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Mis ojos centellean de manera amenazante, mis escamas resplandecen azules y mi garganta entona la melodía que precede a la Voz Azur.
Empiezo a cantar, lo hago sin dudarlo, me concentro en detener la canalización de los magos que pilotan este barco.
Ansío lanzarlos al mar y devorar sus corazones, mi hermana y sus guerreras harán el resto.
Necesito luchar, necesito volver al agua y recuperar mi fuerza para
acabar con todos y cada uno de ellos. Quiero desmembrarlos, hacerles trizas para después bañarme en su sangre. Han osado secuestrar al Príncipe de Laneth, a uno de los siete tesoros del reino, su castigo será digno de nuestras historias talladas en piedra.
Uno de los encapuchados se acerca a mí, aparta el acero de mis escamas y me coloca una bolsa de tela en la cabeza.
Entonces se detiene mi voz y mi canción se queda muda, no puedo canalizar mi poder, no puedo someterlos a mi voluntad.
Siento su piel enredándose en mis garras cuando le propino un zarpazo, después todo se sume en oscuridad.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que recupero la consciencia, me duele la cabeza lo suficiente como para darme cuenta de que me han golpeado con algo contundente.
Todo está lo suficientemente oscuro como para forzar a mis ojos a adaptarse a ello.
Seguimos navegando, el vaivén del barco es constante y el aroma no dista mucho del de la carne podrida.
Ya no tengo la bolsa en la cabeza, ni siquiera estoy metido en una red de acero puro, mi situación es extraña e impotente.
Estoy encadenado en una prisión, los grilletes no me queman por lo que entiendo que mis captores no me quieren hacer daño, al menos por el momento.
Lo peor es el pañuelo rojo que oculta mis labios, un material mágico que evita que pueda entonar la Voz Azur.
El murmullo del mar se va acallando, es como si Rysantha estuviera llorando mi pérdida.
Estamos llegando a Tierra firme, lo percibo en mi aleta, el cambio está cerca.
Cierro los ojos y siento como las escamas se ocultan bajo una fina capa de piel, me surgen dos piernas completamente humanas, una habilidad más en los habitantes que conformamos la sociedad acuática.
Cuando abro los ojos una lágrima se desliza desconsolada.
La llegada de mis nuevas extremidades me indica que ya no hay rastro de mi fuerza, menos aún de mis garras o mis dientes afilados.
Ya no tengo armas, sea quienes sean los que me han arrebatado de mi hogar, saben lo que soy y como inhibirme.
―Ya hemos llegado pescadito―se jacta uno de ellos desde el otro lado de la prisión.
Se quita la capucha y muestra una media melena rubia en mitad de un rostro pálido como una beluga y dos ojos de un apagado color rojo.
Me mira, sonríe victorioso y muestra dos colmillos que alardean de ser el depredador alfa.
Ya no soy nada aquí, solo una criatura despojada de todo su ser.
En el fondo de mi corazón deseo morir, no tengo ninguna opción de supervivencia.
Aunque una pequeña parte de mí desea saber qué me depara el futuro, qué es lo que hay en esta parte del mundo y qué harán conmigo.
―Eres un caído…―pronuncio con odio en su propio idioma, no le tengo miedo―. Un cadáver andante cuya vida pende de un hilo podrido.
―¿Te atreves a retarme, asqueroso ahogado?―después me escupe dejando mi cabello corto y ondulado empapado en su saliva.
Sé que las razas de Valhía se organizan en jerarquías muy diferentes, no conozco la de los nocturnos, pero deduzco que este individuo no tiene ni una pizca de sangre real.
Por mucho que lleve el pelo largo, un símbolo de liderazgo en la sociedad submarina, un privilegio que solo pueden portar las sirenas; no debe de ser nadie importante.
―¡Vamos al agua y veremos quién escupe a quién!―maldigo en mi idioma, lo hago sin darme cuenta. Mi captor me mira confundido, después se empieza a reír a carcajada limpia.
―¿Te has atragantado o qué?
―Exijo que me lleves ante tu líder.
―No estás en posición de exigir―abre la celda, se coloca frente a mí y coloca un cuchillo de acero puro en mi garganta. Aunque solo sea la punta, quema―. Te partiría en rodajas y te serviría en la cena si no me fueras más valioso vivo que muerto.
Vuelvo a intentarlo, vuelvo a intentar entonar mi canto, pero solo siento el agotamiento de canalizar una magia que no funciona.
El nocturno vuelve a reírse, tiene que dar un par de pasos atrás para no dañarme con la hoja.
Se ríe tan fuerte que no puedo evitar pensar en la de depredadores que atraería si estuviera en alta mar.
―¿Qué crees que estás haciendo, Péstegos?―dice otro hombre, este es más bajito y regordete―. Morrick nos está esperando en el puerto, no se cree que hayamos atrapado a un macho. ¡Hoy beberemos plasma de verdad! Nada de sangre barata de cabra.
―¿Qué hacemos con él?―pregunta mi captor mientras guarda el cuchillo en su cinturón, no quiere que le vean amenazándome.
―Esto no va a llamar mucho la atención―comenta el segundo mientras me mira las piernas―. Metámoslo en la urna de cristal, vamos a exigir una buena suma de dinero.
―No me toques pedazo de carne podrida―le desafío aun sabiendo que estoy en desigualdad de condiciones.
―El pescado está rabioso―se jacta el primero.
―No voy a perder más el tiempo―el segundo me propina un puñetazo que lo tiñe todo de negro.