Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 3
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No puedo evitar incorporarme y empezar a correr, los primeros segundos me llevan a caer al suelo y ayudarme de mis escasas uñas para agarrarme a los adoquines y avanzar.

Hace mucho tiempo que no piso Tierra firme y mantener el equilibrio me resulta sumamente difícil.

Imito el movimiento de las focas cuando se arrastran en las calas antes de llegar al mar, soy como una cría de león marino huyendo de sus cazadores.

Me maldigo a mí mismo por no haber practicado antes, mis labios escupen chasquidos y carraspeos de lo más desagradable, si mis maestras me vieran hablando así me acabarían prohibiendo salir del reino.

―Ahora sí―vitoreo, no sé muy bien si en terrestre o sirénido.

Mantengo la estabilidad de mis movimientos mientras desciendo por unas escaleras de piedra que se me antojan un precipicio mortal.

Hay rosales a ambos lados del camino, flores cuyo aroma es tan delicioso como afiladas son sus espinas.

En varias ocasiones me tengo que agarrar a ellos obligando a mis escamas, ahora blandas e inútiles, a evitar las posibles heridas que pueden rasgar mi piel.

Le doy gracias a Rysantha por no dejar que la sangre emerja de mi cuerpo, eso provocaría que todos los caídos me pudieran rastrear.

No debo sangrar, no debo gritar, solo tengo permitido correr y buscar el río que me llevará directo a mi hogar.

La noche es eterna aquí, las farolas se esfuerzan en proyectar una luz que intenta evocar la intensidad del sol.

Si los caídos ven en la oscuridad ¿Por qué iluminan sus calles con tanto esmero?

Supongo que, de alguna manera, quieren tener el mismo esplendor que tienen los humanos de Valhía, los mortales que viven al otro lado del Midna.

La anciana de mi tribu dice que los prestigiosos fueron elegidos por la estrella más brillante, por eso sus pieles son más bronceadas que las del resto de razas del mundo.

Las calles de Plaguen se estrechan y se abren a un ritmo constante.

Todo ha sido construido para formar pasajes abiertos a los ojos más curiosos.

Un detalle que provoca en mí un sentimiento constante de persecución, como si me estuvieran observando desde cualquier rincón, tejado o ventana.

Soy una foca sobre una plataforma de hielo a la deriva, las orcas están ahí, aunque no pueda verlas, nadan alrededor de mí aguardando el momento en el que baje la guardia para iniciar su cacería.

El juego de los depredadores más inteligentes, el vals de la muerte más agónica.

Esa tortura mental que se genera al saber que puedo morir en cualquier momento pero que hay un hilo de esperanza al que me aferro con todo mi ser.

No puedo olvidar que estoy completamente desnudo, lo que puede llamar la atención de cualquier caído, por inofensivo que pueda llegar a ser.

Llamar la atención es un suicidio asegurado, esto es lo que me lleva a coger un pedazo de tela y envolverme con ella.

Túnica, vestido, camisón… son algunas de las palabras terrestres que me vienen a la cabeza cuando prosigo con una carrera cuya meta empieza a resultar dudosa.

―¿Qué eres?―dice una mujer cuyas piernas están totalmente al descubierto y en su torso resplandecen un montón de escamas azules y brillantes. Una prenda cuya misión es confundirme por completo.

―¿Qué haces tú en Tierra firme?―pronuncio en un sirénido calmado al ver que puedo tener una aliada en este lado del mundo. Una sonrisa se dibuja en mi rostro, la esperanza vuelve a acariciar mi piel. Si una exploradora ha llegado hasta aquí, eso significa que el ejército de Laneth está en camino.

De repente la mujer empieza a gritar, confundido por la reacción utilizo mis manos para arrancarle las escamas de imitación, lentejuelas de brillante color rojo, y descubrir que es una caída más.

El sonido de las armaduras y los gritos de alerta llegan hasta a mí, tengo que seguir huyendo, tengo que regresar con los míos antes de que me vuelvan a encerrar en una urna de cristal.

Empujo a la extraña y me desvío en una ruta desconocida.

Giro a la derecha para descubrir una plazuela donde la música se desenvuelve entre caracolas de oro, caparazones de metal y almejas de madera cuyas cuerdas producen la más hermosa de las melodías.

Allí hay más caídos de los que puedo contar, aunque para mi fortuna sus maneras de vestir

no distan mucho del camisón que llevo.

―¡Bienvenido a la Noche de las Ánimas!―vitorea un hombre cuyas manos sostienen unas cadenas colgantes en cuyo extremo danza un recipiente de metal con el cometido de rociar la zona con un extraño olor a hiervas y ceniza―. ¡Hoy tenemos sangre destilada de las tierras del norte!

―No, gracias…―mi terrestre va fluyendo mientras la supervivencia guía las zancadas de mis pasos. Aun así, mis “r” son tan fuertes que me delatan como un forastero de los dominios de la noche.

Esta vez no hay nadie que grite asustado, al contrario, el hombre sigue ofreciéndole su manjar a los restos de invitados de la fiesta.

Creo que el no hablar en mi lengua natal me ayuda a camuflarme entre los caídos.

Eso es exactamente lo que hacemos las sirenas y los tritones del mar, nos adaptamos al cambio para poder sobrevivir, no importa el tipo de agua o fauna.

―¡Y con todos vosotros, Las Sirenas de Plaguen !―anuncia una mujer desde una plataforma de madera.

Me quedo completamente paralizado esperando ver a mis hermanas de Laneth, o al menos algunas de las guerreras que velan por mí. Cuatro mujeres suben al escenario, cuatro caídas ataviadas con escamas, entre ellas la misma que me gritó hace unos minutos.

Ellas empiezan a cantar y contornearse ridiculizando el movimiento de mi raza.

La gran mayoría de los presentes las miran extasiados, como si su música provocara una reacción mágica en su cuerpo.

Los caídos beben de sus copas rojas, se relamen los labios y se desnudan con las miradas.

No puedo evitar pensar en las noches de luna rosa, en los rituales de emparejamiento de mi especie y en el que como las hembras depositan sus huevos en el vientre de los machos.

Eso es lo que estoy viendo ahora mismo, un ritual de emparejamiento entre muertos vivientes cuyo único interés es la reproducción, o al menos intentarlo reiteradas veces.

Les encanta mover las caderas y mostrar sus colmillos, mientras sus “sirenas” fingen nadar bajo los dominios subacuáticos de mi raza.

―Ignorantes…―maldigo para mis adentros. Es en ese preciso instante

cuando los guardias llegan a los extremos de la plaza. Nadie me delata,

mi camuflaje es perfecto―. Si yo utilizara la Voz Azur la existencia inmortal de vuestras ciudades se teñiría de vísceras y sufrimiento.

Los soldados se empiezan a mezclar con la gente vestida de blanco. Me muevo como un cardumen de sardinas nadando a una hacia el mismo punto. Imito los movimientos de aquellos que han quedado embelesados por el cántico de las falsas sirenas.

Un hombre me rodea con sus brazos por la espalda, no quiere atacarme, lo sé porque huele a deseo.

Me alejo de él y me topo con una mujer que acaricia mi cuello con su lengua, le rezo a Rysantha porque no saque sus colmillos y beba de mí.

Así es como continúa mi huída, deslizándome entre la lujuria y la muerte.

Me alejo de la música, del jolgorio y del placer de la noche.

Me pierdo, de nuevo, a través de las calles de Plaguen, con la desesperación arrebatándome cada ápice de esperanza en mi corazón.

El cansancio se apodera de mí y me anima a sentarme en el frío suelo de piedra.

El dolor me obliga a que mis manos masajeen mis pies.

Nunca he estado tanto tiempo fuera del agua, mis músculos están resentidos y mi alma quebrada.

Si las sirenas de Valhía pudieran llorar lo estaría haciendo, en cambio lo único que hago es abrir mis labios y lamentarme.

Me encantaría poder gritar, pero eso sería un suicidio.

Por eso acabo clavando mis uñas en mi falsa piel, lo hago con tanta fuerza que mis escamas sangran.

De alguna manera, mi sufrimiento y desesperación se calman ante la caricia del dolor.

En mitad de mi desconsuelo escucho el galope de un río. Mis ojos se abren de par en par mientras la esperanza brilla con una luz débil y agónica. Vuelvo a caminar, aunque esta vez voy cojeando y goteando mi esencia vital.

―Idiota, eres un idiota―me maldigo a mí mismo sabiendo que la sangre será el rastro que los traerá hasta a mí―. Mereces que te maten, mereces que te maten…

Utilizo cualquier apoyo para avanzar en mi intento de huida.

Las farolas son mi mayor sustento y me ayudan a impulsarme hacia la furia de un río.

El agua está cerca, es parte de mí, la percibo con tanta fuerza que casi puedo visualizar mi libertad.

Con solo escucharla puedo diferenciar la caída de una cascada, el chocar del cauce contra las rocas y el salpicar de las gotas sobre los adoquines más cercanos.

Ignoro el dolor de mis piernas y me echo a correr, mis zancadas son tan grandes que casi es como si pudiera volar.

―¡Por aquí!―grita un soldado a mis espaldas―. ¡El rastro sigue por aquí!

―¡No dejéis que llegue al agua!―grita otro, pero es demasiado tarde.

El camisón ensangrentado vuela a merced del viento mientras mi cuerpo desnudo se precipita al infinito de mi salvación. En el momento en el que el agua dulce entra en contacto con mi piel las escamas ganan fuerza y mis piernas se unen formando una única aleta.

Aunque sé que esta no es mi forma más voraz, pues no estoy en mar abierto, puedo nadar a gran velocidad. Desde la superficie se puede ver un fino reflejo azul que se va perdiendo en la espuma del río.