Corona de humo 45 Por traición y por amor #2
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45 Por traición y por amor #2

—Aseguró mi libertad —responde, con ese cinismo que me desespera.

—La corona le pertenece a Lucien. Si se la devuelvo, tal vez me perdone. Y estos documentos son el final. Aquí está la proclamación oficial de Cassius, nombrando a Arvo como sucesor. Si alguien accede a esto, nada de lo ocurrido esta noche habrá valido la pena.

—Muy bien.

Le arrebato uno de los pergaminos. Lo leo rápido. La firma del monarca, el emblema real en cera. Un documento como este sella el destino de un reino, aun después de la muerte.

—Nos quedaremos con uno. —Andando.

Camina tras de mí, silenciosa. Estoy pensando en cómo salir del palacio con dos cadáveres a nuestras espaldas y una traición sellada en la bolsa, cuando noto que ya no me sigue.

—Mar —susurro, frustrado.

Me ignora descaradamente. Ha entrado en la habitación del príncipe.

¡Está loca!

Pero la sigo. Ubico a Lucien, rendido sobre la mesa. Su último trago se ha derramado.

—Mar, ven acá —insisto.

Otro fracaso.

La observo acariciarlo. ¡Maldita sea!

Y entonces él sonríe. No despierta, pero se rinde a la sutil caricia. En su estado, incluso en sueños, la reconoce.

¡Vaya forma de despedirse! Ha dejado la corona y los pergaminos sobre la mesa, como una ofrenda de paz. Se acerca a su oído; las palabras que han salido de sus labios vuelven a dibujarle una sonrisa al príncipe.

Podría ser un lindo recuerdo; para otros. Yo no puedo más. Llego hasta ella y la cargo al hombro. Como a una niña caprichosa.

Mi vida no puede depender de su insensatez.

Avanzo con zancadas grandes pero cautelosas. Al menos, sabe que ya no hay espacio para hablar.

—¿Cómo burlaste a los guardias en la escalera?

—Entré por el balcón de la princesa.

—Bien.

¡Increíble!

Si yo siguiera siendo el comandante, mañana mandaría a demoler cada uno de esos malditos balcones. Son grietas en la seguridad. Pero hoy podrían salvarnos.

Entro a la habitación de la princesa Cressida sin disimulo, con Mar aún colgando sobre mi hombro.

—¿Qué están haciendo? —Salta de la cama, asustada.

La princesa ya estaba arropada. Como si lo de allá afuera no hubiera pasado. Como si no supiera que el rey ha muerto.

—Cumpliendo su deseo más imperativo, Su Alteza: me llevaré a Mar lejos de estas tierras, y usted no dirá nada. ¿Entendido?

—Van a preguntarme y no sé si pueda mentirle a mi esposo.

—Hay dos hombres muertos al final del pasillo. Y uno de ellos es el rey. Usted está tan empapada de esa sangre como nosotros. Créame, Lucien no le perdonará la falta. Y no me refiero a la muerte de su padre.

—¿Me está amenazando, comandante?

—Cressida, solo mantén tu jodida boca cerrada.

Aplaudo la determinación de Mar. Salgo al balcón; la dejo en el suelo.

Así que esta fue la forma en que subió. Reviso el anclaje de la soga. El disparo fue perfecto, preciso. ¿Cuándo aprendió a usar una ballesta? No, ¿cómo es que tiene tan buena puntería?

—Andando.

La ayudo a cruzar el barandal. Ella no duda, se aferra a la cuerda y comienza a descender.

Cuando toca suelo firme, respiro por primera vez en minutos.

Yo voy detrás. Y no miento: ninguna batalla me había hecho sentir tanta adrenalina.

Acabo de encubrir el homicidio de Cassius, el Sanguinario.

Y no solo voy a traicionar a mi nación y a mi amigo, sino que me llevaré algo más valioso que su anhelada corona.

Otro de sus mayores deseos, y él ni siquiera sabe que existe.

Lucien… Miro por última vez hacia el castillo.

Espero puedas perdonarme.

Me encamino hacia la salida principal, guiando la carreta que lleva las pertenencias de mi hermano. Pocas cosas, todo lo que cupo en un baúl. Pero el peso que cargo no tiene nombre. O tal vez sí… traición.

—Comandante.

Detengo mi caballo. El primer retén, y los guardias no me dejarán ir tan fácil.

—¿A casa? —pregunta uno de ellos.

—Así es, señores. —Extiendo el permiso firmado por el príncipe.

El soldado lo toma, lo revisa. Frunce el ceño.

—Pensé que solo llevaría las cenizas de su hermano.

—Aquí van, soldado. —Golpeo suavemente la urna; la llevo al frente conmigo. Nero no irá atrás, como un bulto más.

—¿Y qué transporta en la carreta?

Comienzan a rodearme; es su trabajo, y lo hacen bien.

—Sus pertenencias. Ropa, libros, cosas sin valor para la mayoría, pero importantes para mis padres.

Bajo del caballo, caminando con paso firme hacia la parte trasera.

Abro el baúl sin miedo. Lo muestro, sin teatralidad: no hay más, solo puros recuerdos.

—Insignificancias —murmuro—. Quizá para ellos tengan algún valor. Para mí, él ya no era nadie.

Cierro la tapa y vuelvo a montar mi caballo.

—Era un traidor —expresa el más joven de los guardias.

Levanto la mirada, la ceja arqueada, sorprendido por el valor que ha tenido al expresarlo frente a su superior.

—Explíquele eso a mis padres —le respondo, con una calma que no es real.

Extiendo la mano para recuperar mi documento. Necesito desaparecer cuanto antes.

—Lo esperamos pronto de vuelta, comandante. Las tropas lo necesitan.

—Eso espero, soldados.

Recibo los honores que mi rango aún impone y me voy.

Regresan a sus posiciones en el retén, y yo sigo mi camino. No bajo el ritmo, no volteo, no respiro, hasta haber salido de la ciudad principal.

Si Mar está incómoda, no me importa. Es lo mínimo que merece después de lo que hizo. Yo acabo de perderlo todo. El futuro por el que peleé, el uniforme que honré, mi juramento, a mi mejor amigo…

Todo se quedó atrás. Y no me equivoqué al elegir. En el momento en que decidí sacarla de esa ciudad, ella y la criatura que espera se volvieron mi responsabilidad. La asumiré con honor. Aunque el precio sea mi nombre y no me quede un lugar adonde volver.