Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1) 1
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Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1)

Corona de oro negro y rubíes (Corte de agua carmesí 1)

Por Pebol Sanchez

© inepub.com

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―Nos extinguimos, los reinos acuáticos de Valhía nos estamos extinguiendo.

Y no me refiero a la amenaza constante de las caribdis.

Mis antepasados llevan luchando contra esos monstruos desde que el mundo era mundo.

Tampoco hablo de los barcos que nos dan caza por el simple hecho de vernos como una amenaza.

A lo que me refiero es que hace más de cien años que una sirena no deposita huevos en el vientre de un tritón.

Nos estamos extinguiendo y no podemos hacer nada para evitarlo.

Saco el brazo por encima de la superficie del agua, extiendo mi arma y la disparo con tanta fuerza que casi es impredecible.

La lanza de hueso corta el viento sin hacer ruido, recorre el espacio que hay en menos de un segundo y atraviesa a la gaviota antes de que pueda alzar el vuelo.

Nado hasta la roca en la que se mantenía descansando, me siento sobre ella y dejo que la sangre empape mi aleta con el primer mordisco.

Aquí arriba mis escamas adquieren un peculiar color azul, una adaptación natural en mi especie, una contradicción de todo lo que soy.

En las profundidades todo tiene un tono más grisáceo y oscuro, una cualidad que nos permite camuflarnos para evitar posibles ataques o

facilitar nuestras cacerías.

En cambio, bajo la luz del sol todo cambia.

Según cuenta la anciana de mi tribu, fuera del agua no tenemos la misma fuerza y resistencia, por lo tanto, es más fácil alimentarse si la presa se acerca al cazador.

Dice que nuestras antepasadas aprendieron a utilizar la Voz Azur para conseguir alimento en vez de para la guerra.

―¿Qué haces aquí?―pronuncia una de mis hermanas mayores entre chasquidos y silbidos.

No es que no conozcamos el idioma terrestre, pues el Pacto hizo que nuestra especie aprendiera a comunicarse fuera del agua, una enseñanza que se ha ido transmitiendo de generación en generación.

Pero utilizarlo entre sirenas es una falta de respeto.

Nuestro dialecto no lo conoce nadie que no se haya criado bajo el mar, aquí las palabras son mudas y son sustituidas por chasquidos de dientes, silbidos y pequeños cánticos.

Por no hablar de la infinidad de sonidos que no puedo explicar, melodías más complejas que el ronroneo de un gato.

―El barco hundido de ayer ha atraído alimento―admito con los dientes llenos de restos y la barbilla empapada en sangre.

―Los reyes te van a acabar encerrando si sigues faltando a los entrenamientos, Cirigh―más que ser una reprimenda, mi hermana

parece repetir las mismas palabras que las del día anterior.

―Papá y mamá no me dirán nada, Sarra―respondo con los ojos en blanco justo antes de compartir un pedazo de mi presa―. No ha habido un ataque en meses.

―¡Por las ballenas estelares ¿Cuánto hace que no como una de estas?

―¿Cuánto hace que no sales del agua?

―La general ya no me deja patrullar Tierra firme―ella suspira melancólica mientras contempla el horizonte cuyos colores se entremezclan en el Midna.

El cielo de Valhía se parte en dos en el ecuador del mundo.

En el este todo es más claro y cálido, el sol es una esfera brillante que lo ilumina todo.

En cambio, en el oeste la noche promete ser eterna, sin luna ni estrellas porque siempre hay tormenta.

Es como si un calamar hubiera expulsado su tinta por el aire y se hubiera quedado ahí para siempre.

El Midna separa las fronteras entre los nocturnos y los diurnos, el resto del mundo es agua.

―Te pierdes muchos placeres de la vida―me estiro sobre la roca y dejo que el sol acaricie mi piel―. ¿Has venido para llevarme a casa?

―Las otras guerreras nos esperan para escoltarte―Sarra suspira aburrida, después se acerca a mí y se sienta a mi lado. En el preciso instante en el que emerge del agua, sus escamas se adaptan adquiriendo una tonalidad verdosa―. ¿Sabes por qué se preocupan tanto por ti verdad?

―Porque soy el pequeño―respondo sin apartar la mirada del Midna―. Pero ya tengo cien años, no deberían de controlarme tanto.

―Eres el último tritón que ha nacido en cien años, Cirigh―y aquí chasquea sus dientes con tanta fuerza que casi parece estar a punto de morderme.

Aunque estos también se han adaptado al entorno, al igual que los míos, ya no son afilados como los de un tiburón, al contrario, ahora son inofensivos y redondeados―.

Si te pasase algo perderíamos la oportunidad de preservar nuestra especie.

―Tus otros seis hermanos también tienen el aurane en ellos―le reprocho con frialdad, estoy harto de que me recuerden mi función en la sociedad acuática. El mismo rol de todos los tritones―. Además, yo también he sido entrenado para luchar. Tengo la misma destreza con la lanza que tú, Sarra.

Mi hermana me mira sin decir nada. No hay ninguna melodía que emerja de ella, solo el respirar de sus pulmones. Me giro lentamente para

mirarla, no puedo olvidarme de que, aunque sea uno de los siete príncipes del Reino de Laneth, sigo siendo un macho y eso me sitúa por debajo de mis hermanas.

La mirada de Sarra se ha vuelto completamente azul, al igual que la mía, en el interior de su iris puedo contemplar la furia del océano y la calma de la brisa marina.

―¿Recuerdas cuando eras niño?―pregunta con un suave ronroneo―. ¿Recuerdas la primera vez que viste a una caribdis?

―Pasé muchísimo miedo―mi corazón se acelera con tan solo pensarlo―. Era demasiado joven como para luchar y las clamamareas ni siquiera me habían enseñado ni un solo hechizo.

―Las guerreras lucharon contra el monstruo mientras este acababa con ellas―no consigo visualizar con claridad lo que me cuenta, solo son imágenes vagas que evocan el intento de un recuerdo―.

Madre acabó entonando su Voz Azur y doblegó a la caribdis para que padre y el resto lo atravesaran con sus lanzas.

―Y ganamos como siempre lo han hecho nuestros antepasados.

―¿A costa de cuántas vidas, Cirigh?―Sarra acaricia el agua con sus manos palmeadas―. Perdimos a muchas sirenas, incluso miembros de la realeza. Aunque no lo parezca, tuvimos mucho miedo, por un momento creímos perderte a ti también.

Un hecho que sigo sin recordar con claridad, mis hermanas siempre dicen que no lograron encontrarme en medio del caos, que regresé a los días con un banco de ballenas, yo simplemente lo he olvidado.

Pensar en los monstruos, la guerra y el peligro me provocan nauseas.

Le pido que pare, que deje de hablar de todo esto y que contemple la hermosura de nuestro mundo.

Si otros han caído por mantener intacto todo esto, nuestro deber es honrarles, no solo en los cementerios de coral, si no disfrutando de lo que nos rodea.

―¿Me das un rato más?―recurro a mi cargo de hermano menor―. Quiero mirar el Midna por última vez.

―Vas a estar en casa, Cirigh, podrás volver a la superficie cuando acabe la gestación―dice y después se zambulle en el agua. En ese preciso instante sus rasgos dulces desaparecen para dar pie a una depredadora nata―. No me hagas volver a buscarte.

Asiento con la cabeza y dejo que la brisa acaricie la piel pálida que surge para ocultar las escamas.

Adoro estar aquí arriba, aunque sea en una roca perdida en medio del océano.

Sé que no hay amenazas cerca, solo estamos yo y el horizonte.

Cierro los ojos y me relajo, disfruto de los ápices de sabor que ha dejado la gaviota en mi boca.

Si me encontrara con otra más no dudaría en atravesarla con mi lanza de hueso, sigo teniendo hambre.

El aire deja de dibujar ondas en mi piel cuando el sol se oculta tras un nubarrón.

Sonrío al saber que eso es señal de que se avecina una tormenta.

Me mantengo con los ojos cerrados y espero a que las primeras gotas de lluvia humedezcan mi piel, estiro la aleta todo lo que puedo y la sacudo con ilusión.

Los primeros truenos repiquetean de manera extraña, no son como las espadas de los dioses resolviendo sus conflictos.

Al contrario, es un sonido mucho más pesado y oxidado, el estruendo de un ancla amarrándose a la profundidad marina.

―¡Hoy es nuestro día de suerte!―escucho un grito en perfecta lengua terrestre.

Cuando abro los ojos el corazón me da un vuelco, de la nada aparece un navío de grandes dimensiones. El mascarón del barco forma el rostro de una mujer que parece estar llorando y gritando a la vez. En el primer vistazo contemplo el nombre tallado en la madera: La Llorona .

Antes de que pueda reaccionar y saltar al agua, una red me abraza con tanta fuerza que empieza a quemarme.

Acero puro, el único material terrestre capaz de atravesar mis escamas y llegar hasta mi piel.

Grito, rujo y propino fuertes aletazos, pero no sirven de nada.

Poco a poco el barco empieza a recoger su pesca arrebatándome de mi hogar.

Me tiran sobre la madera sin el valor suficiente como para liberarme de mi prisión y enfrentarse a mí en un duelo justo.

Cuento diez, diez figuras encapuchadas, tres de las cuales canalizan el viento alrededor de las velas.

Son magos con el mismo poder que las clamamareas de Laneth.

Mis labios propinan un rugido lo suficientemente fuerte como para atravesar la superficie del mar y llegar a los oídos de mi hermana.

Escucho su grito de guerra, y después al ejército de sirenas que le acompañan.

―Larguémonos de aquí antes de que nos hundan―ordena uno de ellos a tiempo de que el navío empiece a avanzar a gran velocidad.

―¡Demonios!―grito en su idioma para que puedan entenderme. Ellos se ríen, mi pronunciación y mi acento les parece gracioso―. ¡Sufriréis la ira de Rysantha!―bramo con odio convocando el verdadero nombre del mar que recubre toda Valhía.