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Me despierto con el sonido de una melodía incesante, un murmullo de decenas de voces y una marabunta de risas que no reconozco.
Abro los ojos para encontrarme con una mirada de brillante color rojo, un detalle que se repite en los habitantes de esta parte del mundo.
Es una niña de cabellos dorados y piel tan pálida como una perla.
No se inmuta al mirarme, permanece allí, inmóvil, mientras contempla la expresión de alguien cuyo destino ha sido robado.
―Mirad, mirad,…―repite sin hacer ningún ademán de asustarse, sorprenderse o sonreír.
En ese preciso instante me doy cuenta del lugar en el que estoy.
Me han encerrado en una urna de cristal, una prisión cuyos bordes son del oro más reluciente y en cuyo interior se retuerce mi libertad.
Hay muchísima gente, más caídos de los que puedo contar, demasiados para derrotar en una batalla por muy justa que sea.
Todos ellos se mueven con agilidad acompañados de sus copas con abundante líquido carmesí.
Algunos me miran, otros pasan de largo, no tardo mucho en comprender que soy un mero entretenimiento.
Estoy en medio de un salón de grandes dimensiones, he visto dibujos de construcciones terrestres más humildes.
Hay columnas de piedra situadas a los extremos de una bóveda a través de la cual se pueden ver las nubes del cielo.
Aunque saliera de la pecera en la que me han metido, me quedaría otra celda más grande a la que sortear.
Los caídos están allí, bailan sobre sus propios pasos mientras mantienen largas conversaciones cuya finalidad desconozco.
Quizá se estén preparando para la guerra o quizá se protegen de algún enemigo más fuerte que ellos.
Me equivoco, en Tierra firme no hay más preocupación que la de mantenerse en pie.
¿Es realmente tan difícil caminar? Lo dudo.
Son como tiburones hambrientos de carne llevando a cabo una danza de cortejo eterna.
Los caídos se deslizan por encima del suelo, se besan las mejillas o se dan apretones de manos mientras observan los objetos situados sobre mesas de cristal.
Hay conchas, caracolas, almejas y una infinidad de peces muertos.
Diría que de todo lo presente, soy lo único
fuera de su hábitat natural que aún sigue con vida.
La melodía surge de los violines de un grupo de hombres que se mantienen en una zona apartada del salón.
La música es agradable, aunque realmente me encantaría que todos ellos escucharan mi voz.
Necesito salir de aquí, desgarrar a todos y cada uno de los presentes y volver al mar.
Por mucho que esté en el agua soy consciente de que no dispongo de ninguna de mis armas.
Mi aleta se mantiene en un brillante color azul cielo, un detalle que a los presentes parece sorprenderles, incluso gustarle.
Mis escamas se han reblandecido, es como si mi cuerpo supiera que aquí tengo prohibido luchar.
Por no hablar de mis labios, sellados bajo una pieza de tela mágica cuyo enganche es de acero puro.
No tengo garras para liberar mi canto, no soy nadie en esta parte del mundo. Entonces lo entiendo, es agua dulce.
―¿El Duque Ábsolem lo llevará a su castillo, verdad?―pregunta la niña en el momento justo en el que cinco mujeres se acercan a la pecera―. ¿Se lo ha comprado a tío Morrick, a que sí?
―Si, Seylah―habla la caída con más porte, la líder de las otras cuatro―. Será el regalo perfecto para el nacimiento del nuevo retoño.
Ella tiene una sonrisa embriagada en poder. Sus ojos se fijan en las cuatro caídas que le acompañan. Todas, menos ella, tienen el vientre hinchado bajo sus vestidos bordados con flores. No hace falta ser muy listo para comprender que están encinta.
―No os acerquéis mucho al tritón, mis adastas ― ordena ella con un chasquido de dedos. Después le agarra la mano a la niña y la arrastra lejos de mí.
―Sí, Lady Amari―le responden las otras, acto seguido le siguen sin miramientos. De alguna manera ellas son de su propiedad.
No sé cómo se diferencian los caídos entre sí.
En mi hogar las sirenas llevan el pelo largo mostrando su estatus, ningún tritón en su existencia puede dañar a nuestras hembras.
Ni siquiera yo, séptimo hijo de la Reina Velra, puedo castigarlas.
Aunque no tengo necesidad, ellas están para protegerme, a mí y a mis hermanos.
Somos los tritones más importantes del reino, cualquier ataque contra cualquiera de nosotros puede significar la guerra.
Eso es lo que tienen que estar haciendo, estoy seguro, mis padres estarán organizando a las tropas para liberarme.
Los caídos no tienen ni idea de lo que están provocando, pronto la anciana verá mi localización a través de los susurros del océano y hará que los clamamareas traigan la ira de Laneth a estos desalmados.
―¿Estás triste, verdad?―alguien se dirige a mí, cuando quiero darme cuenta una de las adastas de Lady Amari tiene su mano sobre el cristal.
―No quiero morir―pronuncio con sinceridad, no la conozco, pero mis instintos me advierten de que no va a hacerme daño―. Quiero ser libre.
―Yo tampoco quiero morir―después clava su mirada en su otra mano, la cual acaricia su vientre―. Pero es mi deber servir a Plaguen.
―¿Qué va a ser de mí?―me atrevo a preguntarla, coloco mi mano frente a la suya. De alguna manera necesito sentir que tengo una amiga en Tierra firme, alguien en la que confiar.
―Nunca han capturado a uno de los tuyos―afirma con una sonrisa imitando mi gesto y haciendo de sus dedos la sombra de los míos―. El Duque Ábsolem es gentil con su progenie y sus aliados. Si no los pones en peligro, seguramente tendrás una noche larga.
―¿Una noche?―digo con torpeza, y ella me sonríe con ternura.
―Las noches aquí son eternas―eso no me deja del todo tranquilo.
El salón se llena de aplausos cuando un par de hombres, ataviados con trajes y capas, se sitúan en el centro y empiezan a hablar. Sus labios se mueven tan rápido que me es imposible entender lo que están diciendo. Sus manos invocan brillantes esferas de color anaranjado, magia de calor y luces.
El recuerdo acude a mí sin previo aviso, lo hace con cada uno de los destellos de poder que emergen de las manos de los caídos.
Mi mente se esfuerza por apartar una bruma tan abundante como la espuma de mar en el romper de las olas.
Las luces naranjas atraen consigo los hechizos de los clamamareas de mi hogar, están intentando mantener escudos mágicos cuyas grietas surgen una y otra vez, después llegan los gritos.
Soy tan solo un niño, demasiado pequeño para aguantar las corrientes más fuertes y demasiado débil como para defenderme por mí cuenta.
―Es fuego―pronuncia ella divertida al verme tan centrado en el
espectáculo. Sin saberlo me ha traído de vuelta de una pesadilla.
Fuego, hermoso y elegante. Me quedo ensimismado mirando como la gente los aplaude en la distancia, temerosos de que la belleza se torne caos.
Puedo advertir el esfuerzo de los caídos, la concentración en que la luz no se descontrole y el calor no lo arrase todo.
Me veo obligado a apartar la mirada de ellos, tengo miedo a que las imágenes regresen a mi mente, no puedo permitirme titubear, no mientras siga preso en este cristal.
Algo ocurre de repente. Un hecho que provoca un vuelco en mi corazón.
El vientre de la caída brilla con una suavidad dorada, es como si el sol estuviera acariciando la arena de la playa.
Nadie se percata de la esfera que recorre el cuerpo de la mujer, se desliza por su brazo y atraviesa el cristal utilizando nuestras manos como conducto.
Ella no dice nada, solo sonríe mientras una lágrima se desprende de mi mirada y se funde con el agua de mi prisión.
―No, no, no…―digo intentando desprenderme del vínculo que se acaba de crear, pero ya es demasiado tarde.
La luz se deposita en mi abdomen y se apaga esperando el momento para volver a brillar.
Lo sé, sé lo que acaba de ocurrir, para esto me han estado entrenando durante toda mi vida.
El significado de que los tritones seamos tan importante para la sociedad submarina, la verdadera función del poder que Ryshanta me regaló al nacer―. Aurane …
―¿Qué haces ahí, Lahmia?―la hembra alfa se acerca a ella y se sitúa de espaldas a mí―. Te dije que no te separaras. Ahora no puedes ponerte en peligro, llevas a un chiquillo real y es tu deber cuidar de él.
La situación no mejora cuando Amari emite un grito de terror. Todo el salón se detiene a observarla, cuando se gira hacia mí puedo percibir el odio en su mirada. Detrás de ella Lahmia ha perdido el diámetro de su vientre, peor aún, no hay rastro de que alguna vez hubiera estado encinta.
―¡¿Qué le has hecho, monstruo?!―me grita su dueña―. ¡Llevadlo ante mi padre!
De la multitud aparecen seis hombres cuyas vestimentas distan de las del resto.
No llevan largos vestidos de cola, ni camisas que resalten su potente figura.
Al contrario, lo que llevan puesto son armaduras negras y espadas de acero puro colgadas de su cinturón.
Los soldados cogen la urna con tanta torpeza que el agua salpica a Lady Amari convirtiendo su elegante peinado dorado en el abrazo de un calamar.
―¡Tened cuidado!―ordena de nuevo, la gente a su alrededor parece tenerle tanto miedo como respeto―. Lo quiero con vida hasta que
sepamos qué es lo que ha hecho.
Cuando me alejan de allí la música se queda muda y la multitud permanece espectadora de lo que está pasando.
Miro por última vez a Lahmia, la cual me sonríe con lágrimas en sus ojos.
Las puertas se cierran tras de mí alejándome del único lugar en el que no corría peligro.
A los pocos segundos los violines vuelven a sonar, la fiesta tiene que continuar, aunque lo que haya pasado cambie todo para siempre.