44 Sangre como despedida
Y al final no me sa lvó él, me salvé yo.
MARLOWE
Desde la discusión con Lucien dejé de sentirme como alma en pena. Guardé mi luto y lo convertí en fuerza. Aunque «mi futuro rey» haya ordenado que se duplicara la seguridad de los calabozos, no he dejado ni un solo segundo de idear un plan que me permita salir.
Nada, aún.
—Tus heridas lucen mucho mejor.
Verena comienza a vestirme. Es la única que, pese a la pena que lleva, no ha dejado de visitarme ni un solo día. Cuida de mí, procurando que esté bien y mentalmente estable. Las heridas físicas sanan, pero las internas son cada vez más profundas.
Los guardias solo abren mi celda por el tiempo que tarda en realizar las curaciones.
Un custodio se mantiene siempre presente, alerta.
Nada que no haya sido revisado entra o sale del lugar.
Apenas termina, vuelven a confinarme. Esa ha sido la orden explícita que les han dado, y la cumplen a cabalidad.
Saco las manos entre los barrotes para que puedan quitarme las esposas. El guardia lo hace. Algo dentro de mí se regocija. Que Lucien se tome tantas medidas me hace pensar que puedo encontrar la forma de salir de aquí.
Verena se recarga en la celda de enfrente y espera hasta que el último guardia sale, cerrando la puerta tras él.
—¿Y bien, ya decidiste lo que vas a hacer?
—Voy a quedarme.
—¡Mar!
—Lucien, jamás va a dejarme ir.
—Que sea mi padre entonces el que decida, ya cumpliste tu castigo. Nada te detiene.
—Le pertenezco —Miro la sorpresa en sus ojos—. Sí, el mismísimo Lucien me ha entregado a tu padre.
—¡Imbécil! —Comienza a caminar en círculos por el estrecho pasillo—. Voy a intentarlo de cualquier forma.
—Quiero quedarme.
—¡No es cierto! No puedo estar escuchándolo. ¿Acaso te has vuelto loca?
—Voy a darle otra oportunidad.
—Es lo más estúpido que podrías hacer. Y mira que eres buena para ello.
La observo con cierta decepción. Me pregunto si siempre ha pensado eso de mí.
—Lo siento, Mar, no quería que sonara así de…
—¿Cierto? —completó la oración que ella ha dejado en el aire y finjó una sonrisa—. Lo sé, tienes razón. Pero no me quedan más opciones.
—Las tienes, debemos intentarlo. No pasará mucho tiempo para que mi hermano se dé cuenta de tu estado. Mi caravana parte en dos días y con ella la certeza de que no habrá otra oportunidad para ti.
—Lucien pondría el mundo de cabeza para encontrarme. No los arrastraré a una guerra. Tú y Rhodes ya han hecho demasiado por mí. Es justo devolverles el favor.
—¿Sacrificándote a ti y a mi sobrino?
Palidezco. Es la primera vez que ella forma un lazo real con el ser que crece dentro de mí.
—Eh, yo… —dudo—. Confío en que Lucien hará lo correcto. Y si no, te juro que protegeré esta vida por encima de todo.
—Mi padre abdicará pronto. Lleva días encerrado en la sala del trono con los miembros del consejo y la gran Corte Real. Apenas Arvo llegue al poder todo se pondrá muy feo. Lucien estará enfocado en otras cosas. Por favor, piénsalo.
—Ya lo hice. No lograrás que cambie de opinión. Y si tu padre pone esa corona en manos de Arvo, más que nunca tu hermano va a necesitarme.
—¡Sí que eres tonta! —Se encamina a la salida.
—Verena, por favor.
—No, Mar. Haz lo que se te dé la gana.
Desaparece azotando esa gran puerta, y yo me odio enseguida por decepcionarla una vez más. Logré que huyera sin siquiera despedirnos. Es, con certeza, la última vez que la veré y no pude decirle adiós.
Y sí, haré lo que debo, pero a mi modo. No podía decírselo. Nadie puede conocer mi plan. No cometeré el mismo error dos veces. Pido que mis actos no la lastimen y que algún día ella pueda perdonarme.
Tengo que actuar ya. Si Arvo es proclamado rey, todo se habrá acabado, al menos para mí. Puedo verlo enviándome a la horca por la muerte de su padre. Tengo que evitarlo a toda costa.
Esa corona es lo más importante para Lucien y ahora también para mí. Es, quizá, lo único que nos permita sobrevivir.
Estudio cada movimiento de los guardias que custodian los calabozos. Están a punto de dar su última ronda. Me mantengo atenta a las señales.
—¡Cena! —anuncia un uniformado.
Lo veo avanzar por el pasillo. Se agacha para poner la bandeja en el suelo y la desliza hacia el interior de mi celda.
—La llave está en el fondo del tazón —susurra.
—¿Era muy necesario?
—Revisan todo lo que entra. Tienes unos minutos para cambiarte; debes ser rápida. No sé cuánto tiempo vayan a permanecer dormidos.
—¿Todo bien allá adentro? —interrumpe otro guardia desde la puerta.
—Sí. Al parecer no le gustó el menú.
—No sé por qué se molestan siquiera en alimentarla. Déjala que muera de hambre y apúrate.
—Sí, ya salgo.
El guardia desaparece. Ha dejado la puerta abierta.
—Gracias, Hayes.
—Mucha suerte, Mar. Disfruta tu avena —dice con media sonrisa mientras se pone de pie.
—¿Alguien quiere entrar en calor? —pregunta a sus compañeros, mostrándoles un frasco de cuero.
Los escucho reír. No me hago esperar. Odio la avena —él lo sabe—. La vierto en una esquina hasta encontrar la llave. Siento náuseas solo de tocarla, mas debo contenerme y actuar rápido.
En la celda que ocupaba Nero, aún yace uno de sus uniformes viejos. Lo miro con nostalgia; no tuve mucho tiempo para despedirme. Es triste darme cuenta de que no volveré a escuchar su despreocupada risa.
Esta también va por ti, mi dulce Nero. Me ajusto el uniforme lo mejor que puedo, arremangando el sobrante. Recojo mi cabello en una coleta alta y respiro para calmar los nervios. Los puntos en mi espalda aún escuecen. Ya habrá tiempo para quejarme después.
Pego el oído a la puerta; todo parece calmo. La abro con cuidado, sabiendo que al poner un pie fuera ya no habrá marcha atrás. Hayes y el par de guardias yacen tendidos en el suelo. El brebaje funciona. Cuando lleguen sus relevos, no sospecharán de ninguno de los tres.
Me echo al hombro el bolso que dejo con mis pertenencias, incluidas mis botas. Me calzo. Tomo la ballesta de un soldado y la daga de otro. Le pido a mi madre que me guíe y empiezo a deslizarme entre las sombras.
Soy cautelosa. No puedo permitir que ningún guardia nos vea. Quizá lo más prudente sería escapar y rogar al cielo no ser encontrada, pero ya no estoy sola. Y con Lucien… se necesitan más que plegarias. Si quiero que mi hijo tenga un futuro, debo asegurárselo desde ahora.
Con la muerte de Vlad y mi encierro, la seguridad dentro del palacio debería seguir tal como la recordaba: dos guardias al inicio de la escalinata que conduce a los aposentos reales y uno más en la puerta del rey.
La única forma de burlar a los dos primeros es entrar por el balcón de mi antigua habitación. Cressida es un riesgo que debo correr. Si soy rápida, tal vez pueda silenciarla antes de que sus gritos alerten a todos.
Rodeo los jardines. A cada paso de guardia, me oculto entre los maceteros o busco los puntos más oscuros. Hayes advirtió que el efecto somnífero podría no durar mucho.
En cuanto descubran que la celda está vacía, se movilizarán en mi captura.
No tengo tiempo para dudar. Uso la ballesta para anclar una cuerda en el balcón.
Respiro y empiezo a subir. La tensión en mi espalda arde, como si cada punto de sutura gritara.
Pero no voy a detenerme, no ahora. Me cuelo cautelosa al interior; todo parece mucho más tranquilo que la última vez que estuve aquí.
Un cúmulo de recuerdos me invade: buenos, malos, aterradores.
Miro el lugar donde cayó Vlad. Juro que aún puedo oler su sangre.
—¡Aux…!
Ahogó el grito de Cressida con la daga en su cuello.
—Más te vale quedarte bien calladita.
—¿Cómo escapaste? —cuestiona con la voz atrapada entre el miedo y la ira.
Aprieto un poco más la punta de la hoja para que la sienta. Que sepa lo que me hizo pasar, el dolor que causó.
—Van a atraparte —escupe—. No podrás salir de aquí.
—Reza por equivocarte. Si yo caigo, es porque tú ya estarás muerta.
—¿Qué es lo que quieres?
—Vas a ayudarme —Presiono un poco más. Estoy a punto de cortarle la piel. Lo deseo y lo merece, pero debe mantenerse ilesa—. Esta vez no habrá cabos sueltos. ¿Me oyes?
—Basta, haré lo que me pidas.
Percibo el miedo en su voz. Por fin la suelto. Ella se lleva las manos al cuello, comprobando que sigue intacta.
—Eres muy tonta al venir aquí.
—Sí, lo soy. Pero solo por haber confiado en ti.
—Te quería lejos.
—¡Me querías muerta! Quizá debería cobrártelo.
—No ganarías nada. Aunque lo logres, Lucien tarde o temprano va a encontrarte.
—Haré hasta lo imposible para evitarlo. Y tú también… cuando seas reina. Lucien es tuyo; tú ganaste.
—¿Cómo planeas contenerlo?
—Voy a darle aquello que más desea en todo el mundo: su anhelada corona.
—¿Piensas matar a Cassius? —susurra, llevándose ambas manos a la boca.
—Eres lista —respondo mientras abro la puerta y la arrastro conmigo—. Vas a cuidar ese pasillo como si fuera tu preciada garganta. Si alguien se acerca, silbas.
—No sé silbar. Soy una princesa, no una campesina. Atraigo nobles, no cabras.
Pongo los ojos en blanco. ¡Princesa inútil!
—Solo quédate aquí. Si alguien viene, lo distraes.
—¿Quién anda ahí? —pregunta el guardia que custodia la puerta del rey.
Le hago señas. Está tan nerviosa como para siquiera mirarme. Es absurdo; yo no debería pensar por las dos.
—Soy yo, la princesa. Busco a mis damas y…
¡Me rindo! Van a descubrirnos. Aunque breve, su torpe distracción me sirve.
Me deslizo por detrás, salto a la espalda del guardia y rodeo su cuello con fuerza. Inicio una llave de estrangulación limpia, controlando su respiración con precisión.
Forcejea inútilmente. Esta técnica la tengo dominada. En segundos, pierde la fuerza y luego se desploma ante la mirada atónita de la princesa.
Lo dejo en el suelo con toda la delicadeza que me es posible.
Para mi sorpresa, ella me ayuda a arrastrarlo hasta las sombras. Al menos ahora sabe que algunas campesinas hacemos mucho más que silbar.
Me vuelvo hacia la puerta. La abro, lanzando una última advertencia a Cressida. Parece entender. Ya está tan embarrada en esto que más le vale quedarse quieta.
¡Maldición! ¿Dónde está ese infeliz? Me muevo con sigilo. La habitación está a media luz, parece vacía y no sé si eso es bueno o muy malo. Al menos no habrá amantes gritando, pero tampoco mucho que distraiga al Rey.
Seremos solo él y yo.
—¡Traidora! ¿Acaso no tuviste suficiente? —gruñe una voz a mi espalda.
Cassius salta desde las sombras. Debió escuchar el ruido afuera. Me estaba cazando.
La adrenalina me lo dice antes que mi cuerpo. Evado por puro instinto, pero pierdo la daga.
—Su Majestad —respondo.
Ahora estamos frente a frente, a la defensiva. Analizo cada rincón con la mirada, necesito recuperar el control.
—Tu estupidez me sorprende —confiesa—. Un solo grito y una veintena de guardias te haría caer ante mí.
—No pensé que usted necesitara ayuda para poner a una mujer a sus pies.
Sonríe.
—¿Te crees suficiente?
—Póngame a prueba.
Se lanza contra mí. Es al menos treinta centímetros más alto, pero las copas le restan velocidad. El movimiento es torpe, casi desesperado. La daga roza mi pecho, pero no lo suficiente. Tiento con la mano la mesa detrás de mí. Estoy segura de que la vi. Su espada.
Por fin la siento. Agarro el mango con firmeza y la alzo, descargando un golpe directo.
Cassius logra frenarlo con el filo de la daga.
No me detengo, giro en el suelo y, de una patada baja, arrastro sus piernas conmigo.
El Rey cae.
—Mire quién está ahora a mis pies.
—Debí ordenar tu muerte… ¡maldita!
Toma mis tobillos y me hace caer también. La espada se desliza por el suelo.
Se mueve con una agilidad que no debería tener a su edad; debió ser un buen combatiente en su juventud.
Ruedo apenas a tiempo para evitar que me clave la daga. No se contiene, se pone de pie de un salto. Yo me arrastro, esquivando cada ataque suyo que podría ser una sentencia.
—Yo no perdono —escupe—. Recuérdalo.
Sí, recuerdo; claro que lo hago. Recuerdo a todos los que murieron por su culpa, a cada uno de los miembros de mi familia masacrados bajo su mandato.
¡Se acabó!
Fui entrenada por los Callahan. Aun siendo bajita, aprendí a usar mi cuerpo como arma.
Perdí la espada, pero me tengo a mí misma. Y esta vez será suficiente.
—Esta es por mis hermanas.
Pateo con todas mis fuerzas su rodilla, haciéndolo trastabillar.
—Esta por mi madre.
Una patada más, directa al abdomen. Retrocede, sofocado.
—Esta va por Nero.
Le acierto en el pecho. Cae de rodillas.
—Y esta… por la vida de Daphne.
Estallo mi cabeza contra su nariz. El golpe me abre una ceja, pero no me importa.
Cassius cae en su silla, escupiendo sangre. Nos miramos. El odio nos atraviesa.
—Los guardias están tan acostumbrados a oírlo maltratar a sus amantes, que nadie vendrá en su auxilio.
—¿Qué planeas, vengar a tu asquerosa familia?
—Esto va más allá de una venganza. Es por mi familia, sí; esas vidas inocentes que usted enterró con sus decisiones. Pero también es por Lucien, por todos los años de humillación y desprecio que aguantó del hombre que debía protegerlo. Todo eso termina aquí.
—¿En serio, niña? —se burla—. Lucien no ama a nadie más que a sí mismo. ¿De verdad crees que vale tu sacrificio?
—La crueldad de sus actos lo convirtieron en ese hombre, capaz de herir lo que ama, porque no sabe hacerlo de otra forma. Esto es por él. Pero también por el hijo que crece dentro de mí.
Se le ha borrado la sonrisa. Sus ojos bajan a mi vientre, incrédulo, agonizante, con una ira gestante que no logrará contener.
Busca la daga. Por supuesto, hará lo que sea por matarme. Salta hacia el suelo, arrastrándose por el arma.
Esta vez, soy más rápida.
Lo rodeo por la espalda, obligándolo a quedar de rodillas. La sangre comienza a gotear de su cuello. Lenta, silenciosa.
Sostengo la espada firme.
Cassius forcejea. Trata de alejarla, cortándose las manos en el proceso. Está desesperado.
Y yo ya no mostraré piedad.
—Usted no perdona —le susurro al oído—. Pues yo… no olvido. —Deslizo la hoja con un movimiento rápido y certero. La sangre baña todo. La espada resbala y su cuerpo es tan pesado que tengo que soltarlo.
El Rey se desploma frente a mí.
Por fin, un poco de paz. Y esta vino con mi libertad.