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Todo parece estar en calma. No percibo el aroma de la sangre, el plasma que los vampiros degustan como si fuera oro líquido.
Tampoco les huelo a ellos, lo que significa que no hay ningún caído cerca y estoy completamente a salvo.
Abro los ojos con la incertidumbre de no saber dónde estoy.
Aunque estoy bajo el agua, la luz del cielo, débil, ilumina las profundidades de este lugar.
Frente a mí hay un paisaje infinito, estoy sobre un arrecife de coral cuyo veneno no me afecta.
El azul del mar se tiñe de colores rosados, anaranjados y verdes.
El arrecife se extiende incluso más de lo que mis ojos pueden ver y me transmiten la libertad que llevo horas anhelando.
No me duele el aurane , lo que me lleva a pensar que todo ha sido un mal sueño.
Nado, lo hago a gran velocidad, tengo que volver a casa.
Aunque nade desorientado sé que Rysantha guiará mi rumbo para devolverme de vuelta a mi hogar.
Muevo la aleta con fuerza emocionado por saber que nunca más volveré a pisar tierra, por lo menos en una larga temporada.
No quiero saber nada más de las sociedades de Tierra firme, ni de los prestigiosos que canalizan su poder del sol, ni de los caídos que le rinden pleitesía a la noche.
Aunque el cielo esté nublado y su luz sea débil, es suficiente como para iluminar mi recorrido.
―Pronto estaré en casa, pronto volveré a verte, mi reina… madre―pronuncio en un sirénido que hace eco entre la fauna tropical que voy dejando atrás.
De repente mi cabeza impacta de golpe contra una pared invisible, una barrera que se resquebraja ante mi placaje.
El dolor es una tortura que mana de mi piel y tiñe el agua de sangre.
Me esfuerzo por no perder la consciencia y entender la realidad de lo que estoy viviendo.
El horizonte de arrecife de coral que hay frente a mí se agrieta como si se tratase de piedra sólida, en ese instante la libertad que sentía se esfuma con tanto dolor como el que surge de mi cabeza.
Antes de desvanecerme lo logro comprender: mi aleta permanece azulada lo que significa que estoy en agua dulce, lo que me rodea no es un paisaje eterno si no una decoración en la piedra, una prisión que
alguien se ha esforzado en pintar para mí.
―¿Las sirenas realmente son tan torpes?―dice la voz de una mujer. Es agradable, alegre y curiosa―. ¿Habías visto alguna vez algo así?
―No es torpeza, Kathleen, es salvajismo―le corrige otra masculina.
Su tono, en cambio, es serio, frívolo y con cierto aire de superioridad―.
La sociedad de los ahogados se rige mediante el instinto depredador y de supervivencia.
Ha actuado como un animal y si intentamos dialogar con él nos tratará de la misma manera que a sus presas.
No sé porque no se ha escapado cuando ha tenido la oportunidad. Pensé que al menos, las sirenas macho…
―Tritones―le corrige ella.
―Pensé que el tritón sería más inteligente y que se movería con más perspicacia que un ratón acorralado.
―Llegó al mar, Chacal,…
―Pero no se fue. Y no entiendo el porqué.
―Quizá deberíamos preguntárselo―ella guarda cierta esperanza en mantener una conversación conmigo―. Después de todo pueden hablar nuestro idioma, ya lo has visto antes.
―Pues entonces te deseo buena suerte, Kath.
Yo tengo cosas mejores que hacer que intentar dialogar con el enemigo mortal de nuestra especie.
De hecho, hay una ejecución a la que tengo que asistir.
La adasta de Lady Amari ha perdido a su chiquillo y tiene que ser castigada―se escucha como el caído se aleja mientras su compañera se queda cerca de mí―.
Si decides darte un baño junto al pescado, avísame, tendré que mandar a alguien a recoger tus restos.
―Ya me lo agradecerás, stoker ―y esto último lo dice con un tono burlón que reafirma con una pequeña carcajada.
―Sabes que no puedes llamarme así, no aquí.
Chacal se va pisando fuerte, está enfadado y eso se nota en su forma de caminar.
En cambio, Kathleen se mueve hacia algún lugar, lo suficientemente cerca como para observarme.
Estoy flotando boca arriba sobre la superficie del agua.
Mis heridas se han regenerado mientras que mi aleta permanece en su forma más inofensiva.
No hay garras ni dientes, solo un llamativo color azul que refleja la escasa luz que penetra un cielo completamente nublado.
Puedo percibir una tormenta venidera, lo huelo en el aire, aunque por encima de todo eso lo único que puedo oler es el perfume vomitivo de la caída.
Me cuesta acostumbrarme al aroma a muerte que desprende, que desprenden todos los habitantes del lado oscuro del Midna.
Son cadáveres con vida, cuerpos reanimados con algún tipo de magia antigua.
O eso es lo que siempre me ha contado la anciana de mi tribu, aunque son creencias que chocan continuamente con los cuentos que hablan del origen de este mundo.
―No te molestes en cantar, tritón, hay protecciones alrededor de la piscina―dice la caída cuando inflo mis pulmones para hacer uso del poder legendario de mi especie―. Y tampoco voy a hacerte daño.
―Tú puede que no…―pronuncio en mi terrestre torpe que me delata
como un habitante del mar. Me coloco de tal manera que mis hombros y cabeza permanecen fuera del agua mientras mi aleta me mantiene a flote.
Mis ojos azules la miran con detenimiento, la caída es muy delgada y destaca por su larga melena roja y rizada.
Un detalle que me hace pensar en los filamentos alborotados de las anémonas rojas.
Una planta llamativa que no solo da calambres si no que ampara como hogar a algunas especies de peces.
―Espera… ¿Crees que Chacal quiere hacerte daño? ―sus labios sonríen mostrando su dentadura completamente blanca. No tiene los colmillos extendidos por lo que deduzco no tiene intenciones de atacarme―. Él es así, aunque parezca rudo y destructivo, en el fondo es un trozo de pan.
―¿Es un trozo de pan?
―Argh, es una expresión―ella pone los ojos en blanco. Me sorprende ver como sus ojos tienen un color marrón claro en vez del rojo común entre los caídos de Valhía. Mi gesto se tuerce en desconocimiento y ella se percata de ello―. ¿Qué? ¿Qué tengo?
Kathleen se acaricia la cara y se sacude el cabello. No tiene ningún temor a la hora de incorporarse de la silla en la que estaba sentada y se acerca un par de pasos hacia el borde de la piscina. Después vuelve a sonreírme, pone los ojos en blanco y exhala un fuerte suspiro.
―¿Es por los ojos verdad?―instantes después se agacha a pocos metros de mí y vuelve a sonreírme. No sé si es así de alegre o tiene algún tipo de problema en el rostro―. ¿Pensabas que los vampiros tenemos los ojos rojos siempre?
―¿No es así?
―¡No! ¿Pero qué os enseñan ahí abajo? ―Kathleen lleva puesto unos pantalones de cuero negro ajustados, unas botas de tacón y una camisa blanca que cruza su torso dejando su hombro derecho al descubierto.
Prendas comunes en las sociedades que viven en Tierra firme.
Me fijo de nuevo en su cabello rojo y me doy cuenta de que es la chica que acabó con los caballos de los guardias que me mantenían presos―.
El rojo surge cuando utilizamos nuestro poder o estamos hambrientos.
―Pues los de la fiesta debían de estar muy hambrientos―y ella se ríe sin ningún tipo de sutileza.
―Cuando nos rodeamos de los nuestros, solemos utilizar el brillo carmesí para mostrar nuestro estatus en la sociedad vampírica de Valhía. No me preguntes como, pero al mirarnos a los ojos sabemos si su poder es mayor que el del otro. También identificamos la estirpe que corre por nuestras venas.
No entiendo la actitud de la caída, no entiendo su cercanía y su sinceridad.
De alguna manera actúa como si fuéramos aliados, pero soy yo el que sigue preso en otra nueva urna.
Esta vez de piedra con decorados que evocan mi hogar, detalles que solo me hacen pensar que todo esto estaba preparado y que, de alguna manera, me estaban esperando.
Me zambullo bajo el agua y me pongo a nadar.
La piscina es lo suficientemente grande como para albergar a otros como yo, consigo identificar los límites de la piedra cuando distingo los corales dibujados de los que son de verdad.
Decido no salir de nuevo, no mientras sepa que todo lo que me diga la caída será una estrategia para sacarme información.
Ya escuché al otro caído, van a ejecutar a Lahmia, la adasta de la Lady.
¿Qué me harán cuando sepan que mi aurane porta la cría que llevaba ella?
Tengo que pensar la manera de salir de aquí, si descubren que soy uno de los hijos de la realeza de Laneth, quizá quieran ir a atacarla si no les doy lo que es suyo.
O puede que incluso quieran arrebatarnos la Perla, la reliquia de poder que los habitantes submarinos de Valhía nos transferimos cada temporada.
No lo tengo claro, pero no puedo fiarme de ellos.
Los escritos en piedra de mi hogar hablan de lo bueno que son los caídos para convencer a otras razas, después siempre viene la traición.
Algo cae en el agua, una figura de pequeño tamaño rodeada por un aura de muerte.
Me acerco a la defensiva, como si mis dedos sin garras pudieran servirme de arma en agua dulce.
Entonces me doy cuenta de que es un ave muerta, a saber cuándo murió, pues su aroma no es de una cacería reciente.
Aunque me muero de hambre, ni de loco me comería algo así.
No sé cuánto tiempo permanezco bajo el agua, supongo que el suficiente como para que la luz ligera del cielo se apague y de paso a la noche.
Lo sé porque la caída ha encendido algunas antorchas alrededor de la piscina.
Justo después lanza otra ave, en la misma situación, como si creyera que eso puede servirme de alimento.
Practico hechizos de clamamareas , si quiero escapar de aquí tengo que recordar las enseñanzas que tanto han insistido en instruirme.
Tumbado sobre el arrecife de coral muevo mis dedos para invocar unas pequeñas burbujas.
Las puedo mover de un lado a otro sin esfuerzo, incluso consigo hacer que su tamaño aumente.
Sé que son escudos, barreras lo suficientemente resistentes como para detener el golpe de cualquier arma.
No tengo el poder suficiente como para protegerme de una caribdis, tampoco es que esta piscina pueda albergar a un cocodrilo pulpo gigante.
Hacer uso de la magia me agota tanto que decido dormir. Si no me han atacado hasta ahora dudo mucho que lo vayan a hacer durante toda la noche. Al cabo de unas horas, las suficientes para traer de nuevo la débil luz del día, me despierta una nueva ave muerta. ¿Cuándo piensa parar?
―Las noches aquí son eternas―recuerdo las palabras de Lahmia mientras contemplo el cielo de la mañana en este lado del mundo.
Es ahí cuando me doy cuenta de que el cielo de Plaguen está siempre nublado, como si la tormenta, que amenaza constantemente con descargar su furia sobre los caídos, no estuviera dispuesta a marcharse nunca.
Por eso la adasta decía que la noche era eterna, porque el sol nunca atraviesa con sus lanzas la superficie de los nimbos.
No sé quién creó el Midna, dudo mucho que alguien lo sepa, pues siempre ha estado ahí desde el principio de los tiempos.
Pero gracias a la tinta que mancha esta parte del mundo, los caídos de Valhía pueden vivir sin miedo a ser exterminados por la afilada hoja de la estrella incandescente.
Sigo con mi práctica ignorante de las aves que me van lanzando a la piscina.
Las horas pasan y el agua se empieza a enturbiar, no hay ninguna duda de que algunos de los cadáveres están iniciando su descomposición.
Entonces me doy cuenta, saben lo que he hecho y pretenden acabar conmigo.
No están usando lanzas ni espadas, al contrario, lo que están haciendo es torturarme hasta que me muera en el elemento que me da la vida.
Respiro por las branquias de mi cuello, recojo las primeras aves y me propulso con la aleta para propinar un salto fuera del agua.
En el momento en el que el aire fresco roza mi piel puedo ver donde estoy.
El hechizo que rodea la piscina no forma una cúpula alrededor de ella, más bien es como un muro que se eleva al cielo infinito.
Frente a mí hay una edificación de gran tamaño, una casa circular con las paredes blancas y el tejado azul.
A mi espalda un muro que me separa de mi libertad, si me hubiera propulsado con más fuerza seguramente hubiera podido escapar de aquí.
Las protecciones, que mencionó Kathleen con anterioridad, solo escudan al edificio de mí, la muralla está completamente desprotegida.
La caída está sentada en la misma silla mientras mantiene sus ojos perdidos en la lectura de un libro con las tapas verdes.
No pierdo ni un momento para lanzarle las aves en putrefacción.
En el momento en el que ella me ve grita sobresaltada, consigue cerrar su tomo a tiempo para protegerse del primer ataque, el resto los tiene que esquivar con posturas que ni ella misma conocía.
La gravedad tira de mí y me hace zambullirme de nuevo.
―¡No hacía falta que hicieras eso!―grita la caída desde el otro lado del agua. Escucho como se sacude la suciedad de la ropa. Después continúa―. ¡Solo tenías que haberme dicho que eso no está en tu dieta de tritón!
Kathleen se aleja y yo me preparo para mi huida.
Empiezo a nadar a gran velocidad por encima del arrecife de coral para coger carrerilla y cuando creo que tengo la suficiente me preparo para saltar.
Puedo imaginarme sobrevolando la muralla y llegando al mar, puedo incluso saborear las flores comestibles que mi hermano Krank siempre recolecta para mí, pero todo eso se esfuma cuando en mi estómago surge el dolor de mi propia maldición.
Primero es como si me desgarraran por dentro, luego viene un escozor, como el abrazo de una medusa, y después mi cuerpo se paraliza.
Me muero de hambre, no, más que eso, es como si el aurane me estuviera exigiendo alimento.