido nadando, ni el más fuerte luchando, aunque eso sí, mi hermana Sarra dice que mi forma de agua dulce es la más hermosa que ha visto nunca.

Quizá por eso estoy aquí y soy el objeto de un trueque que no comprendo.

―¿Me tienes miedo?―pregunto con torpeza cuando veo una mordaza de seda mística sobre la piedra.

―No, si hubieras querido hacerme algo ya lo hubieras hecho―comenta

ella sin ningún pudor mientras se acerca a una maceta situada junto a la puerta de entrada al edificio.

Sus dedos, finos y pálidos, escogen flores de un brillante color morado.

Lo hace con cuidado mientras sus uñas resplandecen con un esmalte verde que me recuerdan a las algas que nacen en los límites del reino de mi hogar.

Quizá por eso me siento cómodo con ella, porque, de alguna manera, me recuerda a mi vida en el mar.

Su cabello rojo anémona y sus uñas verde alga, aunque sin olvidar que por dentro está podrida como todos los demás vampiros de Valhía―.

¿A qué esperas? ¿Crees que las runas de la piscina te van a matar?

Si hubieras querido escapar lo hubieras hecho, pero no lo hiciste ni cuando te aventuraste al Salto de la Noche.

Ni Chacal ni yo entendemos porque sigues así, si pretendes acabar con las estirpes e iniciar una guerra entre mar y noche, puede que estés más cerca de lo que crees.

―¿Iniciar una guerra?―digo para mis adentros, empiezo a necesitar una buena excusa para no revelar la realidad del aurane .

Por mi mente empiezan a pasar miles de historias, de esas que la anciana me contaba cuando mi aleta aún no era lo suficientemente resistente como para nadar en mar abierto.

Entonces recuerdo el cuento acerca de la sirena del reino subacuático de Aeriel, el cómo abandonó su hogar para enamorarse de un humano.

Aunque luego acabó fatal, dicen que la anciana de su tribu, como castigo, la convirtió en espuma.

Eso es, esa puede ser mi historia, tiene que serla―.

Nunca he pisado Tierra firme y siempre me ha llamado la atención.

Hubiera preferido las tierras humanas, pero a esos piratas no les pareció una decisión acertada…

―¿De verdad?―Kathleen parece emocionada, me mira y yo me limito a asentir con la cabeza―. Las runas no son para protegerme de ti, pececillo, las runas son para protegerte de aquellos que buscan tu cabeza. Ponte eso, será más fácil para todos.

Confío en que mi mentira le ha calado fuerte, por ello salgo del agua y espero que la brisa de la noche acaricie mi piel hasta secarla.

Mi desnudez aparece con lentitud, las escamas de mi cuerpo pierden el brillo y mi rostro se suaviza.

Me pongo la seda en la boca enganchando sus cuerdas en las orejas.

La mordaza es de color rojo con toques dora_

dos que le hacen mucho más elegante que la que me pusieron en el

barco.

Por primera vez en muchos días mis pies descalzos tocan el frío cemento del exterior de la piscina.

Tal y como ha dicho la caída, las runas dibujadas en el suelo no me hacen ningún efecto.

Todo aquí es frío, supongo que si no tuviera escamas bajo la piel estaría tiritando.

Me muevo despacio, sin ningún tipo de prisa, no extraño la nueva extremidad que ha crecido entre mis piernas, la misma que se mantiene oculta, en mi forma acuática, bajo la profundidad de mi aleta.

Después de todo hombres, vampiros o tritones, todos disponemos del mismo órgano reproductor.

Quizá porque compartimos el mismo origen, no somos tan diferentes, solo enemigos desde el principio de los tiempos.

―Vaya, vaya, vaya…―Kathleen me mira de arriba abajo, como si fuera su objeto de estudio.

Estira sus dedos índice y pulgar, me mide en la distancia, como si pudiera a anotar cada detalle de mi cuerpo en Tierra firme―.

Los ahogados tenéis una capacidad de camuflaje excelente.

Si estuvieras en un hábitat de temperaturas excesivamente altas, cerca de algún volcán, también podrías sobrevivir. ¿Te saldría piel de reptil?

―¿Puedes traerme algo de ropa? Dudo que así vaya a pasar

desapercibido y no quiero volver a salir corriendo por tu ciudad.

―Ah sí, la tienes en el salón.

Ella me señala la puerta de acceso al edificio y yo no puedo hacer otra cosa que cruzarla.

La arquitectura es mucho más refinada que la de las cuevas marinas o las grutas rocosas en las que vive mi especie.

Todas las paredes son lisas, blancas y con puertas de madera tallada con surcos y formas que no comprendo.

No es demasiado grande, dos dormitorios, un salón, una cocina y un cuarto de baño.

Sé cómo se llaman las diferentes partes de una vivienda de Tierra firme porque he tenido que estudiarlas en clases de guerra.

Por lo menos en eso si presté atención, le doy las gracias a Rysantha por haberme dado memoria visual.

Quizá por eso he sido capaz de memorizar algunos hechizos de clamamareas .

―Te lo has puesto al revés, déjame a mí―me quita la camisa para darle la vuelta, me estira el pantalón negro y me ata los cordones de los zapatos. Termina coronando mi vestimenta con una chaqueta granate

con grandes botoneras y la espalda terminada en pico.

―¿Por qué tengo que llevar esto puesto? No voy a utilizar la Voz Azur, creo que ya ha quedado claro―señalo la mordaza que oculta mi boca y parte de mi nariz.

―Ah, con eso pasarás desapercibido―me explica con desinterés―. Las

protecciones rúnicas son algo secundario, no quiero que te corten la cabeza porque te sientas amenazado. Entre vampiros es normal sentirse así, te lo digo yo que llevo toda la vida aquí.

La caída me arrebata una sonrisa, un gesto que ella no puede ver.

Ella no lo nota, algo que agradezco, al final voy a admitir que la mordaza no va a ser tan mala.

Después de vestirme me lleva hasta la cocina donde hay un caldero hirviendo con un fuerte aroma a hierbas y sangre.

Kathleen me invita a sentarme en una silla de madera, coge las flores que ha recolectado y las machaca con un mortero.

Las acaba mezclando con el resto de los ingredientes y remueve el caldero evocando la imagen más tradicional de las brujas de Valhía.

―Será un pinchacito, puede que lo notes de más porque tengo que atravesar las escamas para llegar a tu organismo―me explica mientras coge una aguja y le impregna unas gotas de la mezcla―.

Es un hechizo de camuflaje, para que el resto de los vástagos de Illythia te perciba como un hermano más.

El encantamiento de la Dama Muerte durará hasta que salgas al otro lado del Midna.

Una caricia de la luz de sol y tu esencia volverá a ser la que era antes del ritual.

―Si eso sirve para que no me quieran cazar me parece bien―pronuncio con torpeza y justo después llega el primer pinchazo―. Aunque dudo

que mi terrestre vaya a mejorar con un poco de magia de caída.

―¿Caída?―ella me sonríe y sus dientes se muestran blancos como las perlas―. ¿Así es como nos llamáis los de allí abajo?

―Sí, bueno,… entre otras muchas cosas―se me escapa, es como si estar cerca de Kathleen me incitara a ser sincero con ella. El escozor llega cuando el metal atraviesa las escamas que se ocultan debajo de mi falsa piel―. ¡Ay!

―Te lo mereces―se jacta ella y sus ojos empiezan a brillar de color rojo carmesí―. Que el abrazo de la noche te proteja, que el toque de la muerte te guíe.

Sus palabras provocan que la aguja empiece a resplandecer con tanta intensidad que tengo que apartar la mirada para no cegarme.

Todo se tiñe de morado al mismo tiempo que las paredes susurran cosas que no comprendo.

De repente se escucha el grito de mil murciélagos, parece que los tengo delante, pero cuando miro no hay nada.

La magia desaparece en un instante, los ojos rojos de Kathleen se esfuman dando paso al marrón corteza.

―Qué raro…―comenta la caída mientras saca el metal y lo observa. Acto seguido me vuelve a atravesar con la aguja―. Que el abrazo de la noche te proteja, que el toque de la muerte te guíe.

Regresan las luces moradas, los ecos fantasmagóricos y la bandada de murciélagos. Y vuelve a ocurrir, la luz roja de la caída se desvanece y su mirada de incomprensión dominan su gesto. Sus colmillos sobresalen de entre sus labios mientras vuelve a disimular diciéndome:

―Tengo que hacerlo tres veces para que tenga mejor efecto―cambia la aguja y remueve más la mezcla―. Es mejor para que Illythia me escuche.

―Ah,… entiendo―respondo viendo la falta de seguridad en sus acciones―. ¿Tengo que notar algo raro?

― Que el abrazo de la noche te proteja, que el toque de la muerte te guía ―y todo vuelve a transcurrir tal y como lo ha ido haciendo en las veces anteriores.

De pronto Kathleen me mira a los ojos, abre su boca sorprendida y se aleja de mí a tiempo de intentar digerir lo que sea que está pasando―.

¿Es tan poderosa tu capacidad de camuflaje? Estoy flipando.

―¿Qué estás diciendo?

―El ritual no está siendo efectivo porque tu presencia ya está aceptada como un vástago de la Dama Muerte.

―¡¿Soy un caído?!

―No exactamente, pero tu forma terrestre te permite mezclarte entre los nuestros sin levantar sospechas… supongo.

La información pasa por mi cabeza como una flecha. Kathleen está equivocada, no es que mi naturaleza de tritón me haya dado la capacidad de camuflarme entre muertos vivientes, la realidad es que lo que habita en mi aurane me reclama como su progenitor, y por lo tanto como uno de los suyos.