Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 2 #2
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La noche se cierne sobre mí, las calles de la ciudad forman un laberinto que no consigo memorizar.

El hogar de los caídos es un enramado de edificios que pretenden alcanzar el horizonte cubierto por una tormenta silenciosa.

Las luces emergen de tótems de metal colocados a ambos lados de la ruta a través de la cual me llevan.

No tardo demasiado en darme cuenta de que había leído sobre esto, los llaman farolas.

Amarran la pecera a un vehículo tirado por caballos, el caído que está al mando los azota con un látigo y los animales inician una carrera hacia algún lugar.

La noche no es silenciosa, al contrario, hay murmullos escondidos en cada esquina.

Puedo ver a más de ellos, entran y salen de sus edificios, llevan a cabo lo que entiendo que es su propia normalidad.

Aquí no hay entrenamientos de combate o prácticas de magia, lo único que percibo es ocio y placer.

Las construcciones de los nocturnos tienen formas muy diferentes entre sí, algunas triangulares y otras cuadradas.

No puedo dejar de comparar esos edificios con las guaridas de las barracudas que esperan pacientes el momento de salir a cazar.

Soy como un caballito de mar a merced de las corrientes marinas, incapaz de agarrarme a ningún lugar.

Así es como me siento, preso de una urna cuyo oxígeno va llegando a su fin.

―Me ahogo…―digo, y no sé si lo hago en sirénido o en terrestre.

El carruaje avanza a través de adoquines que forman un camino en pendiente hacia las grandes torres de un castillo. Sea quién sea ese tal duque Ábsolem parece vivir en lo alto de Plaguen. ¿Será su líder? ¿Qué harán cuando comprendan lo que he hecho?

De repente los caballos chillan y se zarandean intentando escapar de las riendas de su dueño.

Una mujer encorsetada, y con el cabello tan rojo como el fuego de las antorchas se mantiene allí frente a nosotros.

Los dos soldados, que se han encargado de que mi pecera no vuelque durante el trayecto, y que la tapa no se abra, alzan sus espadas.

―¡En nombre del duque, detente!―grita uno, la chica se limita a alzar la mano al mismo tiempo que los corceles empiezan a volar por encima del nivel del suelo.

―¡Está prohibido utilizar la mancia contra la guardia real!―continúa el segundo pero ella no parece escucharle.

―¿Mancia?―susurro extrañado.

En un abrir y cerrar de ojos los animales entonan una melodía de lo más tenebrosa, sus huesos chasquean con tanta fuerza que es imposible no detenerse a contemplar sus hipnotizantes bailes.

La mujer utiliza sus poderes para quebrar los huesos de los caballos y reducirlos a una amalgama de pelo, piel y sangre.

Los guardias se apresuran a bajar del carruaje y arremeter contra ella, entonces le veo.

El caído está de pie sobre la urna que me mantiene preso, sus ojos rojos se clavan en mí mientras una sonrisa se desdibuja en la frialdad de su gesto.

El hombre tiene vello que perfila la comisura de sus labios resaltando una mandíbula y un rostro trabajado.

Tiene el cabello color noche, corto y con el flequillo imitando el surco de una caracola.

Dos pendientes de plata relucen en la palidez de sus orejas, lo siguiente es un detalle que le hace completamente diferente al resto de cadáveres andantes con los que me he topado hasta el momento.

El extraño lleva una máscara blanca de acero puro con la forma de un animal, un objeto que oculta la mitad de su cara y envuelve su identidad en un halo de misterio.

Nadie más se percata de su presencia, nadie es capaz de ver el filo de sus dos espadas hasta que estas atraviesan sus corazones.

A diferencia de las hojas de hueso serrado que utilizan las guerreras de Laneth, las armas del caído constan de un filo curvo que evoca el brillo de dos medias lunas cuya terminación intenta acariciar su codo.

La sangre salpica su traje negro justo antes de colocarse de un salto sobre la urna de cristal.

Después abre los cierres de mi prisión y me presta su mano para ayudarme a salir.

Lo primero que me piden mis instintos de depredador es tirar de él para convertirlo en mi presa, luego me doy cuenta de que en el agua dulce estoy desarmado y lo único que puedo hacer es aceptar su apoyo.

El caído hace gala de una fuerza descomunal, salta del carruaje conmigo en brazos y me deja con cuidado sobre el suelo lleno de adoquines de piedra.

No pierde ni un solo segundo en quitar las cortinas del vehículo y tirarlas sobre mi cola para acelerar el secado de mis escamas y quitarme la mordaza que anula mi poder.

Podría empezar a cantar, usar la Voz Azur para someter a todo el que la escuche a una muerte instantánea, pero algo en mi interior me obliga a mantenerme en silencio y concentrarme en la metamorfosis de mi cuerpo.

Mi aleta se retuerce mientras las escamas se ocultan bajo una falsa piel, de un momento a otro tengo dos piernas.

El corazón me palpita agitado al mismo tiempo que los primeros esfuerzos de mis pulmones me indican que estoy cansado.

El extraño me mira, sonríe con sutileza y envaina sus armas en las aljabas que descansan en su espalda, acto seguido sacude su mentón como si quisiera decirme algo.

Al instante se escucha un sinfín de cascos de caballos en la lejanía.

―¡Chacal, ya vienen!―grita la caída de cabello rojo fuego.

―Vete―pronuncia el extraño en un tono de voz que roza el susurro. En lo profundo de su frialdad percibo su preocupación―. Esa calle lleva a un río que conduce directamente al mar―. Regresa con los tuyos, aléjate de la noche y olvida lo que has vivido.

―¿Por qué me ayudas?―pregunto en un terrestre torpe y con el sonido de la “r” más fuerte de lo normal.

―Porque nadie merece ser arrebatado de su hogar…

―¡Exterminad a los rebeldes, proteged la corona de Plaguen!―gritan los guardias interrumpiendo todo lo que Chacal fuera a decirme―. ¡No dejéis a ninguno con vida!