Corona de humo 45 Por traición y por amor
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45 Por traición y por amor

Si Lucien pregunta por mí… miéntanle.

CAISETH

Lucien choca su vaso con el mío. Un brindis por la nada y yo bebo por compromiso, forzado a tragar el último sorbo de licor que queda. Frunzo el rostro, incapaz de ocultarlo. ¿Cómo me dejé convencer?

—Es asqueroso —mascullo, conteniendo las náuseas que ya me muerden la garganta—. Jamás entenderé a los hombres que se pierden en el alcohol por gusto.

—Es único, comandante —ríe, con esa carcajada suya tan llena de heridas—. Tal vez, a su regreso, debamos entrenar menos con armas. Un hombre no es hombre si no sabe beber.

—Mi hermano era bueno en las tabernas… y terminó enredándose con su primo.

Mi comentario nos borra la sonrisa. Imprudente, fuera de lugar. Él ya no está, murió. Y yo aquí, a punto de partir con sus cenizas listas para entregárselas a mis padres.

—Salud. Por su hermano.

Lucien vuelve a llenar el vaso. —¡Por Nero! —brindó en voz baja, solo para mí.

—Dejando de lado su fallido intento por robarse a mi Lili… —suspira, una media sonrisa melancólica surca su rostro—. De corazón lo digo: tu hermano era un buen hombre. Habría sido un gran soldado.

—Gracias, Alteza. Y ya que estamos en un momento de brutal honestidad, quizá deba recordarle que, si nos atenemos a los hechos, fue usted quien se robó a la novia.

Suelta una carcajada que me alivia. Me alegra verlo relajado. Han sido días difíciles y los que vienen serán peores.

Están preparando la ceremonia en la que Cassius el Sanguinario abdicará públicamente, nombrando como único heredero a su sobrino.

Una nueva era, con Arvo Fitzgerald en el trono.

No logro comprender por qué Lucien no hace nada para impedirlo.

Si tan solo lo pidiera, si se atreviera a levantarse…

yo estaría ahí. Pero no. Lleva días bebiendo desconsolado y roto.

—No demores, Cai —murmura.

Su súplica me toma por sorpresa. ¿Qué es lo que realmente le preocupa? No quisiera dejarlo solo, no ahora. Pero mis padres merecen despedir a su hijo.

Tengo pocos días para regresar aquí, con mi amigo.

—Pelearé a su lado —le digo, con convicción— por su derecho al trono.

—¿Sabes que eso implica ir contra tu Rey actual?

—En los últimos meses he aprendido que la felicidad de los que te importan vale más que cualquier monarquía. Mi lealtad está contigo, Lucien.

—Siento un gran vacío —revela—. Como si solo tú y Lili fueran lo único que me queda.

—Y no iremos a ningún lado.

—Díselo a ella, planea abandonarme. ¿Puedes creerlo? Tuve que encerrarla en su celda. Y ahí la dejaré, hasta que cambie de opinión.

—¿Mar, habló de marcharse?

—¡Increíble, ¿no?! —agrega decepcionado—. Como si fuera a permitírselo. Voy a recuperarla, sea como sea.

—Obligarla me parece una medida desesperada. No funcionará, no con ella.

—Comandante, no he pedido su opinión.

—Alteza. Si algo sé de esa mujer es que, así como ama, puede llegar a odiar. Y su método podría no dar los resultados que espera. No la lastime más. Se lo pido como amigo.

—Siento no poder complacerte. Es mía, me pertenece. Ya me he humillado suficiente ante ella como para dejarla ir. Cometí la estupidez incluso de pedirle perdón.

—Una disculpa sincera nunca es un error. Siéntase bien consigo mismo, ella logró lo impensable.

—Esa mujer podría haber hecho conmigo lo que quisiera. En otra vida, en otro momento. Pero mi reino siempre estará por encima de cualquier sentimiento. Debe aprender a vivir con ello. Si tengo que usar mi poder para retenerla, lo haré.

—Lucien, ¿y si fueras tú quien lo aceptara de una vez? Lucha por tu corona, y a ella déjala ser libre.

—No puedo, no ahora que no tengo certezas. Si la pierdo, me habré quedado sin nada.

—Si la obligas a quedarse… la habrás perdido igual.

—Comandante, ¿acaso no tenía algo que hacer?

—Sí —lo miro con tristeza—. Me marcho.

—Lamento una vez más que nuestros asuntos personales no te permitieran llevar el cuerpo de tu hermano a tus padres.

—Descuide. Llevo sus cenizas; podrán despedirse. Mi padre tiene una alta estima por los Fitzgerald, lo entenderá —Me pongo de pie—. Con su permiso, debo irme. Cuanto antes termine con esto, más pronto regresaré a su lado.

—Que tengas buen viaje, Cai.

—Nos vemos pronto, Lucien.

Él se queda bebiendo, yo no puedo evitarlo. Muevo la cabeza con desaprobación apenas cierro la puerta. El Rey debería seguir de luto por la muerte de su hija, no azotando amantes contra las paredes.

—Su Alteza —Inclino la cabeza al pasar junto a la princesa Cressida.

—Co…mandante —tartamudea, jugueteando con los dedos, nerviosa—. Yo solo… fui por agua. Pero ya regreso a la cama… porque es tarde y… que pase buenas noches, comandante.

Camino unos metros. Algo me detiene. ¿Me acaba de hacer una reverencia?

Dudo.

Ella no haría nada tan banal por sí misma como ir en busca de su propia agua.

—¿Princesa?

Me doy la vuelta. Aún está de espaldas. Sujeto la empuñadura de mi espada.

No soy tonto.

Tirado entre las sombras del pasillo. Apenas visible, hay un cuerpo.

—Fue Marlowe —Su voz se quiebra—. Le dije que se detuviera, pero ella nunca escucha.

—Shhh… —Me adelanto con la espada desenvainada—. Entre a su habitación y no salga. Si la descubren ayudándola la acusarán de traición. Vuelva a su cama y olvide que nos vio por aquí.

—Sí. Claro —susurra obediente, luego se detiene—. Comandante, el guardia me vio. Alguien tendrá que deshacerse de él.

Aprieto la mandíbula, tenso. Siento cómo la rabia se mezcla con ese asco que solo se siente cuando debes hacerte cargo de un inocente.

Avanzo con cautela, agradeciendo que Lucien haya bebido tanto. Tiene oído de soldado. Si estuviera sobrio ya nos habría descubierto.

«¿Mar, qué carajos estás haciendo?» Tomo el pulso del guardia caído, respira. Entro a los aposentos del Rey con reserva. Las velas están casi consumidas. La penumbra es espesa. Hay señales de lucha.

—¿Mar? —susurro.

Nadie responde.

Sigo los rastros de la pelea hasta la antesala. Estoy listo para enfrentarme a quien sea.

—¿Majestad?

De nuevo silencio.

El olor me lo confirma antes de verlo. Muerte. Y entonces la distingo. Su silueta pequeña, rígida, tensa. Sola en las sombras.

—Marlowe…

Se sobresalta.

—Caiseth —Me apunta con la espada, por instinto—. ¿El príncipe?

—Baja eso —exijo—: él está dormido.

Con apenas un movimiento la desarmo. No me cuesta, está asustada.

—¿Estás herida?

Niega en silencio, pero es evidente que sí. La sangre le baja por la ceja. El uniforme —que un día fue de mi hermano—, empapado.

—Marlowe Lili Woodrow. ¿Qué hiciste?

Y lo sé perfectamente, no soy idiota. Pero me cuesta creerlo. Mi cerebro tarda un segundo más de lo normal en procesarlo. Deseo gritarle.

Me contengo, no puedo llamar la atención de nadie más.

La aparto, y entonces lo veo. Cassius, Rey de Endellion, a sus pies. Un charco oscuro inunda el suelo. Poco faltó para que lo decapitara.

—Esto es grave.

«¡Esto es muy grave!»

Siento el miedo que me recorre la espalda. He visto decenas de cadáveres; he causado muchos de ellos. Pero este es diferente. Y eso lo cambia todo.

«¡Nos van a matar!»

Reacciono, debo hacerlo.

—Tenemos que salir de aquí —le digo.

La arrastro hasta el baño y la limpio como puedo: rudo, descuidado, pero sin poder quitarle los ojos de su dulce rostro. Con más sorpresa que incredulidad. «¿Cómo lo hizo?»

—Quítate esa ropa y ponla en la bolsa —ordeno con voz firme.

Obedece. De manera torpe comienza a desvestirse. Le paso una de las camisas del Rey. Enorme, pero limpia.

Sus manos tiemblan al abotonarla. Y a mí los segundos se me escapan ansiosos, como agua entre los dedos. La ayudo, no dice nada. Sus lágrimas caen, diluyendo la sangre de su rostro.

No es por el Rey, no es por lo que hizo. Son por ella, tiene miedo.

—No me salves, no te necesito. Solo… no me dejes, ¿sí?

Su petición me consume, la abrazo con fuerza. Mi pecho la contiene, la calma.

—¿Me vas a entregar al príncipe?

Su vocesita tan baja, tan rota, me parte. «No».

«No puedo, no quiero .»

Me alejo frustrado. No por lo que siento, sino porque sé lo que significa.

Regreso arrastrando el cuerpo del guardia.

—Voltéate.

—¿Le quitarás la vida?

Es evidente: mi daga ya está en su cuello.

—Te delatará en cuanto despierte. Necesitamos tiempo.

—¿Necesitamos?

—Sí, voy a sacarte de aquí.

La garganta se me cierra. Lo hago.

Cumplo mi propósito. Con un corte limpio, profundo. Un nombre más a mi lista, pero este se escribe distinto.

—No quiero irme aún —musita.

—¿No quieres? ¡Maldita sea! Acabo de matar… por ti.

—Tengo que hablar con Lucien.

—¡Ay no, por favor! —escupo, frustrado—. No es el momento de que seas tan tonta.

—Es importante.

—¡Basta! —La tomo de los brazos—. Dime todo lo que el príncipe te ha hecho. Y esta vez no lo maquilles.

—¡Ya!

Se zafa. Clava en mí sus ojos lilas, esos que me retan. Que me desarman.

—¿Deseas que especifique cada posición, o con solo nombrarlas basta? Si prefieres algo más gráfico, consigue pinturas y te las ilustro.

—¡No puedo contigo! —resoplo, desesperado.

«¡Ya tuve suficiente!» Lo mal que me sentí tras nuestra charla privada. Me consumí durante días por ese encuentro que no le revelé a nadie. ¿Y todo para qué? Para que me mandara al carajo. Sin nada de sutileza me ordenó que no me metiera más, que me alejara. Pero se acabó.

—En vista de tu falta total de juicio, no permitiré que sigas creyendo en sus falsas promesas. Yo también le tuve más fe de la que debía. Pero hay personas que, sin importar qué —o por quién—, no cambian. Y ahora lo tengo claro.

—Solo déjame explicarle…

—¿Qué? ¿Que mataste a su padre? —interrumpo— ¿Qué puedes defenderte de todos menos de él? No, Mar. Tú no vas a hablar con Lucien nunca más. Alguien tiene que pensar en la criatura que esperas. Y si tengo que sacarte de aquí a rastras para protegerlos, no voy a dudarlo.

Ella no discute. ¡Gracias a los dioses! Ahora me concentro en limpiar lo que se pueda. Y sé que no es suficiente.

Yo tengo una coartada para salir de palacio. Pero cuando descubran dos cuerpos y una celda vacía, la culpa caerá sobre ella.

—¿Qué carajos estás haciendo? —cuestiono al verla tomar la corona y varios pergaminos.