Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 5
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La caída no tarda en traerme pescado fresco, aunque también estén muertos, siento que no llevan tanto tiempo.

Lo sé porque no segregan ese aroma a putrefacción, en otra ocasión ni siquiera probaría un mordisco, pero ahora mismo no puedo hacer otra cosa que nadar hacia los cadáveres y empezar a despedazarlos como puedo.

No tengo los dientes afilados como un tiburón, pero los incisivos son lo suficientemente útiles como para atravesar la piel y llegar a la carne.

No tengo garras como los depredadores de tierra, pero mis dedos son lo suficientemente veloces como para ayudarme.

En cuestión de minutos solo quedan ojos, dientes y espinas.

Degusto la sangre del animal en mis dientes, mi lengua y mi garganta, no me desagrada, es como si, en el fondo, me pudiera llegar acostumbrar a ello.

―¡Soltadme joder!―escucho gritar desde la superficie.

Nado con lentitud, con cuidado de no hacer ruido y no llamar la atención.

Saco media cabeza del agua, hasta la nariz, y observo la escena que se está llevando a cabo frente a mí.

Kathleen no está sola, hay tres caídos junto a ella y ninguno es el misterioso Chacal.

Jamás había visto a cadáveres reanimados con esa musculatura, pensé que era imposible, pues no dejan de ser eso, cuerpos sin vida cuyo corazón está siendo bombeado por magia.

Pero no, los que sostienen los brazos de la caída son como dos morsas infectadas con la rabia

―¡¿Dónde está el ahogado de mierda?!―grita el tercero, el que está situado frente a ella, sin duda el macho alfa de la manada.

―A ver guapetones, os estáis buscando problemas y lo sabéis―Kathleen habla con tranquilidad, sin miedo, sin forcejeos. Es como si se hubiera cansado de pelear.

―Cállate Kath,…―le dice el de su derecha, el de cabello corto―. Ya sabéis lo que estáis haciendo, danos al ahogado y hablaremos con la Orden para que no os ejecuten por mantenerlo en secreto.

―¿Está ahí?―el líder vuelve a hablar, esta vez señala la piscina en la que me mantienen preso.

Camina hacia mí mientras explora los bordes de piedra―.

¿Le tienes miedo? ¿Enserio? Has llenado todo esto de runas.

¿Piensas que un solo ahogado va a poder contra nuestra raza? ¿No se supone que eras una bruja?

―Diles a tus matones que me suelten y te lo demuestro―Kath cruza su mirada con la mía y su gesto se torna preocupado―. ¡Laurent deja de hacer esto!

¿Por qué una carcelera iba a temer por la vida de su prisionero? No, no

puedo ni valorar la idea de que una caída protegiera a uno de los míos. Las razas de Valhía han mantenido una alianza llena de tensiones, ya no importa lo que me ocurra a mí, Plaguen ha traicionado el Pacto y eso significa que caerá bajo la ira de las profundidades.

―¿Vais a vendérselo a las estirpes?―sigue hablando el tal Laurent mientras sus pasos cruzan el hechizo de protección. De pronto su mirada se cruza con la mía, acto seguido recurre al brillo carmesí―. Oh… entonces es verdad ¿Estás aquí monstruito?

Está asustado, por eso mantiene su sangre activa, el don de los caídos, el poder de fortalecer todo su cuerpo consumiendo el plasma de sus venas. Lo he leído tantas veces que es imposible no tenerlo presente en este momento. La escena me roba una sonrisa, me tiene miedo.

―Le tendrás puesta la mordaza rúnica ¿no?―alzo un poco el rostro para mostrar la comisura de mis labios―. ¿Estás loca? ¡Va a matarnos!

Laurent da un salto hacia atrás y se tapa los oídos.

Los otros caídos, sus matones, sueltan a Kath para hacer lo mismo, es en ese momento en el que empieza el espectáculo.

La caída se eleva ligeramente por encima del suelo unos pocos centímetros, lo suficiente como para superar la altura de las morsas nocturnas que la mantenían inmovilizada.

Sus ojos brillan con tanta intensidad que casi son hipnotizantes, no me escondo, al contrario, necesito ver de lo que es capaz, estudiarla.

Las antorchas proyectan sombras débiles bajo los pies de los caídos, no importa que apenas sean perceptibles, están ahí y ella lo sabe.

La caída mueve sus dedos para tomar el control y hacer que la oscuridad se convierta en manos alargadas que agarran a sus oponentes de brazos y pies.

Su cabello rizado de anémona se mueve como si tuviera vida propia mientras su cuerpo se acerca a mí sin necesidad de mover sus piernas.

―Mi amigo no va a cantar ¿A qué no?―me limito a negar con la cabeza, si quisiera hacerme daño ya lo hubiera hecho―. Y vosotros no vais a contarle nada a nadie ¿Entendido?

―Vete al infierno, Kathleen―le maldice Laurent.

―Bueno―ella me habla directamente a mí, como si estuviéramos manteniendo una conversación ignorando al resto por completo―. He intentado dialogar con ellos, tú estás de testigo.

No puedo dejar de mirar las sombras que sostienen las extremidades de sus congéneres. Entonces me doy cuenta de que a este lado del Midna, en la Tierra firme gobernada por la noche, nadie puede ser un aliado. Los caídos son tan traicioneros como la tormenta, aunque empiece la lluvia

nunca sabes cuando va a caer un rayo.

Todo ocurre demasiado rápido, la bruja extiende sus manos y el concierto de percusión inicia su primer acto.

Los huesos de los caídos empiezan a chasquear de una manera estrepitosa mientras sus codos y sus rodillas cambian el sentido por completo.

La sangre salpica por todos lados mientras ella se relame los labios con tanto placer que parece que está disfrutando de la escena.

―Basta, Kath, ahora―se escucha una voz profunda desde algún lugar, sobre nosotros, sobre mí.

Me giro completamente para descubrirlo en el muro que separa la piscina del exterior.

El caído con la máscara de plata está ahí, serio e impasible, con los brazos cruzados y una necesidad imperiosa de detener el juego de la bruja.

Cuando Kathleen le mira todo se apaga en su interior, primero sus ojos y después su poder.

Ya no flota y la presencia de las sombras se ha esfumado.

―¡Chacal!―grita Laurent mientras su cuerpo empieza a crujir retornando su estado normal―. Como rango alto de la Orden deberías de haberle entregado el ahogado al Maestro.

El caído se propulsa sobre el muro y da un salto sobrehumano, gira sobre sí mismo justo en el instante en el que vuela sobre mí, y cae de pie frente al líder de los matones.

Su gabardina negra se sacude al ritmo del impacto contra el suelo, está abierta y deja a la vista una camisa blanca con el cuello desabotonado.

Los otros le miran con temor, como si el hecho de llevar esa joya cubriendo su rostro les provocara pavor.

Me recuerdan a los bancos de peces, unidos contra las mareas pero que se dispersa con mucha facilidad cuando ven a un cazador cerca.

Eso es, son un cardumen a merced del gran cazador, el caído que me salvó del carruaje que me conducía a mi condena.

―Eso es―habla él, tranquilo y con todo bajo control―. Como portador de máscaras de la Orden tengo encargos que neófitos como vosotros no podéis saber. El Chacal, la Loba y el Coyote tenemos misiones que, de saberlas, tendríais que ser ejecutados. ¿Es lo que queréis Laurent?

―Tío…―le responde con las manos abiertas―. No queremos problemas, el Maestro nos encargó llevar al ahogado, vivo o muerto. No nos dijo que el Chacal iba por otro lado. Hablaremos con él, te pedimos disculpas.

―Sí, no queríamos interrumpir vuestra misión―el segundo se dirige a Kath la cual se está mirando las uñas despreocupada―. Nos marcharemos y pondremos nuestra marca de sangre en los registros de la Guarida.

―Estaremos esperando vuestra respuesta―le ordena Chacal sin hacer ningún atisbo de gratitud, lo único que quiere es que se marchen.

Y así lo hacen, no se molestan en acceder a la pequeña edificación cuyo acceso está a escasos metros de ellos, simplemente saltan y se suben al tejado para desaparecer. Acto seguido la máscara de plata me mira, aprieta la mandíbula y se acaricia el flequillo ligeramente en punta.

―¿Qué voy a hacer contigo?―pregunta cuando se acerca a los límites de las runas de la piscina, después me fulmina con su mirada.

Su barba, recortada y del color de la tinta del calamar, le da un aspecto rudo, como el del macho alfa de una manada de lobos, más bien chacales.

Sus ojos, con la ausencia del rojo que resplandece cuando usa su poder, son tan oscuros como la propia noche.

No son grandes, a diferencia de los otros caídos que he visto hasta el momento, más bien finos como los de un felino en plena cacería.

―Libérame―mi terrestre sigue siendo torpe y apresurado―. Sácame de esta prisión y no te daré más problemas.

―¿A qué has venido a Plaguen?―dice a modo de orden, cree que soy

uno de sus inferiores―. Llegaste al Salto de la Noche, a mar abierto… ¿Por qué no te has marchado cuando tuviste la oportunidad?

Mi supervivencia depende de los caídos que tengo delante, en especial

de él. Le podría hablar del aurane de todo lo que significa para mi raza. Le podría contar la verdad, el porqué de que me estén buscando, pero dudo que deba utilizar esa información ahora.

―¿Has venido a matar al duque?―continúa el caído cuando ve que tardo en responderle―. ¿Venías a romper el Pacto?

―El Pacto lo habéis roto vosotros arrebatándome de mi hogar―increpo con desdén, si no me hubieran sacado del mar no estaría encadenado a estas tierras llenas de muerte y podredumbre―.

Y no me he marchado porque no puedo…―mi pecho se agita nervioso, estoy a punto de confesarle la verdad cuando empiezo a improvisar―.

Estoy demasiado débil para hacer un viaje largo.

―Te hemos dado de comer y estas en el agua ¿Qué más necesitas? ―sus palabras vienen acompañadas por un leve golpe de mentón―. He visto sirenas más jóvenes que tu huyendo de nuestros barcos a más velocidad que un tiburón.

―Los tritones no nos caracterizamos por nuestra velocidad de nado―miento y una vez abro la boca no puedo dejarlo así―.

Nosotros somos guerreros y ellas exploradoras―y casi tengo que sumergirme para echarme a reír.

Las sirenas son las guerreras, las exploradoras y las clamamareas de las sociedades submarinas―. Libérame y desapareceré de tu vista.

―No puedo… si te dejara marchar acabarían contigo. Puede que la milicia real o puede que los miembros de la Orden. Tengo que pensar en algo ¡Kathleen!

―¿Sí, Chacal?―y esto lo dice con cierto retintín, como si estuviera fingiendo una falsa obediencia.

―Prepara al ahogado para pasar desapercibido, vendré en tres días a buscarle.

―¿Estás seguro?

―Kath…―pronuncia con enfado, no acepta ningún rechiste―. Hazlo.

―Vale, vale…

Y de nuevo desaparece, lo hace como los otros caídos, sin utilizar ninguna puerta solo el impulso de sus piernas.

Kathleen se queda allí mirándome, me guiña un ojo y esboza una sonrisa tan blanca como provocativa.

Yo vuelvo a sentirme observado por una barracuda, peor aún, una serpiente marina cuyo único objetivo es desencajar su mandíbula para engullirme de una sentada.

De nuevo soy la presa, en agua dulce soy la presa.

―Dame un momento, voy a prepararme un mojito, te traigo la comida

y te explico lo que vamos a hacer―comenta ella con la energía de alguien que no quiere hacer nada.