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Por suerte el agua está brava, lo que facilita mi ocultación.
Además de que los caídos están tan acostumbrados a sus antorchas que les es más difícil vislumbrarme en mitad de la oscuridad.
Es entonces cuando comprendo la distribución de Plaguen, una ciudad construida entorno a una montaña cuyas aguas manan de su interior.
Hay pequeñas cascadas que marcan los peldaños que descienden hasta el océano.
Nado a través del río pasando bajo puentes de madera que cruzan los extremos de la ciudad, recorro sumideros que se pierden bajo los cimientos de sus cubiles y no me detengo en ningún momento.
―¿Dónde está el espécimen?―protesta alguien justo cuando cruzo uno de los innumerables pasos que cruzan el río.
―Ha escapado, mi señor―le responde una segunda voz.
―Ahora que nos han robado no podemos permitir que escape―continúa el primero―.
Reforzad todas las salidas de la ciudad, haced de Plaguen una fortaleza inescrutable.
Enviaré a los segadores para ver a Morrick, que le expliquen con total claridad las consecuencias de habernos traído a uno de esos ahogados con vida.
―Si, señor.
Me escondo entre las raíces que se abren paso a través de las rocas para
llegar hasta el río. Entre la maleza consigo ver al dueño de la primera
voz. Su cuerpo está cubierto por una armadura negra con el vuelo de un
dragón forjado en su coraza. No lleva yelmo, ni armas, aun así, impone lo suficiente como para mantenerme totalmente quieto. No me sorprende su mirada roja, de hecho, es un detalle al que me estoy empezando a acostumbrar.
―Rhain, los guardias han liberado a los canes para rastrear al ahogado―dice una nueva voz.
Por mucho que me esfuerce no puedo ver al nuevo caído, está situado demasiado lejos de los límites del puente―.
Péstegos nos ha informado de que las aguas están alteradas ¿Quieres que enviemos un informador al duque?
―Será mejor que me encargue yo de este pequeño altercado, Dorem―y lo dice con cierto canturreo en sus palabras, como si mi huida fuera un juego para niños que puede solucionar fácilmente―. Soltaré a la hembra y pondré fin a una posible invasión.
―¿Eso no traerá problemas con el Pacto?
―Eso lo cambiará todo―pronuncia Rhain y mis ojos se abren de par en par―. Protege el Salto de la Noche, no podemos permitir que llegue a mar abierto. Ese ahogado pertenece a Plaguen desde el mismo instante en el que pisó nuestra ciudad.
Los caídos se separan mientras sus pasos retumban en la lejanía.
Sin darme cuenta he dejado de respirar para evitar que puedan escucharme.
Todo se torna oscuro en un reino donde no soy bienvenido.
Me quedo escondido bajo el agua, intento pensar con claridad.
Tengo que idear una estrategia, poner en práctica las enseñanzas de la jefa de guerra de Laneth.
No estoy en territorio de los humanos, por lo que la diplomacia no tiene cabida aquí.
En el reino de los caídos siempre se me inculcó el hecho de abrirme camino a base de garras y dientes, pero en agua dulce dudo que pueda hacer nada de eso.
Podría aprovechar el río para hacer uso de las técnicas de los clamamareas , pero falté a tantas clases que no va a servirme de utilidad.
Me maldigo por eso, me maldigo en todos los idiomas que conozco.
Me odio a mí mismo, me odio por no haber hecho caso a mi hermana Sarra cuando me advirtió de que no saliera a la superficie.
Ahora no solo me he puesto en peligro a mí, si no que mi especie no
podrá aprovechar el aurane que Rysantha me otorgó al nacer. Tengo que seguir pensando, tiene que haber una solución. Aprovecho las raíces bajo el puente para mantenerme completamente escondido, incluso desde allí puedo escuchar las tropas enemigas yendo de un lado a otro buscándome desesperados.
El tiempo empieza a transcurrir mientras la desesperación se aferra a mí como una lapa.
De alguna manera intento quedarme quieto para que dejen de buscarme, eso es, esa tiene que ser la solución.
Si se piensan que me he escapado cesarán en sus intentos por encontrarme.
Así es como cierro los ojos e intento tranquilizarme, reducir mis pulsaciones al mínimo y tener la seguridad de que en el agua los canes nocturnos no podrán rastrear mi aroma.
―¿Qué es esto?―murmullo cuando siento como el agua, brava hasta el
momento, se calma de golpe y empieza a perder su caudal―. ¿Están drenando el río?
―¡La presa ya ha sido cerrada!―escucho en la lejanía―. ¡Barred todo el canal! ¡Qué los perros olfateen cada rincón!
El miedo me paraliza mientras la humedad me abandona gota a gota.
De nuevo vuelvo a estar desnudo, con las escamas blandas y una falsa piel que lo recubre todo.
Por suerte, mi afinidad con el agua ha sanado mis heridas.
Quiero salir de mi escondite, pero no puedo caminar, no sabiendo que cualquier paso en falso puede conducirme a la muerte.
Entonces algo cae del cielo, después el sonido débil de unos pasos alejándose de mí.
Me alejo unos centímetros del paquete de tela y aguardo a que alguien aparezca para cazarme.
Pero eso nunca ocurre, y yo no puedo hacer otra cosa que acercarme y descubrir dos prendas de ropa y un pequeño mapa.
Sea quien sea quien me está ayudando quiere que huya de Plaguen de inmediato.
Vuelvo a emprender una carrera, esta vez envuelto en un pantalón negro y una camisa blanca. Descalzo, aterrado y siguiendo las indicaciones del último rayo de esperanza. Puede que sea una trampa o puede que sea mi salvación, no me queda otra que aferrarme a esto:
Vas a conseguir que te maten y eso será solo culpa tuya…
―Chacal
Leo con torpeza mientras sigo la sencillez del mapa que indica girar en una calle para volver a girar en la siguiente.
Subo por unas escaleras, algo que me hace desconfiar, pues desconozco lo que me puede esperar al otro lado. Aun así me apresuro a continuar, lo hago ignorando el cansancio y con la velocidad suficiente como para que mis labios empiecen a jadear.
Al cabo de unos minutos me detengo de golpe, el camino se ha acabado y un caído se interpone entre mi salvación y mi muerte.
Ese chico de cabeza rapada y armadura tiene que ser el tal Dorem, el encargado de proteger mi única escapatoria: el Salto de la Noche.
Un mirador abierto al horizonte infinito de Valhía, un colmillo en mitad de la ciudad cuya única finalidad es mostrar el océano.
―¡Guardias!―grita el caído mientras saca su espada de la aljaba―. ¡El ahogado está aquí!
No sé qué es lo que me delata como forastero.
Quizá los pies descalzos, quizá la ropa mal puesta o puede que sea el simple hecho de que estoy corriendo hacia él como una piraña en pleno ataque de rabia.
El chico consigue atravesarme el costado con su arma, pero no sin antes precipitarse, conmigo, hacia el vacío del acantilado.
―¡Te van a cazar! ¡Te van a cazar!―grita él desesperado mientras yo golpeo su cara una y otra vez. A falta de garras utilizo la palma abierta de mi mano. Lo hago una y otra vez, desesperado por que se calle mientras el mar va reclamándome como su propio hijo.
―Ahora me toca a mí―le digo antes de impactar contra el mar.
Dorem se queda nadando en la superficie mientras mi cuerpo cambia a su forma más mortífera. Una aleta de color gris sustituye mis piernas, mi piel se oscurece y mis dientes se afilan como cuchillos. Le agarro de los pies y le obligo a sumergirse, después empieza mi ataque.
Nado a tanta velocidad que le es imposible saber dónde estoy.
Le desgarro una, dos y hasta tres veces.
Tiño el agua con su sangre justo antes de morder su cuello y desmembrarle.
La carne de caído sabe a buey muerto, a los restos de una cacería que se ha llevado a cabo hace más de un mes.
No me importa, no mientras las ansias de matar se apoderan de mí y provocan que Dorem se convierta en un puzle incom_
pleto.
Salgo del agua y le echo un último vistazo a Plaguen. Allí, en lo alto del Salto de la Noche un hombre me mira desafiante. Rhain no separa su vista de mi ni un solo instante, incluso diría que está sonriendo. Yo hago lo mismo, aunque a diferencia de él mis labios están llenos de sangre y
restos de carne.
Me zambullo en el agua y nado todo lo rápido que puedo.
Marco como objetivo el otro lado del Midna, la parte del cielo en la que el sol acaricia el mar con su manto dorado.
Un fuerte dolor me golpea el vientre, no es la estocada de Dorem porque el agua la ha curado, es algo más, algo que me hace abrir los ojos de par en par y maldecir mi condición.
Después es un escozor que se convierte en una quemadura más potente que la del fuego.
Tengo que agarrarme la cintura para gritar mientras la magia antigua de Valhía tira de mí hacia la orilla.
Me resisto, lucho contra todo pronóstico, pero no hay nada que yo pueda hacer.
Por más que me esfuerzo en alejarme de esas aguas, el legado de mis ancestros me arrastra a Tierra firme.
Lo que una vez fue un regalo para mi especie, ahora se convierte en mi propia maldición.
Plaguen me reclama como suyo mientras mi esperanza se esfuma a modo de golpes, ardores y el dolor más fuerte que jamás he sentido: la perdición.
De mi vientre surge un fino hilo de magia carmesí, una indicación de que la criatura que duerme en mi interior reclama regresar a su hogar.
El hilo tira de mí y me arrastra hasta la orilla mientras mis ojos se abren de par en par y mis labios gritan de frustración.
En ese instante contemplo una figura de gran tamaño bajo el océano, un animal monstruoso cuyo destino está marcado en lo profundo del mar.
―Caribdis…
Mi cuerpo se arrastra a gran velocidad mientras la magia me obliga a regresar a mi prisión. Y de pronto me golpeo de lleno con una roca, mi cabeza da vueltas y mi consciencia se desvanece al igual que lo hacen mis garras, mi aleta y mis dientes.